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jueves, 28 de febrero de 2013

Parteaguas

Los primeros días en Israel fueron, de algún modo, los más complicados. Adaptarme a la familia con la que llegué a vivir no fue fácil. Son siete: el padre y la madre, una chica de catorce, una niña de once, y tres niños: de ocho, seis y dos.

La primera semana se me hizo eterna. Sólo un poco antes de que esta se cumpliera, le pedí a la jefa mi primer día libre, para un martes. Quería ese martes precisamente porque Lev estaría disponible, y podríamos, por fin, conocernos en persona.

Lev había sido, para entonces, mi amigo a distancia por más de un año. Charlábamos por videollamada cuando menos dos veces al mes, y en algunas ocasiones nos mandamos paquetes y cartas. Él sabía de mi profundo deseo por venir a Israel (fue en parte por eso que nos convertimos en tan buenos amigos). Me apoyó en todos mis procesos de esperanza y decepción continuas y estuvo, en algunos momentos, más presente que mucha gente que estaba presente físicamente. Siempre hubo, de algún modo, un dejo de coqueteo que se atenuó tajantemente cuando empecé mi relación con Abraham.

Iba en camino a Jerusalén

No sabía qué esperar ante ese primer encuentro, pero me emocionaba como lo que era: algo que había esperado por mucho tiempo, y algo que, también por mucho tiempo, creí si no imposible, poco probable. Ese día, 11 de septiembre de 2012, me desperté más temprano de lo que regularmente me despierto para trabajar. Me arreglé, y después de un rato, salí con la mamá de los niños a los que cuido, quien me hizo el favor de mostrarme la parada de autobús en donde tendría que tomar el ya para mí icónico autobús 400. De ahí fue como hora y media de viaje hasta la Estación Central de Jerusalén. Cuando llegué, temblaba y casi podía escuchar mi corazón. Casi como si supiera, de antemano, que pasara lo que pasara, ese encuentro marcaría un parteaguas en mi vida.

Y así fue.

Lev estaba recargado en un barandal a la entrada de la Estación. Traía lentes oscuros y una playera blanca. Nos miramos por unos segundos, e inmediatamente caminé hacia él, y nos abrazamos. Así estuvimos como un minuto (¿Más? ¿menos? No sé). Recuerdo que me besó la frente, y a partir de ahí caminamos de la mano casi todo el tiempo. La sensación de familiaridad era asombrosa. Me dio mi primer tour por Jerusalén. Tomamos el bus, y de ahí en adelante todo fue maravilla. Cada lugar me parecía extraordinario, aunque para él fueran sólo los lugares ordinarios y conocidos.

En algún momento me llevó a un lugar alto, desde donde podía apreciarse el horizonte de edificios dorados. Me encontré tres shekels en el suelo. Nos abrazamos de nuevo. Me besó. La ruptura interna, todos los sentimientos encontrados, las esperanzas estacionadas y comodinas, la pequeña vocesilla en mi cabeza diciendo: "Sí, esto está pasando, y ya no hay nada que puedas hacer al respecto. El que busca, encuentra".

El Muro Occidental (la primera vista que tuve, ahí, cerca)

Seguimos caminando. Entramos a la Ciudad Vieja, a la ciudad que tanto había soñado, despierta y dormida. Íbamos bajando unas escaleras y Lev me dijo: "Date la vuelta, baja de espaldas". Tomó mis manos y fue guiando mis pasos, mientras yo bajaba hacia atrás, escalón por escalón. Llegando a cierto punto, me giró, y contemplé, por primera vez, de súbito, a escasos cien metros, quizás, el Muro Occidental, y la Cúpula dorada relumbrando al fondo de éste. Qué sensación tan... [no puedo ni describirla]. Como si el mundo me golpeara; como si en esa vista estuviera todo lo que yo necesitaba.

Todo cambió a partir de unas cuantas horas en Jerusalén. Si bien el porqué de mi deseo profuso de estar en Israel seguía (y sigue) como un armario inaccesible (pero hermoso), sabía que había hecho lo correcto al dejar todo lo que conocía para venir. Porque así fue. Dejé casa, familia, amigos, al hombre al que amaba, y hasta una maestría en la que ya había sido aceptada. ¿Por qué? No sé. Porque podía. Porque quería. Porque, si no ahora, ¿cuándo?

¿Cuándo?

Y me he preguntado en varios momentos de desesperación si hice lo correcto al venir. Luego escucho a la gente hablando en hebreo en las calles, y recuerdo que esta tierra que piso es la que yo quería pisar. A veces sonrío de pronto, así nada más, cuando recuerdo que dejé a una versión de mí misma tan lejos, con todo lo que le pertenecía a ella, y a lo que ella pertenecía. Y yo vine para acá, casi sin nada de lo suyo, a ver qué pasaba. Y ha pasado mucho.


El mercado de la Ciudad Vieja

Las primeras impresiones [en la memoria]

Es complicado contar una historia como esta sin, primero, hablar un poco de los acontecimientos precedentes a mis primeros pasos en Israel. Pero tampoco quiero irme demasiado atrás, porque bien podría comenzar una historia bastante extensa de los casi dos años previos que pasé esperando el momento oportuno para hacer este viaje. Me parece, entonces, que, al menos para lo que concierne a estos fragmentos de memoria, voy a remontarme sólo a mis últimas horas en México. 

El 2 de septiembre de 2012 (zona horaria Ciudad de México), no recuerdo bien a qué hora me levanté. Ya estaba todo preparado, y los únicos remanentes ahí eran todas las cosas que, por supuesto, no iba a poder traerme: mis libros, gran parte de mi ropa, y más o menos veinte años de recuerdos en aquel departamento. Abraham se quedó conmigo esa noche. Un día después cumpliríamos siete meses de ser novios. Tengo que hacer aquí una breve pausa para hablar de él, porque, sin duda, fue parte importante de las historias previas, y aun de las historias posteriores (pero de eso ya hablaré más adelante). Abraham es mexicano-israelí. Nos conocimos en un concierto de Orphaned Land en México, y más o menos a la semana de eso ya eramos novios. Teníamos multitud de planes que, por supuesto, incluían Israel. Pero todo eso se vio truncado por mi repentina decisión de venirme acá primero, y por varios hechos que se desataron a partir de eso. Sin embargo, regreso al tema principal. Mi avión saldría un poco después de las 9:00 p.m.

Gómez, mi padre de facto (no biológicamente), pasó por mí, mi madre y Abraham, y nos llevó al aeropuerto. Ahí fueron a verme otros tantos amigos, y entre espera, pláticas, y demás cosas, la hora de partir comenzó a acercarse. De pronto ciertos pensamientos me asaltaron: ¿qué tal si era la última vez que veía a algunos de los presentes? ¿qué tal si, en realidad, esa era una despedida tajante... más tajante de lo que suelen ser las despedidas en los aeropuertos? Me di algunos últimos abrazos con cada uno de ellos, y un beso, de esos profundos y nostálgicos, con mi novio.

Café en el Aeropuerto de Amsterdam

Ya en el avión recuerdo que vi por la ventanilla y pensé que esos eran los últimos minutos que pasaría en México, en mucho tiempo. Me di cuenta de que no sabía cuando regresaría, y que, matando un poco las nostalgias, aquel detalle no me importaba demasiado. Fueron, ¿qué? ¿como ocho o nueve horas a Amsterdam? Y Amsterdam, mi lugar de escala, me supo a gloria. Ni siquiera salí del aeropuerto, pero fue reconfortante saber que estaba tan lejos; que había dado un paso tan largo. Me tomé un café, y conocí a un ecuatoriano que estaba viajando con su novia rusa, para ver a la familia de ella, en Rusia. Me contó que vivían en Ecuador, y que a veces hablaban en español, y a veces en ruso.  Recuerdo que el tipo tenía su celular en la mesa, y escuchaba salsa en él, sin audífonos, dándole un gracioso aire latino a aquel Starbucks holandés. 

No me llevé pasta de dientes, ni desodorante, en mi bolsa de mano, tratando de acatar un poco las reglas que había leído en la página de internet de la compañía aérea (cosa que, por supuesto, la mayoría de mis paisanos en el vuelo NO hizo). Y por supuesto que, gracias a ello, me sentía como el ser humano más sucio jamás habido en aquel lugar. Fui a una de las tiendas duty free y me compré un desodorante. Luego, en un baño, me encontré con una hispanohablante que tuvo la amabilidad de regalarme un poco de pasta de dientes: me dijo que era ucraniana, pero que vivía en España. 

Poco antes de que mi vuelo rumbo a Tel Aviv saliera, conocí a un grupo de hondureños que iba a Israel a hacer alguna clase de estudio sociopolítico. Ninguno de los presentes hablaba inglés (me dijeron que tenían algunos integrantes del grupo que sí lo hablaban, pero que en ese momento no estaban con ellos), y tuve que ayudarle como intérprete al tipo de KLM para hacerles las clásicas preguntas de: "¿ha dejado usted su equipaje solo en algún momento? ¿alguien le ha dado un regalo para entregar a alguien más?", que hacen tratando de averiguar si eres terrorista y pretendes estallar el avión a medio vuelo. Ahí, esperando, recuerdo que una imagen en particular me abofeteó de repente, como un: "Israel de verdad está a unas horas de distancia": Un judío ortodoxo que miraba por la ventana de aquella sala de abordaje.

Llegué a Israel el 4 de septiembre de 2012. Lo primero que me viene a la memoria cuando pienso en los primeros momentos luego de que bajé del avión, es el clima. Hacía tanto calor, y el ambiente era tan húmedo que, de pronto, se sentía como estar en medio de un sauna gigantesco. Recuerdo que esperé un buen rato en la aduana, en donde gente con pinta de soldados, iba y venía sin decirme cual sería el destino de mi inocente pasaporte, el cual me habían pedido hacía ya un rato. Finalmente me lo devolvieron con mi visa de estudiante sellada, y un sello extra en una página contigua. Fui a cambiar algo de dinero a la moneda local. (1)

Cuando salí del aeropuerto, una oleada de calor me golpeó en la cara (aunque eran alrededor de las 4:00 a.m.). Tomé un taxi que me llevó al lugar que, supuestamente, sería mi hogar por, al menos, los siguientes ocho meses. Y esa fue la primera vez que entré a la "ciudad" (2) ortodoxa de Bnei Brak.


(1) Y en la casa de cambio olvidé mi pasaporte, primer infarto que, debo decir, me quitó algunas horas de gozo de aquella experiencia inicial, ya que más tarde tuve que volver al aeropuerto con la esperanza de encontrarlo, ¡y lo encontré! Ya lo tenían en la zona de objetos perdidos. El alivio fue monumental, debo decir.

(2) "ciudad", con las comillas, porque me causa gracia que un lugar tan chiquito sea considerado ciudad, tomando en cuenta las dimensiones de lo que nosotros en México llamamos ciudades. Para nosotros sería más bien una colonia. Sin embargo, en cualquier otro sentido, que no sea el tamaño, pues sí, es una ciudad. 

Ducel y la Tierra Prometida

Hoy empiezo este diario por varias razones. En primera, me hace falta escribir: he dejado de lado ese hábito desde que me vine a vivir a Israel. También porque es tanto lo que esta tierra me ha dejado en los casi seis meses que he experimentado la vida en ella, que me parece justo compartir algunas de las historias tan... peculiares de las que he sido o protagonista, o personaje.

Así que inauguro este espacio oficialmente. Si me falta, de pronto, calidad literaria, procuraré no obsesionarme demasiado con ello. La finalidad de esto no es alardear, o practicar una habilidad que por mucho tiempo me ha causado dolores de cabeza, sino compartir; regalarle un poco de mí misma a cualquiera que quiera leerme. Porque, a final de cuentas, ¿qué son las historias que jamás son conocidas? ¿Son como aquella metáfora del árbol que cae en el bosque sin que nadie lo vea ni lo escuche? No lo sé. No voy a extenderme en metáforas de lenguaje rimbombante. Sólo quiero dejar, así, aquí, mi vida en la Tierra Prometida, abierta al mundo.