El 17 de marzo de 2014 la alarma suena a las 5:30 a.m. Me levanto con dificultad, porque no he dormido mucho durante la noche. Verán: cuando sé que me tengo que despertar temprano, me cuesta trabajo conciliar el sueño. Y cuando lo logro, me despierto repetidas veces. A las 5:30 porque a las 7:30 tengo que estar en Abraham Hostel, en la calle Ha-Nevi'im, en el que nos van a recoger los del tour al West Bank.
Llego temprano al hostal, alrededor de las 7:00 a.m. Le digo a la primera recepcionista que veo que tengo reservación. Me dice que mi tour es a las 7:30, y le respondo que sí sé, pero que se me ha hecho temprano. Me señala el lugar en donde puedo esperar. Me siento en un sillón vacío en la recepción y conecto mi celular a un contacto al lado; me pongo a mirar a la gente. Una señora rubia frente a mí hojea un periódico en inglés que está en la mesita entre nosotras. A un lado, en otro sillón, hay más gente esperando; otros simplemente de pie. Algunos bajan de sus habitaciones, y algunos otros, como yo, parecen llegar. Me emociono. Empiezo a preguntarme quiénes estarán conmigo en el viaje. Un hombre llega apenas pasadas las 7:00 y con una lista en la mano empieza a decir nombres. Es el chofer de algún tour. Pero alguno que va a Masada, Ein Guedi, y el Mar Muerto. De nuevo, el lobby casi vacío, y más gente que se empieza a acumular. Son las 7:27, y llega otro, un guía. Empieza a preguntar nombres. Luego menciona "Kesárea, Natzéreth". No, tampoco este es mi guía. Comienzo a jugar nerviosamente con el celular: ¿Qué tal si sí era mi guía y me acabo de perder de mi propio tour? Dos hombres altos y morenos, en sus treintas o cuarentas, le preguntan cosas a la misma recepcionista con la que hablé llegando, como confirmando datos. No alcanzo a oír el idioma que usan, pero me parece que es inglés. Por un momento me digo que sería muy chistoso que resultaran ser mexicanos.
Un tipo que fuma afuera del hostal llama mi atención. Me digo: Si me topara a este en México, seguro que me daba miedo de que me asaltara. Corte de casquete, estilo de vestir reguetonero. Toca el timbre del lugar y le abren al puerta de inmediato. Pequeño sobresalto imaginario. Nah, estás en Israel, no pasa nada.
Un chico rubio, alto y gordo se pasea por el lobby, compra algún refresco en la pequeña cafetería, y se sale a fumar. Pasan de las 7:40, y los dos hombres altos y morenos se paran a preguntar algo, yo creo que lo mismo que yo me estaba preguntando para ese momento: ¿a qué hora llega nuestro transporte? La recepcionista se sale del hostal con un teléfono en mano y trata de llamar a alguien que parece no responder. Regresa. Luego veo que va y toma una lista a un lado de la cafetería y se dirige a mí: "Ari.. da... " (mala pronunciación de mi segundo nombre). Le digo que sí. Luego pasa lista en los otros. Nos señala al que yo imaginaba como reguetonero y nos dice que es nuestro chofer. Dice que falta uno, y le decimos que cierto chico que parecía esperar ya anda por ahí. Ese grandote rubio con la imborrable finta de SOY TURISTA. Baja las escaleras del hostal. La chica nos indica que vamos a encontrarnos con nuestro guía en el West Bank. Salimos todos, y nos subimos a una furgoneta blanca. Entran los dos hombres morenos, luego, en la segunda fila de asientos entro yo, y luego el rubio grandote. Se me hace raro. Las furgonetas de estos tours generalmente traen varios logos muy coloridos, con el nombre "Abraham Tours" bastante visible. Esta no. Es toda blanca.
Al inicio los dos turistas de nacionalidad desconocida empiezan a hablar en árabe con el conductor, quien, según entendí, les preguntó si hablaban árabe casi de inmediato cuando él mismo entró a la furgoneta. Ya más adelante uno de ellos voltea y se presenta. Se llama A., y es de Nazareth. Le pregunto al otro su nombre (no me acuerdo, y no me acuerdo si también era de Nazareth) Dos árabes-israelíes. El que viene a mi lado se llama M., y es danés. Su acento me hace difícil entender las primeras dos veces que me dice su nombre. A la tercera ya entiendo. Hablamos un poco, y se me hace lelo; trato de de hacerme la cansada mientras me recargo en la ventana para evitar seguir con la plática. No me hace gracia que nos haya tocado ser "compañeros de viaje". Me decepciona que seamos tan pocos en el tour.
Cuando vamos entrando al West Bank, el muro, que unos llaman sionista (diciéndolo ellos en sentido peyorativo) y otros protector, es visible por un momento. A. voltea de nuevo y nos pregunta si sabemos qué acabamos de pasar. Nos dice que él también es guía de turistas, y empieza a soltarse hablando de la división entre Israel y los Territorios Palestinos. Nos dice que él es árabe cristiano. Que la gente generalmente relaciona árabe con musulmán, pero que están mal, porque hubo árabes cristianos antes que árabes musulmanes. El gordo danés parece sorprendido ante tantas revelaciones. Lleva como 2 semanas en Israel. Yo sonrío y miro por la ventana cada que puedo. Cuando A. me pregunta cuánto tiempo llevo en Israel, le digo que más de un año, porque trabajo aquí. Por alguna razón (realmente inesperada) no me siento con ganas de socializar. Quiero que me dejen en paz para ver el paisaje por la ventana. Al pinche chofer se le ocurre empezar a fumar.
En algún lugar en la carretera paramos, y un señor bajito, de ojos claros, calvo y con el resto del cabello que le queda canoso, se sube a la van. Se presenta. Es el guía de turistas. Me pregunto si será un colono judío. Empieza a hablar en árabe con el chofer. Descarto ya la mencionada suposición. Nos empieza a dar detalles de la zona en la que estamos, pero por alguna razón me cuesta trabajo poner atención. Creo que es el danés quien le pregunta su nombre. Dice que en la industria turística se mueven mejor por apodos (o eso entiendo yo). Nos dice que lo llamemos Aburami.
Llegamos a nuestro primer destino: La tumba del patriarca Yosef. El vecindario descuidado, y el sitio también. Los que abrieron la puerta me miraron con cierto recelo y le preguntaron algo al guía. Entendí que les dijo que no a algo, y después que eramos europeos, o algo así. Entramos al recinto, en donde un sarcófago liso de piedra yace solitario en medio de un cuarto. No hay nada más que ver que eso. No siento que seamos muy bienvenidos, por alguna razón. Sólo permanecemos ahí como cinco minutos, y volvemos a abordar la furgoneta.
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| La tumba de Yosef |
Cuando llegamos al siguiente destino, la iglesia que está sobre el Pozo de Yaakov, se siente diferente. Hay más bienvenidas por parte de los que cuidan el recinto. La iglesia por dentro es preciosa, llena de luz, y de colores. El guía nos advierte que en el lugar principal no podemos tomar fotografías, por respeto. Bajamos a un cuarto muy pequeño en donde está el pozo, y un señor con muchos
souvenirs cristianos. El guía y el señor intercambian algunas palabras. El guía nos da los datos del lugar, las anécdotas bíblicas, y luego del
speech, nos dice que si queremos contribuir al lugar, podemos comprarle algo al señor que está ahí. El danés compra una collar con una cruz, y se lo cuelga. Cuando vamos saliendo de la iglesia, me espero a que todos se vayan para tomarle una foto a la puerta sin invasores en la toma. El portero se hace a un lado. Tomo un par, le digo:
Thank you, y me salgo corriendo. Salimos de la iglesia y cruzamos la calle con el guía, tratando de sortear a los autos. Parece que los Territorios Palestinos y México sí son hermanos, después de todo, así como los activistas pro-palestinos sueñan, pero hermanos en la poca chingada que los autos dan por los peatones. Ahí, del otro lado de la iglesia, está el campo de refugiados Balata, que a mí se me figuró mucho a una colonia pobre de mi bella patria.
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| La iglesia del pozo de Yaakov, en Nablus |
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| El campo de refugiados Balata |
Entramos por sus calles angostas, que si acaso dan paso a un carro y tal vez a un par de personas. Muchos grafitis en las paredes. Fuimos a un centro de información en donde el encargado nos dio una breve plática, nos dio cifras, fechas, y demás. Al salir de ahí caminamos un poco más por las calles. Un grupo de jóvenes comenzó a vociferar cosas, entre risa y risa. El guía les responde, no sé si enojado o en el mismo tono bromista. Un chico comienza a seguirnos, y Aburami lo regaña hasta el cansancio, me señala a mí, y continúa regañándolo. Después me dice: "Adolescentes, ya sabes cómo son". Sonrío, pero en realidad no sé muy bien a qué parte de cómo son los adolescentes se refiere, o si los adolescentes ahí son iguales a los adolescentes que yo conozco. Entramos en una calle tan angosta que sólo dos personas lado a lado pueden entrar. Balata parece una vecindad de grandes dimensiones.
Al salir volvemos a cruzar la calle eludiendo los carros. Esperando a que pasen unos tantos, para luego pasar nosotros. La imagen de un hombre con un arma cuelga de un poste de luz a mitad de la avenida. Un amigo me dijo entre bromas, cuando le conté que vendría a Nablus: I hope you like martyrs. No me gustan, pero hay muchos de esos, por todos lados, en todas las paredes. Lo que ellos, al menos, consideran como mártires.
Nos subimos a la van, de nuevo. Llegamos al centro de Nablus. Está atestado de gente. Hay imágenes de Mahmud Abás en grandes pancartas colgadas de los edificios. Caminamos hacia la ciudad vieja, que recuerda mucho a la de Jerusalén, pero aquí el 95% de las mujeres usan
hiyab (el velo con el que las musulmanas se cubren el cabello). Algunas personas nos miran con curiosidad. Oigo que algún tipo me dice
You are beautiful con un acento muy marcado. Entramos a una pequeña fábrica de
tahina, y en la orilla de uno de los contenedores una cucaracha camina despreocupada. El guía le hace algún comentario discreto a uno de los trabajadores, y cuando vamos saliendo, yo bromeo y digo que espero que la cucaracha no se caiga adentro de la mezcla. Aburami parece un tanto avergonzado de que nos haya tocado ver eso. Visitamos luego una tienda de especias que al fondo tiene una réplica de una tienda (para acampar) árabe. Nos sentamos un rato ahí. Por supuesto que el guía nos promociona el lugar por si queremos comprar algo. El siguiente destino en el recorrido de la ciudad vieja es un baño turco. Ahí también nos acomodamos por un rato, y el encargado nos trae una bebida de canela que sabe muy fuerte. En medio del lugar hay una fuente. Arriba, un tragaluz. Un par de jaulas con pajaritos adornan las paredes. Al guía le traen una
narguila, comienza a fumar y luego me ofrece. El danés bobo también fuma un poco. Los árabes la rechazan amablemente. Cuando salimos del lugar, luego como de media hora, se oye a lo lejos un griterío de niños. Por uno de los callejones de la ciudad vieja viene un numeroso grupo de niños, golpeando cazuelas, gritando y vitoreando. El guía nos sugiere esperar a que pasen antes de continuar. Nos explica que están celebrando a
Abás, que se encuentra en Estados Unidos, en conversaciones con Obama. Nos dice algo como
Son niños, nunca se sabe lo que pueden hacer. Me quedo pensando en que esa es una frase que yo no usaría para hablar del estereotípico niño. Como sea, los niños pasan, eufóricos, haciendo ruido y hasta saludando, como a sabiendas de que somos los turistas, sedientos de fotos y anécdotas que contar. Pero yo no les tomo fotos, por alguna razón.
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| Tienda árabe adentro de la tienda de especias |
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| Tragaluz del baño turco |
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| Decoraciones en el baño turco |
Caminamos más por la ciudad vieja, y llegamos a la mezquita de An-Nasr. El guía me pide que me cubra el cabello con mi bufanda, y al entrar todos nos quitamos los zapatos. Ya adentro, después de explicarnos un poco con respecto al lugar, el guía nos dice que cada vez que un musulmán entra a una mezquita, tiene que rezar. Nos dice que mientras él lo hace, podemos recorrer un poco el lugar. Yo tomo fotos de los pilares y de mí misma mientras él reza No le pido a nadie que me saque una foto, porque no me dan confianza las fotos que otros me toman.
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| Mezquita de An-Nasr, en Nablus |
Saliendo de la mezquita nos vamos a un café en donde preparan un dulce típico árabe cuyo nombre no se me pudo quedar. Consiste en una masa extra dulce, similar a la de las empanadas, con una capa de queso abajo. Tomé té, y los demás café. El guía nos habla de cómo los masones dominan al mundo, y que a su vez los sionistas dominan a los masones. Dobla un billete de 20 dólares en varias partes hasta que por ambos lados las líneas parecen formar a las torres gemelas en fuego. Nos dice que este billete es de los años 80, y que por lo tanto el 9/11 ya estaba planeado desde ese entonces. Que los masones adoran al diablo, y demás teorías de conspiración. Yo sonrío, bebo mi té, y no digo nada. Voy a observar, no a entrometerme. Al final son como 11 shekels por persona lo que hay que pagar en el lugar. No tengo cambio, y el guía me dice que ya pagaron todo, que no me preocupe.
Cuando salimos del lugar los árabes que vienen en el tour compran algunas cosas y comentan que los precios en Nablus son mucho más bajos que en Nazareth. Y sí, parece que todo es más barato en el West Bank. Nos detenemos un momento frente a ciertas tiendas porque van a comprar más cosas. Me quedo a solas un momento con el guía, y me enseña el encabezado de un periódico en el que se habla de los asentamientos judíos. Me dice: Sí, esta es nuestra vida de todos los días. De nuevo sonrío. Pero esta vez le pregunto qué piensa sobre la idea de que las tentativas de paz de la Autoridad Palestina con Israel no tendrían ninguna validez para Hamás. Me dice que Hamás son títeres de Israel. Que los usan para tener un pretexto para no hacer acuerdos. Sonrío de nuevo. Llega el danés lelo y comienza a preguntar cosas con respecto a los colonos judíos en el West Bank, y a hacer comparaciones de Israel con Dinamarca, y como en Dinamarca las cosas son diferentes. Yo pienso: Ay, ya cállate, pinche gordo de izquierda barata. Deja de decir "I understand", porque no, no entiendes una chingada de lo que está pasando por aquí nada más porque te vengas a tomar vacaciones y a decir Shukrán, para sentirte exótico. Caminamos ya de regreso al área más urbana de la ciudad. Entramos a una pequeña fábrica de jabones de aceite de oliva, y Aburami nos explica un poco acerca del proceso para hacerlos. Nos dice que si queremos comprar, podemos, pero creo que nadie compra nada.
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| "Esta es nuestra vida de todos los días" |
Salimos, y mientras esperamos a que el guía llame al conductor de nuestro transporte, yo me pongo a tomar fotos de la ciudad. A los palestinos parecen gustarles las fotos. Varios tratan de entrar en la toma, hasta que al final dejo que un par que, por alguna razón, me cayó bien que se queden en la toma. Luego se acercan a mí y me preguntan si pueden verla. Les muestro la pantalla de la cámara, y uno de ellos me dice: Tov ("Bien", en hebreo), o si no Tov, algo en hebreo para expresar aprobación. ¿Habrán pensado que soy judía?
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| Ciudad de Nablus |
De ahí nos dirigimos al destino final del tour: Sebastia. Llegamos a un conjunto de ruinas romanas rodeadas por pequeños negocios locales. Un camello por ahí con su dueño, espera por turistas para pasear en su lomo. Aburami nos pregunta si preferimos recorrer las ruinas primero, o comer primero. Preferimos comer.
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| Sebastia |
El restaurante al que entramos tiene una tienda de souvenirs a la entrada. El salón de las mesas está completamente vacío cuando llegamos. Parece que el lugar es sólo para reservaciones. El dueño, un hombre árabe alto y grueso, nos da la bienvenida cordialmente, en inglés. Ya ahí, Aburami me dice: Si gustas, puedes rezar conmigo. Pienso: ¿Qué? Me dice: Cuando dan las cinco y no he rezado siento que traigo un peso en los hombros. Si quieres rezar conmigo, eres bienvenida. Por un momento pienso: Pero si yo no sé rezar. Va a tener que enseñarme. Pero luego me parece que... mejor no. Me aparto sonriente. Saca un tapete y lo pone en el suelo. Se arrodilla en él, y luego se dobla totalmente en posición de plegaria. Yo me dirijo a nuestra mesa con los otros.
La comida es variada y rica. Hay platitos de varios tipos de comidas ya en la mesa, y luego nos traen más. Nos servimos un poco de todo en cada plato, y conversamos mientras comemos. Guisados de carne, ensaladas, arroz, humus, aceite de oliva, y demás cosas. Hay pan pita, que untado con humus es muy rico. Aburami y yo hacemos lo mismo: con un pedazo de pita con humus agarramos la carne de nuestros platos. Él hace algún comentario acerca de cómo dios nos dio las manos para usarlas, para comer con ellas. Yo le digo que estoy acostumbrada a comer de ese modo, porque en México usamos las tortillas de manera similar. De pronto la mayoría árabe en la mesa (chofer, guía, y dos turistas) comienzan a hablar árabe entre ellos. A veces cambian a inglés para explicarnos algún chiste o comentario. El danés lelo dice que en cierta página web gubernamental de Dinamarca recomiendan no visitar el West Bank, porque es peligroso. Asegura, con orgullo, que él no se siente en peligro. No sé. Cada vez que habla me dan ganas de reírme de él, o de hacerle calzón chino. Hay gente que tiene esta aura buleable que es difícil de describir. Ni modo, dan ganas de chingarlos, por pendejos. Los chistes sobre la situación de los palestinos no se hacen esperar. En alguno hacen cierta equiparación jocosa de Palestina con el infierno. Y yo no me siento en el infierno. Sé que la situación es diferente cuando se es turista, a cuando se es local, pero hasta este punto del viaje no he visto nada que me horrorice. Ninguno de los niños en harapos haciendo la señal de victoria con los dedos, ni de las casas casi hechas a mano que gustan de poner en las noticias cuando hablan de los palestinos.
Cuando terminamos de comer, nos dan unos momentos para recorrer la tienda e ir al baño. Souvenirs varios, probablemente hechos en China. Artesanías, joyería de plata, y demás. Salimos a recorrer las ruinas. Columnas, teatro romano. Conversación en árabe, en inglés, etc. La cueva en la que fue asesinado Juan el Bautista, y la leyenda de su cabeza todavía enterrada, por ahí. La vista, a lo lejos, de un asentamiento judío. Casas blancas de techos rojos, medio borrosos en la distancia. Mientras vamos caminando noto en el suelo pequeños trozos de cerámica, con líneas marcadas, líneas que parecen artificiales, como moldeadas por algo cuando la arcilla todavía estaba fresca. Primero no les presto mucho atención, pero cuando veo que hay más, y más, y más, por todos lados, comienzo a recogerlos. Me acerco al guía se los muestro. Le pregunto qué son. Me dice que son trozos de cerámica antigua, porque antes el material se usaba mucho en la zona. Me dice que podrían ser hasta de 2,000 años de antigüedad. Qué escalofrío. Pedazos de historia en el suelo, así regados. Recojo más, y me los llevo. Regresamos al restaurante, y Aburami se sienta un rato en la entrada con otro señor a fumar narguila. Nos sentamos con él, y de nuevo nos comparte unas fumadas a mí y al danés.



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| Vista de un asentamiento judío en la zona |
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| La cueva en donde murió Juan el Bautista, por fuera |
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| La cueva en donde murió Juan el Bautista, por dentro |
El último destino es la villa Samaritana del Monte Guerizím. Los Samaritanos son una minoría étnica y religiosa aquí en Israel. Los árabes los consideran judíos, pero ellos no se consideran judíos. No les gusta que les digan así, porque según ellos, los judíos regresaron con una fe ya contaminada luego del exilio en Babilonia. La religión samaritana, sería por lo tanto la verdadera religión de los antiguos israelitas. Subimos brevemente al monte, aunque no pudimos acceder a él porque las horas de visita habían terminado. Los samaritanos no creen en la santidad de Jerusalén. Creen que el Monte Moria (en donde Abraham casi sacrifica a su hijo Isaac) es en realidad Guerizím, y no en donde actualmente está la explanada de las mezquitas. Regresamos al transporte y nos adentramos un poco más en la villa. Nos encontramos con un hombre que viste un atuendo bastante folclórico, y a quien el guía parece conocer muy bien. Está quemando algo en una pequeña hoguera al lado de la calle. Al otro lado hay casas, edificios pequeños pero bien cuidados. El sacerdote se mete a uno de ellos. Aburami dice que quería ponerse sus atuendos sacerdotales. Sale de nuevo, ahora con un traje gris de capa larga y gorro rojo (que no sé si ya traía cuando lo encontramos o no). Se sube a la van con nosotros, y unas cuadras más adelante nos bajamos todos. Entramos al Museo Samaritano. El guía nos dice que cuesta 20 shekels, y todos pagamos nuestra parte. Un turista alemán ajeno al grupo entra con nosotros. Adentro hay desde piezas de cerámica y vidrio, hasta monedas y figurillas antiguas. El sacerdote, quien después me enteré, se llama Husney Cohen, nos explica un poco de su propia genealogía "desde Adán, hasta él mismo", en un árbol genealógico maravillosamente organizado. Nos explica varias de las características de la fe samaritana. Guardan Shabat, siguen la Torá, comen Kosher, pero ellos, a diferencia de los judíos, todavía hacen sacrificios de animales para la comunidad. Nos habla de la santidad del monte Guerizím. Argumenta que la mayoría de los llamados árabes y judíos de hoy en día en Israel en realidad descienden de los samaritanos. El número de los samaritanos ha sido reducido drásticamente a través de los siglos por diversas razones. Matanzas, en primera. Luego el hecho de que quedan tan pocas familias que ya no hay diversidad genética. Nos cuenta que hace poco llegaron 25 judías, como 5 cristianas y 2 musulmanas a casarse con muchachos samaritanos. Hay una pequeña comunidad samaritana en la ciudad de Holón, cerca de Tel Aviv, también. Dice que a veces sus chicos conocen a las chicas foráneas en la universidad, y se enamoran, pero cuando llega el momento de casarse, la chica tiene que convertirse a la fe samaritana para ser aceptada en la comunidad. Luego comienza a pelearse con uno de los árabes de nuestro grupo, que es cristiano. Deja el inglés, que parece costarle trabajo, y empieza a gritonearle en árabe. Le avienta un libro como en gesto de: Léelo, maldito ignorante, ahí está la verdad. El libro también está en árabe, por lo que no acabo de entender de qué se trata la discusión. Porque la lengua el día a día de los samaritanos es el árabe, aunque para los ritos utilicen el hebreo antiguo. También hablan hebreo moderno. Tienen tres pasaportes: el palestino, el israelí, y el jordano. Es increíble sentirse, por un rato, en medio de los israelitas de la antigüedad, con todo y que su pequeña villa fue lo más bonito que vi en el West Bank, más parecido a un pueblo pequeño, pintoresco y bien cuidado que a un zona aislada, pero más o menos moderna. Cuando dejamos el lugar todos le agradecemos al sacerdote. Me extiende la mano y se la estrecho, gesto que me parece curioso, porque en el judaísmo ortodoxo un hombre no debe tocar a ninguna mujer que no sea su esposa, o miembro de su familia. Nos dice algo como Que dios los acompañe. Se me antojaba decirle, de broma, que si no me quería presentar a algún chico samaritano para ver qué onda. Sonrío y me quedo dicho pensamiento para mí misma.
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| El sacerdote samaritano hablándonos de las particularidades de su religión y cultura |
Abordamos la van, de nuevo, ahora con destino a Jerusalén. Aburami se baja en el mismo punto del camino en el que en la mañana lo habíamos recogido. Estrechamos manos con él, y le agradecimos todas sus atenciones. Nos bendice. Siento un dejo como de nostalgia adelantada cuando nos despedimos. Me encariñé con ese hombre cálido y sencillo en el viaje, y ahora quién sabe si lo vuelva a ver. Para mis adentros le regreso la bendición y sonrío. Cuando la van avanza un carro se detiene junto a él, y él se sube. Alguien los recogió. El camino de regreso es silencioso. Cuando nos acercamos a un check point preparo mi pasaporte en mano, pero no nos detienen, supongo que porque la furgoneta trae placas israelís. Jerusalén aparece relativamente rápido. Cuando llegamos al hostal, nos bajamos. Son como las 6:00 p.m. Yo camino directo hacia mi estación de bus. Le grito a los árabes y al danés algo como: Bye guys, it was nice to meet you. Me responden con algo similar, el danés entra al hostel, y los árabes se siguen de largo sobre la banqueta. El bus 78 no tarda mucho tiempo en pasar. Cuando lo abordo, me doy cuenta de que estoy en el transporte de vuelta a casa justo 12 horas después de estar en el de ida al hostal.