El 2 de septiembre de 2012 le dije adiós a México, sin saber exactamente qué me esperaba del otro lado del mundo, y sin estar completamente segura de que lo que estaba haciendo era lo correcto, o lo mejor para mí y mis seres queridos. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México fue testigo de los últimos momentos de una vida, que a partir de que abordé el avión se transformó en otra. Fue el punto sin retorno al que muchas veces he vuelto a asomarme en la memoria para entender por qué tomé las decisiones que tomé, y si hubiera sido mejor tomarlas de manera diferente. Quiero decir: no me arrepiento del destino final de mi aventura; ni siquiera me arrepiento de los pequeños procesos que la iniciaron. Vamos, que honestamente no me arrepiento de nada. Tal vez arrepentimiento no es el término que estoy buscando. ¿Sería más adecuado hablar de qué pequeños cambios le haría al guión de mi historia para que fuera más funcional, con menos dramas en el camino, menos tropiezos innecesarios y sin corazones rotos?
Pero Israel ha sido, sin lugar a dudas, el capítulo más feliz de mi historia. Y si todas las metidas de pata que tuvieron lugar fueron, de hecho, necesarias para que yo terminara de aquí, creo que todo ha valido la pena.
Es un país complicado de una manera diferente a México; con sus propios códigos, maneras, rutinas, sabores y tendencias. Hay gente buena y mala; hay lugares hermosísimos, y otros para llorar. Todo esto como en cualquier otro lado, pero al ser un país tan pequeño, parece que todo se magnifica en porcentajes: el amor, y el odio; lo bello y lo desdeñable.
En la madrugada del 4 de septiembre de 2012 (hora Israel) llegué a mi destino... literalmente. "El primer día del resto de mi vida", frase trillada que le va más que perfecto a lo que sentí cuando, justo antes de aterrizar, vi una Tel Aviv de joyas de luz titilando en la oscuridad. Lo demás es historia: una llena de mucho amor, de muchas lágrimas, de mucho aprendizaje, de todas las personas maravillosas a las que he conocido de este lado, y de las que, pese a la distancia, siguen estando conmigo cada día. Y aún quedan tantas, pero tantas páginas en blanco.
¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno! ¡Gracias por la bofetada de realidad que me ha sentado tan bien hasta la fecha!
