Hoy termina el año, y por fin me obligué a mí misma a volver al blog con algunas ideas que me han estado rondando la cabeza desde la última vez que traté de escribir y no pude. Fue, de hecho la primera vez que terminé el mes con tres líneas baratas y apologéticas en lugar de con una crónica. En estos momentos envidio mucho a esos que deciden escribir, y escriben. Cuando yo decido escribir pasan una serie de cosas antes de que pueda sentarme frente a la computadora y soltar las ideas. Tengo más de una crisis en el proceso. A veces pienso que en lugar de escribir debería estar dibujando, o dedicándome de lleno a la fotografía, y dejarle las palabras a los que puedan darles el mejor manejo. Luego trato de dibujar y me pasa igual. Los trazos no me salen tan fácil como los imagino. Así que, como parece que el bloqueo es algo inherente a cualquier disciplina que se quiera desarrollar, hoy decidí que voy a hablarles de mis últimas semanas tal cual me lleguen las imágenes. Corro peligro de caer en disociación de ideas y, en ciertos momentos, alejarme de mis puntos, pero hoy me importa poco. Quiero ser honesta, y no quiero dejar que todas estas memorias se vayan nublando.
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| Camino a México |
Llegué a México el 17 de noviembre de este año, después de un vuelo corto de Tel Aviv a Londres, y uno largo de Londres al DF. En el avión de Tel Aviv a Londres me tocó sentarme junto a una pareja de israelíes que, después me contaron, iban a pasar unos días en Londres. La chica estaba embarazada. Conversaban alegremente en hebreo, y cuando supieron que yo también venía de Israel, me preguntaron si había estado entendiendo su conversación. Les dije que sí, aunque en realidad no había prestado atención. En mi siguiente vuelo me tocó sentarme, de nuevo, junto a una pareja de israelíes, más agrios, con los que en realidad ni siquiera conversé. Sin embargo, en la misma zona había un grupo de mexicanos que venían de Turquía. Pasé una buena parte de las más de 10 horas de vuelo platicando con ellos; compartiendo experiencias de nuestros viajes. Debo mencionar, como anécdota extra, que esta vez logré pasar los controles del aeropuerto de Heathrow en más o menos 15 minutos, aun cuando el tiempo calculado es de una hora. Aprendí que un arete que active la alarma de metales en el escáner, puede ser la diferencia entre pasar 20 minutos esperando descalzo a que te devuelvan los zapatos que te hicieron quitarte, o pasar directo y sin contratiempos.
El mes y medio que llevo ya en mi país me ha servido para re-pensar una serie de nostalgias que traía cargando ya desde hace mucho tiempo. Ver los cambios que han sufrido todos los lugares a los que estaba acostumbrada, o en su defecto, los cambios que no han sufrido, la "apariencia de siempre" me llevó a evaluar qué vale la pena conservar, y qué, simplemente, debo dejar ir. Los recuerdos de Abraham, por ejemplo, son un buen comienzo.
Abraham (sí, por fin me atrevo de nuevo a escribir su nombre, en vez de encubrirlo en una sola letra) debería haberse ido diluyendo en mis recuerdos de acuerdo al proceso natural que nos ayuda a conservar sólo ciertos elementos de las personas cuando ya no están más en nuestras vidas. Pero creo que yo me aferré de más a ese recuerdo, como tratando de conservar ese amor en una cápsula, indiferente al tiempo. La vez pasada que vine a México me causaba mucho dolor pasar por los lugares en los que, en algún momento, estuve con él. Todos ellos me sabían como ajenos, antiguos. Esta vez, sin embargo, noté que el efecto se había reducido. Pensé en algo que él me dijo una de las pocas veces que hablamos, después de toda la amarga historia de separación (mucho, mucho después): Que ya no tenía una idea muy clara de mí. Que, de algún modo, él sí había logrado diluirme en la memoria. Tal vez mi error fue no querer deshacerme de nada: ni de sus palabras, ni de sus fotos, ni de nuestras conversaciones. Todo lo guardé, pero ahora entiendo que no fueron solamente los objetos. Lo guardé a él. A ese chico de 21 años que probablemente ya ni siquiera existe. Conservé vívidamente todos sus detalles: su aroma, el color de su cabello y el de sus ojos, la temperatura de su cuerpo, su manera de hablar, las cosas que me gustaban y también las que no me gustaban de él. El primer beso, el primer... todo. Lo primero de todo lo que alguna vez hice con él. Seguí enamorada de un fantasma. Pero ahora, finalmente, después de más de dos años de la última vez que lo vi en persona, he decidido que (aunque ya lo sabía) no voy a morirme de nostalgia. Ni de nostalgia, ni de saudade. Con esto no quiero decir que voy a romper sus fotografías y a quemar sus cartas. Quiero decir que por fin voy a dejar que se diluya lo que se tenga que diluir, que se pierda lo que se tenga que perder, y se quede lo que tenga que quedarse. Adiós, Abraham. Feliz año nuevo.
Volver a México me hizo pensar en que conozco tan poco de él (de México, ya hemos cambiado de tema, amigos) que a veces hasta me siento avergonzada. La semana pasada visité Teotihuacan por primera vez en mi vida, y lo disfruté como si no fuera a regresar nunca. Las construcciones gigantes, el barullo de la gente, los escalones interminables, y el clima inusual que me tocó: nublado y frío.
También me he dado cuenta de que ya sé que estoy en el lugar correcto. Israel se ha ganado mi amor bajo pretexto de pequeños detalles. Digan lo que digan los medios (que generalmente se centran en los aspectos negativos), la gente es, en general, buena y honesta. Son solidarios. Me gusta vivir ahí, y ahí quiero estar mientras me siga gustando. Extraño Jerusalén... la extraño mucho. Y me alegro al recordar que vuelvo pronto. Estas segundas vacaciones en México me ayudaron a responder preguntas que, vamos... sólo se podían responder así: regresando al punto de origen del viaje. Volviendo a mis viejas calles, y jardines. A dormir sola en mi vieja cama. A acariciar a mi gata, a ver a las personas que dejé acá, e incluso al ir a comer a los sitios a los que solía ir antes de que todo esto empezara.
Como una especie de cursilería de año nuevo, y dejando a un lado las nostalgias y las introspecciones, también pienso en todas las cosas por las que me siento agradecida (sin ningún orden especial): de tener una madre que resulta ser también mi mejor amiga; de hablar español y por primera vez estar a punto de terminar un libro en inglés. De hablar hebreo, aunque sea todavía uno muy quebrado. De haber bajado de peso, de haber podido nadar en el Mar Mediterráneo, por primera vez, dejando un rato el miedo a que el agua me trague. De vivir en el siglo XXI, y que todas las personas en mi vida estén siempre, sin importar donde estén, a un click de distancia. De tener un novio con quien tengo una relación tan pacífica, sin guerras ni miedos constantes: un compañero de vida calmo y sereno, que me ayuda a entrar en mis sentidos cuando estoy cerca de perderlos; que me ama más de lo que yo podría pedir, y a quien yo amo también muchísimo, ambas cosas sin idealismos románticos que nos orillen al caos. Una relación tranquila y estable.
Me siento agradecida de haber conocido a tantas personas tan peculiares allá en Israel: israelíes, mexicanos, argentinos, ingleses, franceses, estadounidenses, rusos, ucranianos, y demás. Algunos se fueron dejando una huella breve pero grata. Otros siguen ahí como amigos entrañables de los que no quisiera perderme nunca. También me gusta pensar que aprendí lecciones simples pero valiosas: como que no hay distancias tan largas que no puedan recorrerse a pie. El hábito de caminar y correr me ayudó a observar mi entorno; a poner más atención a los detalles, y a darme mi tiempo de disfrutarlos. Cada paseo alrededor del vecindario, o a lo largo de Jerusalén me servía de terapia para la ansiedad y el miedo: miedo a mí, miedo a mis recuerdos, miedo a lo que pudiera venir, y miedo a los cambios repentinos. ¡Ah! Y vuelvo a leer de manera constante, como no hacía desde que terminé la carrera. Y lo disfruto, que es la parte importante.
Voy de vuelta a Israel a mediados de enero, y creo que acierto al decir que regresa una versión más feliz y más liviana de mí misma.
¡Feliz año a todos! Nos vemos en 2015 :-)
Ducel


