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miércoles, 25 de marzo de 2015

Veinticinco de marzo

25.03.2015


Ayer me salí a caminar como cuatro (¿o cinco?) veces por el vecindario. Fue un día que en otra época hubiera catalogado de improductivo, pero ahora veo que en realidad produjo muchas cosas, incluyendo entre ellas la inspiración para escribir esta entrada con anticipación al final del mes.
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Cumplí 26 años hace unos días, y eso me dio el último empujón que necesitaba para re-pensar los pasos que estoy dando, y hacia donde me llevan (y me llevarán) eventualmente. Llevo un estilo de vida más sano, y eso se refleja en los 58 kilos que ahora mismo peso (no había pesado eso en añísimos). Disfruto más de mi tiempo libre, en lugar de buscar pretextos para aburrirme. Cada vez que el gusanito de la apatía se me empieza a subir por el brazo, me recuerdo que estoy viviendo la aventura de mi vida aunque parezca que a veces va lenta. Ayer, hice varias caminadas, y en cada una de ellas pasaron cosas diferentes. En la primera me despejé. En la segunda me sentí más activa. En la tercera recorrí el vecindario de manera más extensiva, y encontré lugares en los que no había estado nunca, pese a estar tan cerca. 


Uno de estos fue una vista en específico que da hacia lo que parece ser un campo de olivos, y hacia las villas árabes vecinas. Qué extraño es darse cuenta de que se había estado viendo un paisaje sin mirarlo bien. Ayer miré y me di cuenta de que llevo dos años viviendo rodeada de belleza, de un valle que ahora en primavera se torna verde y brillante, cubierto aquí y allá, de manchas coloridas, de flores amarillas, rojas, violetas y azules. Tomé montones de fotos con mi celular, porque sentí el impulso de compartir todo eso con alguien en específico: mi madre. Me gustaría mucho traerla y que pudiera ver todo esto conmigo. En otro intervalo entre caminata y caminata me tomé una copa de vino en casa, y cuando salí a caminar de nuevo disfruté de una contemplación muy placentera de mi entorno. En otras palabras, no me quedé sentada sintiendo los efectos del vino, sino que dejé que los efectos del mundo me demostraran que los del vino no tienen chiste sin el roce cálido del viento de  mi Jerusalén.


Ayer, también logré disfrutar de algo que siempre me ha molestado: en sol en la piel. Creo que después de vivir aquí un par de años, he desarrollado una especie de resistencia a las quemaduras. Ya no me enrojezco tan rápido, y los brazos se me han tornado un poco más morenos. Le voy tomando cariño a los calores exasperantes del verano, y a los fríos calantes de invierno. Después de veintiséis años me gusta el sol, y caigo en cuenta de que el desierto, con sus extremos, es el clima en el que me siento más contenta, más viva.  Creo que he cambiado. Ya no soy, como dicen los gringos, tan picky. Ni tan pretenciosa, ni tan egoísta. Me he vaciado de porquería, y tal vez por eso he perdido peso. Peso en el espíritu, y puta grasa. De los dos. Nunca me había sentido tan ligera. 58 kilos de felicidad, de tranquilidad, de asombro renovado.

Dicen por ahí que no hay nada nuevo bajo el sol, pero yo creo que tampoco hay nada viejo en seguir gozando de lo antiguo, de lo escondido e incierto que resulta caminar por lugares a los que ya a nadie le interesa caminar. Y para mí también es nuevo esto de disfrutar el sol mismo. Qué interesante descubrir que en este, un país tan, tan pequeño, aún hay cosas de las que es posible apropiarse aunque sea nada más con unas cuantas miradas y unas cuantas palabras, sin que nadie más reclame derecho de propiedad.

2 comentarios:

  1. Hermosas palabras, espero pronto experimentar todo eso que cuentas en tus entradas :D
    Saludos de una mexicana que quiere vivir en Israel.

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    1. Muchas gracias por tu mensaje :D Espero verte pronto por acá.
      Un abrazo

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