(Post publicado en mi muro de Facebook el 8 de septiembre)
Hace cuatro días cumplí cuatro años viviendo en Israel.
Cuatro años de perderme en una multitud de identidades, creencias,
nacionalismos y conflictos que me eran ajenos, pero que ya no tanto. Cuatro
años de empezar a auto-presionarme para hablar una lengua tan distante, tan
extraña, y que aún hoy me saca corajes con sus erres guturales impronunciables
que acabé por hispanizar. De hacer amigos judíos, musulmanes, cristianos, y
apóstatas salidos de cada variante. De caminar por lugares santos, y
lugares profanos. Jodidos o espléndidos. De escuchar historias (de los los
labios de sus protagonistas) de víctimas del odio, y de victimarios. Pero
también cuatro años de aprender que usualmente la gente es buena. O al menos la
gente que aprende que «el otro» es más o menos lo mismo que «uno mismo». De
recibir mucha hospitalidad, mucha ayuda, y de admirarme con la solidaridad de
personas de todas las religiones y orígenes, y con sus historias de hermandad y
amor que rara vez llegan a las noticias internacionales. Y finalmente, y lo
mejor, cuatro años de reírme mucho de la vida, y de mí misma; de salirme de mis
propios lugares comunes.