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jueves, 31 de octubre de 2013

Patria-ex-patria

Empecé a escribir esta entrada estando en mi país natal, y apenas hoy, último día de octubre la retomo, para no dejar pasar el mes sin haberme aparecido por el blog.

Varias reflexiones han surgido de mi breve estadía en México luego de un año de vivir en Israel (Sí, ya un año, aún me cuesta trabajo creerlo).



¿Israel o México?


En cada país he encontrado cosas que me llenan, con las que he formado vínculos; y en cada uno, también, detalles que me desagradan a más no poder. Israel es un país seguro en cuanto a tasas de crimen en las calles. No es común escuchar las anécdotas (que son tan comunes en México, por ejemplo) de alguien que haya sido asaltado con navaja en mano por un celular, o una cartera. Claro que hay amenazas latentes, como el terrorismo, los misiles y demás, pero la facilidad con la que uno se acostumbra a ellas es tan real como difícil de entender para alguien que no vive bajo semejante sombra bélica.

La gente en Israel suele ser brusca, y en algunos casos, en mexicanos estándares, hasta grosera. Cuando se llega a vivir aquí, como en mi caso, con esa sensiblería constante del "por favor" y el "gracias", uno pareciera resaltar por extraño. Lo bueno de esto es la ausencia de lo que yo denomino como "agachonería". La gente siempre se defiende de lo que cree injusto. Las miradas bajas de resentimiento son reemplazadas por palabras directas y gritería.

La gente de México me gusta más por el simple detalle de la calidez. También los espacios abiertos, en general. Ciudad de México me parece más bonita (y pintoresca) que la urbe por excelencia de Israel: Tel Aviv. Jerusalén tiene un encanto especial (creo que ya lo he dicho antes) en esa mezcla extraordinaria entre antiguo, moderno, judío y árabe. El color arena de los edificios lo hace todo homogéneo, bonito. La luz resalta; uno se siente rodeado de dorado todo el tiempo, pero a veces hasta la más perfecta homogeneidad aburre. No cambiaré vesiones: Amo a esta ciudad, pero los contrastes del Distrito Federal en México siguen ocupando un lugar irremplazable en mi corazón.

Claro que la relación espacio-población es otra cosa. Estar en el centro de la Ciudad de México es como estar en medio de una estampida de zombies. Calles llenas de gente, carros, ruido, etc. Aquí en Jerusalén, con todo y que se supone que es la ciudad más poblada de Israel, me siento como diríamos en México en provincia. Por más gente que haya en las calles, a las horas pico, no se siente concurrido.

Pero, finalmente, en México están la mayoría de mis recuerdos y de mis vínculos emocionales. Venir a Israel fue un logro, y no cambiaría esta experiencia por nada. Sin embargo, pienso en México incluso más de lo que quisiera. En cómo hubiera sido mi vida, por ejemplo, si nunca me hubiera ido. En cómo sería si regresara, y en cómo será si me quedo acá de manera permanente.

El Día de Muertos me hizo pensar en todos aquellos que ya no están: los que murieron, los que sin morirse se fueron; pero sobre todo en los "hubiera" incisivos, que no están ni vivos ni muertos. Que existen sólo como posibilidades, algunas más o menos posibles que otras: ¿Estoy en el lugar correcto? ¿Con las personas correctas? ¿Qué volvería a hacer y qué no, de tener la oportunidad de re-vivir el último año-y-algo de mi vida?

Creo tengo el síndrome del blog en blanco. Hoy es 5 de noviembre y recién me atrevo a escribir la última línea de esta entrada.


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