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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Al final

Hoy termina el año, y por fin me obligué a mí misma a volver al blog con algunas ideas que me han estado rondando la cabeza desde la última vez que traté de escribir y no pude. Fue, de hecho la primera vez que terminé el mes con tres líneas baratas y apologéticas en lugar de con una crónica. En estos momentos envidio mucho a esos que deciden escribir, y escriben. Cuando yo decido escribir pasan una serie de cosas antes de que pueda sentarme frente a la computadora y soltar las ideas. Tengo más de una crisis en el proceso. A veces pienso que en lugar de escribir debería estar dibujando, o dedicándome de lleno a la fotografía, y dejarle las palabras a los que puedan darles el mejor manejo. Luego trato de dibujar y me pasa igual. Los trazos no me salen tan fácil como los imagino. Así que, como parece que el bloqueo es algo inherente a cualquier disciplina que se quiera desarrollar, hoy decidí que voy a hablarles de mis últimas semanas tal cual me lleguen las imágenes. Corro peligro de caer en disociación de ideas y, en ciertos momentos, alejarme de mis puntos, pero hoy me importa poco. Quiero ser honesta, y no quiero dejar que todas estas memorias se vayan nublando.

Camino a México
Llegué a México el 17 de noviembre de este año, después de un vuelo corto de Tel Aviv a Londres, y uno largo de Londres al DF. En el avión de Tel Aviv a Londres me tocó sentarme junto a una pareja de israelíes que, después me contaron, iban a pasar unos días en Londres. La chica estaba embarazada. Conversaban alegremente en hebreo, y cuando supieron que yo también venía de Israel, me preguntaron si había estado entendiendo su conversación. Les dije que sí, aunque en realidad no había prestado atención. En mi siguiente vuelo me tocó sentarme, de nuevo, junto a una pareja de israelíes, más agrios, con los que en realidad ni siquiera conversé. Sin embargo, en la misma zona había un grupo de mexicanos que venían de Turquía. Pasé una buena parte de las más de 10 horas de vuelo platicando con ellos; compartiendo experiencias de nuestros viajes. Debo mencionar, como anécdota extra, que esta vez logré pasar los controles del aeropuerto de Heathrow en más o menos 15 minutos, aun cuando el tiempo calculado es de una hora. Aprendí que un arete que active la alarma de metales en el escáner, puede ser la diferencia entre pasar 20 minutos esperando descalzo a que te devuelvan los zapatos que te hicieron quitarte, o pasar directo y sin contratiempos.

El mes y medio que llevo ya en mi país me ha servido para re-pensar una serie de nostalgias que traía cargando ya desde hace mucho tiempo. Ver los cambios que han sufrido todos los lugares a los que estaba acostumbrada, o en su defecto, los cambios que no han sufrido, la "apariencia de siempre" me llevó a evaluar qué vale la pena conservar, y qué, simplemente, debo dejar ir. Los recuerdos de Abraham, por ejemplo, son un buen comienzo.

Abraham (sí, por fin me atrevo de nuevo a escribir su nombre, en vez de encubrirlo en una sola letra) debería haberse ido diluyendo en mis recuerdos de acuerdo al proceso natural que nos ayuda a conservar sólo ciertos elementos de las personas cuando ya no están más en nuestras vidas. Pero creo que yo me aferré de más a ese recuerdo, como tratando de conservar ese amor en una cápsula, indiferente al tiempo. La vez pasada que vine a México me causaba mucho dolor pasar por los lugares en los que, en algún momento, estuve con él. Todos ellos me sabían como ajenos, antiguos. Esta vez, sin embargo, noté que el efecto se había reducido. Pensé en algo que él me dijo una de las pocas veces que hablamos, después de toda la amarga historia de separación (mucho, mucho después): Que ya no tenía una idea muy clara de mí. Que, de algún modo, él sí había logrado diluirme en la memoria. Tal vez mi error fue no querer deshacerme de nada: ni de sus palabras, ni de sus fotos, ni de nuestras conversaciones. Todo lo guardé, pero ahora entiendo que no fueron solamente los objetos. Lo guardé a él. A ese chico de 21 años que probablemente ya ni siquiera existe. Conservé vívidamente todos sus detalles: su aroma, el color de su cabello y el de sus ojos, la temperatura de su cuerpo, su manera de hablar, las cosas que me gustaban y también las que no me gustaban de él. El primer beso, el primer... todo. Lo primero de todo lo que alguna vez hice con él. Seguí enamorada de un fantasma. Pero ahora, finalmente, después de más de dos años de la última vez que lo vi en persona, he decidido que (aunque ya lo sabía) no voy a morirme de nostalgia. Ni de nostalgia, ni de saudade. Con esto no quiero decir que voy a romper sus fotografías y a quemar sus cartas. Quiero decir que por fin voy a dejar que se diluya lo que se tenga que diluir, que se pierda lo que se tenga que perder, y se quede lo que tenga que quedarse. Adiós, Abraham. Feliz año nuevo.

Volver a México me hizo pensar en que conozco tan poco de él (de México, ya hemos cambiado de tema, amigos) que a veces hasta me siento avergonzada. La semana pasada visité Teotihuacan por primera vez en mi vida, y lo disfruté como si no fuera a regresar nunca. Las construcciones gigantes, el barullo de la gente, los escalones interminables, y el clima inusual que me tocó: nublado y frío.


También me he dado cuenta de que ya sé que estoy en el lugar correcto. Israel se ha ganado mi amor bajo pretexto de pequeños detalles. Digan lo que digan los medios (que generalmente se centran en los aspectos negativos), la gente es, en general, buena y honesta. Son solidarios. Me gusta vivir ahí, y ahí quiero estar mientras me siga gustando. Extraño Jerusalén... la extraño mucho. Y me alegro al recordar que vuelvo pronto. Estas segundas vacaciones en México me ayudaron a responder preguntas que, vamos... sólo se podían responder así: regresando al punto de origen del viaje. Volviendo a mis viejas calles, y jardines. A dormir sola en mi vieja cama. A acariciar a mi gata, a ver a las personas que dejé acá, e incluso al ir a comer a los sitios a los que solía ir antes de que todo esto empezara.


Como una especie de cursilería de año nuevo, y dejando a un lado las nostalgias y las introspecciones, también pienso en todas las cosas por las que me siento agradecida (sin ningún orden especial): de tener una madre que resulta ser también mi mejor amiga; de hablar español y por primera vez estar a punto de terminar un libro en inglés. De hablar hebreo, aunque sea todavía uno muy quebrado. De haber bajado de peso, de haber podido nadar en el Mar Mediterráneo, por primera vez, dejando un rato el miedo a que el agua me trague. De vivir en el siglo XXI, y que todas las personas en mi vida estén siempre, sin importar donde estén, a un click de distancia. De tener un novio con quien tengo una relación tan pacífica, sin guerras ni miedos constantes: un compañero de vida calmo y sereno, que me ayuda a entrar en mis sentidos cuando estoy cerca de perderlos; que me ama más de lo que yo podría pedir, y a quien yo amo también muchísimo, ambas cosas sin idealismos románticos que nos orillen al caos. Una relación tranquila y estable.

Me siento agradecida de haber conocido a tantas personas tan peculiares allá en Israel: israelíes, mexicanos, argentinos, ingleses, franceses, estadounidenses, rusos, ucranianos, y demás. Algunos se fueron dejando una huella breve pero grata. Otros siguen ahí como amigos entrañables de los que no quisiera perderme nunca. También me gusta pensar que aprendí lecciones simples pero valiosas: como que no hay distancias tan largas que no puedan recorrerse a pie. El hábito de caminar y correr me ayudó a observar mi entorno; a poner más atención a los detalles, y a darme mi tiempo de disfrutarlos. Cada paseo alrededor del vecindario, o a lo largo de Jerusalén me servía de terapia para la ansiedad y el miedo: miedo a mí, miedo a mis recuerdos, miedo a lo que pudiera venir, y miedo a los cambios repentinos. ¡Ah! Y vuelvo a leer de manera constante, como no hacía desde que terminé la carrera. Y lo disfruto, que es la parte importante. 

Voy de vuelta a Israel a mediados de enero, y creo que acierto al decir que regresa una versión más feliz y más liviana de mí misma.

¡Feliz año a todos! Nos vemos en 2015 :-)
Ducel


domingo, 30 de noviembre de 2014

30-1

Este mes llegó el momento tan temido en que, haciendo tanto, terminé no escribiendo nada. Ahora mismo no estoy en Israel. Estoy en una zona horaria lejana, y aunque aquí todavía es 30 de noviembre, allá ya es 1 de diciembre. I miss home...

viernes, 31 de octubre de 2014

Jerusalén enferma

Es el tercer octubre que paso en Israel. Hace unos días amaneció lloviznando, y al día siguiente nublado desde temprano hasta tarde, también con una que otra lluvia. El clima va cambiando, cada vez más notoriamente invierno que verano (porque acá sólo hay esas dos estaciones). Me alegra que el calor se diluya. No voy a extrañar los litros de bloqueador que me tenía que poner siempre para salir, ni la sudoración excesiva e incómoda. Ahora vienen los fríos violentos, y el ponerse camisas sobre camisas sobre camisas, sin que nunca parezca suficiente. Pero yo me voy a perder la parte más cruda del invierno, y aunque el año pasado me quejé mucho del frío, creo que este lo voy a echar de menos.

La tensión en Jerusalén crece cada día más. Alguien me dijo que ya estamos viviendo la Tercera Intifada y que los medios están tratando de no mencionar el término para evitar que el pánico se extienda.

Ojalá
Han pasado varias cosas:

El 19 de octubre, Einas Khalil, una niña palestina de 5 años, murió cuando un conductor judío la arrolló a ella y a otra pequeña, en el pueblo de Sinjil al noreste de Ramala, en lo que los residentes calificaron como un acto deliberado, un hit and run. El responsable dijo que no se detuvo luego de atropellar a las niñas por miedo a la reacción de la multitud que comenzó a formarse. Se entregó más tarde a la policía. Aunque la versión oficial es que fue un accidente, algunos tienen sus dudas. 

El 22 de octubre algunas personas esperaban el tren en la estación Ammunition Hill. Abdelrahman al-Shaludi, un residente de Silwan, los embisitió con su carro, dejando a varios heridos, entre ellos una bebé de tres meses, llamada Jaya Zissel Braun, y una ciudadana ecuatoriana de nombre Karen Yemima Muscara, de 22 años. Jaya, la bebé, falleció el mismo día en el hospital. Karen murió un par de días después debido a las heridas. Se dijo que los padres de la bebé habían intentado tener hijos por años, sin suerte, hasta que lograron concebirla, lo que intensificó la sensación de tragedia. Por otra parte, Karen había venido a Israel a convertirse al judaísmo. Al responsable le dispararon cuando trataba de huir de la escena, y murió más tarde en el hospital. Sus familiares insistieron en que no fue un ataque terrorista, sino un accidente, y que el muchacho, de 21 años, fue asesinado a sangre fría por la policía.

Antier, 29 de octubre en la noche, Yehuda Glick, un activista de derecha que aboga por el derecho de los judíos a rezar en el Monte del Templo, fue herido gravemente, después de dar una conferencia en el Centro Begin, luego de que un motociclista le disparara y huyera. 

Las repercusiones: Ayer, por primera vez desde 1967, la explanada de las mezquitas fue cerrada para todos, supuestamente por miedo a confrontaciones y violencia. Mahmoud Abbas, el presidente de la Autoridad Palestina, dijo que el cierre de este sitio es el equivalente a una declaración de guerra.

El martes 28 de octubre fui a las ruinas de Masada otra vez, con una amiga. Masada, luego el oasis de Ein Gedi, y finalmente el Mar Muerto. Pensaba en escribir acerca de eso, en encontrar la manera de mezclar las experiencias de viajera, con las de espectadora del conflicto favorito de los medios internacionales, pero no sé cómo. Ya no sé ni siquiera qué siento con respecto a todo esto. Nunca me he acostumbrado a la violencia, ni en México, ni aquí. Los contrastes, entre paisaje y sociedad, como en México, me sorprenden. Antier, el desierto de Judea, cálido y antiguo, con su fauna particular, con todo su encanto. Hoy, Jerusalén, linda ella como siempre, pero podrida hasta las raíces. Jerusalén enferma se muere de intolerancia y de muchos dioses.

Hoy, de nuevo amaneció lloviendo, y no ha parado, mas que en breves intervalos, hasta ahora que termino de escribir esta entrada. Son las 2:00 p.m. Ayer Fatah, el partido político al que pertenece Mahmoud Abbas, hizo un llamado para un "Día de ira" hoy viernes, aquí en Jerusalén. Probablemente habrá violencia.

martes, 30 de septiembre de 2014

De idiomas y vínculos

Hace unos días terminé el nivel intermedio de hebreo. Aunque no le dije adiós a nadie al salirme del salón, después de acabar mi examen final, fue el momento de despedirme, por dentro, del grupo con el que conviví por más de dos meses. Un grupo heterogéneo, pero que bien compartía, al menos, un par de características. La mayoría eran árabes; unas cuantas chicas éramos latinas. Cuando nos saltábamos la regla de hablar sólo en hebreo, en el salón se hablaba árabe y español. El rango de edades variaba, creo, desde un chico de 19 años, hasta una mujer de 40. Diferentes profesiones, casi todos musulmanes, algunos cristianos, y yo, que ni una, ni otra.

Una lengua, que no era la natural para ninguno de nosotros, se convirtió en un puente de interacción. Con los árabes hablé casi todo el tiempo en hebreo. Con las latinas el español estaba bien. Le tomé cariño al árabe, como el cariño que se le toma a un sonido particular que se oye todos los días, como el trino de un pájaro que apenas y se nota, hasta que se calla, y su ausencia se hace obvia. 



Había algunos personajes en el grupo que llamaban mi atención en particular: Ahmad, un muchacho muy delgado y alto, de carácter jocoso, platicador, siempre haciendo ruido, riéndose, hablando, y por supuesto, volviendo locos a los profesores. Como una especie de niño extra alto, que al parecer tiene mi misma edad. Él tenía una particular manera de hablarme, sonreírme y de bromear conmigo. Creo que yo le gustaba. Alguna vez mencionó en la clase, no sé si de chiste o en serio, que quería tener dos esposas. Yo le decía en broma a mis amigas latinas que seguro ya me imaginaba como una. Recuerdo una vez en particular en que, cruzado de brazos, cuestionó a la maestra sobre el Holocausto. Una cierta tensión se apoderó del lugar. La hora de salida se acercaba, así que la maestra nos dejó ir, mientras Ahmad seguía preguntándole acerca de cantidades, y veracidades. Conviviendo con ellos, me di cuenta de que mientras las narrativas de "los pueblos" no se toquen, todos pueden ser amigos. Cuestionarlas, aquí, puede significar perder un amigo, o ganar un enemigo (o, al menos, crear un momento realmente incómodo). Ahmad me llama Dasdusa de cariño. Pensé que tan curioso apodo tendría significado, pero no. Sólo se le ocurrió que era una manera bonita de llamarme. 

Amira es una chica muy delgada, que usa hiyab. De cara bonita. Ruidosa, ella. Me desesperaba mucho, muchísimo. Cuando le daba por hablar en voz alta, en medio de la clase, con alguna de sus amigas, yo volteaba a ver a Elizabeth, mi compañera chilena, y le decía: "Ahí va esta pinche irrespetuosa. Yo no sé para qué entra, si no le interesa un carajo". En varias ocasiones los profesores le pidieron silencio o la callaron. Faltó a muchas clases. Al parecer, y por lo que nos dimos cuenta, a veces hacía como que iba al Ulpán, tal vez para salirse de su casa con un pretexto legítimo, y llegada ahí, en lugar de entrar a clase, se iba a otro lado. Me daba la impresión de que sus padres la hacían venir a las clases, pero que a ella no le hacía mucha gracia.

Había otra chica llamada Nur. De cabello largo y castaño, ojos bonitos y cejas envidiablemente simétricas. Solía vestirse sexy, con colores muy llamativos. Bromista, ruidosa también. A veces trataba de hablarnos en español a las latinas, porque veía telenovelas. Hacía reír a los maestros de cuando en cuando. A veces también llegaba a desesperarme, pero al menos esta se me hacía simpática.

Akram es un chico un poco más joven que yo, sonriente y caballeroso. Es dentista. En alguna exposición que hizo, nos dio traducciones al español del vocabulario complicado, considerando que era lo correcto dado que, aunque pocas, las hispanohablantes de grupo merecíamos dicha atención. No dejamos de llamarlo חמוד (como "querido" o, más mexicano y fresa: "¡mi vida!") el resto de la clase por tal detalle.

En este curioso periodo de convivencia reafirmé la idea de que todos somos más o menos lo mismo. Le rendimos culto a diferentes dioses, a diferentes ideas y nacionalismos, pero nos reímos igual, nos enojamos igual, aunque las reacciones puedan ser diversas. No estoy tratando de hiperbolizar nada; sólo estoy buscando las palabras ideales para explicarles que, en verdad, me di cuenta de que, como dice Hipatia, interpretada por Rachel Weisz, en la película Agora, de 2009: "More things unite us, than divide us". E incluso en aquellas que nos dividen tenemos más vínculos de lo que parece. 



El 13 de noviembre dejo de trabajar en lo que me ha estado dando sustento desde principios de año: limpiar casas. Voy a extrañar algunas de mis casas, y de mis clientes. Porque con ellas y ellos formé ciertos apegos que no me imaginé antes. Con sus modos, sus fotografías, sus decoraciones: todo eso que me contaron sin decirme ni una sola palabra, todas sus historias de las que me adueñé por ratos sin que ellos lo supieran. Es impresionante la cantidad de cosas que uno llega a saber de la gente pasando tiempo en sus hogares, aunque no haya mucha plática de por medio. Pero llegué a mi meta, ahorré, y ahora cambio de táctica. El 17 de noviembre, por fin, salgo de viaje, y al volver voy a dedicarme, إن شاء الله בעזרת השם, de lleno a un semestre de hebreo intensivo, y a empezar con el árabe, con el que tanto me encariñé ya.

Aquí, el otoño se anuncia poco a poco; hoy, por ejemplo, con un día sin mucho sol, templado, y un intervalo de cielo azul y nubes grises. Este año me voy a perder la nevada aquí en Jerusalén, pero por buenas razones solamente. Y es que pasando el umbral de los 2 años viviendo aquí (llegué a Israel el 4 de septiembre de 2012) ya siento que este, además de una aventura que se ha extendido para bien, es ahora mi hogar. He ido sobrepasando varias disputas que tuve conmigo misma a lo largo de este tiempo. Pensé en la posibilidad de volver a México, o en la de mudarme (de nuevo) a otro país. Esas perspectivas ahora mismo no me parecen tan inspiradoras. Aquí he encontrado un cierto balance entre odio y amor. Mis odios, mis amores, y los de los otros. Aquí he amado más de lo que me creí capaz, y al mismo tiempo, he amado el aquí más de lo que he amado a ningún otro.

viernes, 29 de agosto de 2014

Fronteras de agosto

8 de agosto de 2014

La operación en Gaza, llamada "Margen Protector" comenzó el 8 de julio pasado. Un mes exacto, desde hoy. Estos últimos días hubo un cese al fuego de 72 horas, pero justo hoy se terminó y las hostilidades no se hicieron esperar. La operación de 2012, que también me tocó vivir, duró apenas unos días. De entre los vaivenes de relativa calma y violencia a la que los residentes de estas tierras ya están tan acostumbrados (para bien o para mal), de entradas y salidas de Gaza, de misiles y bombardeos, Margen Protector se ha extendido más de lo que muchos quisieran. Fueron lanzados hacia Israel más de 3,000 misiles (según datos de las Fuerzas de Defensa de Israel, 3,360), de los cuales 2,303 han golpeado el territorio; 115 han caído en áreas pobladas, 584 interceptados por la Cúpula de Hierro, 119 fallidos, y 475 que han caído adentro de la misma Franja. Más de 60 soldados han muerto, y 150 han sido heridos. Del lado gazatí, alrededor de 1,885 muertos, y un aproximado de 10,000 heridos.

Las justificaciones están de más. Pareciera que todos los envueltos en este conflicto vivieran en realidades muy diferentes. Israel, por un lado, acusado de operaciones desmedidas que se están cobrando la vida de mucha gente inocente; Israel justificando la legitimidad de sus acciones, declarando que lamentan las pérdidas humanas, y perdiendo el apoyo de la comunidad internacional. Hamás, por otro lado, lanzando cohetes desde áreas pobladas, mezquitas, hospitales y hasta recintos de la ONU. Fotos virales que, en algunos casos auténticas, y en muchos tomadas de conflictos de Siria, Irak, y otras partes. Para ellos, cada muerte gazatí es una victoria mediática, un arma más en contra de Israel. Victorias en el camino de algo que, sea lo que sea, está muy lejos de estar relacionado con el bienestar del pueblo palestino.


29 de agosto de 2014

He escrito mucho menos de lo que me hubiera gustado en estos últimos dos meses. Han pasado muchas cosas: En julio renové mi visa de trabajo, y dentro de poco voy a hacer un viaje de dos meses fuera del país. Por ahora no mucha gente sabe a dónde. También, dentro de una semana exactamente, cumplo dos años de vivir en Israel. Dos años.

El día que llegué, 4 de septiembre de 2012, mi mundo se fue de cabeza. Era la primera vez que cruzaba el océano, y la primera vez que viajaba a expensas de mí misma, de mi curiosidad, de mi deseo de irme lejos. De ahí en adelante todo ha sido como parte de una novela de la que yo soy personaje. Siempre me desdoblo, cuando me encuentro cara a cara con esta realidad que parece tan inverosímil, y es como si esta vida que estoy viviendo no fuera mía, sino la de otra yo.

El llamado al rezo de las mezquitas aledañas ya no me despierta en la madrugada: me he acostumbrado a él. Cuando tengo que ir a trabajar temprano, todavía no hace calor. Hay una especie de bruma fresca que poco a poco se va evaporando, hasta que, por ahí de las 9 de la mañana, hay que prender los ventiladores o el aire acondicionado. Ya me acostumbré a vivir en frontera. En una frontera que es y no es, dependiendo de a quién le preguntes. El año 1967 tiene que ver.

Desde la ventana de mi cuarto se alcanzan a ver las villas árabes que nos rodean. La guerra en Gaza "terminó", luego de 50 días. Alrededor de 2,200 muertos. Y, desde hace un par de días, los habitantes de estas villas lanzan fuegos artificiales y ondean banderas palestinas, celebrando la "victoria". La prensa árabe insiste en que Hamás ganó la guerra. En Israel no celebran, pero afirman que las FDI ganaron la guerra contra Hamás. Ayer se dijo que Netanyahu había aceptado un estado palestino en las fronteras del 67. Luego se desmintió la información.

Últimamente he estado pensando en una noticia que leí hace unos días: Una pareja, conformada por una judía y un musulmán, se casó. Como aquí en Israel no existe el matrimonio civil, la chica tuvo que convertirse al Islam para que la boda fuera legal. Un grupo de extrema derecha, autodenominado Lehava convocó gente para ir a protestar frente a la boda, por ser una "abominación". Sin embargo, la boda se celebró, sin altercados mayores. Quiero decir, debe ser incómodo tener un grupo de locos gritando "Muerte a los árabes" el día que se supone debe ser el más feliz de tu vida, pero al menos no hubo agresiones físicas. El amor logró, de alguna manera, romper límites, romper separaciones, burlarse de las fronteras culturales.

Pienso en esta canción, "Let The Truce Be Known", de Orphaned Land, una banda israelí que me gusta mucho. Con ella concluyo esta breve introspección.


viernes, 4 de julio de 2014

"The boys are dead"

El 12 de junio tres adolescentes israelíes fueron secuestrados cuando hacían hitchhiking -lo que nosotros llamaríamos aventón o ride- saliendo de su yeshivá en un asentamiento en Judea y Samaria/West Bank. Sus nombres eran Eyal Yifrach, de 19 años, Naftali Frenkel, de 16,  y Gilad Shaer, de 16. Desde el día en que desaparecieron, en todos lados, en todos los medios, sus nombres se repetían una y otra vez, asomándose en medio de diferentes teorías que sugerían su posible localización, y en qué momento iban a intentar intercambiarlos por prisioneros palestinos. Se decía que, por no haber prueba de lo contrario, se presumía que los chicos seguían con vida. El hashtag #BringBackOurBoys empezó a circular por las redes sociales, FB, Twitter, y demás. Desde un principio se acusó a Hamás, la organización terrorista, del secuestro. Se decía que los servicios de inteligencia tenían pruebas de ello.

Eyal Yifrach, Naftali Frenkel y Gilad Shaer

El primer ministro israelí señaló varias veces que estas eran las consecuencias del "gobierno de unidad" que surgió hace poco luego de la reconciliación de la Autoridad Palestina y la ya mencionada organización terrorista que gobierna Gaza. Las fotos de las madres desesperadas pidiendo justicia, las declaraciones oficiales, las opiniones de extrema derecha y de extrema izquierda: los unos usando términos como "terrorismo", "Israel golpeará a Hamás tan fuerte como se pueda", y los otros arguyendo que la culpa era, principalmente, de los colonos, culpa de la "ocupación", culpa de todos, y culpa de nadie. Los chicos secuestrados eran para unos un reflejo de que la opresión termina en tragedia, y para otros la prueba irrefutable de que Israel no tiene a nadie con quien negociar, porque no se puede negociar con gobiernos que aceptan actos de terror como "actos legítimos de resistencia".

Los días siguientes la mayor parte de las noticias hablaban de enfrentamientos entre soldados y civiles en villas aledañas al área de Hebrón, después en Yenin, y en otras áreas del West Bank. Cientos de casas fueron registradas. Cientos de palestinos fueron apresados, algunos de los cuales habían sido liberados en el intercambio de Gilad Schalit (un joven soldado al que mantuvieron cautivo por cinco años en Gaza) en 2011 por alrededor de un millar de prisioneros árabes de cárceles israelíes.

El 30 de junio Z llegó silencioso de la universidad. Creo que le pregunté si todo estaba bien. Me respondió: No, the boys are dead. Justo ese día encontraron los cuerpos de los tres chicos en un páramo abierto no muy lejos del área en la que fueron secuestrados. Al parecer, los asesinaron poco después de haberlos capturado. Y es que hace un par de días se liberó información estremecedora: uno de los chicos había logrado llamar a la policía, susurrando por lo bajo "Me tienen secuestrado". Luego se oyen gritos de los secuestradores ordenándoles que bajen la cabeza, luego lo que parecen ser disparos, y gritos de dolor. La persona que atiende la llamada sigue diciendo "Halo? Halo?". La policía pensó que se trataba de una broma de mal gusto y por eso no fue considerada cuando algunas horas después de la desaparición de los jóvenes, uno de los padres decidió denunciar los hechos. Algunos elementos de la policía fueron removidos de sus cargos por dicha negligencia. He aquí la grabación:





Luego de todo esto, la tensión estalló. 

El 1 de julio estaba en mi clase de hebreo, en el nuevo Ulpán en el que estudio, cerca de la calle Ben Yehuda, en el centro de la ciudad. Una chica llegó tarde, y empezó a decirle cosas a otra, hablando muy fuerte, como quejándose de algo. Se sentó justo atrás de mí y por alguna razón siguió hablando como si la clase fuera lo de menos. El profesor, entre bromista e incómodo, le hizo la observación de que "ya estábamos en clase", y yo no pude evitar dirigirle un par de miradas de desaprobación. Me quejé en español, con una compañera chilena: "Oye, esta vieja qué ruidosa. Carajo, si no le interesa la clase, que se salga." Un par más de compañeros, también árabes, llegaron después. En el receso alcancé a oír que uno de ellos le contaba al maestro, en un hebreo medio quebrado, que había algunos disturbios relacionados con los árabes, pero no entendí muy bien a qué se refería. Fue después, ya cuando regresaba a casa, que me enteré de que en el centro, muy cerca de donde yo estaba a esas horas, una protesta de judíos de ultraderecha se convirtió en un enfrentamiento entre civiles, y la policía tuvo que intervenir. Algunos jóvenes judíos, entre ellos religiosos ultraortodoxos, comenzaron a atacar árabes al azar tanto en las calles como en transporte público, mientras gritaban consignas como "Muerte a los árabes" y "¡Venganza!". El asunto se puso violento. Al otro día, para mi clase del 2 de julio, de un grupo de alrededor de 20 personas, en la que sólo somos 3 personas no-árabes, estuvimos presentes sólo 5. Yo mexicana, una argentina, una chilena y dos muchachos árabes.

A Mh lo conocí en mi escuela de hebreo anterior, y ahora nos seguimos viendo en la escuela a la que ambos nos cambiamos. Es un poco más alto que yo, moreno, de ojos grandes y cejas pobladas pero bien definidas. Tiene un acento muy marcado cuando habla inglés, y su hebreo siempre parece progresar más rápido que el de todos los demás. Pero ahora no estamos en el mismo grupo. Ya a punto de entrar a mi clase, y habiendo notado que él no había llegado, le mandé un mensaje diciéndole que la escuela estaba muy vacía, le preguntaba si sabía algo. Me dijo que sí, que los árabes estaban procurando no salir por lo que había pasado el día anterior. Tenía sentido. Pero luego él sí llegó a la clase.



Luego un muchacho palestino apareció muerto en algún bosque, y se dijo que era una venganza de colonos judíos por el asesinatos de los otros chicos. Algunos dicen que fue, más bien, un "crimen de honor" perpetrado por la propia familia del joven cuando se descubrió que era gay. Sea lo que haya sido, eso sólo sirvió para calentar más lo ánimos, y ahora mismo la situación se siente cada vez más tensa.

Ayer en la noche se comenzaron a oír ruidos como de pequeñas explosiones muy seguidas, como disparos. Había un helicóptero, o dos, o más, no sé cuantos, en la zona. Los carros se detenían tratando de evitar entrar en la villa árabe aledaña a donde yo vivo, esperando, como para asegurarse que se podía entrar. En algún lado dijeron que estaban aventando piedras a los carros. Que hubo intervención policíaca. Yo estaba recargada en el barandal del balcón, tomando vodka, y escuchando música en mi celular mientras observaba la situación. Las lucecitas de las decoraciones de Ramadán -como las que nosotros usamos en navidad-, parpadeaban en las casas que allá, lejos, se veían apenas en medio de tanta oscuridad.

Mh es todo un descubrimiento para mí. Mi primer contacto directo y honesto con un local no-judío en Israel. Platicamos con frecuencia y justo hoy teníamos planes de ir a ver el partido de Alemania contra Francia. Iba a pasar por mí a las 6:00 p.m., pero más de una persona me recomendó que cancelara. Él estaba reticente a ir a un bar al centro de Jerusalén, por miedo a las agresiones contra los árabes que pasaron recientemente. Íbamos a ir a Jerusalén Este, al área de Sheikh Jarrah, pero asuntos relacionados con las revueltas y el cierre de calles al final, y la insistencia de Z y mi amiga B de que "no es el mejor momento" me hicieron caer en cuenta de que tal vez, de hecho, no lo es. Mh entendió, y se fue a Tel Aviv a ver el partido con otros amigos suyos. Fue un tanto frustrante tener que quedarme en casa. No poder salir con mi amigo árabe, a las partes judías de la ciudad porque un montón de extremistas decidieron que todos los árabes son culpables de la muerte de los tres chicos, y no poder ir a la parte árabe, porque me estoy arriesgando, porque es verdad que sí hay un alza de violencia en esas áreas, y porque ahí también un montón de extremistas creen que todos los otros son los culpables de todas las desgracias. Sobra decir que no creo que ahora mismo los foráneos sean muy bienvenidos. Dicen que todos estos son augurios del inicio de la tercera intifada. Pero aquí la hostilidad no es cosa nueva. No ha parado nunca. A veces parece tomarse vacaciones, pero nunca se va del todo. Así van, más o menos, como dos mil años.

sábado, 28 de junio de 2014

Or Yerushalayim: revelaciones rápidas

Me meto a leer mis entradas en este blog, y a veces encuentro mi propia escritura absurda. Como si me perdiera en el camino de querer decir algo, y finalmente no decirlo, quedarme en el tartamudeo inicial, en la introducción a lo que realmente era mi punto. Me cuesta mucho trabajo escribir, aun cuando eso es lo que quiero hacer. Calmo mi voz antes de hablar de cosas que pudieran hacerme ver como muy tolerante o demasiado intolerante. Debo aceptar que tengo vaivenes, y que a veces me encuentro muy en un lado, y a veces hundida hasta el cuello en el otro. Parece que vivir en Israel te cambia, no te deja ser ni neutral, ni observador pasivo. Un amigo holandés me dijo el otro día: "Estando acá, aunque no quieras, tienes que tomar lados." ¿De verdad tiene que ser tan así? En el Ulpán me llevo muy bien con un chico que se llama igual que el profeta del Islam, y el otro día hasta me dio un aventón a mi casa. Es el primer "amigo" árabe que tengo por acá. No se me hace muy diferente a cualquier amigo que haya tenido en cualquier parte del mundo, ni a los amigos judíos que tengo acá. No veo mucha diferencia entre nadie.

Entré a estudiar hebreo de nuevo, a mi antigua escuela  de hebreo: Ulpán Morashá, pero, si bien para los niveles iniciales me sirvió muchísimo por su énfasis en la gramática, ahora en los intermedios, pues... no. Busqué opciones y finalmente me decidí por otro lugar que también está en el centro de Jerusalén: Ulpán Miláh. El sistema de este lugar es más similar a lo que yo aprendí en el Instituto Cervantes de Tel Aviv sobre cómo se debe enseñar una lengua. Dicen que ahí, en Miláh, sólo se habla en hebreo, mientras que en las clases de Morashá, todo lo explican en inglés. Un dato curioso es que cuando me fui a inscribir a mi nueva escuela, la persona que me atendió me dijo que la mayoría de mis compañeros serían hablantes de árabe, como preguntándome si eso no me incomodaba. Creo que me incomodaba más estar rodeada de angloparlantes. Tener el inglés como la lengua fácil que todos entienden y hablan, ha retrasado muchísimo mi avance en el hebreo. A ver si así sí aprendo (y a ver si de paso también se me pega algo de árabe).


La revelación

El mes pasado pensaba en aquel tiempo en el que quería convertirme al judaísmo. Viernes por la noche, cena de Shabat en casa de M. Sábados por la mañana, ir a la sinagoga con su hermana y su mamá, recibir algún libro prestado del rabino, y regresar caminando, con el libro, porque aún soy goy y puedo darme el lujo de cargar cosas en Shabat. En medio de esas memorias me vinieron las múltiples peleas que tuve con M con respecto a la religión. Me molestaba que no se decidiera entre ser secular o religioso. No sé si llegué a decírselo, o sólo lo pensé, pero lo veía como un "mal judío". Yo moría por ser parte del "pueblo elegido", y él que lo era, le daba la espalda en este gesto de rebeldía adolescente que no dejaba de parecerme contradictorio.

La búsqueda religiosa, empezó hace muchos años, primero con el Islam. En algún momento pensé que el Islam era la respuesta, y tuve intenciones pasajeras de convertirme, pero me deshice de esa idea por razones que ya ni siquiera recuerdo. Tiempo después conocí al judaísmo, y pensé que ahí estaba la respuesta. En esa pertenencia tan profunda que uno adquiere cuando se hace judío. Cuando uno pasa a formar parte no sólo de un grupo religioso, sino de un pueblo. 

Le temía a ese punto sin retorno, pero aún así me entusiasmaba. Pensaba una y otra vez en cómo iba a explicarle al rabino que estaría encargado de mi conversión que tengo la espalda llena de tatuajes. Había leído en todos lados que los tatuajes hechos antes de ser judío no tienen por qué ser un impedimento, pero aún así me preocupaba. Demasiada evidencia marcada en mi piel. Muchos mensajes implícitos y permanentes.

Cuando vine a Israel llegué a vivir con una familia judía ortodoxa, y entonces comencé a sospechar que ser judía sería más complicado de lo que parecía. No me creí (y aún no me creo) capaz de vivir bajo semejante número de reglas, o vivir sabiendo que me convertí sin tener intenciones reales de cumplir con todo el protocolo. Comencé a dudar. En el judaísmo se cree que cualquiera puede llegar al Mundo Venidero, o paraíso. Para esto, los gentiles (personas no judías) sólo tienen que seguir un pequeño grupo de reglas conocidas como "Las 7 leyes de Noé":

1. Creer en un solo Dios.
2. No maldecir al Creador
3. No cometer asesinato
4. Respetar la institución del matrimonio
5. No robar
6. Respetar a todas las criaturas de Dios. (Hablando específicamente de las criaturas que generalmente son criadas para ser alimento, hay que aclarar que esta ley no significa que "hay que ser vegetariano" para tener contento a Dios. Comer carne está permitido, siempre y cuando el animal haya tenido una muerte "limpia", sin sufrimiento innecesario)
7. Mantener la justicia en el mundo (sea lo que sea que signifique)

Sin embargo, para que un judío pueda ganarse ese mismo paraíso, tiene que cumplir 613 leyes, al pie de la la letra. De eso se trata eso de ser el pueblo elegido. Ser un ejemplo, un hermano mayor entre los pueblos del mundo.

Hace no mucho hablé con un rabino aquí en Jerusalén. Todo el contacto fue por llamadas y mensajes, y el señor se portó de lo más amable y abierto conmigo, pese a que yo esperaba todo lo contrario. Me dijo que por el tipo de visa que tengo no puedo convertirme, pero que si convertirme es lo que quiero, tarde o temprano podríamos encontrar una solución. Quedé de visitarlo en algún momento para hablar al respecto, pero hasta ahora no lo he hecho. Y hace poco simplemente empecé a sentir que ya no quería, que de verdad ya no quería. Que ya no quiero.

Cuando camino por las calles de Jerusalén, o voy sentada en los autobuses, no dejo de observar pequeñas señales de discordia. El jaredí que pasó tratando de ignorarte porque eres mujer. La niña judía secular que va hablando por teléfono, y que viste prominente escote y shorts que de tan cortos parecieran más bien calzones. El árabe de ojos bonitos que se sube a veces al mismo bus que tú, o a veces a uno de esos que sólo hacen paradas en villas palestinas. La chica musulmana con un hiyab cubriéndole todo el cabello, y que va siempre con cara de molestia. Una especie de histeria de identidad que nunca experimenté en México. Los árabes tienen que mostrar que son árabes y los judíos tienen que mostrar que son judíos, a través de la ropa, del comportamiento, de la lengua. Y aunque hasta ahora no me ha tocado ver a nadie agrediéndose, hay una especie de agresión intrínseca en la manera en la que cada quien iza el estandarte de la identidad a la que le rinden culto en sí mismos.

No quiero formar parte de eso. He descubierto que realmente me gusta ser minoría entre las minorías locales.

P.D.: Hace unos días me subí a un bus, y me pasó que por primera vez, cuando mi mirada se cruzó con la de una chica musulmana, de cabeza cubierta, y gabardina larga hasta los tobillos, me sonrió y yo le devolví la sonrisa.


La ciudad que brilla de noche y de día

Hace unos días, aquí en Jerusalén, se celebró el Light Festival 2014. Se hacen diferentes rutas entre las calles y callejones de la ciudad vieja, y se proyectan animaciones de luz y sonido en las paredes, se presentan esculturas luminosas o performances que de algún modo involucran luz. Es extraordinario.

La ciudad vieja de Jerusalén es una mezcla entre bíblico, medieval y moderno. Bíblico porque ahí, justo ahí, se desarrollaron varias de las historias del Antiguo y Nuevo testamento. Medieval, porque uno no puede evitar sentirse en alguna novela caballeresca cuando se está rodeado de las murallas que alguna vez tuvieron el propósito de proteger a la ciudad de los invasores. Moderno, porque no se quedó atrapada en algún punto distante del pasado: hay restaurantes, pequeños hoteles, bares, y residencias lujosas.

En la fiesta de las luces las calles y callejuelas se abarrotan tanto que es complicado moverse con fluidez. Todo tipo de gente, locales judíos, árabes, drusos, armenios; turistas, visitantes de todo tipo, todo mundo. Todos atraídos por las historias proyectadas en las paredes, por la música, por el arte. Como si por una sola noche todo afuera de las murallas no importara, ni existiera. Por lo menos, un ratito en el que parece que la Jerusalén celestial está en la tierra. Que la ciudad por la que todos se pelean, es finalmente de todos. En el que la luz, y la belleza son lo único que importa.







domingo, 18 de mayo de 2014

Haifa: el amor, la ciudad, y las luces

Para el cumpleaños número 66 de Israel, me fui a visitar Haifa, y me quedé en el departamento de mi amigo E y su novio. Nunca había viajado tan al norte. En la Estación Central de Jerusalén tomé el autobús 940 que llega directo a la estación Hof HaCarmel, en Haifa. El boleto de ida y vuelta me costó poco más de 70 shekels.

Siempre me emociona hacer viajes en autobús, y más si son largos. Mientras más largos, mejor. A veces disfruto más el recorrido que el destino mismo. Ojalá que pudiera decir que me pasa lo mismo con la vida.
De Jerusalén a Haifa fueron poco menos de dos horas, tiempo que para el que está acostumbrado a las distancias en México sonará como un viaje normal al trabajo o a la universidad, pero en "tiempos y distancias Israel", es casi como irse del DF a Acapulco.

Le quise hacer honor a aquellos viajes que una vez a la semana me hacía de Bnei Brak a Jerusalén, en época de desconciertos y dudas, hace ya más de un año. Sí, más de un año. Pinche tiempo, cómo vuela. Me puse voluntariamente nostálgica a escuchar a Pain of Salvation, y algunas otras bandas. Es bueno regresar con la mente a esos sitios que antes nos dolían, con la sensación de que ahí ya nada puede lastimarnos.

Cuando el autobús salió de la estación de Jerusalén, la primera parte del viaje fue similar al que se hace para Tel Aviv, pero pronto el camino cambió junto con los paisajes. Entramos por carreteras que ya no me fueron familiares. Me encanta Israel porque las vistas varían de manera impresionante en segmentos tan chiquitos. Bosque, páramo, páramo, bosque, desierto, páramo, bosque. Así iban cambiando las imágenes, y poco a poco Haifa y yo nos acercábamos la una a la otra, en un encuentro que habíamos postergado desde hacía mucho. Porque Haifa era uno de esos lugares que decía "Tengo ganas de visitar", y nunca visitaba. Pero al fin, el Mediterráneo a mi izquierda, me anunció que ella y yo estábamos por conocernos.

En Haifa se encuentra el puerto marítimo más importante del país, y la ciudad misma es la tercera más grande de Israel. Llegué a la terminal, la que está justo junto a la estación de trenes. Ahí esperé al novio de mi amigo, que pasó por mí. Llegamos a su departamento un rato después. Un sitio pequeño y acogedor, en donde comimos sushi y bebimos vino mientras mirábamos la tele como si fuera la más normal de las tardes en familia. Desde la ventana la vista de la ciudad era hermosa. Por estar en un lugar alto, se apreciaba el puerto en una vista panorámica que parecía de postal. La niebla borroneaba un poco el horizonte, no dejando muy claro al espectador en dónde empezaba el agua, y en donde el cielo. Barcos que por la distancia parecían de juguete estaban ahí, algunos fijos, otros se movían levemente. Luego el puerto, y luego todas las casas, muy juntas, que una tras otra escalaban el monte hasta llegar a donde nosotros estábamos. Un poco a la izquierda se alcanzaba a ver el Santuario del Báb que es el emblema de Haifa, así como el Muro Occidental y el Domo de la Roca son los emblemas de Jerusalén. 

Desde la ventana

Noche de fiesta, la ciudad, y las luces

La noche sería noche de fiesta, noche de independencia, de fuegos artificiales, de bebida, de música en las calles, de incontables personas celebrando en una especie de carnaval mediterráneo. Banderitas azul y blanco ondeaban por todos lados, y los niños jugaban con esos juguetes luminosos, como varitas, diademas y tubos, que en todas las celebraciones, en todos lados, son tan comunes, y que son casi desechables porque usualmente sólo duran uno o dos días.

Curioso que E y yo nos venimos a conocer en estas tierras. Acá todos los mexicanos se quieren más, o al menos eso parece. Con E la amistad avanzó rápido, y me alegro. Siempre es bueno tener gente que entienda la situación que uno vive. Ambos somos inmigrantes no judíos, en en el mismo estatus legal, y por si fuera poco, venimos del mismo rincón de complicado nombre: Tlalnepantla, Estado de México.

¡Cómo se disfrutan los contrastes de oriente cuando tienes con quién hacer comparaciones entre el significado de chaca y ערס, y reírte de dichas similitudes sin tener que dar demasiadas explicaciones al respecto! O con quien quejarte de cómo se extraña la comida mexicana y su variedad en tierra donde la elección más crucial de qué comer suele ser entre falafel y shawarma. Y echar pestes de la rudeza de la gente local, pero también expresar una admiración compartida por su solidaridad tan obvia, y a veces tan ausente en los citadinos de la patria madre.

Ya por la noche salimos a ver los fuegos artificiales, con un termo lleno de vino tinto en la mano. De pura suerte encontramos espacio de tanta gente que había, y nos arrepentimos de no habernos quedado en su departamento en donde finalmente hubiéramos tenido una mejor vista. Una cerveza por aquí, y por allá. Entrar al metro de Haifa gratis en un PosMeSalto israelí, que ni atrevido era porque finalmente aquel día el transporte público era gratuito. Una parada rápida en Mc Donalds Kosher, y luego la vuelta al departamento.

El siguiente día fue de Santuario de Báb, o al menos un vistazo de este. De playa, y de carne asada en un kibbutz. E me regaló unas plantas de tomates verdes, nacidas de semillas que él mismo se trajo de México. Ahora viven en mi balcón, y las cuido como si fueran un trocito vivo de mi país. 

El Santuario del Báb

Día nublado en la playa

Me enamoré de Haifa. Si ahora mismo pudiera elegir en dónde vivir, creo que ese sería el sitio. En Jerusalén lo antiguo predomina, el color arena, las distancias vacías, la sensación constante de que por más gente que haya, las calles están "medio vacías". En Tel Aviv pareciera que los edificios se le caen a uno encima, porque la ciudad busca ser grande y bulliciosa, pero al final sigue siendo pequeña, y se siente amontonada. Pero Haifa es como una Grecia oriental, descuidada, bohemia, de calles que aunque pequeñas, lo dejan a uno respirar. Como si por una parte poseyera algo del encanto exótico de Jerusalén, y por otra la frescura de la costa, de la ciudad que parece fundirse con el océano.

Suspiro por Haifa, como siéndole infiel a Jerusalén.
Jerusalén sigue siendo "la buena" por ahora.
Quién sabe en el futuro... :-)


miércoles, 23 de abril de 2014

Un trocito de vidrio luminoso

No me gusta viajar acompañada. No sé por qué. Cuando estaba planeando mi nuevo viaje, Z me dijo que le interesaba conocer esa zona del país, y pensé: "Bueno, ¿por qué no?". Así que agendamos el viaje juntos. No es que Z me moleste. Lo quiero mucho y disfruto de su compañía inmensamente. Pero estos viajes me dan un pequeño espacio para dialogar conmigo misma, para nadar en recuerdos, imágenes, preguntas y experiencias. Para disfrutar de mí, por mí, y para mí. Cuando viajé a Judea y Samaria, fue como desprenderme un rato de la persona que soy, u olvidarme al menos de la identidad que yo misma me he asignado. Pero en este viaje me llevé a alguien conocido conmigo y no pude desprenderme de nada. Sin embargo, ese lunes 14 de abril me dejó otras cosas que me gustaría compartir.

El primer destino fue Caesarea. En esta ciudad las ruinas romanas abundan: complejos espacios urbanos, esculturas, y hasta un acueducto. Caesarea Maritima fue construida por Herodes el Grande aproximadamente entre los años 25-13 A.C. Sirvió como centro administrativo, y capital civil y militar de la provincia romana de Judea. Fue nombrada, como es de imaginarse, en honor al emperador César Augusto.


El teatro de Caesarea

El azul más azul de Israel

El mar es de un azul intenso, que destaca por sobre el azul más pálido de las playas de Tel Aviv. Cuando uno se para en los miradores, pareciera que en cualquier momento, en el horizonte, aparecerán barcos antiguos, como en una escena extraída de Ben Hur. El sol quema, pero la brisa refresca. Mientras curioseaba entre las ruinas recordé algo que me dijo el guía de turistas del viaje previo que hice: que a veces, después de la lluvia, la gente sale a buscar monedas antiguas, porque el agua las limpia y las descubre de la tierra. Ahí en Caesarea no llovía, por supuesto, pero igual decidí poner atención a mis pasos. A las piedras, a la arena. Y, al igual que en Sebastia, encontré de esos pedacitos de cerámica regados por todos lados, que a nadie parecen interesarle. Pero yo ya los colecciono. Así continué durante un rato. Tomaba fotos, recorría las ruinas, contemplaba el mar. No sé si estaba permitido o no, pero yo caminé adentro de una zona de ruinas que parecían ser de casas, y por fin, mi obsesiva búsqueda en el suelo se vio recompensada, no con una moneda, pero sí con algo muy particular...



Acá en Israel se utiliza mucho para joyería algo conocido como vidrio romano. Las joyas que llevan dicho material suelen ser caras. Al principio yo pensaba que se trataba de alguna clase de cristal extraído de minas, en zonas específicas de Israel. No podía haber estado más equivocada. El vidrio romano proviene directamente de vasos y jarras rotas que los romanos utilizaron en sus mesas, en sus casas, para la vida cotidiana. En algunas tiendas de antigüedades se pueden comprar los vasos completos. Pero para la joyería generalmente se utilizan trozos pequeños y delgados, que pegados unos encima de otros dan la apariencia de escamas tornasoladas. Pues bien, me encontré un pedacito de vidrio romano. Le di mil vueltas, lo vi contra el sol, no me la creía. Claro que reconozco que también está la posibilidad que sea el fragmento de algún souvenir de los que venden en las tiendas locales. Si así fuera, al menos satisfice mis sueños frustrados de Lara Croft por un instante. Pero qué más da. ¡Es hermoso!

Nazareth vino después, pero más allá de las iglesias locales, no vi nada que me recordara los ecos bíblicos que tanto suenan cuando oímos el nombre de la ciudad. Abarrotada de gente, negocios de comida rápida, tiendas de ropa, y automóviles, cuando dejamos la ciudad me di cuenta de que no había tomado ahí tantas fotos como yo pensé que tomaría. Son curiosas las imágenes que nos llegan a la mente cuando se menciona alguna ciudad antigua de gran importancia. Cuando empecé a interesarme por Israel, cuando me hablaban de Jerusalén, me imaginaba que toda ella era como la ciudad vieja: edificios desgastados color arena, el Muro Occidental, el Domo de la Roca, callejuelas cruzando más callejuelas. Contrario a todo este cliché, Jerusalén, la moderna, podría ser confundida en fotografías con alguna ciudad europea. Pero en lo poco que alcancé a ver de Nazareth encontré una especie de crisol de culturas casi colapsando unas encima de otras. La Basílica de la Anunciación, y a pocos metros carteles con mensajes islámicos aludiendo a que "La gente del libro" (cristianos y judíos) no reverencia a Dios como debiera. Porque, según dicen, Dios es uno, no es trinidad (como se dice en el cristianismo), y Jesús fue sólo un mensajero de Él, pero no su hijo. Y el judaísmo, ausente, a lo lejos en lo que se conoce como Nazareth Illit, la Nazareth judía, cuya estructura es más uniforme, y menos poblada. Yo estuve en la Nazareth árabe, que como todas las ciudades de mayoría árabe que he visitado, pareciera salirse de los colores y límites de lo que me es familiar.

"O people of the Scripture..."
La Basílica de la Anunciación
Adentro de la Basílica

Los siguientes destinos fueron breves. La antigua sinagoga de Arbel. El Mar de Galilea, también conocido como Lago Kinéret, en donde se supone que Jesús caminó sobre las aguas. Luego el río Jordán, en cuyas piedras tuve la oportunidad de sentarme un rato para mojar los pies en el agua. Ahí tuve un flashback de otro río en el que alguna vez metí los pies también: el río Filobobos, en Veracruz. En ese recuerdo, después de una larga caminata entre árboles y lodo, llegamos a este pequeño punto deshabitado, hermoso. Iba con M, el peregrino de ojos oscuros que tantas lecciones de vida me dejó (y me sigue dejando con su mero recuerdo). La importancia religiosa del Jordán se vio aludida en mi propia experiencia: ver reflejado en el agua a mi pasado, y a lo que en ese pasado añoraba tanto: la vida que de algún modo ahora tengo, y dejarme jugar por ese juego de espejos infinitos, sin prisa, como si yo fuera una pieza más del paisaje.

Ruinas de la sinagoga de Arbel, una de las más antiguas del mundo

El Mar de Galilea

Río Jordán

Curioso que los lugares que visitamos suelen convertirse en espejos de nuestra propia situación, de nuestra propia felicidad o miseria. Los paisajes parecieran oscurecerse o iluminarse según los ecos de nuestros soliloquios. E incluso en medio de los rincones menos agraciados podemos encontrar pequeños trocitos de ruina (trocitos de vidrio luminoso) que nos dicen más de lo que podemos decirnos a nosotros mismos, aun en voz baja. Son momentos breves en los cuales el peso se aligera, como si el mundo mandara pistas de que, aunque lo pareciera, tal vez no andamos tan perdidos.


viernes, 28 de marzo de 2014

Levantarse a las cinco y media para ir al West Bank

El 17 de marzo de 2014 la alarma suena a las 5:30 a.m. Me levanto con dificultad, porque no he dormido mucho durante la noche. Verán: cuando sé que me tengo que despertar temprano, me cuesta trabajo conciliar el sueño. Y cuando lo logro, me despierto repetidas veces. A las 5:30 porque a las 7:30 tengo que estar en Abraham Hostel, en la calle Ha-Nevi'im, en el que nos van a recoger los del tour al West Bank.

Llego temprano al hostal, alrededor de las 7:00 a.m. Le digo a la primera recepcionista que veo que tengo reservación. Me dice que mi tour es a las 7:30, y le respondo que sí sé, pero que se me ha hecho temprano. Me señala el lugar en donde puedo esperar. Me siento en un sillón vacío en la recepción y conecto mi celular a un contacto al lado; me pongo a mirar a la gente. Una señora rubia frente a mí hojea un periódico en inglés que está en la mesita entre nosotras. A un lado, en otro sillón, hay más gente esperando; otros simplemente de pie. Algunos bajan de sus habitaciones, y algunos otros, como yo, parecen llegar. Me emociono. Empiezo a preguntarme quiénes estarán conmigo en el viaje. Un hombre llega apenas pasadas las 7:00 y con una lista en la mano empieza a decir nombres. Es el chofer de algún tour. Pero alguno que va a Masada, Ein Guedi, y el Mar Muerto. De nuevo, el lobby casi vacío, y más gente que se empieza a acumular. Son las 7:27, y llega otro, un guía. Empieza a preguntar nombres. Luego menciona "Kesárea, Natzéreth". No, tampoco este es mi guía. Comienzo a jugar nerviosamente con el celular: ¿Qué tal si sí era mi guía y me acabo de perder de mi propio tour? Dos hombres altos y morenos, en sus treintas o cuarentas, le preguntan cosas a la misma recepcionista con la que hablé llegando, como confirmando datos. No alcanzo a oír el idioma que usan, pero me parece que es inglés. Por un momento me digo que sería muy chistoso que resultaran ser mexicanos.

Un tipo que fuma afuera del hostal llama mi atención. Me digo: Si me topara a este en México, seguro que me daba miedo de que me asaltara. Corte de casquete, estilo de vestir reguetonero. Toca el timbre del lugar y le abren al puerta de inmediato. Pequeño sobresalto imaginario. Nah, estás en Israel, no pasa nada.
Un chico rubio, alto y gordo se pasea por el lobby, compra algún refresco en la pequeña cafetería, y se sale a fumar. Pasan de las 7:40, y los dos hombres altos y morenos se paran a preguntar algo, yo creo que lo mismo que yo me estaba preguntando para ese momento: ¿a qué hora llega nuestro transporte? La recepcionista se sale del hostal con un teléfono en mano y trata de llamar a alguien que parece no responder. Regresa. Luego veo que va y toma una lista a un lado de la cafetería y se dirige a mí: "Ari.. da... " (mala pronunciación de mi segundo nombre). Le digo que sí. Luego pasa lista en los otros. Nos señala al que yo imaginaba como reguetonero y nos dice que es nuestro chofer. Dice que falta uno, y le decimos que cierto chico que parecía esperar ya anda por ahí. Ese grandote rubio con la imborrable finta de SOY TURISTA. Baja las escaleras del hostal. La chica nos indica que vamos a encontrarnos con nuestro guía en el West Bank. Salimos todos, y nos subimos a una furgoneta blanca. Entran los dos hombres morenos, luego, en la segunda fila de asientos entro yo, y luego el rubio grandote. Se me hace raro. Las furgonetas de estos tours generalmente traen varios logos muy coloridos, con el nombre "Abraham Tours" bastante visible. Esta no. Es toda blanca.

Al inicio los dos turistas de nacionalidad desconocida empiezan a hablar en árabe con el conductor, quien, según entendí, les preguntó si hablaban árabe casi de inmediato cuando él mismo entró a la furgoneta. Ya más adelante uno de ellos voltea y se presenta. Se llama A., y es de Nazareth. Le pregunto al otro su nombre (no me acuerdo, y no me acuerdo si también era de Nazareth) Dos árabes-israelíes. El que viene a mi lado se llama M., y es danés. Su acento me hace difícil entender las primeras dos veces que me dice su nombre. A la tercera ya entiendo. Hablamos un poco, y se me hace lelo; trato de de hacerme la cansada mientras me recargo en la ventana para evitar seguir con la plática. No me hace gracia que nos haya tocado ser "compañeros de viaje". Me decepciona que seamos tan pocos en el tour.

Cuando vamos entrando al West Bank, el muro, que unos llaman sionista (diciéndolo ellos en sentido peyorativo) y otros protector, es visible por un momento. A. voltea de nuevo y nos pregunta si sabemos qué acabamos de pasar. Nos dice que él también es guía de turistas, y empieza a soltarse hablando de la división entre Israel y los Territorios Palestinos. Nos dice que él es árabe cristiano. Que la gente generalmente relaciona árabe con musulmán, pero que están mal, porque hubo árabes cristianos antes que árabes musulmanes. El gordo danés parece sorprendido ante tantas revelaciones. Lleva como 2 semanas en Israel. Yo sonrío y miro por la ventana cada que puedo. Cuando A. me pregunta cuánto tiempo llevo en Israel, le digo que más de un año, porque trabajo aquí. Por alguna razón (realmente inesperada) no me siento con ganas de socializar. Quiero que me dejen en paz para ver el paisaje por la ventana. Al pinche chofer se le ocurre empezar a fumar.

En algún lugar en la carretera paramos, y un señor bajito, de ojos claros, calvo y con el resto del cabello que le queda canoso, se sube a la van. Se presenta. Es el guía de turistas. Me pregunto si será un colono judío. Empieza a hablar en árabe con el chofer. Descarto ya la mencionada suposición. Nos empieza a dar detalles de la zona en la que estamos, pero por alguna razón me cuesta trabajo poner atención. Creo que es el danés quien le pregunta su nombre. Dice que en la industria turística se mueven mejor por apodos (o eso entiendo yo). Nos dice que lo llamemos Aburami.

Llegamos a nuestro primer destino: La tumba del patriarca Yosef. El vecindario descuidado, y el sitio también. Los que abrieron la puerta me miraron con cierto recelo y le preguntaron algo al guía. Entendí que les dijo que no a algo, y después que eramos europeos, o algo así. Entramos al recinto, en donde un sarcófago liso de piedra yace solitario en medio de un cuarto. No hay nada más que ver que eso. No siento que seamos muy bienvenidos, por alguna razón. Sólo permanecemos ahí como cinco minutos, y volvemos a abordar la furgoneta.

La tumba de Yosef

Cuando llegamos al siguiente destino, la iglesia que está sobre el Pozo de Yaakov, se siente diferente. Hay más bienvenidas por parte de los que cuidan el recinto. La iglesia por dentro es preciosa, llena de luz, y de colores. El guía nos advierte que en el lugar principal no podemos tomar fotografías, por respeto. Bajamos a un cuarto muy pequeño en donde está el pozo, y un señor con muchos souvenirs cristianos. El guía y el señor intercambian algunas palabras. El guía nos da los datos del lugar, las anécdotas bíblicas, y luego del speech, nos dice que si queremos contribuir al lugar, podemos comprarle algo al señor que está ahí. El danés compra una collar con una cruz, y se lo cuelga. Cuando vamos saliendo de la iglesia, me espero a que todos se vayan para tomarle una foto a la puerta sin invasores en la toma. El portero se hace a un lado. Tomo un par, le digo: Thank you, y me salgo corriendo. Salimos de la iglesia y cruzamos la calle con el guía, tratando de sortear a los autos. Parece que los Territorios Palestinos y México sí son hermanos, después de todo, así como los activistas pro-palestinos sueñan, pero hermanos en la poca chingada que los autos dan por los peatones. Ahí, del otro lado de la iglesia, está el campo de refugiados Balata, que a mí se me figuró mucho a una colonia pobre de mi bella patria.

La iglesia del pozo de Yaakov, en Nablus



El campo de refugiados Balata



Entramos por sus calles angostas, que si acaso dan paso a un carro y tal vez a un par de personas. Muchos grafitis en las paredes. Fuimos a un centro de información en donde el encargado nos dio una breve plática, nos dio cifras, fechas, y demás. Al salir de ahí caminamos un poco más por las calles. Un grupo de jóvenes comenzó a vociferar cosas, entre risa y risa. El guía les responde, no sé si enojado o en el mismo tono bromista. Un chico comienza a seguirnos, y Aburami lo regaña hasta el cansancio, me señala a mí, y continúa regañándolo. Después me dice: "Adolescentes, ya sabes cómo son". Sonrío, pero en realidad no sé muy bien a qué parte de cómo son los adolescentes se refiere, o si los adolescentes ahí son iguales a los adolescentes que yo conozco. Entramos en una calle tan angosta que sólo dos personas lado a lado pueden entrar. Balata parece una vecindad de grandes dimensiones.

Al salir volvemos a cruzar la calle eludiendo los carros. Esperando a que pasen unos tantos, para luego pasar nosotros. La imagen de un hombre con un arma cuelga de un poste de luz a mitad de la avenida. Un amigo me dijo entre bromas, cuando le conté que vendría a Nablus: I hope you like martyrs. No me gustan, pero hay muchos de esos, por todos lados, en todas las paredes. Lo que ellos, al menos, consideran como mártires.

Nos subimos a la van, de nuevo. Llegamos al centro de Nablus. Está atestado de gente. Hay imágenes de Mahmud Abás en grandes pancartas colgadas de los edificios. Caminamos hacia la ciudad vieja, que recuerda mucho a la de Jerusalén, pero aquí el 95% de las mujeres usan hiyab (el velo con el que las musulmanas se cubren el cabello). Algunas personas nos miran con curiosidad. Oigo que algún tipo me dice You are beautiful con un acento muy marcado. Entramos a una pequeña fábrica de tahina, y en la orilla de uno de los contenedores una cucaracha camina despreocupada. El guía le hace algún comentario discreto a uno de los trabajadores, y cuando vamos saliendo, yo bromeo y digo que espero que la cucaracha no se caiga adentro de la mezcla. Aburami parece un tanto avergonzado de que nos haya tocado ver eso. Visitamos luego una tienda de especias que al fondo tiene una réplica de una tienda (para acampar) árabe. Nos sentamos un rato ahí. Por supuesto que el guía nos promociona el lugar por si queremos comprar algo. El siguiente destino en el recorrido de la ciudad vieja es un baño turco. Ahí también nos acomodamos por un rato, y el encargado nos trae una bebida de canela que sabe muy fuerte. En medio del lugar hay una fuente. Arriba, un tragaluz. Un par de jaulas con pajaritos adornan las paredes. Al guía le traen una narguila, comienza a fumar y luego me ofrece. El danés bobo también fuma un poco. Los árabes la rechazan amablemente. Cuando salimos del lugar, luego como de media hora, se oye a lo lejos un griterío de niños. Por uno de los callejones de la ciudad vieja viene un numeroso grupo de niños, golpeando cazuelas, gritando y vitoreando. El guía nos sugiere esperar a que pasen antes de continuar. Nos explica que están celebrando a Abás, que se encuentra en Estados Unidos, en conversaciones con Obama. Nos dice algo como Son niños, nunca se sabe lo que pueden hacer. Me quedo pensando en que esa es una frase que yo no usaría para hablar del estereotípico niño. Como sea, los niños pasan, eufóricos, haciendo ruido y hasta saludando, como a sabiendas de que somos los turistas, sedientos de fotos y anécdotas que contar. Pero yo no les tomo fotos, por alguna razón.

Tienda árabe adentro de la tienda de especias

Tragaluz del baño turco
Decoraciones en el baño turco

Caminamos más por la ciudad vieja, y llegamos a la mezquita de An-Nasr. El guía me pide que me cubra el cabello con mi bufanda, y al entrar todos nos quitamos los zapatos. Ya adentro, después de explicarnos un poco con respecto al lugar, el guía nos dice que cada vez que un musulmán entra a una mezquita, tiene que rezar. Nos dice que mientras él lo hace, podemos recorrer un poco el lugar. Yo tomo fotos de los pilares y de mí misma mientras él reza No le pido a nadie que me saque una foto, porque no me dan confianza las fotos que otros me toman.

Mezquita de An-Nasr, en Nablus


Saliendo de la mezquita nos vamos a un café en donde preparan un dulce típico árabe cuyo nombre no se me pudo quedar. Consiste en una masa extra dulce, similar a la de las empanadas, con una capa de queso abajo. Tomé té, y los demás café. El guía nos habla de cómo los masones dominan al mundo, y que a su vez los sionistas dominan a los masones. Dobla un billete de 20 dólares en varias partes hasta que por ambos lados las líneas parecen formar a las torres gemelas en fuego. Nos dice que este billete es de los años 80, y que por lo tanto el 9/11 ya estaba planeado desde ese entonces. Que los masones adoran al diablo, y demás teorías de conspiración. Yo sonrío, bebo mi té, y no digo nada. Voy a observar, no a entrometerme. Al final son como 11 shekels por persona lo que hay que pagar en el lugar. No tengo cambio, y el guía me dice que ya pagaron todo, que no me preocupe.

Cuando salimos del lugar los árabes que vienen en el tour compran algunas cosas y comentan que los precios en Nablus son mucho más bajos que en Nazareth. Y sí, parece que todo es más barato en el West Bank. Nos detenemos un momento frente a ciertas tiendas porque van a comprar más cosas. Me quedo a solas un momento con el guía, y me enseña el encabezado de un periódico en el que se habla de los asentamientos judíos. Me dice: Sí, esta es nuestra vida de todos los días. De nuevo sonrío. Pero esta vez le pregunto qué piensa sobre la idea de que las tentativas de paz de la Autoridad Palestina con Israel no tendrían ninguna validez para Hamás. Me dice que Hamás son títeres de Israel. Que los usan para tener un pretexto para no hacer acuerdos. Sonrío de nuevo. Llega el danés lelo y comienza a preguntar cosas con respecto a los colonos judíos en el West Bank, y a hacer comparaciones de Israel con Dinamarca, y como en Dinamarca las cosas son diferentes. Yo pienso: Ay, ya cállate, pinche gordo de izquierda barata. Deja de decir "I understand", porque no, no entiendes una chingada de lo que está pasando por aquí nada más porque te vengas a tomar vacaciones y a decir Shukrán, para sentirte exótico. Caminamos ya de regreso al área más urbana de la ciudad. Entramos a una pequeña fábrica de jabones de aceite de oliva, y Aburami nos explica un poco acerca del proceso para hacerlos. Nos dice que si queremos comprar, podemos, pero creo que nadie compra nada.

"Esta es nuestra vida de todos los días"


Salimos, y mientras esperamos a que el guía llame al conductor de nuestro transporte, yo me pongo a tomar fotos de la ciudad. A los palestinos parecen gustarles las fotos. Varios tratan de entrar en la toma, hasta que al final dejo que un par que, por alguna razón, me cayó bien que se queden en la toma. Luego se acercan a mí y me preguntan si pueden verla. Les muestro la pantalla de la cámara, y uno de ellos me dice: Tov ("Bien", en hebreo), o si no Tov, algo en hebreo para expresar aprobación. ¿Habrán pensado que soy judía?

Ciudad de Nablus


De ahí nos dirigimos al destino final del tour: Sebastia. Llegamos a un conjunto de ruinas romanas rodeadas por pequeños negocios locales. Un camello por ahí con su dueño, espera por turistas para pasear en su lomo. Aburami nos pregunta si preferimos recorrer las ruinas primero, o comer primero. Preferimos comer.

Sebastia

El restaurante al que entramos tiene una tienda de souvenirs a la entrada. El salón de las mesas está completamente vacío cuando llegamos. Parece que el lugar es sólo para reservaciones. El dueño, un hombre árabe alto y grueso, nos da la bienvenida cordialmente, en inglés. Ya ahí, Aburami me dice: Si gustas, puedes rezar conmigo. Pienso: ¿Qué? Me dice: Cuando dan las cinco y no he rezado siento que traigo un peso en los hombros. Si quieres rezar conmigo, eres bienvenida. Por un momento pienso: Pero si yo no sé rezar. Va a tener que enseñarme. Pero luego me parece que... mejor no. Me aparto sonriente. Saca un tapete y lo pone en el suelo. Se arrodilla en él, y luego se dobla totalmente en posición de plegaria. Yo me dirijo a nuestra mesa con los otros.

La comida es variada y rica. Hay platitos de varios tipos de comidas ya en la mesa, y luego nos traen más. Nos servimos un poco de todo en cada plato, y conversamos mientras comemos. Guisados de carne, ensaladas, arroz, humus, aceite de oliva, y demás cosas. Hay pan pita, que untado con humus es muy rico. Aburami y yo hacemos lo mismo: con un pedazo de pita con humus agarramos la carne de nuestros platos. Él hace algún comentario acerca de cómo dios nos dio las manos para usarlas, para comer con ellas. Yo le digo que estoy acostumbrada a comer de ese modo, porque en México usamos las tortillas de manera similar. De pronto la mayoría árabe en la mesa (chofer, guía, y dos turistas) comienzan a hablar árabe entre ellos. A veces cambian a inglés para explicarnos algún chiste o comentario. El danés lelo dice que en cierta página web gubernamental de Dinamarca recomiendan no visitar el West Bank, porque es peligroso. Asegura, con orgullo, que él no se siente en peligro. No sé. Cada vez que habla me dan ganas de reírme de él, o de hacerle calzón chino. Hay gente que tiene esta aura buleable que es difícil de describir. Ni modo, dan ganas de chingarlos, por pendejos. Los chistes sobre la situación de los palestinos no se hacen esperar. En alguno hacen cierta equiparación jocosa de Palestina con el infierno. Y yo no me siento en el infierno. Sé que la situación es diferente cuando se es turista, a cuando se es local, pero hasta este punto del viaje no he visto nada que me horrorice. Ninguno de los niños en harapos haciendo la señal de victoria con los dedos, ni de las casas casi hechas a mano que gustan de poner en las noticias cuando hablan de los palestinos. 

Cuando terminamos de comer, nos dan unos momentos para recorrer la tienda e ir al baño. Souvenirs varios, probablemente hechos en China. Artesanías, joyería de plata, y demás. Salimos a recorrer las ruinas. Columnas, teatro romano. Conversación en árabe, en inglés, etc. La cueva en la que fue asesinado Juan el Bautista, y la leyenda de su cabeza todavía enterrada, por ahí. La vista, a lo lejos, de un asentamiento judío. Casas blancas de techos rojos, medio borrosos en la distancia. Mientras vamos caminando noto en el suelo pequeños trozos de cerámica, con líneas marcadas, líneas que parecen artificiales, como moldeadas por algo cuando la arcilla todavía estaba fresca. Primero no les presto mucho atención, pero cuando veo que hay más, y más, y más, por todos lados, comienzo a recogerlos. Me acerco al guía se los muestro. Le pregunto qué son. Me dice que son trozos de cerámica antigua, porque antes el material se usaba mucho en la zona. Me dice que podrían ser hasta de 2,000 años de antigüedad. Qué escalofrío. Pedazos de historia en el suelo, así regados. Recojo más, y me los llevo. Regresamos al restaurante, y Aburami se sienta un rato en la entrada con otro señor a fumar narguila. Nos sentamos con él, y de nuevo nos comparte unas fumadas a mí y al danés.




Vista de un asentamiento judío en la zona
La cueva en donde murió Juan el Bautista, por fuera
La cueva en donde murió Juan el Bautista, por dentro

El último destino es la villa Samaritana del Monte Guerizím. Los Samaritanos son una minoría étnica y religiosa aquí en Israel. Los árabes los consideran judíos, pero ellos no se consideran judíos. No les gusta que les digan así, porque según ellos, los judíos regresaron con una fe ya contaminada luego del exilio en Babilonia. La religión samaritana, sería por lo tanto la verdadera religión de los antiguos israelitas. Subimos brevemente al monte, aunque no pudimos acceder a él porque las horas de visita habían terminado. Los samaritanos no creen en la santidad de Jerusalén. Creen que el Monte Moria (en donde Abraham casi sacrifica a su hijo Isaac) es en realidad Guerizím, y no en donde actualmente está la explanada de las mezquitas. Regresamos al transporte y nos adentramos un poco más en la villa. Nos encontramos con un hombre que viste un atuendo bastante folclórico, y a quien el guía parece conocer muy bien. Está quemando algo en una pequeña hoguera al lado de la calle. Al otro lado hay casas, edificios pequeños pero bien cuidados. El sacerdote se mete a uno de ellos. Aburami dice que quería ponerse sus atuendos sacerdotales. Sale de nuevo, ahora con un traje gris de capa larga y gorro rojo (que no sé si ya traía cuando lo encontramos o no). Se sube a la van con nosotros, y unas cuadras más adelante nos bajamos todos. Entramos al Museo Samaritano. El guía nos dice que cuesta 20 shekels, y todos pagamos nuestra parte. Un turista alemán ajeno al grupo entra con nosotros. Adentro hay desde piezas de cerámica y vidrio, hasta monedas y figurillas antiguas. El sacerdote, quien después me enteré, se llama Husney Cohen, nos explica un poco de su propia genealogía "desde Adán, hasta él mismo", en un árbol genealógico maravillosamente organizado. Nos explica varias de las características de la fe samaritana. Guardan Shabat, siguen la Torá, comen Kosher, pero ellos, a diferencia de los judíos, todavía hacen sacrificios de animales para la comunidad. Nos habla de la santidad del monte Guerizím. Argumenta que la mayoría de los llamados árabes y judíos de hoy en día en Israel en realidad descienden de los samaritanos. El número de los samaritanos ha sido reducido drásticamente a través de los siglos por diversas razones. Matanzas, en primera. Luego el hecho de que quedan tan pocas familias que ya no hay diversidad genética. Nos cuenta que hace poco llegaron 25 judías, como 5 cristianas y 2 musulmanas a casarse con muchachos samaritanos. Hay una pequeña comunidad samaritana en la ciudad de Holón, cerca de Tel Aviv, también. Dice que a veces sus chicos conocen a las chicas foráneas en la universidad, y se enamoran, pero cuando llega el momento de casarse, la chica tiene que convertirse a la fe samaritana para ser aceptada en la comunidad. Luego comienza a pelearse con uno de los árabes de nuestro grupo, que es cristiano. Deja el inglés, que parece costarle trabajo, y empieza a gritonearle en árabe. Le avienta un libro como en gesto de: Léelo, maldito ignorante, ahí está la verdad. El libro también está en árabe, por lo que no acabo de entender de qué se trata la discusión. Porque la lengua el día a día de los samaritanos es el árabe, aunque para los ritos utilicen el hebreo antiguo. También hablan hebreo moderno. Tienen tres pasaportes: el palestino, el israelí, y el jordano. Es increíble sentirse, por un rato, en medio de los israelitas de la antigüedad, con todo y que su pequeña villa fue lo más bonito que vi en el West Bank, más parecido a un pueblo pequeño, pintoresco y bien cuidado que a un zona aislada, pero más o menos moderna. Cuando dejamos el lugar todos le agradecemos al sacerdote. Me extiende la mano y se la estrecho, gesto que me parece curioso, porque en el judaísmo ortodoxo un hombre no debe tocar a ninguna mujer que no sea su esposa, o miembro de su familia. Nos dice algo como Que dios los acompañe. Se me antojaba decirle, de broma, que si no me quería presentar a algún chico samaritano para ver qué onda. Sonrío y me quedo dicho pensamiento para mí misma.

El sacerdote samaritano hablándonos de las particularidades de su religión y cultura

Abordamos la van, de nuevo, ahora con destino a Jerusalén. Aburami se baja en el mismo punto del camino en el que en la mañana lo habíamos recogido. Estrechamos manos con él, y le agradecimos todas sus atenciones. Nos bendice. Siento un dejo como de nostalgia adelantada cuando nos despedimos. Me encariñé con ese hombre cálido y sencillo en el viaje, y ahora quién sabe si lo vuelva a ver. Para mis adentros le regreso la bendición y sonrío. Cuando la van avanza un carro se detiene junto a él, y él se sube. Alguien los recogió. El camino de regreso es silencioso. Cuando nos acercamos a un check point preparo mi pasaporte en mano, pero no nos detienen, supongo que porque la furgoneta trae placas israelís. Jerusalén aparece relativamente rápido. Cuando llegamos al hostal, nos bajamos. Son como las 6:00 p.m. Yo camino directo hacia mi estación de bus. Le grito a los árabes y al danés algo como: Bye guys, it was nice to meet you. Me responden con algo similar, el danés entra al hostel, y los árabes se siguen de largo sobre la banqueta. El bus 78 no tarda mucho tiempo en pasar. Cuando lo abordo, me doy cuenta de que estoy en el transporte de vuelta a casa justo 12 horas después de estar en el de ida al hostal.