Translate

lunes, 6 de mayo de 2013

Ay, Jerusalén. Tú, y tus cuervos...


Hoy iba saliendo de mi casa, y mientras bajaba las escaleras que conducen de la entrada, a la calle, vi a un cuervo que, parado en un barandal, andaba más gritón que de costumbre. Si son ruidosos de por sí, este parecía alterado: aleteaba mientras graznaba. Me percaté de que, en el césped, había un ave de color grisáceo, más pequeña que el cuervo, que sólo miraba. No tardé mucho en darme cuenta de que el ave más pequeña era un bebé cuervo, que se habría caído del nido, y que el cuervo alterado era la mamá (mamá cuervo alterada).

Por unos instantes dudé. El pollito se veía confundido. ¿Qué hacer? Heróicamente me dije: "Voy a agarrar al cuervito y lo voy a criar como si fuera mi propio hijo". No me aproximé ni dos metros de donde estaba, cuando la mamá empezó a volar de un lado a otro. Se posó por un momento en la rama del mismo árbol del que, supongo, se habrá caído el bebé, y empezó a picotear, iracunda, una rama (pareciera que en un gesto de desesperación y coraje). 

De pronto voló peligrosamente cerca de mí; tanto que podía sentir el aire de sus aletazos. Cuando me di cuenta de que la corta fantasía de criar al bebé cuervo sería sólo posible si la madre me dejaba agarrarlo, y eso, al parecer, no iba a pasar, decidí irme, que ya iba con unos minutos de retraso para tomar el bus. La mamá cuervo (o algún otro colado que apoyaba la causa de protección materna) me siguió todavía como 20 metros, graznando, y acercándose a mí casi hasta tocarme, pero sin hacerlo. Se me salió decirle "Okey, okey, ya entendí el mensaje".

Por fin llegué a mi parada, sin un rasguño, pero pensando en el suceso reciente. Pensé: "Qué interesante que la cuerva se haya tomado la molestia de amenazarme primero, antes de lanzarse a los picotazos", y me dio tristeza por el pollito-cuervo, al que me hubiera gustado adoptar. ¿Qué sería de él? Quién sabe.

Cuando regresé de la escuela, me fui a asomar al lugar de los hechos, pero ya no había cuervo alguno: ni bebé, ni mamá.

Ay, Jerusalén. Tú, y tus cuervos citadinos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario