Hoy recuerdo a las víctimas del Holocausto. Va una nueva entrada al Diario:
Las etapas de transición siempre han sido las más difíciles para mí. Esos periodos en los que, aunque pase todo, parece que no pasa nada. Suelo sentirme como en un limbo, como en un cuarto silencioso, sin ventanas; como esperando un veredicto. Pero aquí, en Israel, esos limbos se han producido de maneras muy diferentes de como solían hacerlo cuando estaba en México.
La familia con la que vivía (¿o vivo?) en Bnei Brak se fue de vacaciones a Italia (o por lo menos eso me dijeron), y yo, en mi afán de no irme con ellos de niñera "de a gratis" (porque una cosa es que paguen todos mis gastos para que me vaya con ellos, y otra que crean que con eso me pagan mi tiempo, y que por ello les debo alguna clase de trabajo gratuito), decidí quedarme acá, en Israel, en Jerusalén, y utilizar mi tiempo como se me diera la gana. Precisamente eso he hecho:
Visité el Israel Museum of Jerusalem, joya arquitectónica e histórica, en donde pude admirar varias piezas arqueológicas que me cautivaron. Había una exposición sobre Herodes, que me parece que es temporal; sin embargo todas las otras exposiciones, las que se llaman permanentes, son cada una tan sorprendente como la anterior. Piezas griegas, egipcias, romanas. Historia que casi habla, que casi platica con los visitantes. Eso es lo que más me gusta de esos pedazos de roca vieja, de residuos arquitectónicos y trazos en paredes, y objetos antiguos: que cuentan historias en silencio. Siempre me da por preguntarme quién habrá sido aquel que moldeó este o aquel pedazo de roca, o que pinto tal pintura, y qué habrá estado pensando o sintiendo en el momento en que lo hacía, cientos, o tal vez miles de años atrás. ¿Cuál habrá sido su historia?
| El único objeto de su tiempo, en donde se menciona el nombre del procurador romano de Judea, Poncio Pilato. Fue encontrado en el Teatro Romano de Cesárea. 26-36 d. C. |
| El famoso Medio Shekel, que hasta la fecha se utiliza en la moneda actual de Israel (que, de hecho, sigue siendo el Shekel) |
| La Miscelánea Rothschild, colección de 37 textos: bíblicos y libros litúrgicos, midrash, textos de ley judía, ética, filosofía, astronomía, etc. Italia, 1460-1480 |
| Entrada del Museo del Holocausto |
También fui al Yad Vashem, el Museo del Holocausto, igual aquí en Jerusalén, con cierta reticencia al principio. Me llevé una gran sorpresa. Entre todas esas fotografías, videos, entrevistas, objetos (objetos encontrados, pues, entre las pilas de ropa de aquellos que fueron asesinados de las maneras más viles), relatos y documentos, hubo algo indefinible que me marcó de una forma desconocida para mí hasta ese momento. Pasó algo similar a cuando veo trozos de arquitectura vieja y pienso en el lado humano, aunque de una forma más directa, acentuada por la particularidad de que, en algunos casos, en el Yad Vashem sabes qué le perteneció a quién, y cómo murió la persona; su humanidad disuelta en pura memoria. El tránsito del ser, del respirar, del soñar, del tener esperanzas y del desesperanzarse, al no ser, al morir; un gigantesco memorial de todos aquellos que fueron asesinados (seres humanos, ante todo; dejemos a un lado la religión o la nacionalidad) en el Holocausto.
Recuerdo particularmente una de las historias que se narran en el museo. Una niña y su madre: la madre le dice a la niña, cuyos rasgos son más polacos que judíos, que si los nazis las capturan, ella diga que sus padres murieron, y que la mujer que la acompaña es la sirvienta judía. Los nazis, en efecto las atrapan. La niña, de alrededor de siete años, me parece, sigue las instrucciones recibidas por su madre. Las separan; su madre es asesinada, pero la niña sobrevive, y es enviada a vivir con una familia polaca. Otros relatos, de personas que sobrevivieron, incluso, a los fusilamientos, y que de algún modo "regresaron de entre los muertos", algunos heridos, algunos intactos, me dejaron con un nudo en la garganta, que hasta la fecha no me logro quitar cuando recuerdo.
Recuerdo particularmente una de las historias que se narran en el museo. Una niña y su madre: la madre le dice a la niña, cuyos rasgos son más polacos que judíos, que si los nazis las capturan, ella diga que sus padres murieron, y que la mujer que la acompaña es la sirvienta judía. Los nazis, en efecto las atrapan. La niña, de alrededor de siete años, me parece, sigue las instrucciones recibidas por su madre. Las separan; su madre es asesinada, pero la niña sobrevive, y es enviada a vivir con una familia polaca. Otros relatos, de personas que sobrevivieron, incluso, a los fusilamientos, y que de algún modo "regresaron de entre los muertos", algunos heridos, algunos intactos, me dejaron con un nudo en la garganta, que hasta la fecha no me logro quitar cuando recuerdo.
Hay un lugar en específico en el Yad Vashem que arremete como La Tumba de Todos (los conocidos y desconocidos) que murieron en aquella época atroz. The Hall of Names, El Salón de los Nombres. Un recinto redondo y gigante, en cuyo centro hay un pozo profundo lleno de agua. Las paredes, tapizadas con los archivos de aquellos que se sabe que murieron, y aún muchos espacios vacíos, por todos aquellos cuyos nombres se han perdido. El techo está forrado de fotografías de montones de seres humanos, cuya existencia fue reducida a lo que se conserva ahora de ellos; una existencia que cada vez parece más y más lejana en el tiempo, y que, sin embargo, resalta ahí, intemporalmente, silenciosa e imponente, como el monumento funerario que es ese Salón. (No he agregado imágenes aquí, porque adentro del museo no está permitido tomar fotografías, y no me gusta usar material que no es mío para ilustrar este blog. Como sea, aquí agrego el link de la búsqueda de imágenes con el término Yad Vashem en Google Images: bit.ly/16FOo7K).
Al salir del museo lloré. Lo primero que hay al terminar el recorrido es un amplio balcón desde el cual se aprecia una vista espectacular de Jerusalén. Algo de paz, luego de semejante tormenta. Recordar: pasar por el corazón, incluso aquello que no nos concierne directamente, pero que, como género humano, nos pertenece y nos (re)define.
Yo no soy judía, y aún no sé si algún día lo seré, pero sé, por ejemplo, que mi segundo apellido es sefardí, proveniente, según los registros que he encontrado, de la palabra hebrea חזק "jazak". Sin embargo, mi empatía por este día de luto, no es por mi judeidad o no-judeidad, sino por la calidad de ser humano que comparto con todos aquellos que murieron en dicha tragedia histórica. Ni más ni menos que por eso. La empatía es la única salvación.
| A la salida del Yad Vashem |