Hoy iba saliendo de mi casa, y mientras bajaba las
escaleras que conducen de la entrada, a la calle, vi a un cuervo que, parado en
un barandal, andaba más gritón que de costumbre. Si son ruidosos de por sí,
este parecía alterado: aleteaba mientras graznaba. Me percaté de que, en el
césped, había un ave de color grisáceo, más pequeña que el cuervo, que sólo
miraba. No tardé mucho en darme cuenta de que el ave más pequeña era un bebé
cuervo, que se habría caído del nido, y que el cuervo alterado era la mamá
(mamá cuervo alterada).
Por unos instantes dudé. El pollito se veía confundido. ¿Qué hacer?
Heróicamente me dije: "Voy a agarrar al cuervito y lo voy a criar como si
fuera mi propio hijo". No me aproximé ni dos metros de donde estaba,
cuando la mamá empezó a volar de un lado a otro. Se posó por un momento en la
rama del mismo árbol del que, supongo, se habrá caído el bebé, y empezó a
picotear, iracunda, una rama (pareciera que en un gesto de desesperación y
coraje).
De pronto voló peligrosamente cerca de mí; tanto que podía sentir el aire de
sus aletazos. Cuando me di cuenta de que la corta fantasía de criar al bebé
cuervo sería sólo posible si la madre me dejaba agarrarlo, y eso, al parecer,
no iba a pasar, decidí irme, que ya iba con unos minutos de retraso para tomar
el bus. La mamá cuervo (o algún otro colado que apoyaba la causa de protección
materna) me siguió todavía como 20 metros, graznando, y acercándose a mí casi
hasta tocarme, pero sin hacerlo. Se me salió decirle "Okey, okey, ya
entendí el mensaje".
Por fin llegué a mi parada, sin un rasguño, pero pensando en el suceso
reciente. Pensé: "Qué interesante que la cuerva se haya tomado la molestia
de amenazarme primero, antes de lanzarse a los picotazos", y me dio
tristeza por el pollito-cuervo, al que me hubiera gustado adoptar. ¿Qué sería
de él? Quién sabe.
Cuando regresé de la escuela, me fui a asomar al lugar de los hechos, pero ya
no había cuervo alguno: ni bebé, ni mamá.
Ay, Jerusalén. Tú, y tus cuervos citadinos.
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