Translate

sábado, 28 de febrero de 2015

Las letras nevadas de febrero

Cuadro sin firma que está en las instalaciones del Ulpán MILAH
Este jueves 19 de febrero la nieve volvió a Israel. Ya había nevado en el tiempo que estuve fuera del país, sin embargo ahora nevó con más fuerza, aunque solo por una noche. Esa noche bastó para pintar de blanco las calles, los techos y los horizontes, aunque sólo un par de días después, luego de mucha lluvia y algunos intervalos de sol, todo se desvaneció.

Parece como si el invierno se negara a irse del todo. Cuando recién volví, a finales de enero, hubo algunos días calurosos, como de verano, y después lluviosos, como de otoño. Me dan ganas de decirle al clima que no sabe lo que quiere. Pero honestamente me gusta más así, frío, lluvioso. Generalmente... Porque hay veces que sí incomoda. Por ejemplo ahora que voy al gimnasio, pues... no he podido ir, con eso de los horarios tan fijos del transporte público, y de que Jerusalén se vuelve un caos antes, durante y después de las nevadas, me la he pasado un par de días en la casa. No tengo botas a prueba de agua, así que decidí que cualquier intento por salir a caminar y hacer hombres de nieve sería fútil. Mejor me quedé recostada leyendo Juego de Tronos.

La semana antepasada empecé el nivel Gimmel de hebreo, que es como un avanzado-intermedio, creo yo. Entiendo todo lo que dice el profesor en la clase, pero aún me cuesta trabajo hablar con fluidez. Me pregunto qué se sentirá hablar este idioma sin pensarlo tanto, como ahora me pasa con el inglés. Aún me cuesta trabajo leer, y no puedo evitar sentir cierta envidia cuando veo a mi novio que, aunque no tuvo el hebreo como lengua materna, lo domina como nativo, y lo lee igual. Pero ahí la llevo... poco a poco, paso a paso. Tal vez si no procrastinara tanto, ya lo hablaría bien. El inglés es un arma de doble filo en estas tierras. Uno se acostumbra a que es suficiente para sobrevivir, y se olvida de que intentar hablar la lengua local es más relevante que llevar una vida fácil a corto plazo. 

El lugar en donde estudio hebreo, por cierto (y para dar datos más relevantes para los migrantes y posibles migrantes que lean mi blog) se llama MILAH, en hebreo מילה, que en realidad son siglas para מכון ירושלים לעברית (Majón Yerushaláyim LeIvrit): algo así como Instituto de hebreo Jerusalén. Recientemente movieron  las instalaciones a la calle Rabbi Akiva 14, que cruza la siempre bulliciosa Hillel. El ambiente es agradable, los maestros son buenos, y (como creo que ya lo he mencionado antes en algún otro post) usan el sistema comunicativo de enseñanza. La clase se da en la lengua que se enseña, y uno como estudiante tiene que esforzarse por hablar siempre en hebreo. Se usan libros, lo cual ayuda a llevar una mejor organización del aprendizaje, además de dar una refrescante sensación de progreso, que a mí en lo personal me gusta mucho.

La escuela me gusta también porque ahí se ve claramente el apartheid israelí que tanto claman los activistas de izquierda barata que se autodenominan "pro-palestinos". Y sí, estoy siendo irónica, porque, como en cualquier institución a la que uno se meta a estudiar (o a trabajar) en este país, judíos y no-judíos (sean musulmanes, cristianos o como yo, extranjeros que no encajan en ninguna de las denominaciones ya mencionadas) están juntos, en los mismos salones, sin divisiones, ni clasificaciones, ni favoritismos, ni nada de lo que uno se imaginaría cuando se habla de árabes en Israel. Por favor... dejen de usar términos como apartheid. Si quieren usen "racismo" o "discriminación", porque de eso sí hay, y mucho. Pero acuérdense que no sólo aquí, sino en todos lados. Justo eso le decía a mi amigo Mh, que es árabe musulmán ateo: en cualquier lado la gente encontrará razones para discriminarnos. Ya sea porque somos negros, blancos, morenos; por nuestra religión, o la ausencia de esta; por nuestro género, nuestra preferencia sexual, o simplemente nuestro modo de conducirnos en la vida. Así que no anden con tonterías de que Israel es el lugar más racista del mundo, porque no. (He visto más discriminación e injusticia en México, por cierto).

Precisamente por razones conectadas a estas conclusiones a las que he llegado después de ya casi dos años y medio de vivir aquí, ahora soy voluntaria del Padre Gabriel Naddaf, quien es denominado por muchos como valiente, y por muchos otros como traidor. Yo, pues soy parte de los primeros.

Verán:

Gabriel Naddaf es un sacerdote israelí que, pese a entrar en la clasificación generalizada de "árabe", porque esa es su lengua materna, se considera un ciudadano orgulloso, que promueve la integración de la comunidad cristiana (también denominada por muchos como árabe-cristiana, pero que ahora está empezando a ser reconocida como aramea) a la sociedad israelí, y al ejército. Defiende la idea de que Israel, pese a todos los defectos que pueda tener, es el único lugar en todo el Medio Oriente en el que los cristianos viven sin temer por sus vidas, como pasa en todos los vecinos países árabes. Pensemos en Irak, por ejemplo, en donde miles han sido desplazados, torturados y asesinados sólo por sus creencias. Al escribir esto, me pregunto dónde está la indignación del mundo, las protestas pro-cristianos-desplazados, y el boycott a países como Irán o Arabia Saudita, en donde por ser homosexual uno puede ser ahorcado en la calle como si nada. ¿Dónde están esos que dicen defender los derechos humanos? Pura hipocresía mierdera (con su perdón).

Todavía tengo intenciones serias de aprender árabe, pero ya será después, cuando tenga más espacio, y el dinero no sea un impedimento. Sí, lo haré ya con el verano entrado, y con la convicción certera de que no estoy empezando a aprender otra lengua cuando todavía no tengo la primera segura.