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jueves, 28 de febrero de 2013

Las primeras impresiones [en la memoria]

Es complicado contar una historia como esta sin, primero, hablar un poco de los acontecimientos precedentes a mis primeros pasos en Israel. Pero tampoco quiero irme demasiado atrás, porque bien podría comenzar una historia bastante extensa de los casi dos años previos que pasé esperando el momento oportuno para hacer este viaje. Me parece, entonces, que, al menos para lo que concierne a estos fragmentos de memoria, voy a remontarme sólo a mis últimas horas en México. 

El 2 de septiembre de 2012 (zona horaria Ciudad de México), no recuerdo bien a qué hora me levanté. Ya estaba todo preparado, y los únicos remanentes ahí eran todas las cosas que, por supuesto, no iba a poder traerme: mis libros, gran parte de mi ropa, y más o menos veinte años de recuerdos en aquel departamento. Abraham se quedó conmigo esa noche. Un día después cumpliríamos siete meses de ser novios. Tengo que hacer aquí una breve pausa para hablar de él, porque, sin duda, fue parte importante de las historias previas, y aun de las historias posteriores (pero de eso ya hablaré más adelante). Abraham es mexicano-israelí. Nos conocimos en un concierto de Orphaned Land en México, y más o menos a la semana de eso ya eramos novios. Teníamos multitud de planes que, por supuesto, incluían Israel. Pero todo eso se vio truncado por mi repentina decisión de venirme acá primero, y por varios hechos que se desataron a partir de eso. Sin embargo, regreso al tema principal. Mi avión saldría un poco después de las 9:00 p.m.

Gómez, mi padre de facto (no biológicamente), pasó por mí, mi madre y Abraham, y nos llevó al aeropuerto. Ahí fueron a verme otros tantos amigos, y entre espera, pláticas, y demás cosas, la hora de partir comenzó a acercarse. De pronto ciertos pensamientos me asaltaron: ¿qué tal si era la última vez que veía a algunos de los presentes? ¿qué tal si, en realidad, esa era una despedida tajante... más tajante de lo que suelen ser las despedidas en los aeropuertos? Me di algunos últimos abrazos con cada uno de ellos, y un beso, de esos profundos y nostálgicos, con mi novio.

Café en el Aeropuerto de Amsterdam

Ya en el avión recuerdo que vi por la ventanilla y pensé que esos eran los últimos minutos que pasaría en México, en mucho tiempo. Me di cuenta de que no sabía cuando regresaría, y que, matando un poco las nostalgias, aquel detalle no me importaba demasiado. Fueron, ¿qué? ¿como ocho o nueve horas a Amsterdam? Y Amsterdam, mi lugar de escala, me supo a gloria. Ni siquiera salí del aeropuerto, pero fue reconfortante saber que estaba tan lejos; que había dado un paso tan largo. Me tomé un café, y conocí a un ecuatoriano que estaba viajando con su novia rusa, para ver a la familia de ella, en Rusia. Me contó que vivían en Ecuador, y que a veces hablaban en español, y a veces en ruso.  Recuerdo que el tipo tenía su celular en la mesa, y escuchaba salsa en él, sin audífonos, dándole un gracioso aire latino a aquel Starbucks holandés. 

No me llevé pasta de dientes, ni desodorante, en mi bolsa de mano, tratando de acatar un poco las reglas que había leído en la página de internet de la compañía aérea (cosa que, por supuesto, la mayoría de mis paisanos en el vuelo NO hizo). Y por supuesto que, gracias a ello, me sentía como el ser humano más sucio jamás habido en aquel lugar. Fui a una de las tiendas duty free y me compré un desodorante. Luego, en un baño, me encontré con una hispanohablante que tuvo la amabilidad de regalarme un poco de pasta de dientes: me dijo que era ucraniana, pero que vivía en España. 

Poco antes de que mi vuelo rumbo a Tel Aviv saliera, conocí a un grupo de hondureños que iba a Israel a hacer alguna clase de estudio sociopolítico. Ninguno de los presentes hablaba inglés (me dijeron que tenían algunos integrantes del grupo que sí lo hablaban, pero que en ese momento no estaban con ellos), y tuve que ayudarle como intérprete al tipo de KLM para hacerles las clásicas preguntas de: "¿ha dejado usted su equipaje solo en algún momento? ¿alguien le ha dado un regalo para entregar a alguien más?", que hacen tratando de averiguar si eres terrorista y pretendes estallar el avión a medio vuelo. Ahí, esperando, recuerdo que una imagen en particular me abofeteó de repente, como un: "Israel de verdad está a unas horas de distancia": Un judío ortodoxo que miraba por la ventana de aquella sala de abordaje.

Llegué a Israel el 4 de septiembre de 2012. Lo primero que me viene a la memoria cuando pienso en los primeros momentos luego de que bajé del avión, es el clima. Hacía tanto calor, y el ambiente era tan húmedo que, de pronto, se sentía como estar en medio de un sauna gigantesco. Recuerdo que esperé un buen rato en la aduana, en donde gente con pinta de soldados, iba y venía sin decirme cual sería el destino de mi inocente pasaporte, el cual me habían pedido hacía ya un rato. Finalmente me lo devolvieron con mi visa de estudiante sellada, y un sello extra en una página contigua. Fui a cambiar algo de dinero a la moneda local. (1)

Cuando salí del aeropuerto, una oleada de calor me golpeó en la cara (aunque eran alrededor de las 4:00 a.m.). Tomé un taxi que me llevó al lugar que, supuestamente, sería mi hogar por, al menos, los siguientes ocho meses. Y esa fue la primera vez que entré a la "ciudad" (2) ortodoxa de Bnei Brak.


(1) Y en la casa de cambio olvidé mi pasaporte, primer infarto que, debo decir, me quitó algunas horas de gozo de aquella experiencia inicial, ya que más tarde tuve que volver al aeropuerto con la esperanza de encontrarlo, ¡y lo encontré! Ya lo tenían en la zona de objetos perdidos. El alivio fue monumental, debo decir.

(2) "ciudad", con las comillas, porque me causa gracia que un lugar tan chiquito sea considerado ciudad, tomando en cuenta las dimensiones de lo que nosotros en México llamamos ciudades. Para nosotros sería más bien una colonia. Sin embargo, en cualquier otro sentido, que no sea el tamaño, pues sí, es una ciudad. 

5 comentarios:

  1. Me siento altamente identificada con esta entrada :)

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  2. Yo también perdí el pasaporte, afortunadamente en el AICM, ya de regreso, jaja. ¡También lo encontré en objetos perdidos!

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  3. Me dio penita leer lo de la despedida

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  4. Me dio penita leer lo de la despedida

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  5. Me dio penita leer lo de la despedida

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