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miércoles, 12 de marzo de 2014

Del viajar como terapia para las roturas


rotura.
(Del lat. ruptūra).
1. f. Acción y efecto de romper o romperse.
DRAE


Decidí curarme. Curarme de esta molesta sensación de moverme sin moverme; de no ir a ningún lado. Me enfermé de eso, al punto de dudar otra vez de mi propia cordura. Yo misma veo qué tan lejos he llegado, y no soy capaz de apreciarlo como otros parecen hacerlo. Estoy tratando, pero me cuesta trabajo, mucho trabajo. Shit happens, dicen los gringos. Es cierto. Uno decide si quiere ser personaje principal o secundario de su propia historia, y durante largo, largo tiempo, le he dado el protagonismo a otros. A algunos que se quedaron, porque en su momento era la opción más conveniente para ellos y para mí, a veces para bien, a veces para no-tan-bien; a otros que se fueron, o de los que yo me fui, y cuyos recuerdos ahora me siguen a todos lados. Cuyos "y si..." me han derrumbado en lágrimas en varias ocasiones. Ya basta. Vivo en una tierra que es caótica y segura a la vez: Aquí en Israel no ha habido un sólo día de estabilidad desde la fundación del Estado. Todo el tiempo misiles, todo el tiempo alguien apuñaló a alguien más en el nombre de un Dios (de alguno de ellos), o por venganzas heredadas de tercera generación; todo el tiempo propuestas y negociaciones de paz que sólo traen más muerte, más venganza, más resentimiento, y que no parecen llevar a nadie a estar más cerca de ninguna paz, en ningún sitio. Sin embargo, irónicamente, es más seguro caminar por las calles de las "grandes" ciudades aquí, que en México. Como ya lo he dicho otras veces, poca gente aquí ha experimentado un asalto.

Así como en varias ocasiones he tomado a ese "protagonista" de mi vida y lo he personificado como mi tierra prometida, ahora me personifico, nada más por cambiar mi narrativa, como la misma tierra que estoy pisando: Caos y progreso entremezclados. He progresado, he recorrido miles de kilómetros, he conocido gente, lugares, y he vivido cosas extraordinarias; aún así mis más fieles aliados siguen siendo un cuaderno, un bolígrafo, mis cámaras fotográficas, y mi fluoxetina. Aunque debo decir que recientemente encontré otro: caminar largas distancias. Cada vez que tengo que ir a algún sitio aquí en Jerusalén, trato de caminar. Quince minutos, media hora, una hora, lo que haga falta. Si me tengo que detener a observar algo con calma, lo hago. No hay prisa, me digo a mí misma. Estoy cansada de tener prisa. De haber tenido prisa por terminar mi carrera; de haber tenido prisa por estar con alguien tantas veces, y seguir tan sola como al principio; de haber tenido prisa por venir a Israel. Ya me cansé de estar corriendo, contando los minutos, recordando qué pasó hoy hace un año y pensar: "El tiempo se me va cada vez más rápido". Me siento rota.

Se me ocurrió que si caminar me hace tanto bien, debería caminar más lejos. Caminar tanto como pueda, en donde quiera que esté. No pretendo romper records y cruzarme el país a pie. Pero sí caminar en otros sitios. No la misma ruta "Tel Aviv- Jerusalén" que he recorrido incontables veces. Como también me cansé de debatirme entre quedarme aquí, vivir mi vida a la israelí, o regresarme a México y aferrarme a mi mexicanidad por el resto de mis días, decidí que el conflicto se resolverá solo. Voy a caminar sobre la tierra en la que esté, y si llega el momento de cambiar de tierra, caminaré por esa también.

Fue de este modo que me llegó la idea de viajar, tan frecuentemente que mi pequeño mundo de ideas lastimeras, y montonales de "y si..." se haga cada vez más pequeño; que se distribuya en todos los lugares a los que vaya y que finalmente se disuelva como una gota de tinta lo haría en el océano. Y que el espacio que quede luego de que ese mundo se haya disuelto, se llene de algo nuevo, algo que aún no sé nombrar, pero que me hace falta.

Ahora que estoy en Israel, quiero acabarme a Israel en caminos, y puertos, y bosques, y desiertos, y mares, y todo lo que haya disponible. Me he propuesto ir a lugares nuevos un mínimo de una vez por mes, sin preocuparme por el tiempo, el dinero, ni el pasado, ni el futuro. Y me he propuesto ahogarme en fotografías, y detalles escritos de lo visto y lo vivido. Si he de morirme de algo, que sea de una sobredosis de vida, y no una de saudade.

El primer destino es el norte del área de Judea y Samaria, también conocida como West Bank, o Cisjordania. Justo ahora hice mi reservación en un tour para el 17 de marzo que recorre sitios como el pozo de Yaakov, el campo de refugiados Balata, la tumba del patriarca Yosef, la ciudad vieja de Nablus, el Monte Guerizím, una villa samaritana cuyo nombre aún ignoro, una fábrica de Tahina, y la villa de Sebastia.

Voy a estar en varias zonas en las que la presencia de ciudadanos israelís no es recomendada, o es ilegal. Ventajas de ser extranjera, sin afiliación religiosa, en territorios en disputa.

La terapia comienza.

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