La gente a menudo todavía me pregunta con cierta sorpresa: "¿Y por qué viniste a Israel? ¿Hiciste Aliyá?" Su desconcierto suele ser similar cada vez que les digo "No, no soy judía. Vine porque tenía interés en el país", pero, tal vez, una respuesta más cercana a mi realidad sería "Vine porque quise". Así nada más (Ya en otra entrada he hablado de la cadena de casualidades (y causalidades) que me condujeron a donde estoy ahora, sin tener, en términos comunes, una conexión histórica o familiar con la tierra de Israel); pero esta respuesta podría resultarle agresiva a algunas personas. Mejor la evito.
Algunas veces, entre broma y broma, me han dicho que estoy loca por haber venido sin razón aparente. Recuerdo que cuando trabajaba con los Chasen, la familia judía ortodoxa de Bnei Brak, con cinco hijos (y poca vergüenza en cuestión de salarios), la señora ucraniana que a veces iba a ayudar con las labores del hogar en los primeros días de mi estadía, me miró con extrañeza cuando le expliqué que la razón de estar ahí, como full time maid (o au pair, como a muchos les gusta llamarlo para que suene exótico) no era porque en México viviera en extrema pobreza y haya tenido que migrar para darle una mejor vida a mi familia. Nadia, como se llamaba ella, no hablaba más que ruso y hebreo, pero traía algunas pizcas de español de alguna vez que trabajó en España. Le conté, pues, con las palabras más simples que pude, que yo había venido nada más porque me gustaba Israel, y quería probar la vida aquí. Hizo algún gesto de desapruebo con la mirada, y me dijo cosas como "Israel... difícil... Yo un año y Ucraína". Ella llevaba ya seis años trabajando en Israel, y entendí muy bien su sorpresa: ella sí lo hacía por necesidad.
Ahora estoy en una situación curiosa. Estoy a punto de obtener el estatus migratorio de residente no-permanente, que con suerte, en un par de años, puede convertirse en residente-permanente, y si persisto (y claro, si quiero seguir viviendo aquí), posteriormente en ciudadanía. Voy a tener el permiso para trabajar en lo que yo quiera, sin límite legal alguno. En ese sentido, probablemente lo único que podría limitarme en algún punto es el idioma, y es por eso que estudio hebreo intensivo. ¿Qué más?
| La esperanza |
Ahora estoy en una situación curiosa. Estoy a punto de obtener el estatus migratorio de residente no-permanente, que con suerte, en un par de años, puede convertirse en residente-permanente, y si persisto (y claro, si quiero seguir viviendo aquí), posteriormente en ciudadanía. Voy a tener el permiso para trabajar en lo que yo quiera, sin límite legal alguno. En ese sentido, probablemente lo único que podría limitarme en algún punto es el idioma, y es por eso que estudio hebreo intensivo. ¿Qué más?
Me aceptaron en la Universidad Hebrea de Jerusalén, y espero ansiosa la respuesta de todas las becas a las que apliqué. Con Universidad, busco trabajo de medio tiempo, o limpio casas, o doy clases de español (lo que salga primero, y si salen las tres, las tres). Sin beca, no hay Universidad, y sin Universidad, sólo queda trabajo de tiempo completo, y re-formación de proyectos. Quiero ir a México pronto, y para eso me llevo, más o menos, la mitad de todos mis ahorros. Mi sentido común me dice que lo más prudente es esperar a una época de mayor estabilidad, pero por otra parte sé que mientras mayor sea la estabilidad, probablemente más largos sean los periodos en los que un viaje sea poco factible.
¿Qué hacer?
Espero (de esperar y de esperanza). Trato de ver las ironías de mi vida actual desde la perspectiva de quien era yo en el pasado, que lo daba todo por tener la posibilidad de venir, sin poner mucha atención a los rasguños del camino.
Todos los sacrificios valen la pena, cuando han sido por las razones correctas.
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