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martes, 30 de septiembre de 2014

De idiomas y vínculos

Hace unos días terminé el nivel intermedio de hebreo. Aunque no le dije adiós a nadie al salirme del salón, después de acabar mi examen final, fue el momento de despedirme, por dentro, del grupo con el que conviví por más de dos meses. Un grupo heterogéneo, pero que bien compartía, al menos, un par de características. La mayoría eran árabes; unas cuantas chicas éramos latinas. Cuando nos saltábamos la regla de hablar sólo en hebreo, en el salón se hablaba árabe y español. El rango de edades variaba, creo, desde un chico de 19 años, hasta una mujer de 40. Diferentes profesiones, casi todos musulmanes, algunos cristianos, y yo, que ni una, ni otra.

Una lengua, que no era la natural para ninguno de nosotros, se convirtió en un puente de interacción. Con los árabes hablé casi todo el tiempo en hebreo. Con las latinas el español estaba bien. Le tomé cariño al árabe, como el cariño que se le toma a un sonido particular que se oye todos los días, como el trino de un pájaro que apenas y se nota, hasta que se calla, y su ausencia se hace obvia. 



Había algunos personajes en el grupo que llamaban mi atención en particular: Ahmad, un muchacho muy delgado y alto, de carácter jocoso, platicador, siempre haciendo ruido, riéndose, hablando, y por supuesto, volviendo locos a los profesores. Como una especie de niño extra alto, que al parecer tiene mi misma edad. Él tenía una particular manera de hablarme, sonreírme y de bromear conmigo. Creo que yo le gustaba. Alguna vez mencionó en la clase, no sé si de chiste o en serio, que quería tener dos esposas. Yo le decía en broma a mis amigas latinas que seguro ya me imaginaba como una. Recuerdo una vez en particular en que, cruzado de brazos, cuestionó a la maestra sobre el Holocausto. Una cierta tensión se apoderó del lugar. La hora de salida se acercaba, así que la maestra nos dejó ir, mientras Ahmad seguía preguntándole acerca de cantidades, y veracidades. Conviviendo con ellos, me di cuenta de que mientras las narrativas de "los pueblos" no se toquen, todos pueden ser amigos. Cuestionarlas, aquí, puede significar perder un amigo, o ganar un enemigo (o, al menos, crear un momento realmente incómodo). Ahmad me llama Dasdusa de cariño. Pensé que tan curioso apodo tendría significado, pero no. Sólo se le ocurrió que era una manera bonita de llamarme. 

Amira es una chica muy delgada, que usa hiyab. De cara bonita. Ruidosa, ella. Me desesperaba mucho, muchísimo. Cuando le daba por hablar en voz alta, en medio de la clase, con alguna de sus amigas, yo volteaba a ver a Elizabeth, mi compañera chilena, y le decía: "Ahí va esta pinche irrespetuosa. Yo no sé para qué entra, si no le interesa un carajo". En varias ocasiones los profesores le pidieron silencio o la callaron. Faltó a muchas clases. Al parecer, y por lo que nos dimos cuenta, a veces hacía como que iba al Ulpán, tal vez para salirse de su casa con un pretexto legítimo, y llegada ahí, en lugar de entrar a clase, se iba a otro lado. Me daba la impresión de que sus padres la hacían venir a las clases, pero que a ella no le hacía mucha gracia.

Había otra chica llamada Nur. De cabello largo y castaño, ojos bonitos y cejas envidiablemente simétricas. Solía vestirse sexy, con colores muy llamativos. Bromista, ruidosa también. A veces trataba de hablarnos en español a las latinas, porque veía telenovelas. Hacía reír a los maestros de cuando en cuando. A veces también llegaba a desesperarme, pero al menos esta se me hacía simpática.

Akram es un chico un poco más joven que yo, sonriente y caballeroso. Es dentista. En alguna exposición que hizo, nos dio traducciones al español del vocabulario complicado, considerando que era lo correcto dado que, aunque pocas, las hispanohablantes de grupo merecíamos dicha atención. No dejamos de llamarlo חמוד (como "querido" o, más mexicano y fresa: "¡mi vida!") el resto de la clase por tal detalle.

En este curioso periodo de convivencia reafirmé la idea de que todos somos más o menos lo mismo. Le rendimos culto a diferentes dioses, a diferentes ideas y nacionalismos, pero nos reímos igual, nos enojamos igual, aunque las reacciones puedan ser diversas. No estoy tratando de hiperbolizar nada; sólo estoy buscando las palabras ideales para explicarles que, en verdad, me di cuenta de que, como dice Hipatia, interpretada por Rachel Weisz, en la película Agora, de 2009: "More things unite us, than divide us". E incluso en aquellas que nos dividen tenemos más vínculos de lo que parece. 



El 13 de noviembre dejo de trabajar en lo que me ha estado dando sustento desde principios de año: limpiar casas. Voy a extrañar algunas de mis casas, y de mis clientes. Porque con ellas y ellos formé ciertos apegos que no me imaginé antes. Con sus modos, sus fotografías, sus decoraciones: todo eso que me contaron sin decirme ni una sola palabra, todas sus historias de las que me adueñé por ratos sin que ellos lo supieran. Es impresionante la cantidad de cosas que uno llega a saber de la gente pasando tiempo en sus hogares, aunque no haya mucha plática de por medio. Pero llegué a mi meta, ahorré, y ahora cambio de táctica. El 17 de noviembre, por fin, salgo de viaje, y al volver voy a dedicarme, إن شاء الله בעזרת השם, de lleno a un semestre de hebreo intensivo, y a empezar con el árabe, con el que tanto me encariñé ya.

Aquí, el otoño se anuncia poco a poco; hoy, por ejemplo, con un día sin mucho sol, templado, y un intervalo de cielo azul y nubes grises. Este año me voy a perder la nevada aquí en Jerusalén, pero por buenas razones solamente. Y es que pasando el umbral de los 2 años viviendo aquí (llegué a Israel el 4 de septiembre de 2012) ya siento que este, además de una aventura que se ha extendido para bien, es ahora mi hogar. He ido sobrepasando varias disputas que tuve conmigo misma a lo largo de este tiempo. Pensé en la posibilidad de volver a México, o en la de mudarme (de nuevo) a otro país. Esas perspectivas ahora mismo no me parecen tan inspiradoras. Aquí he encontrado un cierto balance entre odio y amor. Mis odios, mis amores, y los de los otros. Aquí he amado más de lo que me creí capaz, y al mismo tiempo, he amado el aquí más de lo que he amado a ningún otro.