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martes, 24 de diciembre de 2013

Una vez cada 150 años

La semana pasada comenzó la nieve en Jerusalén, más o menos como suele hacerlo cada año (aunque hay años en los que simplemente no nieva). Pero continuó, irregularmente (como no suele hacerlo) por tres días. La ciudad se paralizó en una mezcla de euforia y caos vial. Todo el transporte público, adentro de Jerusalén, y dirigido ya sea de Jerusalén a otras ciudades o viceversa, fue cancelado casi por completo.

Me acuerdo de la mañana en la que comenzó. La noche previa a esa decían que había altas posibilidades de nieve, pero aún estaba por verse. Nada era seguro. Como a las siete de la mañana recibí un mensaje. Lev me decía "Yo creo que hoy no vas a ir a trabajar, asómate por la ventana". Alcé la cabeza levemente pero sólo alcancé a ver llovizna. No me levanté. Más o menos como a las diez vencí a la pereza y, en efecto, cuando volví a asomarme por la ventana, una delgada capa blanca comenzaba a cubrir la calle, los autos, y los techos. Por primera vez en mi vida veía nevar. El paisaje color arena que siempre recuerda sus orígenes desérticos se iba blanqueando poquito a poco. Le llamé a mi jefe preguntándole qué iba a pasar con el restaurante ese día. Me dijo que abríamos como siempre. Un rato después me llamó para decirme que mejor abríamos a las seis. No había transporte. Le avisé que no importaba qué tanto quisiera yo cumplir con mis obligaciones, no iba a poder ir. Al otro día salí a caminar con intenciones de llegar a la ciudad vieja a pie. A medio camino regresé a casa porque los calcetines se me empaparon de agua helada. Las botas no sirvieron de gran cosa.

Familias enteras estaban en los parques jugando con la nieve. Incluso los cuervos brincoteaban en los parajes blancos, como curiosos de la fría y desconocida substancia.

El mundo en blanco


Desde hace como un mes trabajo de lavaplatos en un restaurante de carnes finas, en el corazón de Jerusalén. Entro a las cuatro de la tarde, y generalmente voy saliendo como a media noche. Al principio terminaba el día molida, sintiéndome como si me hubiera caído de las escaleras. Ahora el final de mi día viene acompañado con una especie de satisfacción que hubiera pensado inconcebible hace algunos meses. El trabajo físico no deja que mi mente se vaya a lugares de donde me es difícil traerla de vuelta. En lugar de estar sentada en casa frente a la computadora esperando que la oferta de trabajo ideal aparezca, estoy haciendo algo de dinero en lo que eso pasa. Claro, el ego me dice: "Estudiaste Letras, ¿dónde quedó eso?" Yo le digo al ego: "Chinga tu madre, ego. En lo que encuentro en que aplicar mis Letras aquí, voy a hacer dinero, y voy a ahorrarlo para fines más elevados (sean los que sean)." Y a veces en medio de esas conversaciones me da por preguntarme si cambiaría todo esto por estar en México haciendo un posgrado, viajando de mi casa a la Universidad y de regreso. De pronto estoy lavando trastes, bromeando y riendo con meseros y compañeros de cocina, todos ellos de diferentes culturas, de diferentes países, con diferentes historias, a veces en inglés, a veces en español; todo en el centro del "centro del mundo". La ciudad que todos claman como suya. Me subo al bus de regreso a casa y oigo varios idiomas a la vez, una pequeña Babel en movimiento: árabe, hebreo, inglés, amárico, español, filipino, francés. Llego a mi estación, y a lo lejos alcanzo a ver Jordania. Me parece que estoy viviendo en una historia que yo misma hubiera querido escribir en algún momento.

Me pregunto con frecuencia cuál es el siguiente paso. No pude empezar en la Universidad Hebrea por falta de recursos. No hubo becas de ningún lado, ni intentos de nadie por disuadir a nadie de ayudarme. Por primera vez en mi vida me encontré sola con un sueño que se quedó plasmado únicamente en una carta de aceptación que ya no tiene validez ni uso. Sin embargo, hace poco fui a hablar con la cabeza del programa del área hispana de la misma universidad, y me trató maravillosamente. Una señora argentina que de verdad buscó, hasta el último de los recursos, ayudarme, incluso con la posibilidad de aceptarme en el segundo semestre del posgrado. Un posgrado en español en Israel. ¿Qué más podría pedir? Pero aún así no hay dinero, no hay becas. La encargada del área cultural en la embajada de Israel en México dice una cosa, en el Ministerio de Asuntos Exteriores en Israel dicen otra, y parece que en el medio quedan los "acuerdos de cooperación educativa" que sólo son bonitos cuando los políticos se dan la mano y los acuerdan. Las becas reales parecen siempre estar más arriba del alcance de los simples mortales que, como yo, se creían peces gordos en sus países de origen.

Pero luego me pregunto, ¿quiero seguir estudiando? ¿Quiero convertirme en Maestra y Doctora? La respuesta que mi propia mente me da de inmediato es: "¡Sí! ¡A huevo que quieres! Es lo que siempre has querido". Pero mi rostro denota una expresión que no demuestra el mismo entusiasmo. Un entusiasmo que sí se hace más que obvio en la sonrisa que me nace cuando hablo de cómo me gustaría dar clases de español aquí, aunque todavía no me han llegado alumnos; cuando leo sobre fotografía y practico con mi muy simple cámara réflex; cuando tengo tiempo de sentarme a releer esas novelas que me marcaron, o a escribir de mis experiencias en Israel, por el puro gusto de compartir. Un sonrisa que se acentúa cuando me descubro respondiendo en hebreo en la calle, en lugar de en un inglés nervioso y apenado, o entendiendo la conversación que la persona sentada junto a mí en el bus tiene por teléfono. Quiero seguir estudiando hebreo hasta ser capaz de hablarlo fluido. Quiero estudiar árabe y ruso. Quiero ir a Jordania y Egipto. Todos estos esbozos de planes son los que me hacen creer que estos pasos tambaleantes tienen un propósito mayor, y que ese propósito mayor luego dará pie a otros tantos propósitos mayores que se irán multiplicando así sin parar ni un solo día. Tal vez eventualmente regresaré a la Universidad con ánimos renovados. Tal vez.

Muestra de mis fotografías recientes con la nueva réflex: El Santo Sepulcro

Muestra de mis fotografías recientes con la nueva réflex: El mercado de la ciudad vieja

Muestra de mis fotografías recientes con la nueva réflex: En las afueras de la ciudad vieja

Hoy es 24 de diciembre. Este es mi segundo año "sin navidad". Estos últimos días en el restaurante los meseros han estado bromeando y cantando canciones navideñas (la ironía radica en que es un lugar kosher, en donde soy la única empleada no judía, al que van a comer casi puros judíos ortodoxos). Sin embargo ayer precisamente fueron unos mexicanos que al parecer estaban por estos rumbos para celebrar Navidad en la tierra de Jesús. Extraño las cenas navideñas, las luces. Estoy buscando otro trabajo. En el restaurante las ventajas son varias, pero la paga es pequeña, y sin bien traduciéndola a pesos podría sonar como una fortuna, la realidad es que acá es apenas un salario decente.

Hace un par de días hubo un atentado terrorista en Tel Aviv. Descubrieron una maleta abandonada en un bus, se percataron de que contenía una bomba, y evacuaron a los pasajeros. Un rato después la bomba estalló. Dicen que siempre que hay negociaciones de paz la violencia aumenta. Irónico, ¿no? Algunos piensan que estamos al borde de la Tercera Intifada. Historias que se repiten una y otra vez, años y años de lo mismo. ¿Alguna vez terminará el círculo vicioso?

Parece que la tormenta de la semana pasada fue una como en 150 años (me parece que poco menos, pero me gusta hiperbolizar, y me gustan los números cerrados). Tengo suerte de encontrarme con situaciones tan únicas como esta. El año pasado me tocaron las alarmas antiaéreas de Tel Aviv, y de Jerusalén. Ahora una tormenta de nieve que fue tan fuerte que incluso alcanzó las pirámides de Egipto. 

Pero también debo mencionar las historias, historias que no se repetirán ni en 150 años. Tengo suerte con esas. Extraño a muchas personas que se quedaron en el camino, hoy quisiera poder decirles cuánto las quise, cuánto las amé, cuánto lamento los errores cometidos. La vida cambia tan rápido. No me siento única; supongo que todos tenemos historias de este tipo que contar. Yo cuento las mías en medio de un conflicto que me sobrepasa. Los ojos del mundo están puestos en esta zona, siempre, por una u otra razón: para regresar una y otra vez a la narrativa de los buenos y los malos, los opresores y los oprimidos. Yo vivo mi micro-historia adentro de esa macro-historia, y trato de encontrar conexiones que bien podrían ser o inexistentes o invisibles. Un nuevo año va entrando. Probablemente esta es la última entrada del blog para este 2013. 

Feliz Navidad desde Jerusalén :-)