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jueves, 7 de marzo de 2013

Seis meses y tres días

Hace unos días (el 4 de marzo) cumplí seis meses viviendo en Israel. Varios cambios se aproximan. Pero, ¿qué ha pasado hasta ahora?


Una de las cosas que más me cuesta, desde que llegué, es fundirme en la continuidad cotidiana de la ciudad cuando ando por las calles. Es rarísimo cuando alguien me pregunta algo, y tengo que responder con un: "I'm sorry, I don't speak hebrew". A veces repiten la pregunta en inglés, o hacen un gesto de "bueno, ni modo", y siguen su camino; algunos ni eso: sólo buscan alguien más a quien preguntar. Sin embargo he aprendido a reconocer cuando me piden la hora, a lo que respondo mostrando el celular. También sé pedir mi boleto de ida y vuelta cuando me subo al autobús. Voy de gane.

El hebreo lo voy agarrando de donde puedo. De la casa en donde vivo, de la radio, de las conversaciones ajenas en los buses, de la televisión, y de Rosetta Stone, un programa con el que estudio cada vez que tengo un tiempo. No me presiono demasiado al respecto: sé que con el uso, más temprano que tarde, llegará el idioma, o yo llegaré a él.


Un atardecer en la playa de Tel Aviv, en noviembre de 2012

El tiempo ha volado. Apenas y siento que llevo medio año aquí. Todo lo que dejé atrás (y todos a los que) aún me parece tan cercano, casi como si pudiera tocarlo. Y el primer día, las primeras expectativas, las primeras decepciones, y las primeras lecciones, se quedan atrás, muy atrás. Por una variedad extensa de razones, probablemente pronto voy a dejar Bnei Brak. Entre las más importantes está que he empezado el proceso de solicitud para la Universidad Hebrea de Jerusalén y que, sencillamente, no me gusta vivir aquí, en términos generales. Me gustó, pero fue dejando de gustarme paulatinamente. Tal vez el trabajo del hogar, y el cuidado de niños me sea menos engorroso cuando se trate de mi hogar, y de mis hijos, pero por ahora sólo quiero libros por hijos, y salones de clases por hogar. Lo extraño y lo necesito. Además, el blanco y negro de esta zona, no se compara ni remotamente al luminoso tumulto que es Tel Aviv y el azul radiante de sus playas, o a la tonalidad dorada de todo-cuanto-te-rodea en Jerusalén. Respeto a los que llevan esta monocromática vida religiosa, pero creo que si no viviera en las orillas en las que Bnei Brak comienza a dejar de serlo, para unirse con la parte pecaminosa de la sociedad, ya hubiera tenido alguna crisis nerviosa. Supongo que, al final, esta es la mejor solución para que el mundo judío ortodoxo y yo sigamos siendo compañeros respetuosos, y nos libremos de resentimientos innecesarios (el uno con el otro, creo yo).

El Calatrava de Jerusalén
El Curso de enseñanza del Español como Lengua Extranjera, que me estoy tomando en Tel Aviv termina en mayo, y me entusiasma sobremanera la idea de, también, dedicarme a enseñar español, aquí, en Israel. Parece que pronto voy a mudarme a Jerusalén. Que voy a empezar vida allá, casi desde cero. De nuevo adaptarme a un entorno diferente. De nuevo... Pero esta vez en Jerusalén, en donde siempre estuvieron mis fantasías, cuando me imaginaba cómo sería la vida en Israel, sentada en algún salón de clases en Ciudad Universitaria, México, D. F.

3 comentarios:

  1. :) Ducel ! lo cuentas y siento que estoy ahi sentado a tu lado ... Estoy seguro que pronto estaras en la ciudad que me ha dado los mejores 4 años de mi vida... Tal vez vivas en el mismo edificio de estudiantes . Jerusalem es simplemente una aventura para la vida :D ... abrazo :D

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  3. y una parte de mi vida: 24 años, se encuentran ahora en Israel...
    Te amo hijita <3

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