Es increíble la cantidad de cosas que se descubren anotando las victorias cotidianas durante un mes completo. Aún me faltan un par de días para llegar a esa meta; sin embargo me he encontrado con muchas novedades al mirarme al espejo y reconocerme de una manera diferente. Me he percatado de que soy buena para organizar mi entorno; para proponerme pequeños retos y lograr que no se tornen aburridos; para experimentar y disfrutar incluso de los resultados más inesperados.
Por ahí dicen que somos lo que comemos. Y desde que como mejor todo me ha cambiado: desde el ánimo hasta la piel. Me siento como si fuera alguien más, alguien que me cae mejor. Y yo diría que la la metáfora, la de la comida, no se queda ahí. También somos aquello de los que nos alimentamos en lo cotidiano. Es complicado no empaparse un poco del medio, de la gente, de sus modos, sus costumbres, y hasta sus ademanes; de sus ideologías, problemáticas e intereses.
Por ejemplo, el otro día estaba esperando el bus y un tipo, gordo y feo, se me quedaba viendo insistentemente. De esas miradas que sigues sintiendo encima aún cuando tratas de ver para otro lado. Cuando me harté, elevé la voz y le dije:
!?מה
!?למה אתה מסתכל עליי
???יש בעיה
Ante semejante sonoro enfrentamiento desvió la mirada y negó con la cabeza, diciendo por lo bajo "no... no". No volvió a mirarme. Puto.
Pero bueno, semejante carácter ya lo traía desde México, nada más que ahora he logrado traducirlo al hebreo y reaccionar no con violencia a la mexicana, sino más a la israelí, aunque de israelí yo no tenga nada.
A casi tres años de haber llegado a Israel, me siento muy bien aquí. Todavía tengo ataques de nostalgia, pero vamos... ¿quién no los tendrá? Vale más mencionar que aspectos agradables de mi persona que ni siquiera conocía salieron a flote y me he re-conocido capaz de comprometerme con las cosas que me hacen feliz. Me parece que se me haría más complicado regresar al lugar en el que estaba antes. No hablo de México. Hablo de la inconformidad constante. Aún no sé bien para donde voy, para ser honesta. Pero llegué al punto sin retorno; si diera media vuelta ahora mismo creo que me moriría de sed.
Ya ha pasado un año desde que empecé a correr. Y ahora de verdad corro. Hace unos días hice 10 kilómetros continuos por primera vez. He perdido el gusto por el alcohol, por la comida que llena pero no alimenta, y hasta por la ropa que no tiene una función. Sí, ahora le doy prioridad a la ropa deportiva, que me sirve para correr/caminar/ejercitarme en el gimnasio y seguir cómoda y de paso verme bien. Y lo más importante de todo: poco a poco voy dejando el pasado, pues... pasar.


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