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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Recuento atrasado de noviembre

Hace relativamente poco retomé el vicio malsano de preguntarme qué estoy haciendo con mi vida. Me percarto, sin embargo, pese a todos los esfuerzos de mi enorme ego, que no es raro que personas en sus veintitantos se conflictúen con esta clase de ideas. Mi caso es común. Y aunque el período de tratar-de-vivir-sólo-el-presente me ha durado más de lo que esperaba, la cercanía del cumpleaños número 27 me ha hecho mirar un poco hacia atrás, y luego un poco hacia adelante.

El 9 de agosto de 2010, sentada en "las Islas" de la Facultad de Filosofía y de Letras, en Ciudad Universitaria, tomé la decisión de irme a Israel. Eso, o la decisión me tomó a mí, por sorpresa, casi como si me hubiera estado acechando desde hacía tiempo. Estaba con varios de mis compañeros, hablando de cosas que ya no recuerdo nada, y de pronto me dije a mí misma: "me voy a Israel". Poco más de dos años después de eso ya estaba acá, todavía un poco desorientada por la rapidez del proceso. Llegué como aupair-estudiante; después de seis meses me transformé  en una regordeta migrante que comenzó a estudiar hebreo además del curso para enseñar español que originalmente vino a estudiar. Ahora tengo mi propia empresa de limpieza de la cual soy la dueña y la única trabajadora; doy clases de español a un chico francés de 14 años, y de cuando en cuando funjo también como niñera. Me pagué mi último viaje a México, y he logrado mantener ingresos que para la media salarial en Israel, no están nada mal (y más para alguien que no tiene turnos agobiantes en un trabajo de sueldo mínimo). Mi vida en Israel, como expatriada, es bastante interesante. Sin embargo

...hace poco me deprimí. Mi TOC explotó, ideas oscuras empezaron a rondarme la cabeza, y me di cuenta de que, pese a todo, sigo siendo vulnerable. Que todo el teatro de sentirme como la Mujer Maravilla no es sostenible a largo plazo, y de que... está bien sentirse como el culo de vez en cuando. Es imposible mantener una vida digna de Instagram sin perder la cabeza. Todo ese romanticismo que ronda la idea de viajar, o de ser expatriado en un lugar "exótico" de pronto se vuelve tan frágil que se quiebra a la primera crisis mayor. Y esta no es la primera crisis mayor que tengo acá. No es ningún secreto que ya viviendo en Jerusalén busqué ayuda psicológica y psiquiátrica, y que regresé a la siempre fiel fluoxetina, con quien ya había tenido encuentros en otras etapas de mi vida en México. Hace un par de meses decidí bajarme la dosis, porque "al cabo ya estoy mejor". Luego la dejé por completo. Ajá... Heme aquí de regreso a sus brazos, y sin planes de alejarme de ella hasta que reciba el consejo de un profesional sobre qué es lo mejor para mí. Y voy a hacer énfasis en lo que ya dije más arriba: Está bien no estar bien. La vida no es como en las fotos de Facebook, e Instagram, en donde lo que vemos como realidad es la toma número 4429342 en donde por fin logramos que se reflejara la luz de la manera correcta, o en donde finalmente encontramos una pose que nos haga ver heróicos, radiantes y felices. La vida es, más bien, como las fotos de rollo, en donde uno nunca sabía cuál iba a ser el resultado, y precisamente en la sorpresa había algo de excitante.

Sí, viajar, o mudarse ya sea temporal o permanentemente es, en efecto, una gran manera de conocer el mundo y (retomando un "cliché de viajeros") de encontrarse a uno mismo. Pero cuidado, porque no todo lo que se encuentra es maravilloso. A veces también pasa que uno se empapa de odios y miserias ajenas, y se descubre deseando regresar al punto de origen en donde las esperanzas previas al viaje eran mucho más prometedoras. A veces uno se siente más idiota, más vacío. Y eso, también está bien. Porque la idea de que siempre tenemos que regresar de un viaje (especialmente si es a lugares como Medio Oriente, o la India, o países del sur de Asia) como seres más sabios e iluminados es basura. De vez en cuando el aprendizaje también llega por las malas.

Acá en Israel la situación se ha tensado mucho con la ola de ataques que desde hace varias semanas se han vuelto el pan nuestro de cada día; a muchos les ha dado por llamarlo "La intifada de los cuchillos". El asesinato de Eitam y Naama Henkin enfrente de sus hijos, por militantes de Hamás fue el inicio de una ola de violencia que no ha parado hasta ahora. Luego, por ejemplo, en dos ataques separados, uno en Tel Aviv, y uno en el área de Gush Etzion fueron asesinadas cinco personas. Todo esto, por supuesto, a la sombra de los ataques de París, que pusieron al mundo en shock. Pero con el paso de los días y el número en aumento de ataques, aquí y allá, cada vez oímos más cifras y menos nombres. La vida, sin embargo, sigue.


martes, 13 de octubre de 2015

La importancia de las crónicas no solicitadas

La moneda

Tengo una moneda romana del periodo de los emperadores ilirios. Tardé bastante tiempo en entenderla, y ahora, parece conectarse con todo lo que está sucediendo en mi vida de una manera más directa que cualquier otro objeto que ahora posea.
La conseguí hace poco más de un año en una tienda de antigüedades de la ciudad vieja de Jerusalén, cuando entré a curiosear con un amigo mexicano que recién acababa de llegar a la ciudad para hacer su maestría. La moneda fue un regalo suyo de agradecimiento por la ayuda brindada en los preparativos de su viaje. Pues vamos, que el vendedor me dijo que era el periodo del emperador Juliano, que gobernó del 361 al 363, año de su muerte. Me dio certificado de autenticidad y todo. Aunque los certificados que le dan a uno en la ciudad vieja son escritos con bolígrafo en cartones pre-hechos con el logo de la tienda. La moneda no costó gran cosa, así que no sería una tragedia tan terrible si resultara ser falsa. Aún así, busqué en varias páginas de numismática antigua y caí en cuenta de que mi moneda no se parecía en nada a las Juliano. Ni el anverso ni el reverso, ni las inscripciones, ni el emperador mismo. ¿Sería falsa, como me lo había sospechado? ¿O el vendedor se habría equivocado de emperador? Luego de un tiempo de investigar, decidí dejarlo por la paz. No era tan importante como para quitarme el sueño. Y ahí estuvo la moneda, en su pequeña cajita, como un adorno de escritorio más, hasta hace unos días.

Decidí darle otra oportunidad a la curiosidad, y comencé a investigar de nuevo. Me guié por las inscripciones que, por suerte, no están tan borrosas como para no darse una idea de lo que dicen.
En el anverso, alrededor del perfil del emperador se lee: IMP C AVRELIA y más difuminado, pero casi obvio: NVS. Luego otras letras que ya están muy borrosas. En el reverso tenemos RESTITVT OR . BIS, alrededor de dos figuras: una recargada en un bastón, con una mano extendida en señal de dádiva (¿o recibimiento?); y la otra levantando lo que parece ser una corona de olivos; bajo sus manos hay algo que asemeja una estrella o un sol. En la parte baja de la moneda (en numismática denominada exergue) hay dos símbolos parecidos una K y lo que inicialmente me pareció una X, pero resulta ser una A, según lo que corroboré en este sitio: http://www.beastcoins.com/RomanImperial/V-I/Aurelian/Aurelian.htm




El RESTITVTOR es el texto más claro de la moneda junto con el IMP C, pero AVRELIANVS es algo complicado, ya que la A y la V iniciales se parecen por su forma cuadrada. La parte más clara es el LIAN, lo que creo que pudo haber provocado la honesta confusión del vendedor cuando me dijo que se trataba de JuLIANus. Sin embargo, lo más interesante de este descubrimiento viene a continuación:


La reina guerrera

El emperador Aureliano, de cuyo periodo es la moneda que tengo, gobernó del año 270 al 275, considerado reunificador (RESTITVTOR ORBIS) al reconquistar el imperio galo, territorio independiente conformado por los territorios de la Galia y la Hispania,  y el imperio de Palmira, cuyos territorios incluían las provincias romanas de Aegyptus, Syria Palaestina y Arabia Petraea.

Así pues, Palmira, sublevada del imperio romano en el año 268, estaba gobernada por la reina árabe Zainib, mejor conocida como Zenobia (240/45?-273/75?), viuda del anterior regente de la ciudad, Septimio Odenato, y madre del joven heredero. Gran parte de la fama de esta figura se debe a que, según se cuenta, dirigía personalmente a su ejército, como toda una reina guerrera. Gobernó hasta el 272, año en que fue derrotada por las fuerzas de Aureliano. Algunos dicen que fue asesinada en batalla cuando trataba de huir con su hijo, luego de que la ciudad fuera sitiada; otros aseguran que fue enviada a Roma y exhibida como cautiva en un desfile de victoria, siendo su destino final incierto. La versión más optimista, sin embargo, cuenta que Aureliano, impresionado por el valor de la joven reina, le perdonó la vida, la casó con un senador romano y le otorgó una villa en donde vivió hasta el final de sus días.

Actualmente estoy leyendo Las damas de Oriente, de la periodista española Cristina Morató. El libro está conformado por las biografías de mujeres europeas que viajaron por los países árabes en los siglos XVIII, XIX y primera mitad del XX. Figuras tan destacadas como Lady Hester Stanhope (1776-1839), Jane Digby (1807-1881) y Gertrude Bell (1868-1926), cuya vida, por cierto, acaba de ser hollywoodizada en la película Queen of the Desert. Es interesante que más de una de ellas expresa en algún momento, ya sea en memorias o cartas, su profunda admiración por la figura histórica de Zenobia, aquella mujer que, aunque brevemente, gobernó un territorio muy extenso y tuvo a su mando un ejército.

Cristina Morató tiene otro libro, Cautiva en Arabia, que es la biografía de Marga D'Andurain, una viajera francesa bastante excéntrica de principios del siglo XX, de cuya vida se sabía realmente poco antes de que este trabajo viera la luz. Marga sentía también una pronunciada devoción por la reina guerrera, tomándola prácticamente como su figura a seguir. En 1927 fundó un hotel en Palmira, al que daría el nombre de Hotel Zenobia. Cabe destacar también que cuando decidió que quería ser la primera mujer occidental en pisar la Meca, se convirtió al islam (por meros fines prácticos) y tomó el nombre de Zeinab. No logró entrar a la Meca, pero vivió una buena cantidad de aventuras a partir de su intento fallido.


La destrucción de la memoria

En agosto y octubre de este año la mítica Palmira, que fue paso obligado de la mayoría de estas aventureras, fue mutilada irreversiblemente por los hijos de puta del Estado Islámico. El templo de Baalshamin y el Arco del Triunfo fueron destruidos, y así también una parte de la civilización. Sólo quedan las narraciones de viejas batallas, reinas guerreras, emperadores reunificadores y otras mujeres que no supieron quedarse quietas. Y la esperanza de que la destrucción de las obras que nos dignifican como especie no se convierta en lengua franca aquí en el Medio Oriente.


viernes, 4 de septiembre de 2015

¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno!

El 2 de septiembre de 2012 le dije adiós a México, sin saber exactamente qué me esperaba del otro lado del mundo, y sin estar completamente segura de que lo que estaba haciendo era lo correcto, o lo mejor para mí y mis seres queridos. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México fue testigo de los últimos momentos de una vida, que a partir de que abordé el avión se transformó en otra. Fue el punto sin retorno al que muchas veces he vuelto a asomarme en la memoria para entender por qué tomé las decisiones que tomé, y si hubiera sido mejor tomarlas de manera diferente. Quiero decir: no me arrepiento del destino final de mi aventura; ni siquiera me arrepiento de los pequeños procesos que la iniciaron. Vamos, que honestamente no me arrepiento de nada. Tal vez arrepentimiento no es el término que estoy buscando. ¿Sería más adecuado hablar de qué pequeños cambios le haría al guión de mi historia para que fuera más funcional, con menos dramas en el camino, menos tropiezos innecesarios y sin corazones rotos? 

Pero Israel ha sido, sin lugar a dudas, el capítulo más feliz de mi historia. Y si todas las metidas de pata que tuvieron lugar fueron, de hecho, necesarias para que yo terminara de aquí, creo que todo ha valido la pena. 

Es un país complicado de una manera diferente a México; con sus propios códigos, maneras, rutinas, sabores y tendencias. Hay gente buena y mala; hay lugares hermosísimos, y otros para llorar. Todo esto como en cualquier otro lado, pero al ser un país tan pequeño, parece que todo se magnifica en porcentajes: el amor, y el odio; lo bello y lo desdeñable.

En la madrugada del 4 de septiembre de 2012 (hora Israel) llegué a mi destino... literalmente. "El primer día del resto de mi vida", frase trillada que le va más que perfecto a lo que sentí cuando, justo antes de aterrizar, vi una Tel Aviv de joyas de luz titilando en la oscuridad. Lo demás es historia: una llena de mucho amor, de muchas lágrimas, de mucho aprendizaje, de todas las personas maravillosas a las que he conocido de este lado, y de las que, pese a la distancia, siguen estando conmigo cada día. Y aún quedan tantas, pero tantas páginas en blanco.

¡Feliz cumpleaños, punto-sin-retorno! ¡Gracias por la bofetada de realidad que me ha sentado tan bien hasta la fecha!

sábado, 1 de agosto de 2015

Jerusalem faces

Esta vez se me hizo tarde para publicar la entrada de julio, con todo y que en varias ocasiones abrí y modifiqué un borrador. Supongo que, en realidad, a nadie le afecta del todo, porque tengo relativamente pocos lectores, y esto es algo que hago por gusto, no por obligación... aunque honestamente me siento comprometida a hacerlo, porque es compromiso lo que precisamente le ha faltado a mi vida. Fue justo cuando me comprometí a cuidar más mi cuerpo, que empecé a ver resultados de verdad. Y supongo que será hasta que me comprometa a escribir "de verdad" cuando empiece a... ¿a qué? No lo sé. Desde un principio la finalidad de este blog no fue la calidad literaria, sino el compartir un poco de todo lo que vivo y veo, aunque fuera de manera muy sintética. Y de cierto modo lo he hecho. Prueba de ello es que, la entrada más útil que este espacio ha producido jamás (Sobre la visa B1 en Israel), atrae tráfico constante y me ha llevado a conocer a un montón de personas interesantes que están en situaciones similares a la mía: ya sea porque quieren venir a vivir al país, por interés cultural o religioso, o porque tienen pareja israelí.

Como sea... tengo algunas anécdotas que me gustaría compartir antes de que se me pierdan para siempre. Cada mes aquí es particular, y aunque parezca que vivo sumergida en una rutina muy plana, nunca es así en realidad. Los detalles del mundo que me rodea de pronto resaltan como remarcados en pintura fosforescente. Y gracias a una buena inversión en equipo móvil, siempre tengo a la mano la útil camarita de mi teléfono celular, que me deja tomar fotos a una velocidad que mis otras cámaras envidiarían. Empecé a tomarle fotos a la gente en la calle, sin motivo particular, sólo porque me gusta verlos e imaginar sus historias. No les pido permiso, porque me temo que aunque me lo dieran, el saber que van a ser fotografiados iba a arruinar el  resultado final. Todos tienen historias que contar en este crisol de gentes, religiones y culturas que se llama Jerusalén.


19.07.2015

Iba rumbo al gimnasio, después de limpiar una casa en la calle General Pierre Koenig. Un señor ya grande iba sentado frente a mí, y de inmediato me hizo un comentario que no entendí. Verán: uso una estrella de David al cuello, no por motivos religiosos, sino como una especie de símbolo del apego emocional que tengo con esta tierra. No sé si me preguntó si era judía, o algo relacionado con el ejército, pero hablaba muy bajito, y honestamente no me atreví a decirle que no le entendía. Siguió hablando, contándome historias, como si yo fuera alguien a quien conociera desde hace mucho. Después empezó a conversar con el hombre que iba sentado al lado suyo, pero no mucho después, decidió que quería seguir conversando conmigo. Me preguntó que sabía dónde estaba ______ (cierto lugar), le dije que no, y lanzó una exclamación como de "¡¿Cómo?! ¿Pues qué no les enseñan geografía en las escuelas?!". Le dije que no soy israelí, y me preguntó que de dónde era. Le dije que de México, y tuve repetirlo varias veces porque no parecía entenderme. Al final lo logró, y me dijo: -Entonces hablas español. Yo también hablo español... bueno, no, ladino." Le dije un par de cosas en español, y no me entendió. Volvió a hablarme en hebreo. Me contó que fue soldado, mencionó algo de los nazis, y de cómo llegó a Israel. Mi parada estaba cada vez más cerca. Le pregunté su nombre. Me dijo que se llama Abraham. Le dije que ya me iba a bajar, pero que había sido un gusto platicar con él. Me levanté, y la última vez que lo vi, su mirada ya se había desviado de mí, como si yo nunca hubiera estado ahí. Mientras hablábamos le tomé varias fotografías. Ojalá lo hubiera conocido en otro lugar, en donde de verdad hubiera podido sentarme con tranquilidad, pedirle que me hablara despacio para entenderle bien, y entonces escuchar, y escuchar, nada más.

He tomado después de eso otras fotos, que no llevaron conversación incluida, pero que me dejaron muy contenta. Las caras de Jerusalén que, como este señor, también me cuentan historias aunque no me hablen.

Una foto publicada por Ducel Ariane (@ducelariane) el

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martes, 30 de junio de 2015

Lugares sin retorno

Es increíble la cantidad de cosas que se descubren anotando las victorias cotidianas durante un mes completo. Aún me faltan un par de días para llegar a esa meta; sin embargo me he encontrado con muchas novedades al mirarme al espejo y reconocerme de una manera diferente. Me he percatado de que soy buena para organizar mi entorno; para proponerme pequeños retos y lograr que no se tornen aburridos; para experimentar y disfrutar incluso de los resultados más inesperados.

Por ahí dicen que somos lo que comemos. Y desde que como mejor todo me ha cambiado: desde el ánimo hasta la piel. Me siento como si fuera alguien más, alguien que me cae mejor. Y yo diría que la la metáfora, la de la comida, no se queda ahí. También somos aquello de los que nos alimentamos en lo cotidiano. Es complicado no empaparse un poco del medio, de la gente, de sus modos, sus costumbres, y hasta sus ademanes; de sus ideologías, problemáticas e intereses.

Por ejemplo, el otro día estaba esperando el bus y un tipo, gordo y feo, se me quedaba viendo insistentemente. De esas miradas que sigues sintiendo encima aún cuando tratas de ver para otro lado. Cuando me harté, elevé la voz y le dije:

!?מה
!?למה אתה מסתכל עליי
???יש בעיה

Ante semejante sonoro enfrentamiento desvió la mirada y negó con la cabeza, diciendo por lo bajo "no... no". No volvió a mirarme. Puto.
Pero bueno, semejante carácter ya lo traía desde México, nada más que ahora he logrado traducirlo al hebreo y reaccionar no con violencia a la mexicana, sino más a la israelí, aunque de israelí yo no tenga nada.

A casi tres años de haber llegado a Israel, me siento muy bien aquí. Todavía tengo ataques de nostalgia, pero vamos... ¿quién no los tendrá? Vale más mencionar que aspectos agradables de mi persona que ni siquiera conocía salieron a flote y me he re-conocido capaz de comprometerme con las cosas que me hacen feliz. Me parece que se me haría más complicado regresar al lugar en el que estaba antes. No hablo de México. Hablo de la inconformidad constante. Aún no sé bien para donde voy, para ser honesta. Pero llegué al punto sin retorno; si diera media vuelta ahora mismo creo que me moriría de sed.

Ya ha pasado un año desde que empecé a correr. Y ahora de verdad corro. Hace unos días hice 10 kilómetros continuos por primera vez. He perdido el gusto por el alcohol, por la comida que llena pero no alimenta, y hasta por la ropa que no tiene una función. Sí, ahora le doy prioridad a la ropa deportiva, que me sirve para correr/caminar/ejercitarme en el gimnasio y seguir cómoda y de paso verme bien. Y lo más importante de todo: poco a poco voy dejando el pasado, pues... pasar. 


domingo, 31 de mayo de 2015

Run End (O cuatro mini entradas de mayo sobre ir viviendo una vida expatriada más saludable)

25.05.2015

Cada que hago caminadora, aprendo algo más sobre la naturaleza
al mirar NatGeo Wild, y de paso practico el hebreo con los subtítulos ;-)
Hace más o menos un año empecé a vivir un estilo de vida algo más activo. Gracias a una aplicación que se me hizo interesante, llamada Zombies, Run! comencé a correr (o, al menos al principio, a medio-caminar-medio-trotar-medio-jadear), y poco a poco fui mejorando mi condición física. Al principio no era tan constante, pero empecé a disfrutarlo, y entonces incorporé más y más sesiones a mi rutina. Aunque nunca he sido gorda, siempre tuve esos rollitos incómodos que se saltan con los jeans apretados, o que hacen que la ropa ajustada no se vea... bueno, tan bien como en los maniquíes. Después de agarrarle el gusto a salir a correr, me di cuenta de que los números en la báscula no cambiaban. Obviamente fue hasta que descubrí que para perder peso (o mejor dicho, volumen) también hace falta hacer cambios en la manera en la que se come. 

No recuerdo cuando exactamente, pero en la tienda de aplicaciones de Android descubrí una maravilla llamada Noom Coach. Esta app sirve para contar calorías, pasos (podómetro) y para, por medio de la lectura diaria de mini-artículos, ir aprendiendo más y más sobre nutrición. Tuve la versión gratuita durante algún tiempo. Inicialmente perdí algo de peso, pero volví a ganarlo con creces en los dos meses que pasé en México. Sí... la comida mexicana no tiene comparación, y eso fue obvio en mi manera de comer. Sin embargo, cuando volví a Israel, y estando ya bastante cerca de mi cumpleaños 26, decidí que debía comprometerme un poco más. Pagué la versión pro de la app, que desbloquea todos los artículos, y registros, además de dar acceso a grupos de soporte entre personas que están buscando mejorar su físico, y la posibilidad de contactar asesores directamente si se tienen dudas sobre el programa que uno debe seguir. También me uní a un gimnasio local aquí en Jerusalén, llamado City Gym. Es la primera vez en mi vida que voy a uno, y al principio me sentía un tanto torpe e insegura, y después de tener dudas sobre si continuar o no, luego de mis primeros dos meses, logré decidirme, cosa que para alguien que ha sufrido de derrotismo agudo gran parte de su vida, fue una victoria inenarrable. Poco a poco, de los 65 kilos que pesaba, los números se fueron derritiendo, y ahora mismo que escribo estoy en 54.

Vamos, que no tengo intenciones de sonar a libro de superación personal, pero me atrevo a contar brevemente esta historia, porque en una mezcla inexplicable de amor por la vida y temor a la muerte, encontré un punto intermedio al que asirme. Tengo TOC. Creo que esta es la primera vez que lo menciono en este blog, y durante toda mi vida he tenido obsesiones enfermizas y a veces hasta aterradoras que no me han dejado ser feliz del todo. Ya estando acá, y después de aprender cómo lidiar con todas esas sensaciones, todavía tuve episodios devastadores. Durante un año fui a ver a una psicóloga que me ayudó mucho, y volví a la fluoxetina en una dosis mayor a la que tomaba en México. Esa dosis, felizmente, se va reduciendo al fin. Bueno... una vez le describí mi TOC a la psicóloga como si se tratara de un ser que a veces tiene forma de monstruo, horrendo, informe, que me chupa la vida, y todo rastro de felicidad, y a veces tiene forma de gatito regalón, de esos que difícilmente no lo hacen sonreír a uno. Un monstruo del que nunca me voy a librar, pero con el que he aprendido, finalmente, a convivir. Y cuando logramos convivir, es precisamente cuando se transforma en ese gatito; uno que ronrronea en mi regazo; en una fuerza que me alienta. Puedo obsesionarme con ideas felices, y con cambios que valen la pena.

Supongo que absorbemos un poco del lugar en el que echamos raíces, y siento que la mayor parte de las cosas que yo he tomado de esta tierra me han ayudado a mejorar.



29. 05.2015

Después de varios días de calor agobiante hoy hace un lindo tiempo otra vez. Ahora mismo 20 grados. En momentos como este me alegro de no vivir en Tel Aviv, o en cualquiera de las zonas costeras, con su clima de sauna. Este ha sido un mes muy activo, y muy feliz. El ejercicio me ha ayudado a mejorar no sólo la salud física sino la espiritual. Me siento más contenta, más relajada, y no me cuesta tanto trabajo centrarme en el ahora, cosa que nunca antes pude hacer. Vamos, que no es que haya encontrado la iluminación ni nada de eso; sólo he aprendido a ser feliz con lo que tengo.

Creo que no he mencionado que dejé las clases de hebreo. Ya no sentía que estuviera progresando en la clase, y decidí que ahora la única forma de hacerlo es usar el idioma hasta que me salga natural. Fuera de eso, creo que estoy en el camino correcto.

Para reponer los días que no voy al gimnasio, trato de tomar caminatas largas por la ciudad. Tranquilas, sin prisas. Contemplativas. A veces fotográficas. Creo que hoy voy a hacerlo, aprovechando que no hace calor. Tengo ganas de tomar fotos.
Nunca jamás me cansaré de ella
30.05.2015

Ir a la ciudad vieja siempre me despeja la mente. Me queda como a 5 kilómetros de la casa, así que las caminatas de ida y vuelta son de, cuando menos, 10 kilómetros. Ojalá que todos los días fueran como hoy (y ayer): cálidos y frescos a la vez. Tengo intenciones de salir a caminar de nuevo. Sin prisas. Sin reflexiones profundas. Así se fue este mes. En una alegre tranquilidad. :-)


31.05.2015

Hoy en la mañana fui a ayudar a los Waxman con su casa. Ellos son un matrimonio inglés, ambos ya pasados de los 70 años. El señor tiene alguna clase de condición senil, o Alzheimer quizás, pero nunca le he preguntado a la esposa. Quiero decir, ella sabe que yo sé, y así, sabiendo, jamás ha salido el tema a colación en nuestras muchas pláticas. Usualmente tomo el bus a su casa, pero hoy decidí hacer algo de ejercicio extra, y me fui caminando. Son 3 kilómetros exactos. Cuando terminé de ayudarles, me fui al gimnasio, otra vez a pie. En el camino hice una parada al súper, y compré varias cosas, incluyendo crema de cacahuate. Leí, en alguna de mis muchas inmersiones en Google, que la crema de cacahuate es muy buena como parte de una botana saludable después de trabajar los músculos. Me pasó, pues, ahí en el súper, que no me alcanzó para todo lo que había agarrado, y tuve que pedirle a la cajera que cancelara algunas cosas. Así vivir la edad adulta en un país en donde, si se compara con México, todo es caro. Tuve mis dudas sobre si ir al gimnasio o no de lo pesada que quedó mi mochila al final de las compras, pero me dije a mí misma que los pretextos son para huevones y mediocres, y seguí caminando hasta que llegué a mi destino. Y el gimnasio, como siempre, me hizo sentir muy bien (no regrets). Al volver a casa (esta vez sí, en bus) lo primero que hice fue prepararme una rebanada de pan integral con una cucharada de la crema de cacahuate, y un plátano cortado en rodajas encima. Me supo a gloria. ¡Tenía años que nada me sabía tan rico!

Este mes fue simple. Hoy decidí que, en mi diario personal, voy a anotar las pequeñas victorias de cada día, aunque parezcan poco. Las de hoy, por ejemplo: Caminar extra, y disfrutar extra algo tan simple como un pedazo de pan embarrado de crema de cacahuate y plátano. Son casi las 5:00 p.m.

El cardio de hoy

jueves, 30 de abril de 2015

And in God rely the believers

Hebrón. Al fondo, la tumba de los Patriarcas, o Mezquita de Ibrahim
A principios de este mes fui a visitar la ciudad de Hebrón (pronunciada "Jebrón"). Después de mucho tiempo de escuchar cómo en dicho lugar se vive el conflicto árabe-israelí de una manera muy particular, pensé que sería bueno ir a verlo yo misma. Quiero decir, yo vivo en Jerusalén del este, en una parte en la que colindan barrios judíos y árabes. Cuando hay guerra, o cualquier clase de conflicto o enfrentamiento, se puede ver a los vecinos de un lado alzando banderas palestinas, y a los del otro alzando banderas israelís como para marcar bien claro qué lado es de quien, aunque no haya una frontera definida. Pero en Hebrón la cosa es diferente. A 30 kilómetros al sur de Jerusalén, esta ciudad está controlada en un 80% por la Autoridad Palestina, y en un 20% por Israel. Se considera la segunda ciudad más sagrada para el judaísmo, y algunos la incluyen también entre las más sagradas del Islam, por encontrarse ahí la Tumba de los Patriarcas (o como los musulmanes la conocen: La mezquita de Ibrahim). El nombre de Hebrón puede encontrarse ya en la Biblia, lo que nos da una idea de su antigüedad e importancia. Ha estado bajo dominio judío, griego, romano, árabe, y de todos los que alguna vez tuvieron poder en esta zona, pero su situación hoy en día es particular. Está llena de checkpoints, soldados por doquier, y de gente que se queja de una división tan marcada que es, tal vez, lo primero que se nota cuando uno llega. Pero no me parece que dicha división tenga que ver con el racismo de ninguna manera, sino más bien con eso que predomina en esta zona del mundo: una intensa desconfianza, miedo y demonización del otro.


Niña judía comiendo matzá en Hebrón
En el tour que me tomé tuvimos un guía judío, y del lado árabe, un guía palestino. El primero era un hombre entrado en los cuarentas, ortodoxo, con el rostro recién afeitado, porque según nos dijo, en Pésaj, festividad que recién pasó, es la única fecha del año en la que tienen permitido despejarse el rostro de la barba. Se llamaba Eliyahu. La introducción a la ciudad estuvo bajo su cargo. Cuando llegamos al límite del checkpoint hacia la parte árabe, nos recibió un chico de veintidós años, alto y delgado, de sonrisa tierna, de nombre Ábed (o Abdelrahman como nos dijo más tarde). Eliyahu fue, por mucho, más elocuente y objetivo. Nos dio puntos de vista bastante objetivos sobre el conflicto efervescente que se vive día a día en las calles de Hebrón desde hace décadas. Ábed, pese a demostrar una inteligencia perspicaz, se fue más por la narrativa de la víctima, que para su sorpresa, varios de los que íbamos en el grupo cuestionamos. Eliyahu nos lo había advertido, entre bromas mencionando la palabra victimización. Con Ábed fuimos a caminar por varias calles, algunas de aspecto abandonado y otras tan llenas de gente que me recordaron la ciudad de México. Entre dichas caminatas nuestro joven guía aprovechó para hacer hincapié en el hecho de que la calle Shuhada está totalmente vetada para los palestinos, y de que los judíos reciben mucho mejor trato en los checkpoints que ellos, "sólo por ser palestinos", sin tener culpa o relación alguna con el largo historial de matanzas y ataques terroristas que fundamentalistas musulmanes han llevado a cabo en la zona durante décadas. También nos llevó al mercado árabe, en donde me compré un kefiye negro que me gustó mucho. El vendedor de esa tienda aprovechó el rato que estuvimos viendo su mercancía para quejarse de los judíos que viven en los edificios arriba del mercado. Nos contó que a veces les lanzan cosas y señaló que por eso, arriba de nosotros, había una reja, pero que ni eso era suficiente cuando lo que les daba por lanzar eran líquidos. Después de eso fuimos a la casa de una familia palestina en donde, por 30 shekels, tuvimos una comida muy rica y café. No pudimos hablar mucho con la mujer que nos recibió y con sus hijas, porque apenas y sabían unas cuantas palabras en inglés, pero fue un rato agradable, y tranquilo. Nos dijo que tenía siete hijos. Noté que en la pared había tres fotografías de un hombre joven, distribuidas alrededor de un cuadro con escritura árabe. No pregunté de quién se trataba, pero intuí el contexto. Tomé una fotografía, y le he preguntado mi amigo Mh qué decía. Me dijo: "And in God rely the believers".

"And in God rely the believers"
Después, Ábed nos llevó a un punto en donde volvimos a encontrarnos con Eliyahu. Cabe mencionar que ambas veces que un guía nos llevó a encontrarnos con el otro, los dos se saludaron de manera muy cordial y hicieron hincapié en sus lazos de amistad, y en todos los amigos que cada uno tiene del otro lado, los amigos palestinos del judío, y los amigos judíos del palestino. Aún así, cada uno defendió su narrativa. Cuando el guía árabe se hubo marchado, Eliyahu continuó contándonos historias ligadas a cada rincón que íbamos recorriendo. En algunas nos dio datos que complementaban, contradecían, o incluso desbancaban otros que Ábed nos había dado. Pero lo que más me llamó la atención fue que Eliyahu fue el único de ambos guías en decirlo tal cual: "Los dos lados tienen su narrativa de victimización. Compiten en quién ha sufrido más pérdidas, quién ha sido más víctima del otro",  y también "De ambos lados hemos perdido bebés" cuando estábamos en un centro que se construyó en memoria de una bebé judía que murió en un ataque terrorista. También nos llevó a conocer al ex portavoz del Comité de la Comunidad Judía de Hebrón, David Wilder, quien nos explicó que la palabra settler (colono), como son llamados por activistas y medios de comunicación es errónea, y de cierto modo peyorativa. Ellos se consideran comunidades, simplemente. Comunidades que han estado ahí continuamente desde hace miles de años en mayor o menor cantidad, pero sin interrupción.

Calles de Hebrón



La Matanza de Hebrón de 1929 fue mencionada varias veces a lo largo del tour. Antes de ese año judíos y árabes vivían en una paz relativa en la ciudad. Familias judías y musulmanas compartían lazos de amistad, hasta que el gran Mufti de Jerusalén, Amin Al-Husayni convocó abiertamente a la matanza de judíos luego de varias tensiones que se habían suscitado entre los fieles de dichas religiones por esas fechas. Muchas familias judías fueron asesinadas brutalmente dentro de sus casas. Se dice que fue una carnicería. Aunque también hay que mencionar que no fueron absolutamente todos los árabes de Hebrón los que participaron en la matanza. También hubo familias musulmanas que escondieron y defendieron a sus amigos judíos durante los hechos, y plantaron cara a las turbas de asesinos.










David Wilder


Después de la plática con Wilder en su casa, fuimos una sinagoga sefardí que según se cuenta, fue fundada por judíos españoles huyendo del edicto de expulsión de 1492. Luego fuimos a la Tumba de los Patriarcas, a la que usualmente, y según acuerdos legales entre lados, en ciertos momentos del año pueden entrar judíos, o musulmanes, dependiendo de las fechas. Las áreas para cada fe están divididas. A mí me tocó ir a Hebrón, casualmente, en un día en el que todo el recinto estaba reservado exclusivamente para judíos. Y gracias a Eliyahu, aún sin ser judíos logramos colarnos. Ahí aprendimos detalles de la historia del lugar. Se supone que el edificio es de los más antiguos de la zona, en el sentido de que nunca ha sido derribado. De acuerdo a la época, y a los que dominaran, se le agregaron elementos, pero jamás fue enteramente destruido. Ahí, apenas unos años atrás, otra tragedia tuvo lugar: En 1994, Baruj Goldstein, un terrorista judío, asesinó brutalmente a 29 palestinos e hirió a muchos otros. Desde ese momento ese sitio, la tumba del padre de las religiones abrahámicas, es un punto que refleja tanto la separación, como la unión: judíos y musulmanes que rezan en el mismo recinto, pero que sienten que deben separarse por seguridad.

Antigua Torá sefardí que nos permitieron admirar un momento en la sinagoga sefardí

La tumba de los Patriarcas

Tumba de Sara
Nos fuimos de Hebrón como a las siete de la noche. Terminé exhausta pero contenta. Quién diría que un día iba a pisar lugares como ese, y a conocer personas como las que conocí en ese recorrido. Pensé que el sol de aquel día habría acabado por quemarme la piel, pero al otro día sólo amanecí un poquito más bronceada, y sintiendo las piernas pesadas como piedra. Tanto que recorrer y que mirar, y sólo dos piernas y dos ojos.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Veinticinco de marzo

25.03.2015


Ayer me salí a caminar como cuatro (¿o cinco?) veces por el vecindario. Fue un día que en otra época hubiera catalogado de improductivo, pero ahora veo que en realidad produjo muchas cosas, incluyendo entre ellas la inspiración para escribir esta entrada con anticipación al final del mes.
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Cumplí 26 años hace unos días, y eso me dio el último empujón que necesitaba para re-pensar los pasos que estoy dando, y hacia donde me llevan (y me llevarán) eventualmente. Llevo un estilo de vida más sano, y eso se refleja en los 58 kilos que ahora mismo peso (no había pesado eso en añísimos). Disfruto más de mi tiempo libre, en lugar de buscar pretextos para aburrirme. Cada vez que el gusanito de la apatía se me empieza a subir por el brazo, me recuerdo que estoy viviendo la aventura de mi vida aunque parezca que a veces va lenta. Ayer, hice varias caminadas, y en cada una de ellas pasaron cosas diferentes. En la primera me despejé. En la segunda me sentí más activa. En la tercera recorrí el vecindario de manera más extensiva, y encontré lugares en los que no había estado nunca, pese a estar tan cerca. 


Uno de estos fue una vista en específico que da hacia lo que parece ser un campo de olivos, y hacia las villas árabes vecinas. Qué extraño es darse cuenta de que se había estado viendo un paisaje sin mirarlo bien. Ayer miré y me di cuenta de que llevo dos años viviendo rodeada de belleza, de un valle que ahora en primavera se torna verde y brillante, cubierto aquí y allá, de manchas coloridas, de flores amarillas, rojas, violetas y azules. Tomé montones de fotos con mi celular, porque sentí el impulso de compartir todo eso con alguien en específico: mi madre. Me gustaría mucho traerla y que pudiera ver todo esto conmigo. En otro intervalo entre caminata y caminata me tomé una copa de vino en casa, y cuando salí a caminar de nuevo disfruté de una contemplación muy placentera de mi entorno. En otras palabras, no me quedé sentada sintiendo los efectos del vino, sino que dejé que los efectos del mundo me demostraran que los del vino no tienen chiste sin el roce cálido del viento de  mi Jerusalén.


Ayer, también logré disfrutar de algo que siempre me ha molestado: en sol en la piel. Creo que después de vivir aquí un par de años, he desarrollado una especie de resistencia a las quemaduras. Ya no me enrojezco tan rápido, y los brazos se me han tornado un poco más morenos. Le voy tomando cariño a los calores exasperantes del verano, y a los fríos calantes de invierno. Después de veintiséis años me gusta el sol, y caigo en cuenta de que el desierto, con sus extremos, es el clima en el que me siento más contenta, más viva.  Creo que he cambiado. Ya no soy, como dicen los gringos, tan picky. Ni tan pretenciosa, ni tan egoísta. Me he vaciado de porquería, y tal vez por eso he perdido peso. Peso en el espíritu, y puta grasa. De los dos. Nunca me había sentido tan ligera. 58 kilos de felicidad, de tranquilidad, de asombro renovado.

Dicen por ahí que no hay nada nuevo bajo el sol, pero yo creo que tampoco hay nada viejo en seguir gozando de lo antiguo, de lo escondido e incierto que resulta caminar por lugares a los que ya a nadie le interesa caminar. Y para mí también es nuevo esto de disfrutar el sol mismo. Qué interesante descubrir que en este, un país tan, tan pequeño, aún hay cosas de las que es posible apropiarse aunque sea nada más con unas cuantas miradas y unas cuantas palabras, sin que nadie más reclame derecho de propiedad.

sábado, 28 de febrero de 2015

Las letras nevadas de febrero

Cuadro sin firma que está en las instalaciones del Ulpán MILAH
Este jueves 19 de febrero la nieve volvió a Israel. Ya había nevado en el tiempo que estuve fuera del país, sin embargo ahora nevó con más fuerza, aunque solo por una noche. Esa noche bastó para pintar de blanco las calles, los techos y los horizontes, aunque sólo un par de días después, luego de mucha lluvia y algunos intervalos de sol, todo se desvaneció.

Parece como si el invierno se negara a irse del todo. Cuando recién volví, a finales de enero, hubo algunos días calurosos, como de verano, y después lluviosos, como de otoño. Me dan ganas de decirle al clima que no sabe lo que quiere. Pero honestamente me gusta más así, frío, lluvioso. Generalmente... Porque hay veces que sí incomoda. Por ejemplo ahora que voy al gimnasio, pues... no he podido ir, con eso de los horarios tan fijos del transporte público, y de que Jerusalén se vuelve un caos antes, durante y después de las nevadas, me la he pasado un par de días en la casa. No tengo botas a prueba de agua, así que decidí que cualquier intento por salir a caminar y hacer hombres de nieve sería fútil. Mejor me quedé recostada leyendo Juego de Tronos.

La semana antepasada empecé el nivel Gimmel de hebreo, que es como un avanzado-intermedio, creo yo. Entiendo todo lo que dice el profesor en la clase, pero aún me cuesta trabajo hablar con fluidez. Me pregunto qué se sentirá hablar este idioma sin pensarlo tanto, como ahora me pasa con el inglés. Aún me cuesta trabajo leer, y no puedo evitar sentir cierta envidia cuando veo a mi novio que, aunque no tuvo el hebreo como lengua materna, lo domina como nativo, y lo lee igual. Pero ahí la llevo... poco a poco, paso a paso. Tal vez si no procrastinara tanto, ya lo hablaría bien. El inglés es un arma de doble filo en estas tierras. Uno se acostumbra a que es suficiente para sobrevivir, y se olvida de que intentar hablar la lengua local es más relevante que llevar una vida fácil a corto plazo. 

El lugar en donde estudio hebreo, por cierto (y para dar datos más relevantes para los migrantes y posibles migrantes que lean mi blog) se llama MILAH, en hebreo מילה, que en realidad son siglas para מכון ירושלים לעברית (Majón Yerushaláyim LeIvrit): algo así como Instituto de hebreo Jerusalén. Recientemente movieron  las instalaciones a la calle Rabbi Akiva 14, que cruza la siempre bulliciosa Hillel. El ambiente es agradable, los maestros son buenos, y (como creo que ya lo he mencionado antes en algún otro post) usan el sistema comunicativo de enseñanza. La clase se da en la lengua que se enseña, y uno como estudiante tiene que esforzarse por hablar siempre en hebreo. Se usan libros, lo cual ayuda a llevar una mejor organización del aprendizaje, además de dar una refrescante sensación de progreso, que a mí en lo personal me gusta mucho.

La escuela me gusta también porque ahí se ve claramente el apartheid israelí que tanto claman los activistas de izquierda barata que se autodenominan "pro-palestinos". Y sí, estoy siendo irónica, porque, como en cualquier institución a la que uno se meta a estudiar (o a trabajar) en este país, judíos y no-judíos (sean musulmanes, cristianos o como yo, extranjeros que no encajan en ninguna de las denominaciones ya mencionadas) están juntos, en los mismos salones, sin divisiones, ni clasificaciones, ni favoritismos, ni nada de lo que uno se imaginaría cuando se habla de árabes en Israel. Por favor... dejen de usar términos como apartheid. Si quieren usen "racismo" o "discriminación", porque de eso sí hay, y mucho. Pero acuérdense que no sólo aquí, sino en todos lados. Justo eso le decía a mi amigo Mh, que es árabe musulmán ateo: en cualquier lado la gente encontrará razones para discriminarnos. Ya sea porque somos negros, blancos, morenos; por nuestra religión, o la ausencia de esta; por nuestro género, nuestra preferencia sexual, o simplemente nuestro modo de conducirnos en la vida. Así que no anden con tonterías de que Israel es el lugar más racista del mundo, porque no. (He visto más discriminación e injusticia en México, por cierto).

Precisamente por razones conectadas a estas conclusiones a las que he llegado después de ya casi dos años y medio de vivir aquí, ahora soy voluntaria del Padre Gabriel Naddaf, quien es denominado por muchos como valiente, y por muchos otros como traidor. Yo, pues soy parte de los primeros.

Verán:

Gabriel Naddaf es un sacerdote israelí que, pese a entrar en la clasificación generalizada de "árabe", porque esa es su lengua materna, se considera un ciudadano orgulloso, que promueve la integración de la comunidad cristiana (también denominada por muchos como árabe-cristiana, pero que ahora está empezando a ser reconocida como aramea) a la sociedad israelí, y al ejército. Defiende la idea de que Israel, pese a todos los defectos que pueda tener, es el único lugar en todo el Medio Oriente en el que los cristianos viven sin temer por sus vidas, como pasa en todos los vecinos países árabes. Pensemos en Irak, por ejemplo, en donde miles han sido desplazados, torturados y asesinados sólo por sus creencias. Al escribir esto, me pregunto dónde está la indignación del mundo, las protestas pro-cristianos-desplazados, y el boycott a países como Irán o Arabia Saudita, en donde por ser homosexual uno puede ser ahorcado en la calle como si nada. ¿Dónde están esos que dicen defender los derechos humanos? Pura hipocresía mierdera (con su perdón).

Todavía tengo intenciones serias de aprender árabe, pero ya será después, cuando tenga más espacio, y el dinero no sea un impedimento. Sí, lo haré ya con el verano entrado, y con la convicción certera de que no estoy empezando a aprender otra lengua cuando todavía no tengo la primera segura.

sábado, 31 de enero de 2015

Seré breve...

Ya estoy de vuelta en Israel. Tengo que decir que el viaje me ha sentado muy bien. Como lo dije en un post pasado, siento que ahora soy una versión más feliz y más libre de mí misma. No sé exactamente cómo sucedió, pero en algún punto entre estar en México y regresar a Israel tuve un par de revelaciones con respecto a la paciencia, la amistad, la tolerancia, y la aceptación de uno mismo. ¿En qué orden? De nuevo no lo sé. No sé ni exactamente de dónde salió cada una, pero sé que llegué más consciente de que he sido, y soy, una persona afortunada. Tengo una vida feliz.

Hablemos un poco del proceso.

Mi amiga Bárbara me pidió que de regreso de México me llevara a su perrito chihuahua que se había quedado allá cuando ella también, sin ser judía como yo, migró a Israel. El susodicho, de nombre Hércules, se fue a quedar conmigo a mi casa, durante las dos últimas semanas de mi tiempo en México. Pensé que tener un perro, aunque fuera sólo por unos días me iba a descuadrar, pero no. Nos acomodamos muy bien, porque este individuo resultó ser uno muy educado e inteligente, y aunque demandante de cariño, como buen chihuahueño, me ayudó a darme cuenta de que dar amor, de cualquier modo, a una persona, a una flor, a una mascota, o a un proyecto, es no solo deseable, sino necesario para llevar una vida feliz.

Dentro de un par de semanas empiezo otro nivel de hebreo, ya con miras de llegar a la fluidez en el idioma y que deje de ser un impedimento para desenvolverme aquí como cualquier otra persona. Decidí dejar el árabe para después. Un idioma al a vez, para que amarre. Debo de seguir cultivando la paciencia para bien. 

Aunque esta entrada sea breve, no quería terminar el mes con tres líneas solamente. Era importante para mí recalcar el hecho de que descubrí, después de un largo viaje, que soy feliz. Y aunque sé que la felicidad no puede ser una línea recta, sé que fue entre la línea de regreso de México a Israel que encontré la fórmula para mantener una constante de bienestar que no había experimentado nunca antes. Estoy leyendo Juego de Tronos (así, en español) y disfrutando del paisaje jerusalenesco cada vez que salgo de mi casa. Me siento bien, amigos. Espero que eso logre reflejarse en mis próximas entradas...