La idea original era contar acerca de mis breves entradas a Cisjordania (ya tenía hasta el título) pero me sentía dispersa, y queriendo hablar de varias cosas a la vez, terminé escribiendo cuatro mini-textos, sin forma definida, mientras esperaba mi vuelo para Londres en el aeropuerto de Tel Aviv, el 4 de septiembre de 2013:
1. En dos semanas he entrado al West Bank más veces de las que entré en todo el año que estuve aquí. Sin embargo, jamás he puesto un pie ahí. El transporte público a veces tiene que recorrer tramos de camino adentro de dichos territorios. Es frecuente que cuando un autobús entra, y también cuando sale, se suban por la puerta delantera un par de soldados con M16 en las manos; lo recorran, escaneándonos parcialmente con la mirada, para luego bajarse por la puerta trasera, dándole luz verde al conductor para que siga su camino. A un lado están los controles para peatones. Apenas los noté hoy cuando venía rumbo al aeropuerto.
2. La gente de Israel es gente muy fuerte. Parecen nunca tener miedo de nada, con todo y que en 65 años las amenazas de "borrar a Israel del mapa" se repiten como un eco infinito. Pero no, sí tienen miedo (me corrijo sin borrar nada de lo que ya escribí; habrán de disculparme pero no he dormido, y quiero conservar la honestidad de la vigilia, aunque sea entre paréntesis). Lo que pasa es que sus miedos son otros: me son ajenos y a veces no los entiendo. Árabes y judíos tienen miedo; a veces viven juntos y a veces separados. Se les puede ver en fraterna convivencia en algún sitio, y en otro gritándose maldiciones. Toda la violencia aquí es producto del miedo que se tienen los unos a los otros. Pero ya están acostumbrados. ¿Cómo se pueden acostumbrar a vivir así? Unas veces bajo la amenaza interna; la que cada grupo representa para el otro. Otras bajo la sombra de vecinos más grandes y más poblados, que llegado el momento no se molestarían ni en preguntar, antes de atacar: "Disculpe, ¿es usted judío, árabe, o turista? Nada más para saber si le toca misil en el jardín, o no."
3. Mataron a mi amigo el Negro en un asalto, allá en México. Ya no éramos cercanos, y probablemente de todos modos no lo hubiera vuelto a ver; sin embargo él fue un eslabón importante entre etapas tempranas de mi vida. Yo tenía catorce años cuando lo conocí: fue un rito de paso. Lo mataron de un balazo porque se resistió al robo. Siempre nos dicen: "si te toca, cuando te toque, les das todo y no te resistes." No somos tan diferentes a los de acá. También estamos acostumbrados a la violencia. Aquí traen M16 colgadas al hombro, construyen muros; cuando juntos, son amigos pero igual prefieren vivir en villas separadas, y cuando separados coleccionan razones de porqué los otros tienen "más culpa". Allá en México traemos el monedero en la mano, cual arma poderosa, para no hacer enojar al asaltante de cabecera en el autobús por no tener que darle, para que no nos mate del coraje; mientras más alta es la barda de la casa, más seguros estaremos; vivimos juntos, pero fuera del DF, todo es Cuautitlán; todos los demás tienen la culpa de la situación: el mundo se arreglaría tan fácil si todos siguieran nuestros consejos.
Llevo una hora escribiendo.
4. Hace 365 días exactamente estaba en este mismo aeropuerto. Me vine a Israel por muchas razones: 1) Tenia dos años queriendo venir, porque me gusta la historia de esta zona, porque había personas acá que me importaban, y porque estaba cansada de estar en el mismo pedazo de tierra. 2) Si mi muerte es prematura, prefiero que sea porque me cayó un misil encima, y no porque me apuñalaron por mi celular. 3) Necesito pensar en más razones para que el "muchas" sea válido, y no sólo una muletilla porque me estoy casi quedando dormida mientras escribo. Sigo aquí, en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, en Tel Aviv. Son las 7:12 de la mañana.