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jueves, 30 de mayo de 2013

Torre de Babel


Por eso ella se llama Babel, 
pues allí el Eterno creó confusión de lenguas en la tierra
y de allí los dispersó a todos los rumbos. 

Génesis 11:9



Desde hace ya como mes y medio estudio la lengua local. La experiencia multilingüe del Ulpán, que es como se llama acá a las escuelas de Hebreo, es impresionante. Tengo compañeros, en el mismo grupo, de Austria, Alemania, Holanda, Inglaterra, Taiwán, Nepal, Sri Lanka, Corea, Estados Unidos, México, Puerto Rico, Brasil, España, Suiza, Portugal, Polonia, Rumania, y probablemente algún otro que se me escapa de la memoria. Lo curioso es que, siendo un curso que se lleva a cabo a través de un método de traducción Inglés-Hebreo, varios de nosotros —a excepción, claro, de aquellos cuya lengua nativa es el inglés— estudiamos el Hebreo por medio de una segunda lengua, y no nuestra lengua materna.


A veces pasa que, cuando un término no queda del todo claro para los anglohablantes, nos auxiliamos comparando con otras de las lenguas que hablamos los alumnos. En algunos casos las estructuras del Hebreo resultan más similares a las del Español, que a la del Inglés. Por ejemplo, tanto en Hebreo como en Español no se cambia el orden de las palabras para hacer una pregunta; se cambia sólo la entonación —y en el caso de lo escrito, se agregan los signos interrogativos—.





Otro punto interesante, con respecto al Hebreo, en específico, es la profunda relación que tiene esta lengua con la historia, cultura y religión del Pueblo Judío. Me queda muy claro que esto no es algo exclusivo de este idioma, que podemos encontrar dicha característica en muchos otros, sin embargo, por ser —digamos— el revival de una lengua tan antigua, me encanta ir descubriendo todas estas conexiones "mágicas" entre palabras. Por ejemplo, no existe el verbo "ser" en presente: soy. Así que si uno dice Yo soy mujer, en realidad diría "Aní ishá": אני אישה: Yo mujer. ¿Por qué es esto? Porque sólo Dios "es". En cierto sentido sólo Él estaría admitido para usar el verbo en presente. También tenemos que la palabra para el color Rojo es "adóm": אָדוֹם, que está emparentado con "adám" אָדָם, que significa Hombre, hombre que está hecho de "dam" דָם, Sangre, y "adamá" אֲדָמָה, Tierra o Suelo.

Me gusta que la conexión entre el mundo, y cómo lo denominamos, diga tanto de quiénes somos, de dónde venimos. Somos las ramas que asoman en la punta de la Torre. Lo de menos es que hablemos muchas lenguas. Total: Babel ya fue superada hace mucho. No creo que todas las diferencias nos separen.

lunes, 6 de mayo de 2013

Ay, Jerusalén. Tú, y tus cuervos...


Hoy iba saliendo de mi casa, y mientras bajaba las escaleras que conducen de la entrada, a la calle, vi a un cuervo que, parado en un barandal, andaba más gritón que de costumbre. Si son ruidosos de por sí, este parecía alterado: aleteaba mientras graznaba. Me percaté de que, en el césped, había un ave de color grisáceo, más pequeña que el cuervo, que sólo miraba. No tardé mucho en darme cuenta de que el ave más pequeña era un bebé cuervo, que se habría caído del nido, y que el cuervo alterado era la mamá (mamá cuervo alterada).

Por unos instantes dudé. El pollito se veía confundido. ¿Qué hacer? Heróicamente me dije: "Voy a agarrar al cuervito y lo voy a criar como si fuera mi propio hijo". No me aproximé ni dos metros de donde estaba, cuando la mamá empezó a volar de un lado a otro. Se posó por un momento en la rama del mismo árbol del que, supongo, se habrá caído el bebé, y empezó a picotear, iracunda, una rama (pareciera que en un gesto de desesperación y coraje). 

De pronto voló peligrosamente cerca de mí; tanto que podía sentir el aire de sus aletazos. Cuando me di cuenta de que la corta fantasía de criar al bebé cuervo sería sólo posible si la madre me dejaba agarrarlo, y eso, al parecer, no iba a pasar, decidí irme, que ya iba con unos minutos de retraso para tomar el bus. La mamá cuervo (o algún otro colado que apoyaba la causa de protección materna) me siguió todavía como 20 metros, graznando, y acercándose a mí casi hasta tocarme, pero sin hacerlo. Se me salió decirle "Okey, okey, ya entendí el mensaje".

Por fin llegué a mi parada, sin un rasguño, pero pensando en el suceso reciente. Pensé: "Qué interesante que la cuerva se haya tomado la molestia de amenazarme primero, antes de lanzarse a los picotazos", y me dio tristeza por el pollito-cuervo, al que me hubiera gustado adoptar. ¿Qué sería de él? Quién sabe.

Cuando regresé de la escuela, me fui a asomar al lugar de los hechos, pero ya no había cuervo alguno: ni bebé, ni mamá.

Ay, Jerusalén. Tú, y tus cuervos citadinos.