No me gusta viajar acompañada. No sé por qué. Cuando estaba planeando mi nuevo viaje, Z me dijo que le interesaba conocer esa zona del país, y pensé: "Bueno, ¿por qué no?". Así que agendamos el viaje juntos. No es que Z me moleste. Lo quiero mucho y disfruto de su compañía inmensamente. Pero estos viajes me dan un pequeño espacio para dialogar conmigo misma, para nadar en recuerdos, imágenes, preguntas y experiencias. Para disfrutar de mí, por mí, y para mí. Cuando viajé a Judea y Samaria, fue como desprenderme un rato de la persona que soy, u olvidarme al menos de la identidad que yo misma me he asignado. Pero en este viaje me llevé a alguien conocido conmigo y no pude desprenderme de nada. Sin embargo, ese lunes 14 de abril me dejó otras cosas que me gustaría compartir.
El primer destino fue
Caesarea. En esta ciudad las ruinas romanas abundan: complejos espacios urbanos, esculturas, y hasta un acueducto.
Caesarea Maritima fue construida por Herodes el Grande aproximadamente entre los años 25-13 A.C. Sirvió como centro administrativo, y capital civil y militar de la provincia romana de Judea. Fue nombrada, como es de imaginarse, en honor al emperador César Augusto.
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| El teatro de Caesarea |
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| El azul más azul de Israel |
El mar es de un azul intenso, que destaca por sobre el azul más pálido de las playas de Tel Aviv. Cuando uno se para en los miradores, pareciera que en cualquier momento, en el horizonte, aparecerán barcos antiguos, como en una escena extraída de
Ben Hur. El sol quema, pero la brisa refresca. Mientras curioseaba entre las ruinas recordé algo que me dijo el guía de turistas del viaje previo que hice: que a veces, después de la lluvia, la gente sale a buscar monedas antiguas, porque el agua las limpia y las descubre de la tierra. Ahí en Caesarea no llovía, por supuesto, pero igual decidí poner atención a mis pasos. A las piedras, a la arena. Y, al igual que en Sebastia, encontré de esos pedacitos de cerámica regados por todos lados, que a nadie parecen interesarle. Pero yo ya los colecciono. Así continué durante un rato. Tomaba fotos, recorría las ruinas, contemplaba el mar. No sé si estaba permitido o no, pero yo caminé adentro de una zona de ruinas que parecían ser de casas, y por fin, mi obsesiva búsqueda en el suelo se vio recompensada, no con una moneda, pero sí con algo muy particular...
Acá en Israel se utiliza mucho para joyería algo conocido como vidrio romano. Las joyas que llevan dicho material suelen ser caras. Al principio yo pensaba que se trataba de alguna clase de cristal extraído de minas, en zonas específicas de Israel. No podía haber estado más equivocada. El vidrio romano proviene directamente de vasos y jarras rotas que los romanos utilizaron en sus mesas, en sus casas, para la vida cotidiana. En algunas tiendas de antigüedades se pueden comprar los vasos completos. Pero para la joyería generalmente se utilizan trozos pequeños y delgados, que pegados unos encima de otros dan la apariencia de escamas tornasoladas. Pues bien, me encontré un pedacito de vidrio romano. Le di mil vueltas, lo vi contra el sol, no me la creía. Claro que reconozco que también está la posibilidad que sea el fragmento de algún souvenir de los que venden en las tiendas locales. Si así fuera, al menos satisfice mis sueños frustrados de Lara Croft por un instante. Pero qué más da. ¡Es hermoso!
Nazareth vino después, pero más allá de las iglesias locales, no vi nada que me recordara los ecos bíblicos que tanto suenan cuando oímos el nombre de la ciudad. Abarrotada de gente, negocios de comida rápida, tiendas de ropa, y automóviles, cuando dejamos la ciudad me di cuenta de que no había tomado ahí tantas fotos como yo pensé que tomaría. Son curiosas las imágenes que nos llegan a la mente cuando se menciona alguna ciudad antigua de gran importancia. Cuando empecé a interesarme por Israel, cuando me hablaban de Jerusalén, me imaginaba que toda ella era como la ciudad vieja: edificios desgastados color arena, el Muro Occidental, el Domo de la Roca, callejuelas cruzando más callejuelas. Contrario a todo este cliché, Jerusalén, la moderna, podría ser confundida en fotografías con alguna ciudad europea. Pero en lo poco que alcancé a ver de Nazareth encontré una especie de crisol de culturas casi colapsando unas encima de otras. La Basílica de la Anunciación, y a pocos metros carteles con mensajes islámicos aludiendo a que "La gente del libro" (cristianos y judíos) no reverencia a Dios como debiera. Porque, según dicen, Dios es uno, no es trinidad (como se dice en el cristianismo), y Jesús fue sólo un mensajero de Él, pero no su hijo. Y el judaísmo, ausente, a lo lejos en lo que se conoce como Nazareth Illit,
la Nazareth judía, cuya estructura es más uniforme, y menos poblada. Yo estuve en la
Nazareth árabe, que como todas las ciudades de mayoría árabe que he visitado, pareciera salirse de los colores y límites de lo que me es familiar.
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| "O people of the Scripture..." |
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| La Basílica de la Anunciación |
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| Adentro de la Basílica |
Los siguientes destinos fueron breves. La antigua sinagoga de
Arbel. El Mar de Galilea, también conocido como Lago Kinéret, en donde se supone que Jesús caminó sobre las aguas. Luego el río Jordán, en cuyas piedras tuve la oportunidad de sentarme un rato para mojar los pies en el agua. Ahí tuve un
flashback de otro río en el que alguna vez metí los pies también: el río Filobobos, en Veracruz. En ese recuerdo, después de una larga caminata entre árboles y lodo, llegamos a este pequeño punto deshabitado, hermoso. Iba con M, el peregrino de ojos oscuros que tantas lecciones de vida me dejó (y me sigue dejando con su mero recuerdo). La importancia religiosa del Jordán se vio aludida en mi propia experiencia: ver reflejado en el agua a mi pasado, y a lo que en ese pasado añoraba tanto: la vida que de algún modo ahora tengo, y
dejarme jugar por ese juego de espejos infinitos, sin prisa, como si yo fuera una pieza más del paisaje.
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| Ruinas de la sinagoga de Arbel, una de las más antiguas del mundo |
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| El Mar de Galilea |
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| Río Jordán |
Curioso que los lugares que visitamos suelen convertirse en espejos de nuestra propia situación, de nuestra propia felicidad o miseria. Los paisajes parecieran oscurecerse o iluminarse según los ecos de nuestros soliloquios. E incluso en medio de los rincones menos agraciados podemos encontrar pequeños trocitos de ruina (trocitos de vidrio luminoso) que nos dicen más de lo que podemos decirnos a nosotros mismos, aun en voz baja. Son momentos breves en los cuales el peso se aligera, como si el mundo mandara pistas de que, aunque lo pareciera, tal vez no andamos tan perdidos.
Que hermoso todo, las fotos y la narración. Saludos!
ResponderBorrarGracias, Jocelyn!
BorrarUn abrazo :-)