Me meto a leer mis entradas en este blog, y a veces encuentro mi propia escritura absurda. Como si me perdiera en el camino de querer decir algo, y finalmente no decirlo, quedarme en el tartamudeo inicial, en la introducción a lo que realmente era mi punto. Me cuesta mucho trabajo escribir, aun cuando eso es lo que quiero hacer. Calmo mi voz antes de hablar de cosas que pudieran hacerme ver como muy tolerante o demasiado intolerante. Debo aceptar que tengo vaivenes, y que a veces me encuentro muy en un lado, y a veces hundida hasta el cuello en el otro. Parece que vivir en Israel te cambia, no te deja ser ni neutral, ni observador pasivo. Un amigo holandés me dijo el otro día: "Estando acá, aunque no quieras, tienes que tomar lados." ¿De verdad tiene que ser tan así? En el Ulpán me llevo muy bien con un chico que se llama igual que el profeta del Islam, y el otro día hasta me dio un aventón a mi casa. Es el primer "amigo" árabe que tengo por acá. No se me hace muy diferente a cualquier amigo que haya tenido en cualquier parte del mundo, ni a los amigos judíos que tengo acá. No veo mucha diferencia entre nadie.
Entré a estudiar hebreo de nuevo, a mi antigua escuela de hebreo: Ulpán Morashá, pero, si bien para los niveles iniciales me sirvió muchísimo por su énfasis en la gramática, ahora en los intermedios, pues... no. Busqué opciones y finalmente me decidí por otro lugar que también está en el centro de Jerusalén: Ulpán Miláh. El sistema de este lugar es más similar a lo que yo aprendí en el Instituto Cervantes de Tel Aviv sobre cómo se debe enseñar una lengua. Dicen que ahí, en Miláh, sólo se habla en hebreo, mientras que en las clases de Morashá, todo lo explican en inglés. Un dato curioso es que cuando me fui a inscribir a mi nueva escuela, la persona que me atendió me dijo que la mayoría de mis compañeros serían hablantes de árabe, como preguntándome si eso no me incomodaba. Creo que me incomodaba más estar rodeada de angloparlantes. Tener el inglés como la lengua fácil que todos entienden y hablan, ha retrasado muchísimo mi avance en el hebreo. A ver si así sí aprendo (y a ver si de paso también se me pega algo de árabe).
Entré a estudiar hebreo de nuevo, a mi antigua escuela de hebreo: Ulpán Morashá, pero, si bien para los niveles iniciales me sirvió muchísimo por su énfasis en la gramática, ahora en los intermedios, pues... no. Busqué opciones y finalmente me decidí por otro lugar que también está en el centro de Jerusalén: Ulpán Miláh. El sistema de este lugar es más similar a lo que yo aprendí en el Instituto Cervantes de Tel Aviv sobre cómo se debe enseñar una lengua. Dicen que ahí, en Miláh, sólo se habla en hebreo, mientras que en las clases de Morashá, todo lo explican en inglés. Un dato curioso es que cuando me fui a inscribir a mi nueva escuela, la persona que me atendió me dijo que la mayoría de mis compañeros serían hablantes de árabe, como preguntándome si eso no me incomodaba. Creo que me incomodaba más estar rodeada de angloparlantes. Tener el inglés como la lengua fácil que todos entienden y hablan, ha retrasado muchísimo mi avance en el hebreo. A ver si así sí aprendo (y a ver si de paso también se me pega algo de árabe).
La revelación
El mes pasado pensaba en aquel tiempo en el que quería convertirme al judaísmo. Viernes por la noche, cena de Shabat en casa de M. Sábados por la mañana, ir a la sinagoga con su hermana y su mamá, recibir algún libro prestado del rabino, y regresar caminando, con el libro, porque aún soy goy y puedo darme el lujo de cargar cosas en Shabat. En medio de esas memorias me vinieron las múltiples peleas que tuve con M con respecto a la religión. Me molestaba que no se decidiera entre ser secular o religioso. No sé si llegué a decírselo, o sólo lo pensé, pero lo veía como un "mal judío". Yo moría por ser parte del "pueblo elegido", y él que lo era, le daba la espalda en este gesto de rebeldía adolescente que no dejaba de parecerme contradictorio.
La búsqueda religiosa, empezó hace muchos años, primero con el Islam. En algún momento pensé que el Islam era la respuesta, y tuve intenciones pasajeras de convertirme, pero me deshice de esa idea por razones que ya ni siquiera recuerdo. Tiempo después conocí al judaísmo, y pensé que ahí estaba la respuesta. En esa pertenencia tan profunda que uno adquiere cuando se hace judío. Cuando uno pasa a formar parte no sólo de un grupo religioso, sino de un pueblo.
Le temía a ese punto sin retorno, pero aún así me entusiasmaba. Pensaba una y otra vez en cómo iba a explicarle al rabino que estaría encargado de mi conversión que tengo la espalda llena de tatuajes. Había leído en todos lados que los tatuajes hechos antes de ser judío no tienen por qué ser un impedimento, pero aún así me preocupaba. Demasiada evidencia marcada en mi piel. Muchos mensajes implícitos y permanentes.
Cuando vine a Israel llegué a vivir con una familia judía ortodoxa, y entonces comencé a sospechar que ser judía sería más complicado de lo que parecía. No me creí (y aún no me creo) capaz de vivir bajo semejante número de reglas, o vivir sabiendo que me convertí sin tener intenciones reales de cumplir con todo el protocolo. Comencé a dudar. En el judaísmo se cree que cualquiera puede llegar al Mundo Venidero, o paraíso. Para esto, los gentiles (personas no judías) sólo tienen que seguir un pequeño grupo de reglas conocidas como "Las 7 leyes de Noé":
1. Creer en un solo Dios.
2. No maldecir al Creador
3. No cometer asesinato
4. Respetar la institución del matrimonio
5. No robar
6. Respetar a todas las criaturas de Dios. (Hablando específicamente de las criaturas que generalmente son criadas para ser alimento, hay que aclarar que esta ley no significa que "hay que ser vegetariano" para tener contento a Dios. Comer carne está permitido, siempre y cuando el animal haya tenido una muerte "limpia", sin sufrimiento innecesario)
7. Mantener la justicia en el mundo (sea lo que sea que signifique)
Sin embargo, para que un judío pueda ganarse ese mismo paraíso, tiene que cumplir 613 leyes, al pie de la la letra. De eso se trata eso de ser el pueblo elegido. Ser un ejemplo, un hermano mayor entre los pueblos del mundo.
1. Creer en un solo Dios.
2. No maldecir al Creador
3. No cometer asesinato
4. Respetar la institución del matrimonio
5. No robar
6. Respetar a todas las criaturas de Dios. (Hablando específicamente de las criaturas que generalmente son criadas para ser alimento, hay que aclarar que esta ley no significa que "hay que ser vegetariano" para tener contento a Dios. Comer carne está permitido, siempre y cuando el animal haya tenido una muerte "limpia", sin sufrimiento innecesario)
7. Mantener la justicia en el mundo (sea lo que sea que signifique)
Sin embargo, para que un judío pueda ganarse ese mismo paraíso, tiene que cumplir 613 leyes, al pie de la la letra. De eso se trata eso de ser el pueblo elegido. Ser un ejemplo, un hermano mayor entre los pueblos del mundo.
Hace no mucho hablé con un rabino aquí en Jerusalén. Todo el contacto fue por llamadas y mensajes, y el señor se portó de lo más amable y abierto conmigo, pese a que yo esperaba todo lo contrario. Me dijo que por el tipo de visa que tengo no puedo convertirme, pero que si convertirme es lo que quiero, tarde o temprano podríamos encontrar una solución. Quedé de visitarlo en algún momento para hablar al respecto, pero hasta ahora no lo he hecho. Y hace poco simplemente empecé a sentir que ya no quería, que de verdad ya no quería. Que ya no quiero.
Cuando camino por las calles de Jerusalén, o voy sentada en los autobuses, no dejo de observar pequeñas señales de discordia. El jaredí que pasó tratando de ignorarte porque eres mujer. La niña judía secular que va hablando por teléfono, y que viste prominente escote y shorts que de tan cortos parecieran más bien calzones. El árabe de ojos bonitos que se sube a veces al mismo bus que tú, o a veces a uno de esos que sólo hacen paradas en villas palestinas. La chica musulmana con un hiyab cubriéndole todo el cabello, y que va siempre con cara de molestia. Una especie de histeria de identidad que nunca experimenté en México. Los árabes tienen que mostrar que son árabes y los judíos tienen que mostrar que son judíos, a través de la ropa, del comportamiento, de la lengua. Y aunque hasta ahora no me ha tocado ver a nadie agrediéndose, hay una especie de agresión intrínseca en la manera en la que cada quien iza el estandarte de la identidad a la que le rinden culto en sí mismos.
No quiero formar parte de eso. He descubierto que realmente me gusta ser minoría entre las minorías locales.
P.D.: Hace unos días me subí a un bus, y me pasó que por primera vez, cuando mi mirada se cruzó con la de una chica musulmana, de cabeza cubierta, y gabardina larga hasta los tobillos, me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
La ciudad que brilla de noche y de día
Hace unos días, aquí en Jerusalén, se celebró el Light Festival 2014. Se hacen diferentes rutas entre las calles y callejones de la ciudad vieja, y se proyectan animaciones de luz y sonido en las paredes, se presentan esculturas luminosas o performances que de algún modo involucran luz. Es extraordinario.
La ciudad vieja de Jerusalén es una mezcla entre bíblico, medieval y moderno. Bíblico porque ahí, justo ahí, se desarrollaron varias de las historias del Antiguo y Nuevo testamento. Medieval, porque uno no puede evitar sentirse en alguna novela caballeresca cuando se está rodeado de las murallas que alguna vez tuvieron el propósito de proteger a la ciudad de los invasores. Moderno, porque no se quedó atrapada en algún punto distante del pasado: hay restaurantes, pequeños hoteles, bares, y residencias lujosas.
En la fiesta de las luces las calles y callejuelas se abarrotan tanto que es complicado moverse con fluidez. Todo tipo de gente, locales judíos, árabes, drusos, armenios; turistas, visitantes de todo tipo, todo mundo. Todos atraídos por las historias proyectadas en las paredes, por la música, por el arte. Como si por una sola noche todo afuera de las murallas no importara, ni existiera. Por lo menos, un ratito en el que parece que la Jerusalén celestial está en la tierra. Que la ciudad por la que todos se pelean, es finalmente de todos. En el que la luz, y la belleza son lo único que importa.





