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domingo, 20 de noviembre de 2016

Morir joven

A nadie le importan las memorias de una desconocida sin trascendencia y con nombre raro. Y peor aún, memorias mochas, mal-armadas, de escritura floja y narración casual. Ni aunque sean memorias vividas en el centro del mundo.

By http://maps.bpl.org [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons
Y como a nadie (ni a mí misma) van dirigidas, pues viene una:

Hoy iba en el bus, línea 18 de Egged, del centro de Jerusalén hacia la Colonia Alemana. Cuando me subí decidí cambiar la rutina de ignorar al nahág (chofer) al pasar la tarjeta del transporte por la maquinita: le dije "hola" y le sonreí. El señor me dijo "gracias". Nunca entendí si fueron gracias por saludarlo, o gracias por pasar la tarjeta, cosa que todo mundo hace, y no me parece que a todos les den las gracias por eso.

En cierta parte del camino una caregiver filipina intentaba subir a una mujer muy anciana en silla de ruedas por una de las puertas traseras del bus. En esta parte del vehículo hay una rampa que puede jalarse para hacer más sencillo el acceso de sillas de ruedas y carreolas. El chofer paró de lleno el bus, y vino a la parte trasera para ayudar a desdoblar la rampa (cosa que yo nunca antes había visto a un chofer hacer). El asunto fue que estábamos en la parte de la parada en donde hay tubos metálicos rellenos de concreto (por eso de que a alguno que otro loco le da por aventarle el carro a los peatones con la esperanza de que los balazos que recibirá a continuación por parte del policía más cercano lo lleven bien rápido a encontrarse con sus 72 vírgenes), y la rampa no podía desdoblarse por completo. El chofer volvió a su asiento y encendió el motor de nuevo. El bus se movió y yo, un tanto indiferente, asumí que la cuidadora filipina y la anciana iban a tener que esperar por el siguiente bus. Pero el chofer paró de nuevo, más adelante, cuando ya habíamos pasado los tubos. Volvió a la parte trasera del bus, desdobló la rampa del suelo, y ayudó a subir a la mujer. Entre él y la cuidadora le pusieron los cinturones de seguridad asignados para sillas de ruedas. Nadie se mostró molesto o impaciente por los minutos que se nos fueron en lo que todo eso pasaba. Don chofer regresó a su asiento y el bus prosiguió su marcha.

La mujer vieja (y se veía de verdad, muy, muy vieja) tenía la mirada perdida, balbuceaba, y hasta gritaba de cuando en cuando. La cuidadora le dio una bolita de falafel en la boca que masticó casi en automático. Yo no quería verla pero no podía dejar de hacerlo. La señora estaba ahí y no estaba más. Me pregunté quién habría sido cuando sí estaba. Cómo habría sido de joven, de niña, si tendría hijos. Llegué a mi destino y me bajé. Caminé pensando en que morir joven no suena tan mal como lo pintan.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Lo que se aprende de los reencuentros

A mediados del año pasado me surgió la idea de que, tal vez, invitar a mi madre a pasar unos días a Israel no era, después de todo, tan descabellado. Siempre me repetí hasta el cansancio que el momento adecuado llegaría sólo cuando ya tuviera un lugar propio en donde ella pudiera quedarse conmigo. Porque, si bien el viaje no es de lo más caro (si se piensa en shekels), las tarifas de hoteles en Israel pueden no ser de lo más amigables para el bolsillo del que viaja con un presupuesto limitado.

Ya había considerado la posibilidad de un short time rental, pero no me había tomado el tiempo para investigar detenidamente cuáles eran las opciones. Fue entonces cuando navegando por Airbnb, encontré a una mujer que rentaba un cuarto con entrada independiente y baño privado a un precio bastante accesible. Sorpresa: resultó estar en la misma calle en la que yo vivo. Esa fue la señal definitiva de que, aunque aún no llego a mis condiciones ideales de vida por acá, era el momento de empezar a planear el primer viaje trasatlántico de mamá. Creo que esa fue la primera lección que esta experiencia me dejó: A veces aspiramos a un momento ideal que cumpla con una serie de condiciones específicas

Así pues, le escribí a la dueña del cuarto, y me permitió pasar a visitarlo. Me gustó de inmediato y le conté la historia de cómo, así tan casualmente, había descubierto que vivíamos en la misma calle y que eso sería ideal para hospedar a mi madre, por cuestiones prácticas. La señora fue de lo más amable. Después de discutirlo con mamá, decidimos que diciembre sería el tiempo correcto, y luego de cazar una buena oferta en British Airways (que al final resultó ser de Iberia) corrí a hacer la reserva del lugar. La dueña me dijo que no tendría que haberme apurado, porque ella nunca le hubiera dado esas fechas a alguien más sin consultármelo primero. Lindo de su parte, sin duda, pero fue una vez que tuvimos boleto y reserva que mi alma pudo, al fin, disfrutar de un momento de paz. Esto fue en junio de 2015. Ahora sólo quedaba, bueno, pues... esperar.

Fueron meses en los que tuve una gran cantidad de emociones. Planear y "desplanear" mil veces los lugares a los que llevaría o no a mi madre. La cantidad de trabajo que tomaría (o no) mientras ella estuviera aquí, la organización del tiempo, de los gastos, y sobretodo, pensar y pensar en cómo sería tenerla, por primera vez, en este país que me ha cambiado tanto. ¿Qué pensaría una de las personas más importantes en mi vida de este lugar tan trascendental? Casi como si presentar a mi madre con Israel se tratara de la introducción de dos personas, y no de persona y tierra.

Finalmente, a finales de diciembre de 2015, fui a recibirla al aeropuerto. Cuando la vi entrar, empujando el carrito donde llevaba las maletas, fue un momento realmente emocionante. Y a partir de ahí, comenzaron tres semanas que me marcaron en muchos sentidos. En primera, tener a mi madre viviendo tan cerca de mí, como vecina, me ayudó a darme cuenta de qué bien se siente la cercanía física con los seres amados. El mundo virtual es, ciertamente, un buen "suplemento", pero no supera la dicha de tener un almuerzo, una cerveza o una buena taza de café con la persona querida.

Las semanas que pasé con ella fueron dichosas. Recuperé mi espíritu de turista, y logré ver de nuevo con curiosidad todo cuanto me rodeaba. 

En la parte antigua Jerusalén tuvimos un paseo maravilloso con un amigo israelí que es guía de turistas, y habla un español que raya casi en lo perfecto. Primero recorrimos la Torre de David, uno de los complejos más visibles cuando se entra a la ciudad vieja por el lado de la Puerta de Yafo. Subimos al Monte del Templo, en donde actualmente se encuentran el Domo de la Roca, y la mezquita de Al-Aqsa, y ahí nos agarraron las lluvias intermitentes que no pararon a partir de ese momento hasta el otro día. Recorrimos el complejo arqueológico subterráneo conocido como la Ciudad de David. Comimos y tomamos café en el Barrio Judío, visitamos el Santo Sepulcro, y finalmente cerramos el día con el espectáculo de luces de regreso en la Torre de David, en impermeable... arrebujadas abajo de un paraguas. Pero el clima no nos venció, porque aún así encontramos el tiempo de ir al centro, y comernos una shawarma en un lugarcito que está en la intersección de la calle Ben Yehuda y Yafo.

La vista de la ciudad vieja desde la Torre de David
El complejo de la Torre de David
Columnas rotas, Monte del Templo





Nos enamoramos juntas del "Shuk" Mahane Yehuda, el mercado principal de la ciudad, en donde los colores, aromas y sabores se arremolinan por donde quiera que uno mire.

El "Shuk"



Nos dimos un tour por las calles de Tel Aviv. Caminamos desde la estación de tren de Arlozorov hasta la playa, admiramos el Mar Mediterráneo, y luego caminamos por el mercado de Carmel, parando para almorzar en un lugar muy bonito llamado The Streets, entre Ha'Neviim y King George, y luego de regreso a la estación. Este paseo, debo decir, me hizo reiterar de alguna manera que no hay mejor manera de conocer una ciudad que recorriendo sus calles a pie.

Entrada de coliflor
Pollo a la plancha y quinoa
Pa' rematar...
También visitamos Haifa. De Jerusalén tomamos el bus 480 a Tel Aviv, y de ahí el tren al norte, desde el cual tuvimos la vista ocasional de las ciudades costeras entre estos dos destinos. De la estación Haifa HaShmona caminamos hacia los jardines Bahai, y pese a que los he visto varias veces desde afuera, por primera vez entré. Es un lugar de inmensa belleza, donde resaltan la simetría y la sobria combinación de colores y formas. Todo ahí es simple y, sin embargo, ostentoso. 


Fauna local...



La vista del puerto desde la parte superior de los jardines







En Haifa almorzamos en un lugar muy popular llamado Fattoush, en la avenida Ben Gurión, que está justo abajo de los jardines. No sé si en todas estas ocasiones en que probamos la cocina local la comida me supo a gloria porque, de hecho, tuvimos la suerte de encontrar lugares muy buenos, o porque pude compartir esos momentos con mi madre, a quien hacía ya mucho quería traer a estas tierras, o por los niveles de hambre que ya teníamos en esos momentos. Tengo la sospecha de que fue una afortunada combinación de todos los factores mencionados.

Decoraciones del Fattoush

Ensalada de pollo y pan moreno, con cerveza Taybeh
Y ahora viene lo bueno... 

Finalmente, ¿qué aprendí de reencontrarme con la persona más importante en mi vida, y del hecho de tenerla por compañera de viaje por unas semanas?

No existe lo cotidiano. 
La fascinación es un derecho renovable.

Gracias, mamá, por recordármelo. <3


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Recuento atrasado de noviembre

Hace relativamente poco retomé el vicio malsano de preguntarme qué estoy haciendo con mi vida. Me percarto, sin embargo, pese a todos los esfuerzos de mi enorme ego, que no es raro que personas en sus veintitantos se conflictúen con esta clase de ideas. Mi caso es común. Y aunque el período de tratar-de-vivir-sólo-el-presente me ha durado más de lo que esperaba, la cercanía del cumpleaños número 27 me ha hecho mirar un poco hacia atrás, y luego un poco hacia adelante.

El 9 de agosto de 2010, sentada en "las Islas" de la Facultad de Filosofía y de Letras, en Ciudad Universitaria, tomé la decisión de irme a Israel. Eso, o la decisión me tomó a mí, por sorpresa, casi como si me hubiera estado acechando desde hacía tiempo. Estaba con varios de mis compañeros, hablando de cosas que ya no recuerdo nada, y de pronto me dije a mí misma: "me voy a Israel". Poco más de dos años después de eso ya estaba acá, todavía un poco desorientada por la rapidez del proceso. Llegué como aupair-estudiante; después de seis meses me transformé  en una regordeta migrante que comenzó a estudiar hebreo además del curso para enseñar español que originalmente vino a estudiar. Ahora tengo mi propia empresa de limpieza de la cual soy la dueña y la única trabajadora; doy clases de español a un chico francés de 14 años, y de cuando en cuando funjo también como niñera. Me pagué mi último viaje a México, y he logrado mantener ingresos que para la media salarial en Israel, no están nada mal (y más para alguien que no tiene turnos agobiantes en un trabajo de sueldo mínimo). Mi vida en Israel, como expatriada, es bastante interesante. Sin embargo

...hace poco me deprimí. Mi TOC explotó, ideas oscuras empezaron a rondarme la cabeza, y me di cuenta de que, pese a todo, sigo siendo vulnerable. Que todo el teatro de sentirme como la Mujer Maravilla no es sostenible a largo plazo, y de que... está bien sentirse como el culo de vez en cuando. Es imposible mantener una vida digna de Instagram sin perder la cabeza. Todo ese romanticismo que ronda la idea de viajar, o de ser expatriado en un lugar "exótico" de pronto se vuelve tan frágil que se quiebra a la primera crisis mayor. Y esta no es la primera crisis mayor que tengo acá. No es ningún secreto que ya viviendo en Jerusalén busqué ayuda psicológica y psiquiátrica, y que regresé a la siempre fiel fluoxetina, con quien ya había tenido encuentros en otras etapas de mi vida en México. Hace un par de meses decidí bajarme la dosis, porque "al cabo ya estoy mejor". Luego la dejé por completo. Ajá... Heme aquí de regreso a sus brazos, y sin planes de alejarme de ella hasta que reciba el consejo de un profesional sobre qué es lo mejor para mí. Y voy a hacer énfasis en lo que ya dije más arriba: Está bien no estar bien. La vida no es como en las fotos de Facebook, e Instagram, en donde lo que vemos como realidad es la toma número 4429342 en donde por fin logramos que se reflejara la luz de la manera correcta, o en donde finalmente encontramos una pose que nos haga ver heróicos, radiantes y felices. La vida es, más bien, como las fotos de rollo, en donde uno nunca sabía cuál iba a ser el resultado, y precisamente en la sorpresa había algo de excitante.

Sí, viajar, o mudarse ya sea temporal o permanentemente es, en efecto, una gran manera de conocer el mundo y (retomando un "cliché de viajeros") de encontrarse a uno mismo. Pero cuidado, porque no todo lo que se encuentra es maravilloso. A veces también pasa que uno se empapa de odios y miserias ajenas, y se descubre deseando regresar al punto de origen en donde las esperanzas previas al viaje eran mucho más prometedoras. A veces uno se siente más idiota, más vacío. Y eso, también está bien. Porque la idea de que siempre tenemos que regresar de un viaje (especialmente si es a lugares como Medio Oriente, o la India, o países del sur de Asia) como seres más sabios e iluminados es basura. De vez en cuando el aprendizaje también llega por las malas.

Acá en Israel la situación se ha tensado mucho con la ola de ataques que desde hace varias semanas se han vuelto el pan nuestro de cada día; a muchos les ha dado por llamarlo "La intifada de los cuchillos". El asesinato de Eitam y Naama Henkin enfrente de sus hijos, por militantes de Hamás fue el inicio de una ola de violencia que no ha parado hasta ahora. Luego, por ejemplo, en dos ataques separados, uno en Tel Aviv, y uno en el área de Gush Etzion fueron asesinadas cinco personas. Todo esto, por supuesto, a la sombra de los ataques de París, que pusieron al mundo en shock. Pero con el paso de los días y el número en aumento de ataques, aquí y allá, cada vez oímos más cifras y menos nombres. La vida, sin embargo, sigue.


martes, 13 de octubre de 2015

La importancia de las crónicas no solicitadas

La moneda

Tengo una moneda romana del periodo de los emperadores ilirios. Tardé bastante tiempo en entenderla, y ahora, parece conectarse con todo lo que está sucediendo en mi vida de una manera más directa que cualquier otro objeto que ahora posea.
La conseguí hace poco más de un año en una tienda de antigüedades de la ciudad vieja de Jerusalén, cuando entré a curiosear con un amigo mexicano que recién acababa de llegar a la ciudad para hacer su maestría. La moneda fue un regalo suyo de agradecimiento por la ayuda brindada en los preparativos de su viaje. Pues vamos, que el vendedor me dijo que era el periodo del emperador Juliano, que gobernó del 361 al 363, año de su muerte. Me dio certificado de autenticidad y todo. Aunque los certificados que le dan a uno en la ciudad vieja son escritos con bolígrafo en cartones pre-hechos con el logo de la tienda. La moneda no costó gran cosa, así que no sería una tragedia tan terrible si resultara ser falsa. Aún así, busqué en varias páginas de numismática antigua y caí en cuenta de que mi moneda no se parecía en nada a las Juliano. Ni el anverso ni el reverso, ni las inscripciones, ni el emperador mismo. ¿Sería falsa, como me lo había sospechado? ¿O el vendedor se habría equivocado de emperador? Luego de un tiempo de investigar, decidí dejarlo por la paz. No era tan importante como para quitarme el sueño. Y ahí estuvo la moneda, en su pequeña cajita, como un adorno de escritorio más, hasta hace unos días.

Decidí darle otra oportunidad a la curiosidad, y comencé a investigar de nuevo. Me guié por las inscripciones que, por suerte, no están tan borrosas como para no darse una idea de lo que dicen.
En el anverso, alrededor del perfil del emperador se lee: IMP C AVRELIA y más difuminado, pero casi obvio: NVS. Luego otras letras que ya están muy borrosas. En el reverso tenemos RESTITVT OR . BIS, alrededor de dos figuras: una recargada en un bastón, con una mano extendida en señal de dádiva (¿o recibimiento?); y la otra levantando lo que parece ser una corona de olivos; bajo sus manos hay algo que asemeja una estrella o un sol. En la parte baja de la moneda (en numismática denominada exergue) hay dos símbolos parecidos una K y lo que inicialmente me pareció una X, pero resulta ser una A, según lo que corroboré en este sitio: http://www.beastcoins.com/RomanImperial/V-I/Aurelian/Aurelian.htm




El RESTITVTOR es el texto más claro de la moneda junto con el IMP C, pero AVRELIANVS es algo complicado, ya que la A y la V iniciales se parecen por su forma cuadrada. La parte más clara es el LIAN, lo que creo que pudo haber provocado la honesta confusión del vendedor cuando me dijo que se trataba de JuLIANus. Sin embargo, lo más interesante de este descubrimiento viene a continuación:


La reina guerrera

El emperador Aureliano, de cuyo periodo es la moneda que tengo, gobernó del año 270 al 275, considerado reunificador (RESTITVTOR ORBIS) al reconquistar el imperio galo, territorio independiente conformado por los territorios de la Galia y la Hispania,  y el imperio de Palmira, cuyos territorios incluían las provincias romanas de Aegyptus, Syria Palaestina y Arabia Petraea.

Así pues, Palmira, sublevada del imperio romano en el año 268, estaba gobernada por la reina árabe Zainib, mejor conocida como Zenobia (240/45?-273/75?), viuda del anterior regente de la ciudad, Septimio Odenato, y madre del joven heredero. Gran parte de la fama de esta figura se debe a que, según se cuenta, dirigía personalmente a su ejército, como toda una reina guerrera. Gobernó hasta el 272, año en que fue derrotada por las fuerzas de Aureliano. Algunos dicen que fue asesinada en batalla cuando trataba de huir con su hijo, luego de que la ciudad fuera sitiada; otros aseguran que fue enviada a Roma y exhibida como cautiva en un desfile de victoria, siendo su destino final incierto. La versión más optimista, sin embargo, cuenta que Aureliano, impresionado por el valor de la joven reina, le perdonó la vida, la casó con un senador romano y le otorgó una villa en donde vivió hasta el final de sus días.

Actualmente estoy leyendo Las damas de Oriente, de la periodista española Cristina Morató. El libro está conformado por las biografías de mujeres europeas que viajaron por los países árabes en los siglos XVIII, XIX y primera mitad del XX. Figuras tan destacadas como Lady Hester Stanhope (1776-1839), Jane Digby (1807-1881) y Gertrude Bell (1868-1926), cuya vida, por cierto, acaba de ser hollywoodizada en la película Queen of the Desert. Es interesante que más de una de ellas expresa en algún momento, ya sea en memorias o cartas, su profunda admiración por la figura histórica de Zenobia, aquella mujer que, aunque brevemente, gobernó un territorio muy extenso y tuvo a su mando un ejército.

Cristina Morató tiene otro libro, Cautiva en Arabia, que es la biografía de Marga D'Andurain, una viajera francesa bastante excéntrica de principios del siglo XX, de cuya vida se sabía realmente poco antes de que este trabajo viera la luz. Marga sentía también una pronunciada devoción por la reina guerrera, tomándola prácticamente como su figura a seguir. En 1927 fundó un hotel en Palmira, al que daría el nombre de Hotel Zenobia. Cabe destacar también que cuando decidió que quería ser la primera mujer occidental en pisar la Meca, se convirtió al islam (por meros fines prácticos) y tomó el nombre de Zeinab. No logró entrar a la Meca, pero vivió una buena cantidad de aventuras a partir de su intento fallido.


La destrucción de la memoria

En agosto y octubre de este año la mítica Palmira, que fue paso obligado de la mayoría de estas aventureras, fue mutilada irreversiblemente por los hijos de puta del Estado Islámico. El templo de Baalshamin y el Arco del Triunfo fueron destruidos, y así también una parte de la civilización. Sólo quedan las narraciones de viejas batallas, reinas guerreras, emperadores reunificadores y otras mujeres que no supieron quedarse quietas. Y la esperanza de que la destrucción de las obras que nos dignifican como especie no se convierta en lengua franca aquí en el Medio Oriente.


viernes, 4 de septiembre de 2015

¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno!

El 2 de septiembre de 2012 le dije adiós a México, sin saber exactamente qué me esperaba del otro lado del mundo, y sin estar completamente segura de que lo que estaba haciendo era lo correcto, o lo mejor para mí y mis seres queridos. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México fue testigo de los últimos momentos de una vida, que a partir de que abordé el avión se transformó en otra. Fue el punto sin retorno al que muchas veces he vuelto a asomarme en la memoria para entender por qué tomé las decisiones que tomé, y si hubiera sido mejor tomarlas de manera diferente. Quiero decir: no me arrepiento del destino final de mi aventura; ni siquiera me arrepiento de los pequeños procesos que la iniciaron. Vamos, que honestamente no me arrepiento de nada. Tal vez arrepentimiento no es el término que estoy buscando. ¿Sería más adecuado hablar de qué pequeños cambios le haría al guión de mi historia para que fuera más funcional, con menos dramas en el camino, menos tropiezos innecesarios y sin corazones rotos? 

Pero Israel ha sido, sin lugar a dudas, el capítulo más feliz de mi historia. Y si todas las metidas de pata que tuvieron lugar fueron, de hecho, necesarias para que yo terminara de aquí, creo que todo ha valido la pena. 

Es un país complicado de una manera diferente a México; con sus propios códigos, maneras, rutinas, sabores y tendencias. Hay gente buena y mala; hay lugares hermosísimos, y otros para llorar. Todo esto como en cualquier otro lado, pero al ser un país tan pequeño, parece que todo se magnifica en porcentajes: el amor, y el odio; lo bello y lo desdeñable.

En la madrugada del 4 de septiembre de 2012 (hora Israel) llegué a mi destino... literalmente. "El primer día del resto de mi vida", frase trillada que le va más que perfecto a lo que sentí cuando, justo antes de aterrizar, vi una Tel Aviv de joyas de luz titilando en la oscuridad. Lo demás es historia: una llena de mucho amor, de muchas lágrimas, de mucho aprendizaje, de todas las personas maravillosas a las que he conocido de este lado, y de las que, pese a la distancia, siguen estando conmigo cada día. Y aún quedan tantas, pero tantas páginas en blanco.

¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno! ¡Gracias por la bofetada de realidad que me ha sentado tan bien hasta la fecha!

domingo, 31 de mayo de 2015

Run End (O cuatro mini entradas de mayo sobre ir viviendo una vida expatriada más saludable)

25.05.2015

Cada que hago caminadora, aprendo algo más sobre la naturaleza
al mirar NatGeo Wild, y de paso practico el hebreo con los subtítulos ;-)
Hace más o menos un año empecé a vivir un estilo de vida algo más activo. Gracias a una aplicación que se me hizo interesante, llamada Zombies, Run! comencé a correr (o, al menos al principio, a medio-caminar-medio-trotar-medio-jadear), y poco a poco fui mejorando mi condición física. Al principio no era tan constante, pero empecé a disfrutarlo, y entonces incorporé más y más sesiones a mi rutina. Aunque nunca he sido gorda, siempre tuve esos rollitos incómodos que se saltan con los jeans apretados, o que hacen que la ropa ajustada no se vea... bueno, tan bien como en los maniquíes. Después de agarrarle el gusto a salir a correr, me di cuenta de que los números en la báscula no cambiaban. Obviamente fue hasta que descubrí que para perder peso (o mejor dicho, volumen) también hace falta hacer cambios en la manera en la que se come. 

No recuerdo cuando exactamente, pero en la tienda de aplicaciones de Android descubrí una maravilla llamada Noom Coach. Esta app sirve para contar calorías, pasos (podómetro) y para, por medio de la lectura diaria de mini-artículos, ir aprendiendo más y más sobre nutrición. Tuve la versión gratuita durante algún tiempo. Inicialmente perdí algo de peso, pero volví a ganarlo con creces en los dos meses que pasé en México. Sí... la comida mexicana no tiene comparación, y eso fue obvio en mi manera de comer. Sin embargo, cuando volví a Israel, y estando ya bastante cerca de mi cumpleaños 26, decidí que debía comprometerme un poco más. Pagué la versión pro de la app, que desbloquea todos los artículos, y registros, además de dar acceso a grupos de soporte entre personas que están buscando mejorar su físico, y la posibilidad de contactar asesores directamente si se tienen dudas sobre el programa que uno debe seguir. También me uní a un gimnasio local aquí en Jerusalén, llamado City Gym. Es la primera vez en mi vida que voy a uno, y al principio me sentía un tanto torpe e insegura, y después de tener dudas sobre si continuar o no, luego de mis primeros dos meses, logré decidirme, cosa que para alguien que ha sufrido de derrotismo agudo gran parte de su vida, fue una victoria inenarrable. Poco a poco, de los 65 kilos que pesaba, los números se fueron derritiendo, y ahora mismo que escribo estoy en 54.

Vamos, que no tengo intenciones de sonar a libro de superación personal, pero me atrevo a contar brevemente esta historia, porque en una mezcla inexplicable de amor por la vida y temor a la muerte, encontré un punto intermedio al que asirme. Tengo TOC. Creo que esta es la primera vez que lo menciono en este blog, y durante toda mi vida he tenido obsesiones enfermizas y a veces hasta aterradoras que no me han dejado ser feliz del todo. Ya estando acá, y después de aprender cómo lidiar con todas esas sensaciones, todavía tuve episodios devastadores. Durante un año fui a ver a una psicóloga que me ayudó mucho, y volví a la fluoxetina en una dosis mayor a la que tomaba en México. Esa dosis, felizmente, se va reduciendo al fin. Bueno... una vez le describí mi TOC a la psicóloga como si se tratara de un ser que a veces tiene forma de monstruo, horrendo, informe, que me chupa la vida, y todo rastro de felicidad, y a veces tiene forma de gatito regalón, de esos que difícilmente no lo hacen sonreír a uno. Un monstruo del que nunca me voy a librar, pero con el que he aprendido, finalmente, a convivir. Y cuando logramos convivir, es precisamente cuando se transforma en ese gatito; uno que ronrronea en mi regazo; en una fuerza que me alienta. Puedo obsesionarme con ideas felices, y con cambios que valen la pena.

Supongo que absorbemos un poco del lugar en el que echamos raíces, y siento que la mayor parte de las cosas que yo he tomado de esta tierra me han ayudado a mejorar.



29. 05.2015

Después de varios días de calor agobiante hoy hace un lindo tiempo otra vez. Ahora mismo 20 grados. En momentos como este me alegro de no vivir en Tel Aviv, o en cualquiera de las zonas costeras, con su clima de sauna. Este ha sido un mes muy activo, y muy feliz. El ejercicio me ha ayudado a mejorar no sólo la salud física sino la espiritual. Me siento más contenta, más relajada, y no me cuesta tanto trabajo centrarme en el ahora, cosa que nunca antes pude hacer. Vamos, que no es que haya encontrado la iluminación ni nada de eso; sólo he aprendido a ser feliz con lo que tengo.

Creo que no he mencionado que dejé las clases de hebreo. Ya no sentía que estuviera progresando en la clase, y decidí que ahora la única forma de hacerlo es usar el idioma hasta que me salga natural. Fuera de eso, creo que estoy en el camino correcto.

Para reponer los días que no voy al gimnasio, trato de tomar caminatas largas por la ciudad. Tranquilas, sin prisas. Contemplativas. A veces fotográficas. Creo que hoy voy a hacerlo, aprovechando que no hace calor. Tengo ganas de tomar fotos.
Nunca jamás me cansaré de ella
30.05.2015

Ir a la ciudad vieja siempre me despeja la mente. Me queda como a 5 kilómetros de la casa, así que las caminatas de ida y vuelta son de, cuando menos, 10 kilómetros. Ojalá que todos los días fueran como hoy (y ayer): cálidos y frescos a la vez. Tengo intenciones de salir a caminar de nuevo. Sin prisas. Sin reflexiones profundas. Así se fue este mes. En una alegre tranquilidad. :-)


31.05.2015

Hoy en la mañana fui a ayudar a los Waxman con su casa. Ellos son un matrimonio inglés, ambos ya pasados de los 70 años. El señor tiene alguna clase de condición senil, o Alzheimer quizás, pero nunca le he preguntado a la esposa. Quiero decir, ella sabe que yo sé, y así, sabiendo, jamás ha salido el tema a colación en nuestras muchas pláticas. Usualmente tomo el bus a su casa, pero hoy decidí hacer algo de ejercicio extra, y me fui caminando. Son 3 kilómetros exactos. Cuando terminé de ayudarles, me fui al gimnasio, otra vez a pie. En el camino hice una parada al súper, y compré varias cosas, incluyendo crema de cacahuate. Leí, en alguna de mis muchas inmersiones en Google, que la crema de cacahuate es muy buena como parte de una botana saludable después de trabajar los músculos. Me pasó, pues, ahí en el súper, que no me alcanzó para todo lo que había agarrado, y tuve que pedirle a la cajera que cancelara algunas cosas. Así vivir la edad adulta en un país en donde, si se compara con México, todo es caro. Tuve mis dudas sobre si ir al gimnasio o no de lo pesada que quedó mi mochila al final de las compras, pero me dije a mí misma que los pretextos son para huevones y mediocres, y seguí caminando hasta que llegué a mi destino. Y el gimnasio, como siempre, me hizo sentir muy bien (no regrets). Al volver a casa (esta vez sí, en bus) lo primero que hice fue prepararme una rebanada de pan integral con una cucharada de la crema de cacahuate, y un plátano cortado en rodajas encima. Me supo a gloria. ¡Tenía años que nada me sabía tan rico!

Este mes fue simple. Hoy decidí que, en mi diario personal, voy a anotar las pequeñas victorias de cada día, aunque parezcan poco. Las de hoy, por ejemplo: Caminar extra, y disfrutar extra algo tan simple como un pedazo de pan embarrado de crema de cacahuate y plátano. Son casi las 5:00 p.m.

El cardio de hoy

jueves, 30 de abril de 2015

And in God rely the believers

Hebrón. Al fondo, la tumba de los Patriarcas, o Mezquita de Ibrahim
A principios de este mes fui a visitar la ciudad de Hebrón (pronunciada "Jebrón"). Después de mucho tiempo de escuchar cómo en dicho lugar se vive el conflicto árabe-israelí de una manera muy particular, pensé que sería bueno ir a verlo yo misma. Quiero decir, yo vivo en Jerusalén del este, en una parte en la que colindan barrios judíos y árabes. Cuando hay guerra, o cualquier clase de conflicto o enfrentamiento, se puede ver a los vecinos de un lado alzando banderas palestinas, y a los del otro alzando banderas israelís como para marcar bien claro qué lado es de quien, aunque no haya una frontera definida. Pero en Hebrón la cosa es diferente. A 30 kilómetros al sur de Jerusalén, esta ciudad está controlada en un 80% por la Autoridad Palestina, y en un 20% por Israel. Se considera la segunda ciudad más sagrada para el judaísmo, y algunos la incluyen también entre las más sagradas del Islam, por encontrarse ahí la Tumba de los Patriarcas (o como los musulmanes la conocen: La mezquita de Ibrahim). El nombre de Hebrón puede encontrarse ya en la Biblia, lo que nos da una idea de su antigüedad e importancia. Ha estado bajo dominio judío, griego, romano, árabe, y de todos los que alguna vez tuvieron poder en esta zona, pero su situación hoy en día es particular. Está llena de checkpoints, soldados por doquier, y de gente que se queja de una división tan marcada que es, tal vez, lo primero que se nota cuando uno llega. Pero no me parece que dicha división tenga que ver con el racismo de ninguna manera, sino más bien con eso que predomina en esta zona del mundo: una intensa desconfianza, miedo y demonización del otro.


Niña judía comiendo matzá en Hebrón
En el tour que me tomé tuvimos un guía judío, y del lado árabe, un guía palestino. El primero era un hombre entrado en los cuarentas, ortodoxo, con el rostro recién afeitado, porque según nos dijo, en Pésaj, festividad que recién pasó, es la única fecha del año en la que tienen permitido despejarse el rostro de la barba. Se llamaba Eliyahu. La introducción a la ciudad estuvo bajo su cargo. Cuando llegamos al límite del checkpoint hacia la parte árabe, nos recibió un chico de veintidós años, alto y delgado, de sonrisa tierna, de nombre Ábed (o Abdelrahman como nos dijo más tarde). Eliyahu fue, por mucho, más elocuente y objetivo. Nos dio puntos de vista bastante objetivos sobre el conflicto efervescente que se vive día a día en las calles de Hebrón desde hace décadas. Ábed, pese a demostrar una inteligencia perspicaz, se fue más por la narrativa de la víctima, que para su sorpresa, varios de los que íbamos en el grupo cuestionamos. Eliyahu nos lo había advertido, entre bromas mencionando la palabra victimización. Con Ábed fuimos a caminar por varias calles, algunas de aspecto abandonado y otras tan llenas de gente que me recordaron la ciudad de México. Entre dichas caminatas nuestro joven guía aprovechó para hacer hincapié en el hecho de que la calle Shuhada está totalmente vetada para los palestinos, y de que los judíos reciben mucho mejor trato en los checkpoints que ellos, "sólo por ser palestinos", sin tener culpa o relación alguna con el largo historial de matanzas y ataques terroristas que fundamentalistas musulmanes han llevado a cabo en la zona durante décadas. También nos llevó al mercado árabe, en donde me compré un kefiye negro que me gustó mucho. El vendedor de esa tienda aprovechó el rato que estuvimos viendo su mercancía para quejarse de los judíos que viven en los edificios arriba del mercado. Nos contó que a veces les lanzan cosas y señaló que por eso, arriba de nosotros, había una reja, pero que ni eso era suficiente cuando lo que les daba por lanzar eran líquidos. Después de eso fuimos a la casa de una familia palestina en donde, por 30 shekels, tuvimos una comida muy rica y café. No pudimos hablar mucho con la mujer que nos recibió y con sus hijas, porque apenas y sabían unas cuantas palabras en inglés, pero fue un rato agradable, y tranquilo. Nos dijo que tenía siete hijos. Noté que en la pared había tres fotografías de un hombre joven, distribuidas alrededor de un cuadro con escritura árabe. No pregunté de quién se trataba, pero intuí el contexto. Tomé una fotografía, y le he preguntado mi amigo Mh qué decía. Me dijo: "And in God rely the believers".

"And in God rely the believers"
Después, Ábed nos llevó a un punto en donde volvimos a encontrarnos con Eliyahu. Cabe mencionar que ambas veces que un guía nos llevó a encontrarnos con el otro, los dos se saludaron de manera muy cordial y hicieron hincapié en sus lazos de amistad, y en todos los amigos que cada uno tiene del otro lado, los amigos palestinos del judío, y los amigos judíos del palestino. Aún así, cada uno defendió su narrativa. Cuando el guía árabe se hubo marchado, Eliyahu continuó contándonos historias ligadas a cada rincón que íbamos recorriendo. En algunas nos dio datos que complementaban, contradecían, o incluso desbancaban otros que Ábed nos había dado. Pero lo que más me llamó la atención fue que Eliyahu fue el único de ambos guías en decirlo tal cual: "Los dos lados tienen su narrativa de victimización. Compiten en quién ha sufrido más pérdidas, quién ha sido más víctima del otro",  y también "De ambos lados hemos perdido bebés" cuando estábamos en un centro que se construyó en memoria de una bebé judía que murió en un ataque terrorista. También nos llevó a conocer al ex portavoz del Comité de la Comunidad Judía de Hebrón, David Wilder, quien nos explicó que la palabra settler (colono), como son llamados por activistas y medios de comunicación es errónea, y de cierto modo peyorativa. Ellos se consideran comunidades, simplemente. Comunidades que han estado ahí continuamente desde hace miles de años en mayor o menor cantidad, pero sin interrupción.

Calles de Hebrón



La Matanza de Hebrón de 1929 fue mencionada varias veces a lo largo del tour. Antes de ese año judíos y árabes vivían en una paz relativa en la ciudad. Familias judías y musulmanas compartían lazos de amistad, hasta que el gran Mufti de Jerusalén, Amin Al-Husayni convocó abiertamente a la matanza de judíos luego de varias tensiones que se habían suscitado entre los fieles de dichas religiones por esas fechas. Muchas familias judías fueron asesinadas brutalmente dentro de sus casas. Se dice que fue una carnicería. Aunque también hay que mencionar que no fueron absolutamente todos los árabes de Hebrón los que participaron en la matanza. También hubo familias musulmanas que escondieron y defendieron a sus amigos judíos durante los hechos, y plantaron cara a las turbas de asesinos.










David Wilder


Después de la plática con Wilder en su casa, fuimos una sinagoga sefardí que según se cuenta, fue fundada por judíos españoles huyendo del edicto de expulsión de 1492. Luego fuimos a la Tumba de los Patriarcas, a la que usualmente, y según acuerdos legales entre lados, en ciertos momentos del año pueden entrar judíos, o musulmanes, dependiendo de las fechas. Las áreas para cada fe están divididas. A mí me tocó ir a Hebrón, casualmente, en un día en el que todo el recinto estaba reservado exclusivamente para judíos. Y gracias a Eliyahu, aún sin ser judíos logramos colarnos. Ahí aprendimos detalles de la historia del lugar. Se supone que el edificio es de los más antiguos de la zona, en el sentido de que nunca ha sido derribado. De acuerdo a la época, y a los que dominaran, se le agregaron elementos, pero jamás fue enteramente destruido. Ahí, apenas unos años atrás, otra tragedia tuvo lugar: En 1994, Baruj Goldstein, un terrorista judío, asesinó brutalmente a 29 palestinos e hirió a muchos otros. Desde ese momento ese sitio, la tumba del padre de las religiones abrahámicas, es un punto que refleja tanto la separación, como la unión: judíos y musulmanes que rezan en el mismo recinto, pero que sienten que deben separarse por seguridad.

Antigua Torá sefardí que nos permitieron admirar un momento en la sinagoga sefardí

La tumba de los Patriarcas

Tumba de Sara
Nos fuimos de Hebrón como a las siete de la noche. Terminé exhausta pero contenta. Quién diría que un día iba a pisar lugares como ese, y a conocer personas como las que conocí en ese recorrido. Pensé que el sol de aquel día habría acabado por quemarme la piel, pero al otro día sólo amanecí un poquito más bronceada, y sintiendo las piernas pesadas como piedra. Tanto que recorrer y que mirar, y sólo dos piernas y dos ojos.