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sábado, 30 de noviembre de 2013

Cuando pasa afuera de tu casa

El vecindario, visto desde la ventana del departamento de una amiga

Ya es normal que la violencia no sea algo lejano, de lo que oímos hablar de cuando en cuando, en alguna noticia, en alguna nota periodística, sino algo que experimentamos en lo cotidiano. Tan cotidiana es ya como el mero hecho de levantarnos de la cama, tomarnos un café y salir a trabajar —así de cotidiana—.

Cuando vivía en México, la gente se sorprendía cuando hablaba de mis intenciones de venir a probar la vida a Israel. "¿Y por qué te vas allá, mujer? Si se la pasan en guerra. ¿No te da miedo?". Y es que la maravilla de los medios es cómo con un par de imágenes y palabras más o menos bien administradas pueden clavarnos muy hondo ideas de lo más trastocadas. Algunos comentarios similares en mis recientes vacaciones: "¿Y allá tienes que andar toda tapada?". 

Le decía a cierto israelí: "Qué curioso que para mucha gente allá en México todos ustedes son simple y llanamente árabes." Árabes disparándose los unos a los otros, nada más.

Aquí a veces me preguntan: "La situación en México está muy violenta, ¿no?" Les digo que no tanto así, y les cuento que a mí nada más me han asaltado tres veces en mi vida. Sí, nada más. A otros les tocan cinco o más asaltos al años. Con los ojos muy abiertos exclaman algo como "wow", y a veces platican alguna anécdota que a ellos mismos les contaron otras personas que tuvieron experiencias desafortunadas en México, o en otro país de América Latina.

Las cosas pueden no estar tan mal como los medios las pintan, pero eso no significa que estén de lo mejor. Uno se percata de ello cuando ya no sorprende que la violencia se dé afuera de la casa, en la colonia, a tres cuadras, en todas las pantallas y primeras planas de periódico. En México, afuera de mi casa había violencia; en Jerusalén, afuera de mi casa, sigue habiendo violencia.

Hace un par de días, aquí en mi vecindario, apedrearon el carro de una mujer que iba con sus tres hijos. Su hija de dos años recibió el impacto de una de las piedras en la cabeza, y fue llevada al hospital de emergencia. Los responsables eran, según los informes, cuatro adolescentes de una villa árabe contigua.* Las razones son las de siempre: ejercer presión en las negociaciones de Israel con la Autoridad Palestina. Venganza por motivos generalmente ajenos a las víctimas.

El odio pareciera heredarse casi como los apellidos se heredan, o como una enfermedad peligrosa se contagia. Ya nadie tiene la culpa, y todos la tienen. Una piedra vuela de un lado, una bomba molotov del otro. Si eres judío, eres israelí,  y si eres israelí, eres judío. Si eres árabe, eres terrorista o eres oprimido. Si eres árabe judío eres traidor, y si eres israelí pro-palestino no sabes en dónde estás parado. Los límites que nos esforzamos tanto por definir se deshacen tan fácilmente como una costura mal hecha se desgarra de un tirón.


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