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lunes, 24 de febrero de 2014

Si me olvidara de ti...

Mi diario abierto al mundo cumple un año este mes, en unos cuantos días. Y un año después me sigo haciendo preguntas similares a las del comienzo, siendo la principal de ellas: ¿Qué hago aquí? No en un tono de auto reproche, sino en una honesto intento de responderme a mí misma, al fin. He aprendido lecciones que ni siquiera busqué, he recibido bendiciones que no sé si merecía, y he cometido errores que he aprendido a reprocharme con menos dureza. En un año y medio que llevo en Israel, he aprendido que uno nunca podrá expatriarse de sí mismo.

Dejé el restaurante en el que estaba trabajando, empecé a trabajar de niñera para una familia que resultó ser de lo más inestable y acabé peleándome con el padre, un gringo junky que hizo todo una escena porque les dije que no me parecían las condiciones del trabajo, luego de un mes de trabajar con ellos. Me despidió y renuncié: la pelea no dejó muy claro quién mandó a la mierda a quién primero, pero al menos tuvieron la decencia necesaria para pagarme lo que me debían. Y sigo esperando la oportunidad de trabajar en algo que realmente me guste, pero no sentada. Limpio casas de cuando en cuando para ganarme unos shekels fáciles. En una semana de muchas llamadas, me he llegado a hacer casi mil (el equivalente a más de 3,500 pesos). El tener que trabajar de "lo que haya" me ha cambiado en varios niveles. Pero debo empezar por explicar que parece que acá en Israel el trabajo doméstico no se ve desde la perspectiva del "vasallaje", desde la que muchos lo ven en México. Aquí pasa que chicos jóvenes, cuando están haciendo su servicio militar, se anuncian como limpiadores para hacer algo de dinero. Es tan común que tanto una mujer u hombre maduro con familia que mantener, como un estudiante lo hagan. Tal vez fue por eso que le perdí el miedo, y me dije "Bueno, ¿por qué no?"

La experiencia me ha ido dejando varias cosas: He conocido gente de muchos tipos.

Una de mis primeras clientas fue una señora inglesa de más de 80 años, llamada Hilda. Nació en el Mandato Británico de Palestina (o sea, Israel cuando todavía no era Israel). Viuda dos veces, con una casa hermosa llena de antigüedades. Le pregunté en algún momento si tenía memorias de la guerra. Sólo respondió: "Muchas", y me dijo que luego me contaría, pero tristemente el luego nunca llegó. Después de un par de ocasiones de ir a ayudarle, me llamó para informarme que tal vez iban a internarla en el hospital, y que después, probablemente, necesitaría live-in help. Pensé: "Qué lástima. Me hubiera gustado escuchar unas cuantas de esas muchas memorias."

Tengo otra clienta, cuyo cuarto hijo acaba de nacer. Su departamento me recuerda mucho la casa de los Chasen, la familia con la que viví cuando llegué a Israel. Cargué a su bebé hace poco. Creo que jamás en la vida había sostenido a un ser humano tan pequeño, tan ligero.

Hay, además, un chico francés que vive solo. De 27 años, muy guapo, con el estereotípico acento que probablemente derretiría a muchas. Lo felicité porque me pareció que su departamento debe de ser el departamento de soltero más limpio que he visto jamás. Trabaja en un hotel importante. Me contó que vivió más de un año en la India. Le pregunté si tenía novia, pareciéndome casi obvio que tendría a alguien. Me dijo que "tenía" pero que ella se quedó en Francia. Le pregunté si no pensaba venir a alcanzarlo. Me dijo que no, que ella tenía una vida allá, y que tristemente su relación había empezado cuando él ya tenía los planes de venir. Una relación nacida a sabiendas de que sería a corto plazo. No quise indagar más. Probablemente ambos sonreímos y cambiamos el tema.

¿Una desventaja? Jamás me ha gustado limpiar ni mi propia casa. ¿La ventaja? En unas pocas horas hago una cantidad bastante significativa de dinero. Y el resto del día lo tengo para mí, lo cual es positivo si encuentro en qué ocupar mi tiempo. Estoy leyendo un par de libros que tenía pendientes. Uno es Jerusalén. La Biografía de Simon Sebag Montefiore, y el otro es Un mundo sin fin, de Kenn Follet, la segunda parte de Los Pilares de la Tierra, una de mis novelas favoritas. Tengo tiempo, también, de pensar en qué es lo que quiero, sin sentir que no hago nada. Estoy haciendo dinero mientras pienso qué hacer. Son muchas las opciones abiertas. Tal vez eso es lo que más me desconcierta. La ausencia de opciones evoluciona en impotencia: las opciones casi ilimitadas evolucionan en histeria.

Por supuesto que después de casi un año y medio de vivir aquí, Israel ya no es esa exótica tierra lejana que me llamaba por razones misteriosas. Sin embargo, sigue revelándome maravillas.


A principios de este mes visité por primera vez el Monte del Templo, también conocido como La explanada de las Mezquitas. Después de un intento fallido, hace un par de meses, porque cierto grupo de árabes comenzó a lanzar piedras a un grupo de judíos, y se cerró el acceso, fue reconfortante al fin lograr entrar con tanta facilidad. Ahí, en donde alguna vez se alzaron los templos de Salomón y Herodes, en donde se supone que estuvo El Arca de la Alianza. En donde se dice que Mahoma se elevó a los cielos. Y donde ahora se alzan la mezquita de Al-Aqsa, y la Cúpula de la Roca. Capas sobre capas sobre capas de creencias, fes y dioses, unos olvidados, y otros que se niegan a dejarse olvidar.

Y justo hace rato, mientras leía Jerusalén. La Biografía, me encontré con este fragmento:

La portentosa gloria del propio Templo eclipsaba cualquier otra cosa. «Después de salido el sol, relucía con un resplandor como de fuego, de tal manera que los ojos de los que lo miraban no podían sostener la vista.» Cuando los extranjeros, como por ejemplo Tito y sus legionarios, veían por primera vez este Templo, les parecía «una montaña blanca de nieve». Los judíos piadosos sabían que en el centro de los patios de esta ciudad, dentro de la ciudad, en la cumbre del monte Moria, había una minúscula sala de santidad suprema que contenía prácticamente nada. En ese espacio se concentraba el centro de lo más sagrado de los judíos: el Santo de los santos, la morada de Dios.*

Es cierto que hay algo de glorioso con ese pedazo de tierra, pero también la ruina se siente. Entre victorias y derrotas de romanos y judíos yo misma me debato entre el amor que le tengo esta tierra, y la nostalgia por la tierra propia, por el pasado trunco. Pienso que me podría pasar la vida viajando y tal vez nunca llegaría a sentirme en casa. Quizás es parte de mi identidad. Un año y medio fuera de mi patria, expatriada, auto-expatriada.

Me viene a la mente la canción "Perfection?" del album Guilt Machine, de Arjen Lucassen. Un fragmento en específico: What's one more year? A trip around the Sun. El tiempo pasa, y ciudades como esta son testimonios de que no importa en qué parte del camino estés, te acabas cuando la historia se acaba. No hay "quedarse a la mitad del libro".

¿En un año estaré escribiendo desde México? ¿Finalmente siguiendo los pasos que yo misma me había trazado desde hace años: Maestría, carrera exitosa, matrimonio feliz, hijos? ¿Seguiré aquí? ¿Seré, por fin, alguien más allá de mí misma?

Me aterra pensar que no soy capaz de reflejarme en ninguno de los infinitos espejos de la Tierra. Así como el gran Templo terminó en llamas por las decisiones equivocadas de unos y otros, temo estallar en llamas yo misma en el intento desesperado de ir más allá de mis propias decisiones.

Ayer me fui a caminar yo sola a la ciudad vieja. Me senté un rato frente al Muro Occidental, ya de noche, y pensé en cuán agradecida me siento con la vida por haber llegado a ese lugar. En cuánto se ha perdido, y cuánto se ha ganado. La santidad contagia, contamina o cura. Uno llega a entender por qué todos quieren poseer a la ciudad dorada. La Patria que todos quieren, que yo misma quiero, y que nadie puede poseer del todo. Jerusalén se escurre de entre los dedos, como agua.

Si me olvidara de ti...  

אִם-אֶשְׁכָּחֵךְ יְרוּשָׁלִָם--    תִּשְׁכַּח יְמִינִי
תִּדְבַּק-לְשׁוֹנִי, לְחִכִּי--    אִם-לֹא אֶזְכְּרֵכִי
אִם-לֹא אַעֲלֶה, אֶת-יְרוּשָׁלִַם--    עַל, רֹאשׁ שִׂמְחָתִי


* Sebag Montefiore, Simon, Jerusalén. La Biografía, Crítica, Barcelona, 2011, p. 26. (Las frases entrecomilladas son citas de Flavio Josefo)