![]() |
| By http://maps.bpl.org [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons |
Hoy iba en el bus, línea 18 de Egged, del centro de Jerusalén hacia la Colonia Alemana. Cuando me subí decidí cambiar la rutina de ignorar al nahág (chofer) al pasar la tarjeta del transporte por la maquinita: le dije "hola" y le sonreí. El señor me dijo "gracias". Nunca entendí si fueron gracias por saludarlo, o gracias por pasar la tarjeta, cosa que todo mundo hace, y no me parece que a todos les den las gracias por eso.
En cierta parte del camino una caregiver filipina intentaba subir a una mujer muy anciana en silla de ruedas por una de las puertas traseras del bus. En esta parte del vehículo hay una rampa que puede jalarse para hacer más sencillo el acceso de sillas de ruedas y carreolas. El chofer paró de lleno el bus, y vino a la parte trasera para ayudar a desdoblar la rampa (cosa que yo nunca antes había visto a un chofer hacer). El asunto fue que estábamos en la parte de la parada en donde hay tubos metálicos rellenos de concreto (por eso de que a alguno que otro loco le da por aventarle el carro a los peatones con la esperanza de que los balazos que recibirá a continuación por parte del policía más cercano lo lleven bien rápido a encontrarse con sus 72 vírgenes), y la rampa no podía desdoblarse por completo. El chofer volvió a su asiento y encendió el motor de nuevo. El bus se movió y yo, un tanto indiferente, asumí que la cuidadora filipina y la anciana iban a tener que esperar por el siguiente bus. Pero el chofer paró de nuevo, más adelante, cuando ya habíamos pasado los tubos. Volvió a la parte trasera del bus, desdobló la rampa del suelo, y ayudó a subir a la mujer. Entre él y la cuidadora le pusieron los cinturones de seguridad asignados para sillas de ruedas. Nadie se mostró molesto o impaciente por los minutos que se nos fueron en lo que todo eso pasaba. Don chofer regresó a su asiento y el bus prosiguió su marcha.
La mujer vieja (y se veía de verdad, muy, muy vieja) tenía la mirada perdida, balbuceaba, y hasta gritaba de cuando en cuando. La cuidadora le dio una bolita de falafel en la boca que masticó casi en automático. Yo no quería verla pero no podía dejar de hacerlo. La señora estaba ahí y no estaba más. Me pregunté quién habría sido cuando sí estaba. Cómo habría sido de joven, de niña, si tendría hijos. Llegué a mi destino y me bajé. Caminé pensando en que morir joven no suena tan mal como lo pintan.
