Los primeros días en Israel fueron, de algún modo, los más complicados. Adaptarme a la familia con la que llegué a vivir no fue fácil. Son siete: el padre y la madre, una chica de catorce, una niña de once, y tres niños: de ocho, seis y dos.
La primera semana se me hizo eterna. Sólo un poco antes de que esta se cumpliera, le pedí a la jefa mi primer día libre, para un martes. Quería ese martes precisamente porque Lev estaría disponible, y podríamos, por fin, conocernos en persona.
Lev había sido, para entonces, mi amigo a distancia por más de un año. Charlábamos por videollamada cuando menos dos veces al mes, y en algunas ocasiones nos mandamos paquetes y cartas. Él sabía de mi profundo deseo por venir a Israel (fue en parte por eso que nos convertimos en tan buenos amigos). Me apoyó en todos mis procesos de esperanza y decepción continuas y estuvo, en algunos momentos, más presente que mucha gente que estaba presente físicamente. Siempre hubo, de algún modo, un dejo de coqueteo que se atenuó tajantemente cuando empecé mi relación con Abraham.
| Iba en camino a Jerusalén |
No sabía qué esperar ante ese primer encuentro, pero me emocionaba como lo que era: algo que había esperado por mucho tiempo, y algo que, también por mucho tiempo, creí si no imposible, poco probable. Ese día, 11 de septiembre de 2012, me desperté más temprano de lo que regularmente me despierto para trabajar. Me arreglé, y después de un rato, salí con la mamá de los niños a los que cuido, quien me hizo el favor de mostrarme la parada de autobús en donde tendría que tomar el ya para mí icónico autobús 400. De ahí fue como hora y media de viaje hasta la Estación Central de Jerusalén. Cuando llegué, temblaba y casi podía escuchar mi corazón. Casi como si supiera, de antemano, que pasara lo que pasara, ese encuentro marcaría un parteaguas en mi vida.
Y así fue.
Lev estaba recargado en un barandal a la entrada de la Estación. Traía lentes oscuros y una playera blanca. Nos miramos por unos segundos, e inmediatamente caminé hacia él, y nos abrazamos. Así estuvimos como un minuto (¿Más? ¿menos? No sé). Recuerdo que me besó la frente, y a partir de ahí caminamos de la mano casi todo el tiempo. La sensación de familiaridad era asombrosa. Me dio mi primer tour por Jerusalén. Tomamos el bus, y de ahí en adelante todo fue maravilla. Cada lugar me parecía extraordinario, aunque para él fueran sólo los lugares ordinarios y conocidos.
En algún momento me llevó a un lugar alto, desde donde podía apreciarse el horizonte de edificios dorados. Me encontré tres shekels en el suelo. Nos abrazamos de nuevo. Me besó. La ruptura interna, todos los sentimientos encontrados, las esperanzas estacionadas y comodinas, la pequeña vocesilla en mi cabeza diciendo: "Sí, esto está pasando, y ya no hay nada que puedas hacer al respecto. El que busca, encuentra".
| El Muro Occidental (la primera vista que tuve, ahí, cerca) |
Seguimos caminando. Entramos a la Ciudad Vieja, a la ciudad que tanto había soñado, despierta y dormida. Íbamos bajando unas escaleras y Lev me dijo: "Date la vuelta, baja de espaldas". Tomó mis manos y fue guiando mis pasos, mientras yo bajaba hacia atrás, escalón por escalón. Llegando a cierto punto, me giró, y contemplé, por primera vez, de súbito, a escasos cien metros, quizás, el Muro Occidental, y la Cúpula dorada relumbrando al fondo de éste. Qué sensación tan... [no puedo ni describirla]. Como si el mundo me golpeara; como si en esa vista estuviera todo lo que yo necesitaba.
Todo cambió a partir de unas cuantas horas en Jerusalén. Si bien el porqué de mi deseo profuso de estar en Israel seguía (y sigue) como un armario inaccesible (pero hermoso), sabía que había hecho lo correcto al dejar todo lo que conocía para venir. Porque así fue. Dejé casa, familia, amigos, al hombre al que amaba, y hasta una maestría en la que ya había sido aceptada. ¿Por qué? No sé. Porque podía. Porque quería. Porque, si no ahora, ¿cuándo?
¿Cuándo?
Y me he preguntado en varios momentos de desesperación si hice lo correcto al venir. Luego escucho a la gente hablando en hebreo en las calles, y recuerdo que esta tierra que piso es la que yo quería pisar. A veces sonrío de pronto, así nada más, cuando recuerdo que dejé a una versión de mí misma tan lejos, con todo lo que le pertenecía a ella, y a lo que ella pertenecía. Y yo vine para acá, casi sin nada de lo suyo, a ver qué pasaba. Y ha pasado mucho.
| El mercado de la Ciudad Vieja |