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jueves, 30 de abril de 2015

And in God rely the believers

Hebrón. Al fondo, la tumba de los Patriarcas, o Mezquita de Ibrahim
A principios de este mes fui a visitar la ciudad de Hebrón (pronunciada "Jebrón"). Después de mucho tiempo de escuchar cómo en dicho lugar se vive el conflicto árabe-israelí de una manera muy particular, pensé que sería bueno ir a verlo yo misma. Quiero decir, yo vivo en Jerusalén del este, en una parte en la que colindan barrios judíos y árabes. Cuando hay guerra, o cualquier clase de conflicto o enfrentamiento, se puede ver a los vecinos de un lado alzando banderas palestinas, y a los del otro alzando banderas israelís como para marcar bien claro qué lado es de quien, aunque no haya una frontera definida. Pero en Hebrón la cosa es diferente. A 30 kilómetros al sur de Jerusalén, esta ciudad está controlada en un 80% por la Autoridad Palestina, y en un 20% por Israel. Se considera la segunda ciudad más sagrada para el judaísmo, y algunos la incluyen también entre las más sagradas del Islam, por encontrarse ahí la Tumba de los Patriarcas (o como los musulmanes la conocen: La mezquita de Ibrahim). El nombre de Hebrón puede encontrarse ya en la Biblia, lo que nos da una idea de su antigüedad e importancia. Ha estado bajo dominio judío, griego, romano, árabe, y de todos los que alguna vez tuvieron poder en esta zona, pero su situación hoy en día es particular. Está llena de checkpoints, soldados por doquier, y de gente que se queja de una división tan marcada que es, tal vez, lo primero que se nota cuando uno llega. Pero no me parece que dicha división tenga que ver con el racismo de ninguna manera, sino más bien con eso que predomina en esta zona del mundo: una intensa desconfianza, miedo y demonización del otro.


Niña judía comiendo matzá en Hebrón
En el tour que me tomé tuvimos un guía judío, y del lado árabe, un guía palestino. El primero era un hombre entrado en los cuarentas, ortodoxo, con el rostro recién afeitado, porque según nos dijo, en Pésaj, festividad que recién pasó, es la única fecha del año en la que tienen permitido despejarse el rostro de la barba. Se llamaba Eliyahu. La introducción a la ciudad estuvo bajo su cargo. Cuando llegamos al límite del checkpoint hacia la parte árabe, nos recibió un chico de veintidós años, alto y delgado, de sonrisa tierna, de nombre Ábed (o Abdelrahman como nos dijo más tarde). Eliyahu fue, por mucho, más elocuente y objetivo. Nos dio puntos de vista bastante objetivos sobre el conflicto efervescente que se vive día a día en las calles de Hebrón desde hace décadas. Ábed, pese a demostrar una inteligencia perspicaz, se fue más por la narrativa de la víctima, que para su sorpresa, varios de los que íbamos en el grupo cuestionamos. Eliyahu nos lo había advertido, entre bromas mencionando la palabra victimización. Con Ábed fuimos a caminar por varias calles, algunas de aspecto abandonado y otras tan llenas de gente que me recordaron la ciudad de México. Entre dichas caminatas nuestro joven guía aprovechó para hacer hincapié en el hecho de que la calle Shuhada está totalmente vetada para los palestinos, y de que los judíos reciben mucho mejor trato en los checkpoints que ellos, "sólo por ser palestinos", sin tener culpa o relación alguna con el largo historial de matanzas y ataques terroristas que fundamentalistas musulmanes han llevado a cabo en la zona durante décadas. También nos llevó al mercado árabe, en donde me compré un kefiye negro que me gustó mucho. El vendedor de esa tienda aprovechó el rato que estuvimos viendo su mercancía para quejarse de los judíos que viven en los edificios arriba del mercado. Nos contó que a veces les lanzan cosas y señaló que por eso, arriba de nosotros, había una reja, pero que ni eso era suficiente cuando lo que les daba por lanzar eran líquidos. Después de eso fuimos a la casa de una familia palestina en donde, por 30 shekels, tuvimos una comida muy rica y café. No pudimos hablar mucho con la mujer que nos recibió y con sus hijas, porque apenas y sabían unas cuantas palabras en inglés, pero fue un rato agradable, y tranquilo. Nos dijo que tenía siete hijos. Noté que en la pared había tres fotografías de un hombre joven, distribuidas alrededor de un cuadro con escritura árabe. No pregunté de quién se trataba, pero intuí el contexto. Tomé una fotografía, y le he preguntado mi amigo Mh qué decía. Me dijo: "And in God rely the believers".

"And in God rely the believers"
Después, Ábed nos llevó a un punto en donde volvimos a encontrarnos con Eliyahu. Cabe mencionar que ambas veces que un guía nos llevó a encontrarnos con el otro, los dos se saludaron de manera muy cordial y hicieron hincapié en sus lazos de amistad, y en todos los amigos que cada uno tiene del otro lado, los amigos palestinos del judío, y los amigos judíos del palestino. Aún así, cada uno defendió su narrativa. Cuando el guía árabe se hubo marchado, Eliyahu continuó contándonos historias ligadas a cada rincón que íbamos recorriendo. En algunas nos dio datos que complementaban, contradecían, o incluso desbancaban otros que Ábed nos había dado. Pero lo que más me llamó la atención fue que Eliyahu fue el único de ambos guías en decirlo tal cual: "Los dos lados tienen su narrativa de victimización. Compiten en quién ha sufrido más pérdidas, quién ha sido más víctima del otro",  y también "De ambos lados hemos perdido bebés" cuando estábamos en un centro que se construyó en memoria de una bebé judía que murió en un ataque terrorista. También nos llevó a conocer al ex portavoz del Comité de la Comunidad Judía de Hebrón, David Wilder, quien nos explicó que la palabra settler (colono), como son llamados por activistas y medios de comunicación es errónea, y de cierto modo peyorativa. Ellos se consideran comunidades, simplemente. Comunidades que han estado ahí continuamente desde hace miles de años en mayor o menor cantidad, pero sin interrupción.

Calles de Hebrón



La Matanza de Hebrón de 1929 fue mencionada varias veces a lo largo del tour. Antes de ese año judíos y árabes vivían en una paz relativa en la ciudad. Familias judías y musulmanas compartían lazos de amistad, hasta que el gran Mufti de Jerusalén, Amin Al-Husayni convocó abiertamente a la matanza de judíos luego de varias tensiones que se habían suscitado entre los fieles de dichas religiones por esas fechas. Muchas familias judías fueron asesinadas brutalmente dentro de sus casas. Se dice que fue una carnicería. Aunque también hay que mencionar que no fueron absolutamente todos los árabes de Hebrón los que participaron en la matanza. También hubo familias musulmanas que escondieron y defendieron a sus amigos judíos durante los hechos, y plantaron cara a las turbas de asesinos.










David Wilder


Después de la plática con Wilder en su casa, fuimos una sinagoga sefardí que según se cuenta, fue fundada por judíos españoles huyendo del edicto de expulsión de 1492. Luego fuimos a la Tumba de los Patriarcas, a la que usualmente, y según acuerdos legales entre lados, en ciertos momentos del año pueden entrar judíos, o musulmanes, dependiendo de las fechas. Las áreas para cada fe están divididas. A mí me tocó ir a Hebrón, casualmente, en un día en el que todo el recinto estaba reservado exclusivamente para judíos. Y gracias a Eliyahu, aún sin ser judíos logramos colarnos. Ahí aprendimos detalles de la historia del lugar. Se supone que el edificio es de los más antiguos de la zona, en el sentido de que nunca ha sido derribado. De acuerdo a la época, y a los que dominaran, se le agregaron elementos, pero jamás fue enteramente destruido. Ahí, apenas unos años atrás, otra tragedia tuvo lugar: En 1994, Baruj Goldstein, un terrorista judío, asesinó brutalmente a 29 palestinos e hirió a muchos otros. Desde ese momento ese sitio, la tumba del padre de las religiones abrahámicas, es un punto que refleja tanto la separación, como la unión: judíos y musulmanes que rezan en el mismo recinto, pero que sienten que deben separarse por seguridad.

Antigua Torá sefardí que nos permitieron admirar un momento en la sinagoga sefardí

La tumba de los Patriarcas

Tumba de Sara
Nos fuimos de Hebrón como a las siete de la noche. Terminé exhausta pero contenta. Quién diría que un día iba a pisar lugares como ese, y a conocer personas como las que conocí en ese recorrido. Pensé que el sol de aquel día habría acabado por quemarme la piel, pero al otro día sólo amanecí un poquito más bronceada, y sintiendo las piernas pesadas como piedra. Tanto que recorrer y que mirar, y sólo dos piernas y dos ojos.