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domingo, 12 de enero de 2014

"Sobre La Invención de Morel", o "Cómo atrapar el amor en una foto"

La Invención de Morel

Hace algunos años, cuando estaba en el proceso de escribir mi tesis de licenciatura, la cual versaría sobre ciencia ficción latinoamericana, leí por primera vez la novela La Invención de Morel, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares. Me pareció un libro un tanto denso y pesado de leer, sin embargo la temática llegó a atraparme, y al final decidí que, de todos los libros y cuentos que había leído, iba a centrarme en este para la investigación.

Durante el proceso de escritura tuve varios sube-y-bajas emocionales, y mi relación con el libro vaciló entre el amor y el odio en incontables ocasiones. Aún no sé bien cómo explicarlo. La historia del personaje principal me perturbaba: Un hombre que huye de la justicia y se refugia en una isla que él cree abandonada. Sin embargo descubre a un grupo de turistas, que extrañamente repiten acciones una y otra vez y que, además, no pueden verlo. Los paisajes de la isla cambian constantemente, de vivos a muertos, de nuevos a viejos, y en el cielo a veces se divisan dos soles. El personaje eventualmente descubre que uno de los turistas, Morel, es un científico que logró construir una máquina cinematográfica capaz de atrapar la esencia de cualquier cosa o ser viviente. Pero después de atraparla, aquello que para su mala suerte estaba vivo, termina muriendo. Así es. La máquina básicamente atrapa no sólo imágenes, sino las almas, el ser mismo de todo aquello a lo que graba. El fugitivo se enamora de una de las turistas, la cual resulta ser también el objeto del deseo de Morel, la razón por la que este decidió probar la máquina ahí, tratando de inmortalizar días de romance que nunca llegan a suceder porque la mujer no está interesada en él. Cuando el fugitivo descubre la realidad de los personajes que lo rodean, decide grabarse él mismo como parte de todas las escenas, para que un tercer espectador no pueda diferenciarlo de aquel escenario del que él ahora quiere formar parte. Lo escabroso del relato es que todos aquellos que fueron grabados están condenados, sin saberlo, a pasar la eternidad (o si no la eternidad, al menos el "mientras la máquina siga funcionando") repitiendo la misma semana, una y otra vez. Resulta más terrible para el espectador que para los personajes, si uno piensa bien en ello.

Aunque al final después de varios quiebres interiores, de encantos y desencantos, opté por enfocar mi tesis en una revista y no en esta novela, La Invención de Morel dejó una marca grande en mí.


Fotografía

Desde adolescente me gustaba tomar fotos de todo: de mí misma, de la gente a la que quería, y jugar con filtros de computadora (en ese entonces no existía Instagram y todas esas maravillas de edición rápida que hoy son tan accesibles). Con el tiempo fui descubriendo que mi afición por la fotografía se debía, en gran medida, a una necesidad de coleccionar a las personas, y de atrapar momentos como si fueran mariposas. La necesidad sigue aquí; trato de inventar nuevas razones para guardarlos a todos. Tengo fotos de un par de "amores de mi vida" que todavía atesoro. Fotos de todas esas versiones pasadas de mí misma, unas que me gustan y otras que no. Y conforme la vida se va haciendo más complicada, más complicada es la manera en la que me gusta conservar todo eso. No soy ni mucho menos una fotógrafa profesional, pero mi afición fotográfica me llevó a tratar de adquirir mejores equipos. Primero una cámara bridge, y muy recientemente mi primera réflex, una Canon EOS 1100D, que al parecer es la más simple de la serie EOS.

Me gusta fotografiar a los seres amados porque me gusta conservar el amor tal cual me envuelve en cierto momento, para, de alguna manera, encerrar sus misterios en una caja que puedo abrir cuando quiera, sin problemas, sin que nadie me apresure. He amado sólo un par de veces en mi vida, y cuando veo las fotos que se impregnaron de esa condición única, siento que todo lo que pasó en torno a esa foto (antes y después) valió la pena, de algún modo extraño. Las escenas que son específicamente lugares, reviven ideas muy precisas que sólo llegaron a mí en esa combinación de imágenes, ruido, gente, clima, y demás.


Accidentes fotográficos

Veía sus fotos, y me percataba de lo ubicuo de ese amor. Esas fotos yo no las tomé, están por ahí en la red, alguien más lo hizo, no importa quién. De pronto caigo en cuenta de que hemos estado varias veces parados en los mismos sitios acá en Israel; en diferentes tiempos, en el mismo lugar, con los pies tocando las mismas rocas, y tal vez con las mismas aves vigilando. Si alguien pudiera correr esas dos cintas a la vez, como encimando una fotografía sobre otra, incluso parecería que nos tocamos. Y aunque su imagen y la mía nunca se percataran de ello, seríamos.

Me gusta pensar que nada se pierde. Y quizás lo que me perturbaba tanto de Morel y su invención, es que a él le gustaba pensar lo mismo.

Nota posterior (14-01-2014): No soy muy adepta a adornar mis entradas con fotos de mí misma. Sin embargo, en esta no había de otra. La tan deseada superposición de planos de la que hablo lo ameritaba. Las otras (fotos) me las guardo, y las mezclo con esta imagen (y otras tantas) nada más en mis archivos oníricos.