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martes, 10 de marzo de 2026

Volver... לחזור

Ha pasado tanto desde la última vez que escribí en este blog... Tratar de ponerme al día con todas las oportunidades perdidas para escribir sobre el mundo  (y sobre mi propio mundo) se sentiría demasiado forzado. Pero puedo resumir algunos hitos:

  • Obtuve por fin la ciudadanía en 2020, justo en medio de la pandemia, la que provocó que estuviera cerca de año y medio sin trabajar.

  • Me convertí en ultracorredora (a la fecha he terminado montones de 50K, varios 100K y hasta un 100M).

  • Mi madre vino a Israel otras dos veces; la última de ellas fue en 2022.

  • Me tocó vivir el 7 de octubre de 2023 aquí, y ver cómo eso cambió el curso de nuestras vidas para siempre.

  • Justo después del 7 de octubre, pasé 43 días en Atenas con la sensación de que ya no habría un Israel al cual regresar; con miedo a hablar hebreo en las calles, con miedo al "otro".

  • Mi madre murió a finales de 2024, lo que precipitó mi primer viaje a México en diez años. Mi marido me acompañó y experimenté mi país de origen como nunca antes: a través de una ventana empañada por una tristeza desconocida, pero sintiéndome, al mismo tiempo, apapachada por esa patria que tanto extrañaba.

  • Comencé terapia, algo que ya era muy necesario.

  • Mi hija nació justo un año después de la muerte de mi madre.

Y heme aquí, en medio de la segunda ronda de guerra con la República Islámica de Irán, pensando que nunca debí haber dejado de escribir en este blog y que nunca debí haberlo cerrado al público.

No recuerdo con claridad todo lo que escribí, pero puedo decir que, aunque existe la posibilidad de que ya no piense exactamente como hace diez años (sí, la última entrada es de 2017, pero las últimas "serias" son de 2016), no voy a ocultar ni a cambiar nada.

Ahora, con la dichosa inteligencia artificial y los LLMs, siento que he perdido parte de mi capacidad para redactar mis propias ideas; así que reinauguro este blog, más que nada, para contarme a mí misma las cosas que a veces me cuesta decir en voz alta sin un lector hipotético. Si alguien se cruza con este espacio y se anima a leerlo, pues bien. Y si no, no pasa nada.

jueves, 19 de enero de 2017

Borradores Ex-Patria



Borrador del 18 de julio de 2016:

Tiene ya un buen tiempo que no me siento inspirada a escribir en este blog. La razón principal es la
falta de confianza en mis propias palabras. Siento que nunca digo nada, o que lo que digo se queda a medias porque mi escritura siempre se siente huevona. Cuando me animo a echarle un ojo a mis antiguos posts siempre me quedo con la sensación amarga de que escribir nunca se me ha dado, y eso me recuerda que a mis 27 años sigo sin saber exactamente qué es 


Desde niña siempre quise aprender de todo. Tuve muchas vocaciones diferentes, como suele sucedernos a todos en la infancia (supongo): Quise ser paleontóloga, egiptóloga, géologa, astrofísica, fotógrafa, pintora, escritora, violinista, diseñadora, actriz, y así la lista continúa. Leí, estudié y tomé clases de todo. Estudié una carrera universitaria con la que nunca me sentí particularmente vinculada, y al final el suceso más relevante de mi vida fue el tomar la decisión de irme de México. Aunque el dejar a México no era la idea principal. La idea (principal) era venir a Israel, vivir en Israel, y así entender por qué tenía tantas ganas de hacerlo.


Y bueno... sigo con tanta hueva de escribir.


Borrador del 3 de noviembre de 2016:

 Este año he dejado este blog de lado más por pereza que por ninguna otra razón. Es la verdad. A veces siento que mi escritura está hueca y que, a final de cuentas, sólo me leo yo misma. Y si de leerme a mí misma se trata, en vez de leerme, platico conmigo. Me digo cosas yo sola en mis caminatas al trabajo, o qué se yo. Pero hoy, sin tener ninguna razón en particular muy clara, he decidido volver a escribir con la esperanza de tener algo que decir.

Y he decidido que voy a mostrar mi vida de los últimos meses por medio de las fotos que he tomado. Hace poco por fin logré comprarme la Canon EOS 6D, con el lente Sigma 35mm. f/1.4


Borrador del 4 de noviembre de 2016:


Nunca sé cómo empezar un texto. 

Vivo en una de las zonas más interesantes del mundo, qué más ruido hace en las noticias internacionales, en la cuna de la civilización, y el origen de al menos dos de las tres religiones abrahámicas. Pero cuando me siento frente a la pantalla con el cursor parpadeando me siento vacía de palabras al respecto. Si decido cambiar a la pluma y el papel, termino haciendo dibujos, escribiendo insultos para entes invisibles, y procedo a desentenderme de todo. Han pasado meses desde la última vez que le dediqué tiempo serio a este blog, y pese a que sé que muy poca gente me lee, me siento un poco culpable y un mucho miserable. Si no me faltan cosas que decir cuando hablo, ¿por qué siempre me faltan cuando escribo?

Pero hay que empezar por algo.


Bien, pues voy a empezar por platicarles en dónde vivo.

Mi vecindario se llama Armón Ha-Natzív, también conocido como Talpiót Mizráj. Es un vecindario callado, repleto de gente que 


Borrador del 19 de enero de 2017:

Mi madre vino a Israel otra vez. Del 20 de diciembre al 10 de enero volví a tenerla aquí conmigo, y visitamos muchos lugares que nos faltaron la vez anterior, incluyendo uno de mis sitios favoritos: Masada; y las bellísimas ruinas de Séforis, una antigua ciudad romana, que se encuentran cerca de Nazaret (también por ahí anduvimos, por cierto).

En julio del año pasado recibí mi residencia. Mis probabilidades de encontrar empleo mejoraron grandemente, porque aunque ya tenía permiso de trabajar,


sábado, 10 de septiembre de 2016

4 años en Israel

(Post publicado en mi muro de Facebook el 8 de septiembre)


Hace cuatro días cumplí cuatro años viviendo en Israel. Cuatro años de perderme en una multitud de identidades, creencias, nacionalismos y conflictos que me eran ajenos, pero que ya no tanto. Cuatro años de empezar a auto-presionarme para hablar una lengua tan distante, tan extraña, y que aún hoy me saca corajes con sus erres guturales impronunciables que acabé por hispanizar. De hacer amigos judíos, musulmanes, cristianos, y apóstatas salidos de cada variante. De caminar por lugares santos, y lugares profanos. Jodidos o espléndidos. De escuchar historias (de los los labios de sus protagonistas) de víctimas del odio, y de victimarios. Pero también cuatro años de aprender que usualmente la gente es buena. O al menos la gente que aprende que «el otro» es más o menos lo mismo que «uno mismo». De recibir mucha hospitalidad, mucha ayuda, y de admirarme con la solidaridad de personas de todas las religiones y orígenes, y con sus historias de hermandad y amor que rara vez llegan a las noticias internacionales. Y finalmente, y lo mejor, cuatro años de reírme mucho de la vida, y de mí misma; de salirme de mis propios lugares comunes.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Recuento atrasado de noviembre

Hace relativamente poco retomé el vicio malsano de preguntarme qué estoy haciendo con mi vida. Me percarto, sin embargo, pese a todos los esfuerzos de mi enorme ego, que no es raro que personas en sus veintitantos se conflictúen con esta clase de ideas. Mi caso es común. Y aunque el período de tratar-de-vivir-sólo-el-presente me ha durado más de lo que esperaba, la cercanía del cumpleaños número 27 me ha hecho mirar un poco hacia atrás, y luego un poco hacia adelante.

El 9 de agosto de 2010, sentada en "las Islas" de la Facultad de Filosofía y de Letras, en Ciudad Universitaria, tomé la decisión de irme a Israel. Eso, o la decisión me tomó a mí, por sorpresa, casi como si me hubiera estado acechando desde hacía tiempo. Estaba con varios de mis compañeros, hablando de cosas que ya no recuerdo nada, y de pronto me dije a mí misma: "me voy a Israel". Poco más de dos años después de eso ya estaba acá, todavía un poco desorientada por la rapidez del proceso. Llegué como aupair-estudiante; después de seis meses me transformé  en una regordeta migrante que comenzó a estudiar hebreo además del curso para enseñar español que originalmente vino a estudiar. Ahora tengo mi propia empresa de limpieza de la cual soy la dueña y la única trabajadora; doy clases de español a un chico francés de 14 años, y de cuando en cuando funjo también como niñera. Me pagué mi último viaje a México, y he logrado mantener ingresos que para la media salarial en Israel, no están nada mal (y más para alguien que no tiene turnos agobiantes en un trabajo de sueldo mínimo). Mi vida en Israel, como expatriada, es bastante interesante. Sin embargo

...hace poco me deprimí. Mi TOC explotó, ideas oscuras empezaron a rondarme la cabeza, y me di cuenta de que, pese a todo, sigo siendo vulnerable. Que todo el teatro de sentirme como la Mujer Maravilla no es sostenible a largo plazo, y de que... está bien sentirse como el culo de vez en cuando. Es imposible mantener una vida digna de Instagram sin perder la cabeza. Todo ese romanticismo que ronda la idea de viajar, o de ser expatriado en un lugar "exótico" de pronto se vuelve tan frágil que se quiebra a la primera crisis mayor. Y esta no es la primera crisis mayor que tengo acá. No es ningún secreto que ya viviendo en Jerusalén busqué ayuda psicológica y psiquiátrica, y que regresé a la siempre fiel fluoxetina, con quien ya había tenido encuentros en otras etapas de mi vida en México. Hace un par de meses decidí bajarme la dosis, porque "al cabo ya estoy mejor". Luego la dejé por completo. Ajá... Heme aquí de regreso a sus brazos, y sin planes de alejarme de ella hasta que reciba el consejo de un profesional sobre qué es lo mejor para mí. Y voy a hacer énfasis en lo que ya dije más arriba: Está bien no estar bien. La vida no es como en las fotos de Facebook, e Instagram, en donde lo que vemos como realidad es la toma número 4429342 en donde por fin logramos que se reflejara la luz de la manera correcta, o en donde finalmente encontramos una pose que nos haga ver heróicos, radiantes y felices. La vida es, más bien, como las fotos de rollo, en donde uno nunca sabía cuál iba a ser el resultado, y precisamente en la sorpresa había algo de excitante.

Sí, viajar, o mudarse ya sea temporal o permanentemente es, en efecto, una gran manera de conocer el mundo y (retomando un "cliché de viajeros") de encontrarse a uno mismo. Pero cuidado, porque no todo lo que se encuentra es maravilloso. A veces también pasa que uno se empapa de odios y miserias ajenas, y se descubre deseando regresar al punto de origen en donde las esperanzas previas al viaje eran mucho más prometedoras. A veces uno se siente más idiota, más vacío. Y eso, también está bien. Porque la idea de que siempre tenemos que regresar de un viaje (especialmente si es a lugares como Medio Oriente, o la India, o países del sur de Asia) como seres más sabios e iluminados es basura. De vez en cuando el aprendizaje también llega por las malas.

Acá en Israel la situación se ha tensado mucho con la ola de ataques que desde hace varias semanas se han vuelto el pan nuestro de cada día; a muchos les ha dado por llamarlo "La intifada de los cuchillos". El asesinato de Eitam y Naama Henkin enfrente de sus hijos, por militantes de Hamás fue el inicio de una ola de violencia que no ha parado hasta ahora. Luego, por ejemplo, en dos ataques separados, uno en Tel Aviv, y uno en el área de Gush Etzion fueron asesinadas cinco personas. Todo esto, por supuesto, a la sombra de los ataques de París, que pusieron al mundo en shock. Pero con el paso de los días y el número en aumento de ataques, aquí y allá, cada vez oímos más cifras y menos nombres. La vida, sin embargo, sigue.


viernes, 4 de septiembre de 2015

¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno!

El 2 de septiembre de 2012 le dije adiós a México, sin saber exactamente qué me esperaba del otro lado del mundo, y sin estar completamente segura de que lo que estaba haciendo era lo correcto, o lo mejor para mí y mis seres queridos. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México fue testigo de los últimos momentos de una vida, que a partir de que abordé el avión se transformó en otra. Fue el punto sin retorno al que muchas veces he vuelto a asomarme en la memoria para entender por qué tomé las decisiones que tomé, y si hubiera sido mejor tomarlas de manera diferente. Quiero decir: no me arrepiento del destino final de mi aventura; ni siquiera me arrepiento de los pequeños procesos que la iniciaron. Vamos, que honestamente no me arrepiento de nada. Tal vez arrepentimiento no es el término que estoy buscando. ¿Sería más adecuado hablar de qué pequeños cambios le haría al guión de mi historia para que fuera más funcional, con menos dramas en el camino, menos tropiezos innecesarios y sin corazones rotos? 

Pero Israel ha sido, sin lugar a dudas, el capítulo más feliz de mi historia. Y si todas las metidas de pata que tuvieron lugar fueron, de hecho, necesarias para que yo terminara de aquí, creo que todo ha valido la pena. 

Es un país complicado de una manera diferente a México; con sus propios códigos, maneras, rutinas, sabores y tendencias. Hay gente buena y mala; hay lugares hermosísimos, y otros para llorar. Todo esto como en cualquier otro lado, pero al ser un país tan pequeño, parece que todo se magnifica en porcentajes: el amor, y el odio; lo bello y lo desdeñable.

En la madrugada del 4 de septiembre de 2012 (hora Israel) llegué a mi destino... literalmente. "El primer día del resto de mi vida", frase trillada que le va más que perfecto a lo que sentí cuando, justo antes de aterrizar, vi una Tel Aviv de joyas de luz titilando en la oscuridad. Lo demás es historia: una llena de mucho amor, de muchas lágrimas, de mucho aprendizaje, de todas las personas maravillosas a las que he conocido de este lado, y de las que, pese a la distancia, siguen estando conmigo cada día. Y aún quedan tantas, pero tantas páginas en blanco.

¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno! ¡Gracias por la bofetada de realidad que me ha sentado tan bien hasta la fecha!

sábado, 1 de agosto de 2015

Jerusalem faces

Esta vez se me hizo tarde para publicar la entrada de julio, con todo y que en varias ocasiones abrí y modifiqué un borrador. Supongo que, en realidad, a nadie le afecta del todo, porque tengo relativamente pocos lectores, y esto es algo que hago por gusto, no por obligación... aunque honestamente me siento comprometida a hacerlo, porque es compromiso lo que precisamente le ha faltado a mi vida. Fue justo cuando me comprometí a cuidar más mi cuerpo, que empecé a ver resultados de verdad. Y supongo que será hasta que me comprometa a escribir "de verdad" cuando empiece a... ¿a qué? No lo sé. Desde un principio la finalidad de este blog no fue la calidad literaria, sino el compartir un poco de todo lo que vivo y veo, aunque fuera de manera muy sintética. Y de cierto modo lo he hecho. Prueba de ello es que, la entrada más útil que este espacio ha producido jamás (Sobre la visa B1 en Israel), atrae tráfico constante y me ha llevado a conocer a un montón de personas interesantes que están en situaciones similares a la mía: ya sea porque quieren venir a vivir al país, por interés cultural o religioso, o porque tienen pareja israelí.

Como sea... tengo algunas anécdotas que me gustaría compartir antes de que se me pierdan para siempre. Cada mes aquí es particular, y aunque parezca que vivo sumergida en una rutina muy plana, nunca es así en realidad. Los detalles del mundo que me rodea de pronto resaltan como remarcados en pintura fosforescente. Y gracias a una buena inversión en equipo móvil, siempre tengo a la mano la útil camarita de mi teléfono celular, que me deja tomar fotos a una velocidad que mis otras cámaras envidiarían. Empecé a tomarle fotos a la gente en la calle, sin motivo particular, sólo porque me gusta verlos e imaginar sus historias. No les pido permiso, porque me temo que aunque me lo dieran, el saber que van a ser fotografiados iba a arruinar el  resultado final. Todos tienen historias que contar en este crisol de gentes, religiones y culturas que se llama Jerusalén.


19.07.2015

Iba rumbo al gimnasio, después de limpiar una casa en la calle General Pierre Koenig. Un señor ya grande iba sentado frente a mí, y de inmediato me hizo un comentario que no entendí. Verán: uso una estrella de David al cuello, no por motivos religiosos, sino como una especie de símbolo del apego emocional que tengo con esta tierra. No sé si me preguntó si era judía, o algo relacionado con el ejército, pero hablaba muy bajito, y honestamente no me atreví a decirle que no le entendía. Siguió hablando, contándome historias, como si yo fuera alguien a quien conociera desde hace mucho. Después empezó a conversar con el hombre que iba sentado al lado suyo, pero no mucho después, decidió que quería seguir conversando conmigo. Me preguntó que sabía dónde estaba ______ (cierto lugar), le dije que no, y lanzó una exclamación como de "¡¿Cómo?! ¿Pues qué no les enseñan geografía en las escuelas?!". Le dije que no soy israelí, y me preguntó que de dónde era. Le dije que de México, y tuve repetirlo varias veces porque no parecía entenderme. Al final lo logró, y me dijo: -Entonces hablas español. Yo también hablo español... bueno, no, ladino." Le dije un par de cosas en español, y no me entendió. Volvió a hablarme en hebreo. Me contó que fue soldado, mencionó algo de los nazis, y de cómo llegó a Israel. Mi parada estaba cada vez más cerca. Le pregunté su nombre. Me dijo que se llama Abraham. Le dije que ya me iba a bajar, pero que había sido un gusto platicar con él. Me levanté, y la última vez que lo vi, su mirada ya se había desviado de mí, como si yo nunca hubiera estado ahí. Mientras hablábamos le tomé varias fotografías. Ojalá lo hubiera conocido en otro lugar, en donde de verdad hubiera podido sentarme con tranquilidad, pedirle que me hablara despacio para entenderle bien, y entonces escuchar, y escuchar, nada más.

He tomado después de eso otras fotos, que no llevaron conversación incluida, pero que me dejaron muy contenta. Las caras de Jerusalén que, como este señor, también me cuentan historias aunque no me hablen.

Una foto publicada por Ducel Ariane (@ducelariane) el

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martes, 30 de junio de 2015

Lugares sin retorno

Es increíble la cantidad de cosas que se descubren anotando las victorias cotidianas durante un mes completo. Aún me faltan un par de días para llegar a esa meta; sin embargo me he encontrado con muchas novedades al mirarme al espejo y reconocerme de una manera diferente. Me he percatado de que soy buena para organizar mi entorno; para proponerme pequeños retos y lograr que no se tornen aburridos; para experimentar y disfrutar incluso de los resultados más inesperados.

Por ahí dicen que somos lo que comemos. Y desde que como mejor todo me ha cambiado: desde el ánimo hasta la piel. Me siento como si fuera alguien más, alguien que me cae mejor. Y yo diría que la la metáfora, la de la comida, no se queda ahí. También somos aquello de los que nos alimentamos en lo cotidiano. Es complicado no empaparse un poco del medio, de la gente, de sus modos, sus costumbres, y hasta sus ademanes; de sus ideologías, problemáticas e intereses.

Por ejemplo, el otro día estaba esperando el bus y un tipo, gordo y feo, se me quedaba viendo insistentemente. De esas miradas que sigues sintiendo encima aún cuando tratas de ver para otro lado. Cuando me harté, elevé la voz y le dije:

!?מה
!?למה אתה מסתכל עליי
???יש בעיה

Ante semejante sonoro enfrentamiento desvió la mirada y negó con la cabeza, diciendo por lo bajo "no... no". No volvió a mirarme. Puto.
Pero bueno, semejante carácter ya lo traía desde México, nada más que ahora he logrado traducirlo al hebreo y reaccionar no con violencia a la mexicana, sino más a la israelí, aunque de israelí yo no tenga nada.

A casi tres años de haber llegado a Israel, me siento muy bien aquí. Todavía tengo ataques de nostalgia, pero vamos... ¿quién no los tendrá? Vale más mencionar que aspectos agradables de mi persona que ni siquiera conocía salieron a flote y me he re-conocido capaz de comprometerme con las cosas que me hacen feliz. Me parece que se me haría más complicado regresar al lugar en el que estaba antes. No hablo de México. Hablo de la inconformidad constante. Aún no sé bien para donde voy, para ser honesta. Pero llegué al punto sin retorno; si diera media vuelta ahora mismo creo que me moriría de sed.

Ya ha pasado un año desde que empecé a correr. Y ahora de verdad corro. Hace unos días hice 10 kilómetros continuos por primera vez. He perdido el gusto por el alcohol, por la comida que llena pero no alimenta, y hasta por la ropa que no tiene una función. Sí, ahora le doy prioridad a la ropa deportiva, que me sirve para correr/caminar/ejercitarme en el gimnasio y seguir cómoda y de paso verme bien. Y lo más importante de todo: poco a poco voy dejando el pasado, pues... pasar. 


sábado, 28 de febrero de 2015

Las letras nevadas de febrero

Cuadro sin firma que está en las instalaciones del Ulpán MILAH
Este jueves 19 de febrero la nieve volvió a Israel. Ya había nevado en el tiempo que estuve fuera del país, sin embargo ahora nevó con más fuerza, aunque solo por una noche. Esa noche bastó para pintar de blanco las calles, los techos y los horizontes, aunque sólo un par de días después, luego de mucha lluvia y algunos intervalos de sol, todo se desvaneció.

Parece como si el invierno se negara a irse del todo. Cuando recién volví, a finales de enero, hubo algunos días calurosos, como de verano, y después lluviosos, como de otoño. Me dan ganas de decirle al clima que no sabe lo que quiere. Pero honestamente me gusta más así, frío, lluvioso. Generalmente... Porque hay veces que sí incomoda. Por ejemplo ahora que voy al gimnasio, pues... no he podido ir, con eso de los horarios tan fijos del transporte público, y de que Jerusalén se vuelve un caos antes, durante y después de las nevadas, me la he pasado un par de días en la casa. No tengo botas a prueba de agua, así que decidí que cualquier intento por salir a caminar y hacer hombres de nieve sería fútil. Mejor me quedé recostada leyendo Juego de Tronos.

La semana antepasada empecé el nivel Gimmel de hebreo, que es como un avanzado-intermedio, creo yo. Entiendo todo lo que dice el profesor en la clase, pero aún me cuesta trabajo hablar con fluidez. Me pregunto qué se sentirá hablar este idioma sin pensarlo tanto, como ahora me pasa con el inglés. Aún me cuesta trabajo leer, y no puedo evitar sentir cierta envidia cuando veo a mi novio que, aunque no tuvo el hebreo como lengua materna, lo domina como nativo, y lo lee igual. Pero ahí la llevo... poco a poco, paso a paso. Tal vez si no procrastinara tanto, ya lo hablaría bien. El inglés es un arma de doble filo en estas tierras. Uno se acostumbra a que es suficiente para sobrevivir, y se olvida de que intentar hablar la lengua local es más relevante que llevar una vida fácil a corto plazo. 

El lugar en donde estudio hebreo, por cierto (y para dar datos más relevantes para los migrantes y posibles migrantes que lean mi blog) se llama MILAH, en hebreo מילה, que en realidad son siglas para מכון ירושלים לעברית (Majón Yerushaláyim LeIvrit): algo así como Instituto de hebreo Jerusalén. Recientemente movieron  las instalaciones a la calle Rabbi Akiva 14, que cruza la siempre bulliciosa Hillel. El ambiente es agradable, los maestros son buenos, y (como creo que ya lo he mencionado antes en algún otro post) usan el sistema comunicativo de enseñanza. La clase se da en la lengua que se enseña, y uno como estudiante tiene que esforzarse por hablar siempre en hebreo. Se usan libros, lo cual ayuda a llevar una mejor organización del aprendizaje, además de dar una refrescante sensación de progreso, que a mí en lo personal me gusta mucho.

La escuela me gusta también porque ahí se ve claramente el apartheid israelí que tanto claman los activistas de izquierda barata que se autodenominan "pro-palestinos". Y sí, estoy siendo irónica, porque, como en cualquier institución a la que uno se meta a estudiar (o a trabajar) en este país, judíos y no-judíos (sean musulmanes, cristianos o como yo, extranjeros que no encajan en ninguna de las denominaciones ya mencionadas) están juntos, en los mismos salones, sin divisiones, ni clasificaciones, ni favoritismos, ni nada de lo que uno se imaginaría cuando se habla de árabes en Israel. Por favor... dejen de usar términos como apartheid. Si quieren usen "racismo" o "discriminación", porque de eso sí hay, y mucho. Pero acuérdense que no sólo aquí, sino en todos lados. Justo eso le decía a mi amigo Mh, que es árabe musulmán ateo: en cualquier lado la gente encontrará razones para discriminarnos. Ya sea porque somos negros, blancos, morenos; por nuestra religión, o la ausencia de esta; por nuestro género, nuestra preferencia sexual, o simplemente nuestro modo de conducirnos en la vida. Así que no anden con tonterías de que Israel es el lugar más racista del mundo, porque no. (He visto más discriminación e injusticia en México, por cierto).

Precisamente por razones conectadas a estas conclusiones a las que he llegado después de ya casi dos años y medio de vivir aquí, ahora soy voluntaria del Padre Gabriel Naddaf, quien es denominado por muchos como valiente, y por muchos otros como traidor. Yo, pues soy parte de los primeros.

Verán:

Gabriel Naddaf es un sacerdote israelí que, pese a entrar en la clasificación generalizada de "árabe", porque esa es su lengua materna, se considera un ciudadano orgulloso, que promueve la integración de la comunidad cristiana (también denominada por muchos como árabe-cristiana, pero que ahora está empezando a ser reconocida como aramea) a la sociedad israelí, y al ejército. Defiende la idea de que Israel, pese a todos los defectos que pueda tener, es el único lugar en todo el Medio Oriente en el que los cristianos viven sin temer por sus vidas, como pasa en todos los vecinos países árabes. Pensemos en Irak, por ejemplo, en donde miles han sido desplazados, torturados y asesinados sólo por sus creencias. Al escribir esto, me pregunto dónde está la indignación del mundo, las protestas pro-cristianos-desplazados, y el boycott a países como Irán o Arabia Saudita, en donde por ser homosexual uno puede ser ahorcado en la calle como si nada. ¿Dónde están esos que dicen defender los derechos humanos? Pura hipocresía mierdera (con su perdón).

Todavía tengo intenciones serias de aprender árabe, pero ya será después, cuando tenga más espacio, y el dinero no sea un impedimento. Sí, lo haré ya con el verano entrado, y con la convicción certera de que no estoy empezando a aprender otra lengua cuando todavía no tengo la primera segura.

sábado, 31 de enero de 2015

Seré breve...

Ya estoy de vuelta en Israel. Tengo que decir que el viaje me ha sentado muy bien. Como lo dije en un post pasado, siento que ahora soy una versión más feliz y más libre de mí misma. No sé exactamente cómo sucedió, pero en algún punto entre estar en México y regresar a Israel tuve un par de revelaciones con respecto a la paciencia, la amistad, la tolerancia, y la aceptación de uno mismo. ¿En qué orden? De nuevo no lo sé. No sé ni exactamente de dónde salió cada una, pero sé que llegué más consciente de que he sido, y soy, una persona afortunada. Tengo una vida feliz.

Hablemos un poco del proceso.

Mi amiga Bárbara me pidió que de regreso de México me llevara a su perrito chihuahua que se había quedado allá cuando ella también, sin ser judía como yo, migró a Israel. El susodicho, de nombre Hércules, se fue a quedar conmigo a mi casa, durante las dos últimas semanas de mi tiempo en México. Pensé que tener un perro, aunque fuera sólo por unos días me iba a descuadrar, pero no. Nos acomodamos muy bien, porque este individuo resultó ser uno muy educado e inteligente, y aunque demandante de cariño, como buen chihuahueño, me ayudó a darme cuenta de que dar amor, de cualquier modo, a una persona, a una flor, a una mascota, o a un proyecto, es no solo deseable, sino necesario para llevar una vida feliz.

Dentro de un par de semanas empiezo otro nivel de hebreo, ya con miras de llegar a la fluidez en el idioma y que deje de ser un impedimento para desenvolverme aquí como cualquier otra persona. Decidí dejar el árabe para después. Un idioma al a vez, para que amarre. Debo de seguir cultivando la paciencia para bien. 

Aunque esta entrada sea breve, no quería terminar el mes con tres líneas solamente. Era importante para mí recalcar el hecho de que descubrí, después de un largo viaje, que soy feliz. Y aunque sé que la felicidad no puede ser una línea recta, sé que fue entre la línea de regreso de México a Israel que encontré la fórmula para mantener una constante de bienestar que no había experimentado nunca antes. Estoy leyendo Juego de Tronos (así, en español) y disfrutando del paisaje jerusalenesco cada vez que salgo de mi casa. Me siento bien, amigos. Espero que eso logre reflejarse en mis próximas entradas...

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Al final

Hoy termina el año, y por fin me obligué a mí misma a volver al blog con algunas ideas que me han estado rondando la cabeza desde la última vez que traté de escribir y no pude. Fue, de hecho la primera vez que terminé el mes con tres líneas baratas y apologéticas en lugar de con una crónica. En estos momentos envidio mucho a esos que deciden escribir, y escriben. Cuando yo decido escribir pasan una serie de cosas antes de que pueda sentarme frente a la computadora y soltar las ideas. Tengo más de una crisis en el proceso. A veces pienso que en lugar de escribir debería estar dibujando, o dedicándome de lleno a la fotografía, y dejarle las palabras a los que puedan darles el mejor manejo. Luego trato de dibujar y me pasa igual. Los trazos no me salen tan fácil como los imagino. Así que, como parece que el bloqueo es algo inherente a cualquier disciplina que se quiera desarrollar, hoy decidí que voy a hablarles de mis últimas semanas tal cual me lleguen las imágenes. Corro peligro de caer en disociación de ideas y, en ciertos momentos, alejarme de mis puntos, pero hoy me importa poco. Quiero ser honesta, y no quiero dejar que todas estas memorias se vayan nublando.

Camino a México
Llegué a México el 17 de noviembre de este año, después de un vuelo corto de Tel Aviv a Londres, y uno largo de Londres al DF. En el avión de Tel Aviv a Londres me tocó sentarme junto a una pareja de israelíes que, después me contaron, iban a pasar unos días en Londres. La chica estaba embarazada. Conversaban alegremente en hebreo, y cuando supieron que yo también venía de Israel, me preguntaron si había estado entendiendo su conversación. Les dije que sí, aunque en realidad no había prestado atención. En mi siguiente vuelo me tocó sentarme, de nuevo, junto a una pareja de israelíes, más agrios, con los que en realidad ni siquiera conversé. Sin embargo, en la misma zona había un grupo de mexicanos que venían de Turquía. Pasé una buena parte de las más de 10 horas de vuelo platicando con ellos; compartiendo experiencias de nuestros viajes. Debo mencionar, como anécdota extra, que esta vez logré pasar los controles del aeropuerto de Heathrow en más o menos 15 minutos, aun cuando el tiempo calculado es de una hora. Aprendí que un arete que active la alarma de metales en el escáner, puede ser la diferencia entre pasar 20 minutos esperando descalzo a que te devuelvan los zapatos que te hicieron quitarte, o pasar directo y sin contratiempos.

El mes y medio que llevo ya en mi país me ha servido para re-pensar una serie de nostalgias que traía cargando ya desde hace mucho tiempo. Ver los cambios que han sufrido todos los lugares a los que estaba acostumbrada, o en su defecto, los cambios que no han sufrido, la "apariencia de siempre" me llevó a evaluar qué vale la pena conservar, y qué, simplemente, debo dejar ir. Los recuerdos de Abraham, por ejemplo, son un buen comienzo.

Abraham (sí, por fin me atrevo de nuevo a escribir su nombre, en vez de encubrirlo en una sola letra) debería haberse ido diluyendo en mis recuerdos de acuerdo al proceso natural que nos ayuda a conservar sólo ciertos elementos de las personas cuando ya no están más en nuestras vidas. Pero creo que yo me aferré de más a ese recuerdo, como tratando de conservar ese amor en una cápsula, indiferente al tiempo. La vez pasada que vine a México me causaba mucho dolor pasar por los lugares en los que, en algún momento, estuve con él. Todos ellos me sabían como ajenos, antiguos. Esta vez, sin embargo, noté que el efecto se había reducido. Pensé en algo que él me dijo una de las pocas veces que hablamos, después de toda la amarga historia de separación (mucho, mucho después): Que ya no tenía una idea muy clara de mí. Que, de algún modo, él sí había logrado diluirme en la memoria. Tal vez mi error fue no querer deshacerme de nada: ni de sus palabras, ni de sus fotos, ni de nuestras conversaciones. Todo lo guardé, pero ahora entiendo que no fueron solamente los objetos. Lo guardé a él. A ese chico de 21 años que probablemente ya ni siquiera existe. Conservé vívidamente todos sus detalles: su aroma, el color de su cabello y el de sus ojos, la temperatura de su cuerpo, su manera de hablar, las cosas que me gustaban y también las que no me gustaban de él. El primer beso, el primer... todo. Lo primero de todo lo que alguna vez hice con él. Seguí enamorada de un fantasma. Pero ahora, finalmente, después de más de dos años de la última vez que lo vi en persona, he decidido que (aunque ya lo sabía) no voy a morirme de nostalgia. Ni de nostalgia, ni de saudade. Con esto no quiero decir que voy a romper sus fotografías y a quemar sus cartas. Quiero decir que por fin voy a dejar que se diluya lo que se tenga que diluir, que se pierda lo que se tenga que perder, y se quede lo que tenga que quedarse. Adiós, Abraham. Feliz año nuevo.

Volver a México me hizo pensar en que conozco tan poco de él (de México, ya hemos cambiado de tema, amigos) que a veces hasta me siento avergonzada. La semana pasada visité Teotihuacan por primera vez en mi vida, y lo disfruté como si no fuera a regresar nunca. Las construcciones gigantes, el barullo de la gente, los escalones interminables, y el clima inusual que me tocó: nublado y frío.


También me he dado cuenta de que ya sé que estoy en el lugar correcto. Israel se ha ganado mi amor bajo pretexto de pequeños detalles. Digan lo que digan los medios (que generalmente se centran en los aspectos negativos), la gente es, en general, buena y honesta. Son solidarios. Me gusta vivir ahí, y ahí quiero estar mientras me siga gustando. Extraño Jerusalén... la extraño mucho. Y me alegro al recordar que vuelvo pronto. Estas segundas vacaciones en México me ayudaron a responder preguntas que, vamos... sólo se podían responder así: regresando al punto de origen del viaje. Volviendo a mis viejas calles, y jardines. A dormir sola en mi vieja cama. A acariciar a mi gata, a ver a las personas que dejé acá, e incluso al ir a comer a los sitios a los que solía ir antes de que todo esto empezara.


Como una especie de cursilería de año nuevo, y dejando a un lado las nostalgias y las introspecciones, también pienso en todas las cosas por las que me siento agradecida (sin ningún orden especial): de tener una madre que resulta ser también mi mejor amiga; de hablar español y por primera vez estar a punto de terminar un libro en inglés. De hablar hebreo, aunque sea todavía uno muy quebrado. De haber bajado de peso, de haber podido nadar en el Mar Mediterráneo, por primera vez, dejando un rato el miedo a que el agua me trague. De vivir en el siglo XXI, y que todas las personas en mi vida estén siempre, sin importar donde estén, a un click de distancia. De tener un novio con quien tengo una relación tan pacífica, sin guerras ni miedos constantes: un compañero de vida calmo y sereno, que me ayuda a entrar en mis sentidos cuando estoy cerca de perderlos; que me ama más de lo que yo podría pedir, y a quien yo amo también muchísimo, ambas cosas sin idealismos románticos que nos orillen al caos. Una relación tranquila y estable.

Me siento agradecida de haber conocido a tantas personas tan peculiares allá en Israel: israelíes, mexicanos, argentinos, ingleses, franceses, estadounidenses, rusos, ucranianos, y demás. Algunos se fueron dejando una huella breve pero grata. Otros siguen ahí como amigos entrañables de los que no quisiera perderme nunca. También me gusta pensar que aprendí lecciones simples pero valiosas: como que no hay distancias tan largas que no puedan recorrerse a pie. El hábito de caminar y correr me ayudó a observar mi entorno; a poner más atención a los detalles, y a darme mi tiempo de disfrutarlos. Cada paseo alrededor del vecindario, o a lo largo de Jerusalén me servía de terapia para la ansiedad y el miedo: miedo a mí, miedo a mis recuerdos, miedo a lo que pudiera venir, y miedo a los cambios repentinos. ¡Ah! Y vuelvo a leer de manera constante, como no hacía desde que terminé la carrera. Y lo disfruto, que es la parte importante. 

Voy de vuelta a Israel a mediados de enero, y creo que acierto al decir que regresa una versión más feliz y más liviana de mí misma.

¡Feliz año a todos! Nos vemos en 2015 :-)
Ducel


viernes, 29 de agosto de 2014

Fronteras de agosto

8 de agosto de 2014

La operación en Gaza, llamada "Margen Protector" comenzó el 8 de julio pasado. Un mes exacto, desde hoy. Estos últimos días hubo un cese al fuego de 72 horas, pero justo hoy se terminó y las hostilidades no se hicieron esperar. La operación de 2012, que también me tocó vivir, duró apenas unos días. De entre los vaivenes de relativa calma y violencia a la que los residentes de estas tierras ya están tan acostumbrados (para bien o para mal), de entradas y salidas de Gaza, de misiles y bombardeos, Margen Protector se ha extendido más de lo que muchos quisieran. Fueron lanzados hacia Israel más de 3,000 misiles (según datos de las Fuerzas de Defensa de Israel, 3,360), de los cuales 2,303 han golpeado el territorio; 115 han caído en áreas pobladas, 584 interceptados por la Cúpula de Hierro, 119 fallidos, y 475 que han caído adentro de la misma Franja. Más de 60 soldados han muerto, y 150 han sido heridos. Del lado gazatí, alrededor de 1,885 muertos, y un aproximado de 10,000 heridos.

Las justificaciones están de más. Pareciera que todos los envueltos en este conflicto vivieran en realidades muy diferentes. Israel, por un lado, acusado de operaciones desmedidas que se están cobrando la vida de mucha gente inocente; Israel justificando la legitimidad de sus acciones, declarando que lamentan las pérdidas humanas, y perdiendo el apoyo de la comunidad internacional. Hamás, por otro lado, lanzando cohetes desde áreas pobladas, mezquitas, hospitales y hasta recintos de la ONU. Fotos virales que, en algunos casos auténticas, y en muchos tomadas de conflictos de Siria, Irak, y otras partes. Para ellos, cada muerte gazatí es una victoria mediática, un arma más en contra de Israel. Victorias en el camino de algo que, sea lo que sea, está muy lejos de estar relacionado con el bienestar del pueblo palestino.


29 de agosto de 2014

He escrito mucho menos de lo que me hubiera gustado en estos últimos dos meses. Han pasado muchas cosas: En julio renové mi visa de trabajo, y dentro de poco voy a hacer un viaje de dos meses fuera del país. Por ahora no mucha gente sabe a dónde. También, dentro de una semana exactamente, cumplo dos años de vivir en Israel. Dos años.

El día que llegué, 4 de septiembre de 2012, mi mundo se fue de cabeza. Era la primera vez que cruzaba el océano, y la primera vez que viajaba a expensas de mí misma, de mi curiosidad, de mi deseo de irme lejos. De ahí en adelante todo ha sido como parte de una novela de la que yo soy personaje. Siempre me desdoblo, cuando me encuentro cara a cara con esta realidad que parece tan inverosímil, y es como si esta vida que estoy viviendo no fuera mía, sino la de otra yo.

El llamado al rezo de las mezquitas aledañas ya no me despierta en la madrugada: me he acostumbrado a él. Cuando tengo que ir a trabajar temprano, todavía no hace calor. Hay una especie de bruma fresca que poco a poco se va evaporando, hasta que, por ahí de las 9 de la mañana, hay que prender los ventiladores o el aire acondicionado. Ya me acostumbré a vivir en frontera. En una frontera que es y no es, dependiendo de a quién le preguntes. El año 1967 tiene que ver.

Desde la ventana de mi cuarto se alcanzan a ver las villas árabes que nos rodean. La guerra en Gaza "terminó", luego de 50 días. Alrededor de 2,200 muertos. Y, desde hace un par de días, los habitantes de estas villas lanzan fuegos artificiales y ondean banderas palestinas, celebrando la "victoria". La prensa árabe insiste en que Hamás ganó la guerra. En Israel no celebran, pero afirman que las FDI ganaron la guerra contra Hamás. Ayer se dijo que Netanyahu había aceptado un estado palestino en las fronteras del 67. Luego se desmintió la información.

Últimamente he estado pensando en una noticia que leí hace unos días: Una pareja, conformada por una judía y un musulmán, se casó. Como aquí en Israel no existe el matrimonio civil, la chica tuvo que convertirse al Islam para que la boda fuera legal. Un grupo de extrema derecha, autodenominado Lehava convocó gente para ir a protestar frente a la boda, por ser una "abominación". Sin embargo, la boda se celebró, sin altercados mayores. Quiero decir, debe ser incómodo tener un grupo de locos gritando "Muerte a los árabes" el día que se supone debe ser el más feliz de tu vida, pero al menos no hubo agresiones físicas. El amor logró, de alguna manera, romper límites, romper separaciones, burlarse de las fronteras culturales.

Pienso en esta canción, "Let The Truce Be Known", de Orphaned Land, una banda israelí que me gusta mucho. Con ella concluyo esta breve introspección.


sábado, 28 de junio de 2014

Or Yerushalayim: revelaciones rápidas

Me meto a leer mis entradas en este blog, y a veces encuentro mi propia escritura absurda. Como si me perdiera en el camino de querer decir algo, y finalmente no decirlo, quedarme en el tartamudeo inicial, en la introducción a lo que realmente era mi punto. Me cuesta mucho trabajo escribir, aun cuando eso es lo que quiero hacer. Calmo mi voz antes de hablar de cosas que pudieran hacerme ver como muy tolerante o demasiado intolerante. Debo aceptar que tengo vaivenes, y que a veces me encuentro muy en un lado, y a veces hundida hasta el cuello en el otro. Parece que vivir en Israel te cambia, no te deja ser ni neutral, ni observador pasivo. Un amigo holandés me dijo el otro día: "Estando acá, aunque no quieras, tienes que tomar lados." ¿De verdad tiene que ser tan así? En el Ulpán me llevo muy bien con un chico que se llama igual que el profeta del Islam, y el otro día hasta me dio un aventón a mi casa. Es el primer "amigo" árabe que tengo por acá. No se me hace muy diferente a cualquier amigo que haya tenido en cualquier parte del mundo, ni a los amigos judíos que tengo acá. No veo mucha diferencia entre nadie.

Entré a estudiar hebreo de nuevo, a mi antigua escuela  de hebreo: Ulpán Morashá, pero, si bien para los niveles iniciales me sirvió muchísimo por su énfasis en la gramática, ahora en los intermedios, pues... no. Busqué opciones y finalmente me decidí por otro lugar que también está en el centro de Jerusalén: Ulpán Miláh. El sistema de este lugar es más similar a lo que yo aprendí en el Instituto Cervantes de Tel Aviv sobre cómo se debe enseñar una lengua. Dicen que ahí, en Miláh, sólo se habla en hebreo, mientras que en las clases de Morashá, todo lo explican en inglés. Un dato curioso es que cuando me fui a inscribir a mi nueva escuela, la persona que me atendió me dijo que la mayoría de mis compañeros serían hablantes de árabe, como preguntándome si eso no me incomodaba. Creo que me incomodaba más estar rodeada de angloparlantes. Tener el inglés como la lengua fácil que todos entienden y hablan, ha retrasado muchísimo mi avance en el hebreo. A ver si así sí aprendo (y a ver si de paso también se me pega algo de árabe).


La revelación

El mes pasado pensaba en aquel tiempo en el que quería convertirme al judaísmo. Viernes por la noche, cena de Shabat en casa de M. Sábados por la mañana, ir a la sinagoga con su hermana y su mamá, recibir algún libro prestado del rabino, y regresar caminando, con el libro, porque aún soy goy y puedo darme el lujo de cargar cosas en Shabat. En medio de esas memorias me vinieron las múltiples peleas que tuve con M con respecto a la religión. Me molestaba que no se decidiera entre ser secular o religioso. No sé si llegué a decírselo, o sólo lo pensé, pero lo veía como un "mal judío". Yo moría por ser parte del "pueblo elegido", y él que lo era, le daba la espalda en este gesto de rebeldía adolescente que no dejaba de parecerme contradictorio.

La búsqueda religiosa, empezó hace muchos años, primero con el Islam. En algún momento pensé que el Islam era la respuesta, y tuve intenciones pasajeras de convertirme, pero me deshice de esa idea por razones que ya ni siquiera recuerdo. Tiempo después conocí al judaísmo, y pensé que ahí estaba la respuesta. En esa pertenencia tan profunda que uno adquiere cuando se hace judío. Cuando uno pasa a formar parte no sólo de un grupo religioso, sino de un pueblo. 

Le temía a ese punto sin retorno, pero aún así me entusiasmaba. Pensaba una y otra vez en cómo iba a explicarle al rabino que estaría encargado de mi conversión que tengo la espalda llena de tatuajes. Había leído en todos lados que los tatuajes hechos antes de ser judío no tienen por qué ser un impedimento, pero aún así me preocupaba. Demasiada evidencia marcada en mi piel. Muchos mensajes implícitos y permanentes.

Cuando vine a Israel llegué a vivir con una familia judía ortodoxa, y entonces comencé a sospechar que ser judía sería más complicado de lo que parecía. No me creí (y aún no me creo) capaz de vivir bajo semejante número de reglas, o vivir sabiendo que me convertí sin tener intenciones reales de cumplir con todo el protocolo. Comencé a dudar. En el judaísmo se cree que cualquiera puede llegar al Mundo Venidero, o paraíso. Para esto, los gentiles (personas no judías) sólo tienen que seguir un pequeño grupo de reglas conocidas como "Las 7 leyes de Noé":

1. Creer en un solo Dios.
2. No maldecir al Creador
3. No cometer asesinato
4. Respetar la institución del matrimonio
5. No robar
6. Respetar a todas las criaturas de Dios. (Hablando específicamente de las criaturas que generalmente son criadas para ser alimento, hay que aclarar que esta ley no significa que "hay que ser vegetariano" para tener contento a Dios. Comer carne está permitido, siempre y cuando el animal haya tenido una muerte "limpia", sin sufrimiento innecesario)
7. Mantener la justicia en el mundo (sea lo que sea que signifique)

Sin embargo, para que un judío pueda ganarse ese mismo paraíso, tiene que cumplir 613 leyes, al pie de la la letra. De eso se trata eso de ser el pueblo elegido. Ser un ejemplo, un hermano mayor entre los pueblos del mundo.

Hace no mucho hablé con un rabino aquí en Jerusalén. Todo el contacto fue por llamadas y mensajes, y el señor se portó de lo más amable y abierto conmigo, pese a que yo esperaba todo lo contrario. Me dijo que por el tipo de visa que tengo no puedo convertirme, pero que si convertirme es lo que quiero, tarde o temprano podríamos encontrar una solución. Quedé de visitarlo en algún momento para hablar al respecto, pero hasta ahora no lo he hecho. Y hace poco simplemente empecé a sentir que ya no quería, que de verdad ya no quería. Que ya no quiero.

Cuando camino por las calles de Jerusalén, o voy sentada en los autobuses, no dejo de observar pequeñas señales de discordia. El jaredí que pasó tratando de ignorarte porque eres mujer. La niña judía secular que va hablando por teléfono, y que viste prominente escote y shorts que de tan cortos parecieran más bien calzones. El árabe de ojos bonitos que se sube a veces al mismo bus que tú, o a veces a uno de esos que sólo hacen paradas en villas palestinas. La chica musulmana con un hiyab cubriéndole todo el cabello, y que va siempre con cara de molestia. Una especie de histeria de identidad que nunca experimenté en México. Los árabes tienen que mostrar que son árabes y los judíos tienen que mostrar que son judíos, a través de la ropa, del comportamiento, de la lengua. Y aunque hasta ahora no me ha tocado ver a nadie agrediéndose, hay una especie de agresión intrínseca en la manera en la que cada quien iza el estandarte de la identidad a la que le rinden culto en sí mismos.

No quiero formar parte de eso. He descubierto que realmente me gusta ser minoría entre las minorías locales.

P.D.: Hace unos días me subí a un bus, y me pasó que por primera vez, cuando mi mirada se cruzó con la de una chica musulmana, de cabeza cubierta, y gabardina larga hasta los tobillos, me sonrió y yo le devolví la sonrisa.


La ciudad que brilla de noche y de día

Hace unos días, aquí en Jerusalén, se celebró el Light Festival 2014. Se hacen diferentes rutas entre las calles y callejones de la ciudad vieja, y se proyectan animaciones de luz y sonido en las paredes, se presentan esculturas luminosas o performances que de algún modo involucran luz. Es extraordinario.

La ciudad vieja de Jerusalén es una mezcla entre bíblico, medieval y moderno. Bíblico porque ahí, justo ahí, se desarrollaron varias de las historias del Antiguo y Nuevo testamento. Medieval, porque uno no puede evitar sentirse en alguna novela caballeresca cuando se está rodeado de las murallas que alguna vez tuvieron el propósito de proteger a la ciudad de los invasores. Moderno, porque no se quedó atrapada en algún punto distante del pasado: hay restaurantes, pequeños hoteles, bares, y residencias lujosas.

En la fiesta de las luces las calles y callejuelas se abarrotan tanto que es complicado moverse con fluidez. Todo tipo de gente, locales judíos, árabes, drusos, armenios; turistas, visitantes de todo tipo, todo mundo. Todos atraídos por las historias proyectadas en las paredes, por la música, por el arte. Como si por una sola noche todo afuera de las murallas no importara, ni existiera. Por lo menos, un ratito en el que parece que la Jerusalén celestial está en la tierra. Que la ciudad por la que todos se pelean, es finalmente de todos. En el que la luz, y la belleza son lo único que importa.







miércoles, 23 de abril de 2014

Un trocito de vidrio luminoso

No me gusta viajar acompañada. No sé por qué. Cuando estaba planeando mi nuevo viaje, Z me dijo que le interesaba conocer esa zona del país, y pensé: "Bueno, ¿por qué no?". Así que agendamos el viaje juntos. No es que Z me moleste. Lo quiero mucho y disfruto de su compañía inmensamente. Pero estos viajes me dan un pequeño espacio para dialogar conmigo misma, para nadar en recuerdos, imágenes, preguntas y experiencias. Para disfrutar de mí, por mí, y para mí. Cuando viajé a Judea y Samaria, fue como desprenderme un rato de la persona que soy, u olvidarme al menos de la identidad que yo misma me he asignado. Pero en este viaje me llevé a alguien conocido conmigo y no pude desprenderme de nada. Sin embargo, ese lunes 14 de abril me dejó otras cosas que me gustaría compartir.

El primer destino fue Caesarea. En esta ciudad las ruinas romanas abundan: complejos espacios urbanos, esculturas, y hasta un acueducto. Caesarea Maritima fue construida por Herodes el Grande aproximadamente entre los años 25-13 A.C. Sirvió como centro administrativo, y capital civil y militar de la provincia romana de Judea. Fue nombrada, como es de imaginarse, en honor al emperador César Augusto.


El teatro de Caesarea

El azul más azul de Israel

El mar es de un azul intenso, que destaca por sobre el azul más pálido de las playas de Tel Aviv. Cuando uno se para en los miradores, pareciera que en cualquier momento, en el horizonte, aparecerán barcos antiguos, como en una escena extraída de Ben Hur. El sol quema, pero la brisa refresca. Mientras curioseaba entre las ruinas recordé algo que me dijo el guía de turistas del viaje previo que hice: que a veces, después de la lluvia, la gente sale a buscar monedas antiguas, porque el agua las limpia y las descubre de la tierra. Ahí en Caesarea no llovía, por supuesto, pero igual decidí poner atención a mis pasos. A las piedras, a la arena. Y, al igual que en Sebastia, encontré de esos pedacitos de cerámica regados por todos lados, que a nadie parecen interesarle. Pero yo ya los colecciono. Así continué durante un rato. Tomaba fotos, recorría las ruinas, contemplaba el mar. No sé si estaba permitido o no, pero yo caminé adentro de una zona de ruinas que parecían ser de casas, y por fin, mi obsesiva búsqueda en el suelo se vio recompensada, no con una moneda, pero sí con algo muy particular...



Acá en Israel se utiliza mucho para joyería algo conocido como vidrio romano. Las joyas que llevan dicho material suelen ser caras. Al principio yo pensaba que se trataba de alguna clase de cristal extraído de minas, en zonas específicas de Israel. No podía haber estado más equivocada. El vidrio romano proviene directamente de vasos y jarras rotas que los romanos utilizaron en sus mesas, en sus casas, para la vida cotidiana. En algunas tiendas de antigüedades se pueden comprar los vasos completos. Pero para la joyería generalmente se utilizan trozos pequeños y delgados, que pegados unos encima de otros dan la apariencia de escamas tornasoladas. Pues bien, me encontré un pedacito de vidrio romano. Le di mil vueltas, lo vi contra el sol, no me la creía. Claro que reconozco que también está la posibilidad que sea el fragmento de algún souvenir de los que venden en las tiendas locales. Si así fuera, al menos satisfice mis sueños frustrados de Lara Croft por un instante. Pero qué más da. ¡Es hermoso!

Nazareth vino después, pero más allá de las iglesias locales, no vi nada que me recordara los ecos bíblicos que tanto suenan cuando oímos el nombre de la ciudad. Abarrotada de gente, negocios de comida rápida, tiendas de ropa, y automóviles, cuando dejamos la ciudad me di cuenta de que no había tomado ahí tantas fotos como yo pensé que tomaría. Son curiosas las imágenes que nos llegan a la mente cuando se menciona alguna ciudad antigua de gran importancia. Cuando empecé a interesarme por Israel, cuando me hablaban de Jerusalén, me imaginaba que toda ella era como la ciudad vieja: edificios desgastados color arena, el Muro Occidental, el Domo de la Roca, callejuelas cruzando más callejuelas. Contrario a todo este cliché, Jerusalén, la moderna, podría ser confundida en fotografías con alguna ciudad europea. Pero en lo poco que alcancé a ver de Nazareth encontré una especie de crisol de culturas casi colapsando unas encima de otras. La Basílica de la Anunciación, y a pocos metros carteles con mensajes islámicos aludiendo a que "La gente del libro" (cristianos y judíos) no reverencia a Dios como debiera. Porque, según dicen, Dios es uno, no es trinidad (como se dice en el cristianismo), y Jesús fue sólo un mensajero de Él, pero no su hijo. Y el judaísmo, ausente, a lo lejos en lo que se conoce como Nazareth Illit, la Nazareth judía, cuya estructura es más uniforme, y menos poblada. Yo estuve en la Nazareth árabe, que como todas las ciudades de mayoría árabe que he visitado, pareciera salirse de los colores y límites de lo que me es familiar.

"O people of the Scripture..."
La Basílica de la Anunciación
Adentro de la Basílica

Los siguientes destinos fueron breves. La antigua sinagoga de Arbel. El Mar de Galilea, también conocido como Lago Kinéret, en donde se supone que Jesús caminó sobre las aguas. Luego el río Jordán, en cuyas piedras tuve la oportunidad de sentarme un rato para mojar los pies en el agua. Ahí tuve un flashback de otro río en el que alguna vez metí los pies también: el río Filobobos, en Veracruz. En ese recuerdo, después de una larga caminata entre árboles y lodo, llegamos a este pequeño punto deshabitado, hermoso. Iba con M, el peregrino de ojos oscuros que tantas lecciones de vida me dejó (y me sigue dejando con su mero recuerdo). La importancia religiosa del Jordán se vio aludida en mi propia experiencia: ver reflejado en el agua a mi pasado, y a lo que en ese pasado añoraba tanto: la vida que de algún modo ahora tengo, y dejarme jugar por ese juego de espejos infinitos, sin prisa, como si yo fuera una pieza más del paisaje.

Ruinas de la sinagoga de Arbel, una de las más antiguas del mundo

El Mar de Galilea

Río Jordán

Curioso que los lugares que visitamos suelen convertirse en espejos de nuestra propia situación, de nuestra propia felicidad o miseria. Los paisajes parecieran oscurecerse o iluminarse según los ecos de nuestros soliloquios. E incluso en medio de los rincones menos agraciados podemos encontrar pequeños trocitos de ruina (trocitos de vidrio luminoso) que nos dicen más de lo que podemos decirnos a nosotros mismos, aun en voz baja. Son momentos breves en los cuales el peso se aligera, como si el mundo mandara pistas de que, aunque lo pareciera, tal vez no andamos tan perdidos.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Del viajar como terapia para las roturas


rotura.
(Del lat. ruptūra).
1. f. Acción y efecto de romper o romperse.
DRAE


Decidí curarme. Curarme de esta molesta sensación de moverme sin moverme; de no ir a ningún lado. Me enfermé de eso, al punto de dudar otra vez de mi propia cordura. Yo misma veo qué tan lejos he llegado, y no soy capaz de apreciarlo como otros parecen hacerlo. Estoy tratando, pero me cuesta trabajo, mucho trabajo. Shit happens, dicen los gringos. Es cierto. Uno decide si quiere ser personaje principal o secundario de su propia historia, y durante largo, largo tiempo, le he dado el protagonismo a otros. A algunos que se quedaron, porque en su momento era la opción más conveniente para ellos y para mí, a veces para bien, a veces para no-tan-bien; a otros que se fueron, o de los que yo me fui, y cuyos recuerdos ahora me siguen a todos lados. Cuyos "y si..." me han derrumbado en lágrimas en varias ocasiones. Ya basta. Vivo en una tierra que es caótica y segura a la vez: Aquí en Israel no ha habido un sólo día de estabilidad desde la fundación del Estado. Todo el tiempo misiles, todo el tiempo alguien apuñaló a alguien más en el nombre de un Dios (de alguno de ellos), o por venganzas heredadas de tercera generación; todo el tiempo propuestas y negociaciones de paz que sólo traen más muerte, más venganza, más resentimiento, y que no parecen llevar a nadie a estar más cerca de ninguna paz, en ningún sitio. Sin embargo, irónicamente, es más seguro caminar por las calles de las "grandes" ciudades aquí, que en México. Como ya lo he dicho otras veces, poca gente aquí ha experimentado un asalto.

Así como en varias ocasiones he tomado a ese "protagonista" de mi vida y lo he personificado como mi tierra prometida, ahora me personifico, nada más por cambiar mi narrativa, como la misma tierra que estoy pisando: Caos y progreso entremezclados. He progresado, he recorrido miles de kilómetros, he conocido gente, lugares, y he vivido cosas extraordinarias; aún así mis más fieles aliados siguen siendo un cuaderno, un bolígrafo, mis cámaras fotográficas, y mi fluoxetina. Aunque debo decir que recientemente encontré otro: caminar largas distancias. Cada vez que tengo que ir a algún sitio aquí en Jerusalén, trato de caminar. Quince minutos, media hora, una hora, lo que haga falta. Si me tengo que detener a observar algo con calma, lo hago. No hay prisa, me digo a mí misma. Estoy cansada de tener prisa. De haber tenido prisa por terminar mi carrera; de haber tenido prisa por estar con alguien tantas veces, y seguir tan sola como al principio; de haber tenido prisa por venir a Israel. Ya me cansé de estar corriendo, contando los minutos, recordando qué pasó hoy hace un año y pensar: "El tiempo se me va cada vez más rápido". Me siento rota.

Se me ocurrió que si caminar me hace tanto bien, debería caminar más lejos. Caminar tanto como pueda, en donde quiera que esté. No pretendo romper records y cruzarme el país a pie. Pero sí caminar en otros sitios. No la misma ruta "Tel Aviv- Jerusalén" que he recorrido incontables veces. Como también me cansé de debatirme entre quedarme aquí, vivir mi vida a la israelí, o regresarme a México y aferrarme a mi mexicanidad por el resto de mis días, decidí que el conflicto se resolverá solo. Voy a caminar sobre la tierra en la que esté, y si llega el momento de cambiar de tierra, caminaré por esa también.

Fue de este modo que me llegó la idea de viajar, tan frecuentemente que mi pequeño mundo de ideas lastimeras, y montonales de "y si..." se haga cada vez más pequeño; que se distribuya en todos los lugares a los que vaya y que finalmente se disuelva como una gota de tinta lo haría en el océano. Y que el espacio que quede luego de que ese mundo se haya disuelto, se llene de algo nuevo, algo que aún no sé nombrar, pero que me hace falta.

Ahora que estoy en Israel, quiero acabarme a Israel en caminos, y puertos, y bosques, y desiertos, y mares, y todo lo que haya disponible. Me he propuesto ir a lugares nuevos un mínimo de una vez por mes, sin preocuparme por el tiempo, el dinero, ni el pasado, ni el futuro. Y me he propuesto ahogarme en fotografías, y detalles escritos de lo visto y lo vivido. Si he de morirme de algo, que sea de una sobredosis de vida, y no una de saudade.

El primer destino es el norte del área de Judea y Samaria, también conocida como West Bank, o Cisjordania. Justo ahora hice mi reservación en un tour para el 17 de marzo que recorre sitios como el pozo de Yaakov, el campo de refugiados Balata, la tumba del patriarca Yosef, la ciudad vieja de Nablus, el Monte Guerizím, una villa samaritana cuyo nombre aún ignoro, una fábrica de Tahina, y la villa de Sebastia.

Voy a estar en varias zonas en las que la presencia de ciudadanos israelís no es recomendada, o es ilegal. Ventajas de ser extranjera, sin afiliación religiosa, en territorios en disputa.

La terapia comienza.