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lunes, 11 de marzo de 2013

La bala en el suelo


En noviembre de 2012, después de que el líder de Hamás, Ahmed Al-Jabari, murió durante un ataque aéreo israelí en Gaza, todo se inestabilizó por algunos días. Los misiles empezaron a caer, como suele pasar después de "confrontamientos" de ese estilo. Y ahí tuve mi primer encontronazo con la situación latente de este país: cuando sonó la alarma de Tel Aviv.

Yo estaba aquí, en la casa. Ya era de noche, cuando el sonido intermitente de una alarma, que al principio parecía ser la de un automóvil, llamó mi atención. La hermana de la madre de la familia se asomó por el balcón, y una especie de tensión se hizo más que notoria entre los adultos de la casa (los niños, obviamente, ni en cuenta). Era un sonido potente, pero que a la vez parecía lejano. No era cotidiano, definitivamente. Intuí que algo fuera de lo común estaba pasando. Le pregunté a Tova, la madre, qué pasaba. Me dijo que estaban probando las alarmas de la ciudad, que eso era todo. Más tarde un amigo desmintió dicha versión. En efecto, había sonado la alarma antiaérea de Tel Aviv, por primera vez, desde la Guerra del Golfo.

Unos días después, en Jerusalén, también sonó la alarma, y justo cuando yo andaba por allá. Y en Tel Aviv, volvió a sonar, justo un día en que, por la mañana, tenía una telenovelesca discusión telefónica con mi ex novio, que aún estaba en México. Recuerdo que incluso escuché el momento en el que los contramisiles salieron. Todo fue estrepitoso: quiero decir, afuera, en Tel Aviv, y adentro de mí. 

Por esas fechas también sucedió que alguien, nunca supe si se supo quién, puso una bomba en un autobús en Tel Aviv, de la misma "marca" que uso yo para ir a la escuela. Nadie murió, pero hubo heridos. De pronto me saltó el: "¿y si yo hubiera estado ahí?" No me obsesioné con la idea, pero fue extraño. Cuando las noticias hablan de la "violencia en Oriente Medio", todo suena tan lejano y exótico, pero ahora era, de hecho, algo que había sucedido bastante cerca de mí. Sin embargo, la violencia también se hace costumbre.

(Tengo que agregar este paréntesis a la mitad, para señalar que las lluvias torrenciales también marcaron un punto crucial en mis primeros encuentros "cara a cara" con Israel. Hubo un día en que, casi como en una comedia mal habida (mal habida conmigo, digo), estaba yo esperando a mi amiga colombiana en una parada de bus, con mi sombrilla como arma, tratando de lidiar con el agua que me llegaba casi de frente, y el viento que me hacía retroceder. Y ya en el autobús, con mi amiga, me dijo esas palabras, que por alguna razón, se quedaron de una forma extraña en mi memoria: "Te tocó de todo, mujer; el año de las tormentas y el año de la guerra".)

Es interesante, pues, cómo uno puede acostumbrarse a diferentes tipos de violencia. En México, me era habitual mirar a cada rato por encima del hombro, por miedo a ser asaltada. Acá eso no pasa, pero a veces no deja de sorprenderme cuando los jóvenes soldados suben al bus con sus rifles colgados, y cuando el hecho mismo de "ser soldado" es algo que les pasa a todos (o a casi todos) cuando menos unos dos o tres años, en este país. Acostumbrarme, de alguna manera, no al poder del narcotráfico, y a la corrupción del gobierno (que de esta última, supongo que hay en todos lados, en mayor o menor medida), sino a vivir en un país tan pequeño que podría caber varias veces en el mío, y que está rodeado de otros tantos, mucho más grandes, que, teniendo la posibilidad, lo borrarían del mapa, sin asomo de duda.

En uno de mis viajes a Jerusalén, me encontré en el camión una bala de M16, que probablemente se le habría caído a algún soldado. Recuerdo que pensé: "Sí, esta es la clase de cosas que uno se encuentra tiradas en el suelo, aquí en Israel."


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