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sábado, 1 de agosto de 2015

Jerusalem faces

Esta vez se me hizo tarde para publicar la entrada de julio, con todo y que en varias ocasiones abrí y modifiqué un borrador. Supongo que, en realidad, a nadie le afecta del todo, porque tengo relativamente pocos lectores, y esto es algo que hago por gusto, no por obligación... aunque honestamente me siento comprometida a hacerlo, porque es compromiso lo que precisamente le ha faltado a mi vida. Fue justo cuando me comprometí a cuidar más mi cuerpo, que empecé a ver resultados de verdad. Y supongo que será hasta que me comprometa a escribir "de verdad" cuando empiece a... ¿a qué? No lo sé. Desde un principio la finalidad de este blog no fue la calidad literaria, sino el compartir un poco de todo lo que vivo y veo, aunque fuera de manera muy sintética. Y de cierto modo lo he hecho. Prueba de ello es que, la entrada más útil que este espacio ha producido jamás (Sobre la visa B1 en Israel), atrae tráfico constante y me ha llevado a conocer a un montón de personas interesantes que están en situaciones similares a la mía: ya sea porque quieren venir a vivir al país, por interés cultural o religioso, o porque tienen pareja israelí.

Como sea... tengo algunas anécdotas que me gustaría compartir antes de que se me pierdan para siempre. Cada mes aquí es particular, y aunque parezca que vivo sumergida en una rutina muy plana, nunca es así en realidad. Los detalles del mundo que me rodea de pronto resaltan como remarcados en pintura fosforescente. Y gracias a una buena inversión en equipo móvil, siempre tengo a la mano la útil camarita de mi teléfono celular, que me deja tomar fotos a una velocidad que mis otras cámaras envidiarían. Empecé a tomarle fotos a la gente en la calle, sin motivo particular, sólo porque me gusta verlos e imaginar sus historias. No les pido permiso, porque me temo que aunque me lo dieran, el saber que van a ser fotografiados iba a arruinar el  resultado final. Todos tienen historias que contar en este crisol de gentes, religiones y culturas que se llama Jerusalén.


19.07.2015

Iba rumbo al gimnasio, después de limpiar una casa en la calle General Pierre Koenig. Un señor ya grande iba sentado frente a mí, y de inmediato me hizo un comentario que no entendí. Verán: uso una estrella de David al cuello, no por motivos religiosos, sino como una especie de símbolo del apego emocional que tengo con esta tierra. No sé si me preguntó si era judía, o algo relacionado con el ejército, pero hablaba muy bajito, y honestamente no me atreví a decirle que no le entendía. Siguió hablando, contándome historias, como si yo fuera alguien a quien conociera desde hace mucho. Después empezó a conversar con el hombre que iba sentado al lado suyo, pero no mucho después, decidió que quería seguir conversando conmigo. Me preguntó que sabía dónde estaba ______ (cierto lugar), le dije que no, y lanzó una exclamación como de "¡¿Cómo?! ¿Pues qué no les enseñan geografía en las escuelas?!". Le dije que no soy israelí, y me preguntó que de dónde era. Le dije que de México, y tuve repetirlo varias veces porque no parecía entenderme. Al final lo logró, y me dijo: -Entonces hablas español. Yo también hablo español... bueno, no, ladino." Le dije un par de cosas en español, y no me entendió. Volvió a hablarme en hebreo. Me contó que fue soldado, mencionó algo de los nazis, y de cómo llegó a Israel. Mi parada estaba cada vez más cerca. Le pregunté su nombre. Me dijo que se llama Abraham. Le dije que ya me iba a bajar, pero que había sido un gusto platicar con él. Me levanté, y la última vez que lo vi, su mirada ya se había desviado de mí, como si yo nunca hubiera estado ahí. Mientras hablábamos le tomé varias fotografías. Ojalá lo hubiera conocido en otro lugar, en donde de verdad hubiera podido sentarme con tranquilidad, pedirle que me hablara despacio para entenderle bien, y entonces escuchar, y escuchar, nada más.

He tomado después de eso otras fotos, que no llevaron conversación incluida, pero que me dejaron muy contenta. Las caras de Jerusalén que, como este señor, también me cuentan historias aunque no me hablen.

Una foto publicada por Ducel Ariane (@ducelariane) el

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martes, 30 de junio de 2015

Lugares sin retorno

Es increíble la cantidad de cosas que se descubren anotando las victorias cotidianas durante un mes completo. Aún me faltan un par de días para llegar a esa meta; sin embargo me he encontrado con muchas novedades al mirarme al espejo y reconocerme de una manera diferente. Me he percatado de que soy buena para organizar mi entorno; para proponerme pequeños retos y lograr que no se tornen aburridos; para experimentar y disfrutar incluso de los resultados más inesperados.

Por ahí dicen que somos lo que comemos. Y desde que como mejor todo me ha cambiado: desde el ánimo hasta la piel. Me siento como si fuera alguien más, alguien que me cae mejor. Y yo diría que la la metáfora, la de la comida, no se queda ahí. También somos aquello de los que nos alimentamos en lo cotidiano. Es complicado no empaparse un poco del medio, de la gente, de sus modos, sus costumbres, y hasta sus ademanes; de sus ideologías, problemáticas e intereses.

Por ejemplo, el otro día estaba esperando el bus y un tipo, gordo y feo, se me quedaba viendo insistentemente. De esas miradas que sigues sintiendo encima aún cuando tratas de ver para otro lado. Cuando me harté, elevé la voz y le dije:

!?מה
!?למה אתה מסתכל עליי
???יש בעיה

Ante semejante sonoro enfrentamiento desvió la mirada y negó con la cabeza, diciendo por lo bajo "no... no". No volvió a mirarme. Puto.
Pero bueno, semejante carácter ya lo traía desde México, nada más que ahora he logrado traducirlo al hebreo y reaccionar no con violencia a la mexicana, sino más a la israelí, aunque de israelí yo no tenga nada.

A casi tres años de haber llegado a Israel, me siento muy bien aquí. Todavía tengo ataques de nostalgia, pero vamos... ¿quién no los tendrá? Vale más mencionar que aspectos agradables de mi persona que ni siquiera conocía salieron a flote y me he re-conocido capaz de comprometerme con las cosas que me hacen feliz. Me parece que se me haría más complicado regresar al lugar en el que estaba antes. No hablo de México. Hablo de la inconformidad constante. Aún no sé bien para donde voy, para ser honesta. Pero llegué al punto sin retorno; si diera media vuelta ahora mismo creo que me moriría de sed.

Ya ha pasado un año desde que empecé a correr. Y ahora de verdad corro. Hace unos días hice 10 kilómetros continuos por primera vez. He perdido el gusto por el alcohol, por la comida que llena pero no alimenta, y hasta por la ropa que no tiene una función. Sí, ahora le doy prioridad a la ropa deportiva, que me sirve para correr/caminar/ejercitarme en el gimnasio y seguir cómoda y de paso verme bien. Y lo más importante de todo: poco a poco voy dejando el pasado, pues... pasar. 


domingo, 31 de mayo de 2015

Run End (O cuatro mini entradas de mayo sobre ir viviendo una vida expatriada más saludable)

25.05.2015

Cada que hago caminadora, aprendo algo más sobre la naturaleza
al mirar NatGeo Wild, y de paso practico el hebreo con los subtítulos ;-)
Hace más o menos un año empecé a vivir un estilo de vida algo más activo. Gracias a una aplicación que se me hizo interesante, llamada Zombies, Run! comencé a correr (o, al menos al principio, a medio-caminar-medio-trotar-medio-jadear), y poco a poco fui mejorando mi condición física. Al principio no era tan constante, pero empecé a disfrutarlo, y entonces incorporé más y más sesiones a mi rutina. Aunque nunca he sido gorda, siempre tuve esos rollitos incómodos que se saltan con los jeans apretados, o que hacen que la ropa ajustada no se vea... bueno, tan bien como en los maniquíes. Después de agarrarle el gusto a salir a correr, me di cuenta de que los números en la báscula no cambiaban. Obviamente fue hasta que descubrí que para perder peso (o mejor dicho, volumen) también hace falta hacer cambios en la manera en la que se come. 

No recuerdo cuando exactamente, pero en la tienda de aplicaciones de Android descubrí una maravilla llamada Noom Coach. Esta app sirve para contar calorías, pasos (podómetro) y para, por medio de la lectura diaria de mini-artículos, ir aprendiendo más y más sobre nutrición. Tuve la versión gratuita durante algún tiempo. Inicialmente perdí algo de peso, pero volví a ganarlo con creces en los dos meses que pasé en México. Sí... la comida mexicana no tiene comparación, y eso fue obvio en mi manera de comer. Sin embargo, cuando volví a Israel, y estando ya bastante cerca de mi cumpleaños 26, decidí que debía comprometerme un poco más. Pagué la versión pro de la app, que desbloquea todos los artículos, y registros, además de dar acceso a grupos de soporte entre personas que están buscando mejorar su físico, y la posibilidad de contactar asesores directamente si se tienen dudas sobre el programa que uno debe seguir. También me uní a un gimnasio local aquí en Jerusalén, llamado City Gym. Es la primera vez en mi vida que voy a uno, y al principio me sentía un tanto torpe e insegura, y después de tener dudas sobre si continuar o no, luego de mis primeros dos meses, logré decidirme, cosa que para alguien que ha sufrido de derrotismo agudo gran parte de su vida, fue una victoria inenarrable. Poco a poco, de los 65 kilos que pesaba, los números se fueron derritiendo, y ahora mismo que escribo estoy en 54.

Vamos, que no tengo intenciones de sonar a libro de superación personal, pero me atrevo a contar brevemente esta historia, porque en una mezcla inexplicable de amor por la vida y temor a la muerte, encontré un punto intermedio al que asirme. Tengo TOC. Creo que esta es la primera vez que lo menciono en este blog, y durante toda mi vida he tenido obsesiones enfermizas y a veces hasta aterradoras que no me han dejado ser feliz del todo. Ya estando acá, y después de aprender cómo lidiar con todas esas sensaciones, todavía tuve episodios devastadores. Durante un año fui a ver a una psicóloga que me ayudó mucho, y volví a la fluoxetina en una dosis mayor a la que tomaba en México. Esa dosis, felizmente, se va reduciendo al fin. Bueno... una vez le describí mi TOC a la psicóloga como si se tratara de un ser que a veces tiene forma de monstruo, horrendo, informe, que me chupa la vida, y todo rastro de felicidad, y a veces tiene forma de gatito regalón, de esos que difícilmente no lo hacen sonreír a uno. Un monstruo del que nunca me voy a librar, pero con el que he aprendido, finalmente, a convivir. Y cuando logramos convivir, es precisamente cuando se transforma en ese gatito; uno que ronrronea en mi regazo; en una fuerza que me alienta. Puedo obsesionarme con ideas felices, y con cambios que valen la pena.

Supongo que absorbemos un poco del lugar en el que echamos raíces, y siento que la mayor parte de las cosas que yo he tomado de esta tierra me han ayudado a mejorar.



29. 05.2015

Después de varios días de calor agobiante hoy hace un lindo tiempo otra vez. Ahora mismo 20 grados. En momentos como este me alegro de no vivir en Tel Aviv, o en cualquiera de las zonas costeras, con su clima de sauna. Este ha sido un mes muy activo, y muy feliz. El ejercicio me ha ayudado a mejorar no sólo la salud física sino la espiritual. Me siento más contenta, más relajada, y no me cuesta tanto trabajo centrarme en el ahora, cosa que nunca antes pude hacer. Vamos, que no es que haya encontrado la iluminación ni nada de eso; sólo he aprendido a ser feliz con lo que tengo.

Creo que no he mencionado que dejé las clases de hebreo. Ya no sentía que estuviera progresando en la clase, y decidí que ahora la única forma de hacerlo es usar el idioma hasta que me salga natural. Fuera de eso, creo que estoy en el camino correcto.

Para reponer los días que no voy al gimnasio, trato de tomar caminatas largas por la ciudad. Tranquilas, sin prisas. Contemplativas. A veces fotográficas. Creo que hoy voy a hacerlo, aprovechando que no hace calor. Tengo ganas de tomar fotos.
Nunca jamás me cansaré de ella
30.05.2015

Ir a la ciudad vieja siempre me despeja la mente. Me queda como a 5 kilómetros de la casa, así que las caminatas de ida y vuelta son de, cuando menos, 10 kilómetros. Ojalá que todos los días fueran como hoy (y ayer): cálidos y frescos a la vez. Tengo intenciones de salir a caminar de nuevo. Sin prisas. Sin reflexiones profundas. Así se fue este mes. En una alegre tranquilidad. :-)


31.05.2015

Hoy en la mañana fui a ayudar a los Waxman con su casa. Ellos son un matrimonio inglés, ambos ya pasados de los 70 años. El señor tiene alguna clase de condición senil, o Alzheimer quizás, pero nunca le he preguntado a la esposa. Quiero decir, ella sabe que yo sé, y así, sabiendo, jamás ha salido el tema a colación en nuestras muchas pláticas. Usualmente tomo el bus a su casa, pero hoy decidí hacer algo de ejercicio extra, y me fui caminando. Son 3 kilómetros exactos. Cuando terminé de ayudarles, me fui al gimnasio, otra vez a pie. En el camino hice una parada al súper, y compré varias cosas, incluyendo crema de cacahuate. Leí, en alguna de mis muchas inmersiones en Google, que la crema de cacahuate es muy buena como parte de una botana saludable después de trabajar los músculos. Me pasó, pues, ahí en el súper, que no me alcanzó para todo lo que había agarrado, y tuve que pedirle a la cajera que cancelara algunas cosas. Así vivir la edad adulta en un país en donde, si se compara con México, todo es caro. Tuve mis dudas sobre si ir al gimnasio o no de lo pesada que quedó mi mochila al final de las compras, pero me dije a mí misma que los pretextos son para huevones y mediocres, y seguí caminando hasta que llegué a mi destino. Y el gimnasio, como siempre, me hizo sentir muy bien (no regrets). Al volver a casa (esta vez sí, en bus) lo primero que hice fue prepararme una rebanada de pan integral con una cucharada de la crema de cacahuate, y un plátano cortado en rodajas encima. Me supo a gloria. ¡Tenía años que nada me sabía tan rico!

Este mes fue simple. Hoy decidí que, en mi diario personal, voy a anotar las pequeñas victorias de cada día, aunque parezcan poco. Las de hoy, por ejemplo: Caminar extra, y disfrutar extra algo tan simple como un pedazo de pan embarrado de crema de cacahuate y plátano. Son casi las 5:00 p.m.

El cardio de hoy

jueves, 30 de abril de 2015

And in God rely the believers

Hebrón. Al fondo, la tumba de los Patriarcas, o Mezquita de Ibrahim
A principios de este mes fui a visitar la ciudad de Hebrón (pronunciada "Jebrón"). Después de mucho tiempo de escuchar cómo en dicho lugar se vive el conflicto árabe-israelí de una manera muy particular, pensé que sería bueno ir a verlo yo misma. Quiero decir, yo vivo en Jerusalén del este, en una parte en la que colindan barrios judíos y árabes. Cuando hay guerra, o cualquier clase de conflicto o enfrentamiento, se puede ver a los vecinos de un lado alzando banderas palestinas, y a los del otro alzando banderas israelís como para marcar bien claro qué lado es de quien, aunque no haya una frontera definida. Pero en Hebrón la cosa es diferente. A 30 kilómetros al sur de Jerusalén, esta ciudad está controlada en un 80% por la Autoridad Palestina, y en un 20% por Israel. Se considera la segunda ciudad más sagrada para el judaísmo, y algunos la incluyen también entre las más sagradas del Islam, por encontrarse ahí la Tumba de los Patriarcas (o como los musulmanes la conocen: La mezquita de Ibrahim). El nombre de Hebrón puede encontrarse ya en la Biblia, lo que nos da una idea de su antigüedad e importancia. Ha estado bajo dominio judío, griego, romano, árabe, y de todos los que alguna vez tuvieron poder en esta zona, pero su situación hoy en día es particular. Está llena de checkpoints, soldados por doquier, y de gente que se queja de una división tan marcada que es, tal vez, lo primero que se nota cuando uno llega. Pero no me parece que dicha división tenga que ver con el racismo de ninguna manera, sino más bien con eso que predomina en esta zona del mundo: una intensa desconfianza, miedo y demonización del otro.


Niña judía comiendo matzá en Hebrón
En el tour que me tomé tuvimos un guía judío, y del lado árabe, un guía palestino. El primero era un hombre entrado en los cuarentas, ortodoxo, con el rostro recién afeitado, porque según nos dijo, en Pésaj, festividad que recién pasó, es la única fecha del año en la que tienen permitido despejarse el rostro de la barba. Se llamaba Eliyahu. La introducción a la ciudad estuvo bajo su cargo. Cuando llegamos al límite del checkpoint hacia la parte árabe, nos recibió un chico de veintidós años, alto y delgado, de sonrisa tierna, de nombre Ábed (o Abdelrahman como nos dijo más tarde). Eliyahu fue, por mucho, más elocuente y objetivo. Nos dio puntos de vista bastante objetivos sobre el conflicto efervescente que se vive día a día en las calles de Hebrón desde hace décadas. Ábed, pese a demostrar una inteligencia perspicaz, se fue más por la narrativa de la víctima, que para su sorpresa, varios de los que íbamos en el grupo cuestionamos. Eliyahu nos lo había advertido, entre bromas mencionando la palabra victimización. Con Ábed fuimos a caminar por varias calles, algunas de aspecto abandonado y otras tan llenas de gente que me recordaron la ciudad de México. Entre dichas caminatas nuestro joven guía aprovechó para hacer hincapié en el hecho de que la calle Shuhada está totalmente vetada para los palestinos, y de que los judíos reciben mucho mejor trato en los checkpoints que ellos, "sólo por ser palestinos", sin tener culpa o relación alguna con el largo historial de matanzas y ataques terroristas que fundamentalistas musulmanes han llevado a cabo en la zona durante décadas. También nos llevó al mercado árabe, en donde me compré un kefiye negro que me gustó mucho. El vendedor de esa tienda aprovechó el rato que estuvimos viendo su mercancía para quejarse de los judíos que viven en los edificios arriba del mercado. Nos contó que a veces les lanzan cosas y señaló que por eso, arriba de nosotros, había una reja, pero que ni eso era suficiente cuando lo que les daba por lanzar eran líquidos. Después de eso fuimos a la casa de una familia palestina en donde, por 30 shekels, tuvimos una comida muy rica y café. No pudimos hablar mucho con la mujer que nos recibió y con sus hijas, porque apenas y sabían unas cuantas palabras en inglés, pero fue un rato agradable, y tranquilo. Nos dijo que tenía siete hijos. Noté que en la pared había tres fotografías de un hombre joven, distribuidas alrededor de un cuadro con escritura árabe. No pregunté de quién se trataba, pero intuí el contexto. Tomé una fotografía, y le he preguntado mi amigo Mh qué decía. Me dijo: "And in God rely the believers".

"And in God rely the believers"
Después, Ábed nos llevó a un punto en donde volvimos a encontrarnos con Eliyahu. Cabe mencionar que ambas veces que un guía nos llevó a encontrarnos con el otro, los dos se saludaron de manera muy cordial y hicieron hincapié en sus lazos de amistad, y en todos los amigos que cada uno tiene del otro lado, los amigos palestinos del judío, y los amigos judíos del palestino. Aún así, cada uno defendió su narrativa. Cuando el guía árabe se hubo marchado, Eliyahu continuó contándonos historias ligadas a cada rincón que íbamos recorriendo. En algunas nos dio datos que complementaban, contradecían, o incluso desbancaban otros que Ábed nos había dado. Pero lo que más me llamó la atención fue que Eliyahu fue el único de ambos guías en decirlo tal cual: "Los dos lados tienen su narrativa de victimización. Compiten en quién ha sufrido más pérdidas, quién ha sido más víctima del otro",  y también "De ambos lados hemos perdido bebés" cuando estábamos en un centro que se construyó en memoria de una bebé judía que murió en un ataque terrorista. También nos llevó a conocer al ex portavoz del Comité de la Comunidad Judía de Hebrón, David Wilder, quien nos explicó que la palabra settler (colono), como son llamados por activistas y medios de comunicación es errónea, y de cierto modo peyorativa. Ellos se consideran comunidades, simplemente. Comunidades que han estado ahí continuamente desde hace miles de años en mayor o menor cantidad, pero sin interrupción.

Calles de Hebrón



La Matanza de Hebrón de 1929 fue mencionada varias veces a lo largo del tour. Antes de ese año judíos y árabes vivían en una paz relativa en la ciudad. Familias judías y musulmanas compartían lazos de amistad, hasta que el gran Mufti de Jerusalén, Amin Al-Husayni convocó abiertamente a la matanza de judíos luego de varias tensiones que se habían suscitado entre los fieles de dichas religiones por esas fechas. Muchas familias judías fueron asesinadas brutalmente dentro de sus casas. Se dice que fue una carnicería. Aunque también hay que mencionar que no fueron absolutamente todos los árabes de Hebrón los que participaron en la matanza. También hubo familias musulmanas que escondieron y defendieron a sus amigos judíos durante los hechos, y plantaron cara a las turbas de asesinos.










David Wilder


Después de la plática con Wilder en su casa, fuimos una sinagoga sefardí que según se cuenta, fue fundada por judíos españoles huyendo del edicto de expulsión de 1492. Luego fuimos a la Tumba de los Patriarcas, a la que usualmente, y según acuerdos legales entre lados, en ciertos momentos del año pueden entrar judíos, o musulmanes, dependiendo de las fechas. Las áreas para cada fe están divididas. A mí me tocó ir a Hebrón, casualmente, en un día en el que todo el recinto estaba reservado exclusivamente para judíos. Y gracias a Eliyahu, aún sin ser judíos logramos colarnos. Ahí aprendimos detalles de la historia del lugar. Se supone que el edificio es de los más antiguos de la zona, en el sentido de que nunca ha sido derribado. De acuerdo a la época, y a los que dominaran, se le agregaron elementos, pero jamás fue enteramente destruido. Ahí, apenas unos años atrás, otra tragedia tuvo lugar: En 1994, Baruj Goldstein, un terrorista judío, asesinó brutalmente a 29 palestinos e hirió a muchos otros. Desde ese momento ese sitio, la tumba del padre de las religiones abrahámicas, es un punto que refleja tanto la separación, como la unión: judíos y musulmanes que rezan en el mismo recinto, pero que sienten que deben separarse por seguridad.

Antigua Torá sefardí que nos permitieron admirar un momento en la sinagoga sefardí

La tumba de los Patriarcas

Tumba de Sara
Nos fuimos de Hebrón como a las siete de la noche. Terminé exhausta pero contenta. Quién diría que un día iba a pisar lugares como ese, y a conocer personas como las que conocí en ese recorrido. Pensé que el sol de aquel día habría acabado por quemarme la piel, pero al otro día sólo amanecí un poquito más bronceada, y sintiendo las piernas pesadas como piedra. Tanto que recorrer y que mirar, y sólo dos piernas y dos ojos.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Veinticinco de marzo

25.03.2015


Ayer me salí a caminar como cuatro (¿o cinco?) veces por el vecindario. Fue un día que en otra época hubiera catalogado de improductivo, pero ahora veo que en realidad produjo muchas cosas, incluyendo entre ellas la inspiración para escribir esta entrada con anticipación al final del mes.
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Cumplí 26 años hace unos días, y eso me dio el último empujón que necesitaba para re-pensar los pasos que estoy dando, y hacia donde me llevan (y me llevarán) eventualmente. Llevo un estilo de vida más sano, y eso se refleja en los 58 kilos que ahora mismo peso (no había pesado eso en añísimos). Disfruto más de mi tiempo libre, en lugar de buscar pretextos para aburrirme. Cada vez que el gusanito de la apatía se me empieza a subir por el brazo, me recuerdo que estoy viviendo la aventura de mi vida aunque parezca que a veces va lenta. Ayer, hice varias caminadas, y en cada una de ellas pasaron cosas diferentes. En la primera me despejé. En la segunda me sentí más activa. En la tercera recorrí el vecindario de manera más extensiva, y encontré lugares en los que no había estado nunca, pese a estar tan cerca. 


Uno de estos fue una vista en específico que da hacia lo que parece ser un campo de olivos, y hacia las villas árabes vecinas. Qué extraño es darse cuenta de que se había estado viendo un paisaje sin mirarlo bien. Ayer miré y me di cuenta de que llevo dos años viviendo rodeada de belleza, de un valle que ahora en primavera se torna verde y brillante, cubierto aquí y allá, de manchas coloridas, de flores amarillas, rojas, violetas y azules. Tomé montones de fotos con mi celular, porque sentí el impulso de compartir todo eso con alguien en específico: mi madre. Me gustaría mucho traerla y que pudiera ver todo esto conmigo. En otro intervalo entre caminata y caminata me tomé una copa de vino en casa, y cuando salí a caminar de nuevo disfruté de una contemplación muy placentera de mi entorno. En otras palabras, no me quedé sentada sintiendo los efectos del vino, sino que dejé que los efectos del mundo me demostraran que los del vino no tienen chiste sin el roce cálido del viento de  mi Jerusalén.


Ayer, también logré disfrutar de algo que siempre me ha molestado: en sol en la piel. Creo que después de vivir aquí un par de años, he desarrollado una especie de resistencia a las quemaduras. Ya no me enrojezco tan rápido, y los brazos se me han tornado un poco más morenos. Le voy tomando cariño a los calores exasperantes del verano, y a los fríos calantes de invierno. Después de veintiséis años me gusta el sol, y caigo en cuenta de que el desierto, con sus extremos, es el clima en el que me siento más contenta, más viva.  Creo que he cambiado. Ya no soy, como dicen los gringos, tan picky. Ni tan pretenciosa, ni tan egoísta. Me he vaciado de porquería, y tal vez por eso he perdido peso. Peso en el espíritu, y puta grasa. De los dos. Nunca me había sentido tan ligera. 58 kilos de felicidad, de tranquilidad, de asombro renovado.

Dicen por ahí que no hay nada nuevo bajo el sol, pero yo creo que tampoco hay nada viejo en seguir gozando de lo antiguo, de lo escondido e incierto que resulta caminar por lugares a los que ya a nadie le interesa caminar. Y para mí también es nuevo esto de disfrutar el sol mismo. Qué interesante descubrir que en este, un país tan, tan pequeño, aún hay cosas de las que es posible apropiarse aunque sea nada más con unas cuantas miradas y unas cuantas palabras, sin que nadie más reclame derecho de propiedad.

sábado, 28 de febrero de 2015

Las letras nevadas de febrero

Cuadro sin firma que está en las instalaciones del Ulpán MILAH
Este jueves 19 de febrero la nieve volvió a Israel. Ya había nevado en el tiempo que estuve fuera del país, sin embargo ahora nevó con más fuerza, aunque solo por una noche. Esa noche bastó para pintar de blanco las calles, los techos y los horizontes, aunque sólo un par de días después, luego de mucha lluvia y algunos intervalos de sol, todo se desvaneció.

Parece como si el invierno se negara a irse del todo. Cuando recién volví, a finales de enero, hubo algunos días calurosos, como de verano, y después lluviosos, como de otoño. Me dan ganas de decirle al clima que no sabe lo que quiere. Pero honestamente me gusta más así, frío, lluvioso. Generalmente... Porque hay veces que sí incomoda. Por ejemplo ahora que voy al gimnasio, pues... no he podido ir, con eso de los horarios tan fijos del transporte público, y de que Jerusalén se vuelve un caos antes, durante y después de las nevadas, me la he pasado un par de días en la casa. No tengo botas a prueba de agua, así que decidí que cualquier intento por salir a caminar y hacer hombres de nieve sería fútil. Mejor me quedé recostada leyendo Juego de Tronos.

La semana antepasada empecé el nivel Gimmel de hebreo, que es como un avanzado-intermedio, creo yo. Entiendo todo lo que dice el profesor en la clase, pero aún me cuesta trabajo hablar con fluidez. Me pregunto qué se sentirá hablar este idioma sin pensarlo tanto, como ahora me pasa con el inglés. Aún me cuesta trabajo leer, y no puedo evitar sentir cierta envidia cuando veo a mi novio que, aunque no tuvo el hebreo como lengua materna, lo domina como nativo, y lo lee igual. Pero ahí la llevo... poco a poco, paso a paso. Tal vez si no procrastinara tanto, ya lo hablaría bien. El inglés es un arma de doble filo en estas tierras. Uno se acostumbra a que es suficiente para sobrevivir, y se olvida de que intentar hablar la lengua local es más relevante que llevar una vida fácil a corto plazo. 

El lugar en donde estudio hebreo, por cierto (y para dar datos más relevantes para los migrantes y posibles migrantes que lean mi blog) se llama MILAH, en hebreo מילה, que en realidad son siglas para מכון ירושלים לעברית (Majón Yerushaláyim LeIvrit): algo así como Instituto de hebreo Jerusalén. Recientemente movieron  las instalaciones a la calle Rabbi Akiva 14, que cruza la siempre bulliciosa Hillel. El ambiente es agradable, los maestros son buenos, y (como creo que ya lo he mencionado antes en algún otro post) usan el sistema comunicativo de enseñanza. La clase se da en la lengua que se enseña, y uno como estudiante tiene que esforzarse por hablar siempre en hebreo. Se usan libros, lo cual ayuda a llevar una mejor organización del aprendizaje, además de dar una refrescante sensación de progreso, que a mí en lo personal me gusta mucho.

La escuela me gusta también porque ahí se ve claramente el apartheid israelí que tanto claman los activistas de izquierda barata que se autodenominan "pro-palestinos". Y sí, estoy siendo irónica, porque, como en cualquier institución a la que uno se meta a estudiar (o a trabajar) en este país, judíos y no-judíos (sean musulmanes, cristianos o como yo, extranjeros que no encajan en ninguna de las denominaciones ya mencionadas) están juntos, en los mismos salones, sin divisiones, ni clasificaciones, ni favoritismos, ni nada de lo que uno se imaginaría cuando se habla de árabes en Israel. Por favor... dejen de usar términos como apartheid. Si quieren usen "racismo" o "discriminación", porque de eso sí hay, y mucho. Pero acuérdense que no sólo aquí, sino en todos lados. Justo eso le decía a mi amigo Mh, que es árabe musulmán ateo: en cualquier lado la gente encontrará razones para discriminarnos. Ya sea porque somos negros, blancos, morenos; por nuestra religión, o la ausencia de esta; por nuestro género, nuestra preferencia sexual, o simplemente nuestro modo de conducirnos en la vida. Así que no anden con tonterías de que Israel es el lugar más racista del mundo, porque no. (He visto más discriminación e injusticia en México, por cierto).

Precisamente por razones conectadas a estas conclusiones a las que he llegado después de ya casi dos años y medio de vivir aquí, ahora soy voluntaria del Padre Gabriel Naddaf, quien es denominado por muchos como valiente, y por muchos otros como traidor. Yo, pues soy parte de los primeros.

Verán:

Gabriel Naddaf es un sacerdote israelí que, pese a entrar en la clasificación generalizada de "árabe", porque esa es su lengua materna, se considera un ciudadano orgulloso, que promueve la integración de la comunidad cristiana (también denominada por muchos como árabe-cristiana, pero que ahora está empezando a ser reconocida como aramea) a la sociedad israelí, y al ejército. Defiende la idea de que Israel, pese a todos los defectos que pueda tener, es el único lugar en todo el Medio Oriente en el que los cristianos viven sin temer por sus vidas, como pasa en todos los vecinos países árabes. Pensemos en Irak, por ejemplo, en donde miles han sido desplazados, torturados y asesinados sólo por sus creencias. Al escribir esto, me pregunto dónde está la indignación del mundo, las protestas pro-cristianos-desplazados, y el boycott a países como Irán o Arabia Saudita, en donde por ser homosexual uno puede ser ahorcado en la calle como si nada. ¿Dónde están esos que dicen defender los derechos humanos? Pura hipocresía mierdera (con su perdón).

Todavía tengo intenciones serias de aprender árabe, pero ya será después, cuando tenga más espacio, y el dinero no sea un impedimento. Sí, lo haré ya con el verano entrado, y con la convicción certera de que no estoy empezando a aprender otra lengua cuando todavía no tengo la primera segura.

sábado, 31 de enero de 2015

Seré breve...

Ya estoy de vuelta en Israel. Tengo que decir que el viaje me ha sentado muy bien. Como lo dije en un post pasado, siento que ahora soy una versión más feliz y más libre de mí misma. No sé exactamente cómo sucedió, pero en algún punto entre estar en México y regresar a Israel tuve un par de revelaciones con respecto a la paciencia, la amistad, la tolerancia, y la aceptación de uno mismo. ¿En qué orden? De nuevo no lo sé. No sé ni exactamente de dónde salió cada una, pero sé que llegué más consciente de que he sido, y soy, una persona afortunada. Tengo una vida feliz.

Hablemos un poco del proceso.

Mi amiga Bárbara me pidió que de regreso de México me llevara a su perrito chihuahua que se había quedado allá cuando ella también, sin ser judía como yo, migró a Israel. El susodicho, de nombre Hércules, se fue a quedar conmigo a mi casa, durante las dos últimas semanas de mi tiempo en México. Pensé que tener un perro, aunque fuera sólo por unos días me iba a descuadrar, pero no. Nos acomodamos muy bien, porque este individuo resultó ser uno muy educado e inteligente, y aunque demandante de cariño, como buen chihuahueño, me ayudó a darme cuenta de que dar amor, de cualquier modo, a una persona, a una flor, a una mascota, o a un proyecto, es no solo deseable, sino necesario para llevar una vida feliz.

Dentro de un par de semanas empiezo otro nivel de hebreo, ya con miras de llegar a la fluidez en el idioma y que deje de ser un impedimento para desenvolverme aquí como cualquier otra persona. Decidí dejar el árabe para después. Un idioma al a vez, para que amarre. Debo de seguir cultivando la paciencia para bien. 

Aunque esta entrada sea breve, no quería terminar el mes con tres líneas solamente. Era importante para mí recalcar el hecho de que descubrí, después de un largo viaje, que soy feliz. Y aunque sé que la felicidad no puede ser una línea recta, sé que fue entre la línea de regreso de México a Israel que encontré la fórmula para mantener una constante de bienestar que no había experimentado nunca antes. Estoy leyendo Juego de Tronos (así, en español) y disfrutando del paisaje jerusalenesco cada vez que salgo de mi casa. Me siento bien, amigos. Espero que eso logre reflejarse en mis próximas entradas...

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Al final

Hoy termina el año, y por fin me obligué a mí misma a volver al blog con algunas ideas que me han estado rondando la cabeza desde la última vez que traté de escribir y no pude. Fue, de hecho la primera vez que terminé el mes con tres líneas baratas y apologéticas en lugar de con una crónica. En estos momentos envidio mucho a esos que deciden escribir, y escriben. Cuando yo decido escribir pasan una serie de cosas antes de que pueda sentarme frente a la computadora y soltar las ideas. Tengo más de una crisis en el proceso. A veces pienso que en lugar de escribir debería estar dibujando, o dedicándome de lleno a la fotografía, y dejarle las palabras a los que puedan darles el mejor manejo. Luego trato de dibujar y me pasa igual. Los trazos no me salen tan fácil como los imagino. Así que, como parece que el bloqueo es algo inherente a cualquier disciplina que se quiera desarrollar, hoy decidí que voy a hablarles de mis últimas semanas tal cual me lleguen las imágenes. Corro peligro de caer en disociación de ideas y, en ciertos momentos, alejarme de mis puntos, pero hoy me importa poco. Quiero ser honesta, y no quiero dejar que todas estas memorias se vayan nublando.

Camino a México
Llegué a México el 17 de noviembre de este año, después de un vuelo corto de Tel Aviv a Londres, y uno largo de Londres al DF. En el avión de Tel Aviv a Londres me tocó sentarme junto a una pareja de israelíes que, después me contaron, iban a pasar unos días en Londres. La chica estaba embarazada. Conversaban alegremente en hebreo, y cuando supieron que yo también venía de Israel, me preguntaron si había estado entendiendo su conversación. Les dije que sí, aunque en realidad no había prestado atención. En mi siguiente vuelo me tocó sentarme, de nuevo, junto a una pareja de israelíes, más agrios, con los que en realidad ni siquiera conversé. Sin embargo, en la misma zona había un grupo de mexicanos que venían de Turquía. Pasé una buena parte de las más de 10 horas de vuelo platicando con ellos; compartiendo experiencias de nuestros viajes. Debo mencionar, como anécdota extra, que esta vez logré pasar los controles del aeropuerto de Heathrow en más o menos 15 minutos, aun cuando el tiempo calculado es de una hora. Aprendí que un arete que active la alarma de metales en el escáner, puede ser la diferencia entre pasar 20 minutos esperando descalzo a que te devuelvan los zapatos que te hicieron quitarte, o pasar directo y sin contratiempos.

El mes y medio que llevo ya en mi país me ha servido para re-pensar una serie de nostalgias que traía cargando ya desde hace mucho tiempo. Ver los cambios que han sufrido todos los lugares a los que estaba acostumbrada, o en su defecto, los cambios que no han sufrido, la "apariencia de siempre" me llevó a evaluar qué vale la pena conservar, y qué, simplemente, debo dejar ir. Los recuerdos de Abraham, por ejemplo, son un buen comienzo.

Abraham (sí, por fin me atrevo de nuevo a escribir su nombre, en vez de encubrirlo en una sola letra) debería haberse ido diluyendo en mis recuerdos de acuerdo al proceso natural que nos ayuda a conservar sólo ciertos elementos de las personas cuando ya no están más en nuestras vidas. Pero creo que yo me aferré de más a ese recuerdo, como tratando de conservar ese amor en una cápsula, indiferente al tiempo. La vez pasada que vine a México me causaba mucho dolor pasar por los lugares en los que, en algún momento, estuve con él. Todos ellos me sabían como ajenos, antiguos. Esta vez, sin embargo, noté que el efecto se había reducido. Pensé en algo que él me dijo una de las pocas veces que hablamos, después de toda la amarga historia de separación (mucho, mucho después): Que ya no tenía una idea muy clara de mí. Que, de algún modo, él sí había logrado diluirme en la memoria. Tal vez mi error fue no querer deshacerme de nada: ni de sus palabras, ni de sus fotos, ni de nuestras conversaciones. Todo lo guardé, pero ahora entiendo que no fueron solamente los objetos. Lo guardé a él. A ese chico de 21 años que probablemente ya ni siquiera existe. Conservé vívidamente todos sus detalles: su aroma, el color de su cabello y el de sus ojos, la temperatura de su cuerpo, su manera de hablar, las cosas que me gustaban y también las que no me gustaban de él. El primer beso, el primer... todo. Lo primero de todo lo que alguna vez hice con él. Seguí enamorada de un fantasma. Pero ahora, finalmente, después de más de dos años de la última vez que lo vi en persona, he decidido que (aunque ya lo sabía) no voy a morirme de nostalgia. Ni de nostalgia, ni de saudade. Con esto no quiero decir que voy a romper sus fotografías y a quemar sus cartas. Quiero decir que por fin voy a dejar que se diluya lo que se tenga que diluir, que se pierda lo que se tenga que perder, y se quede lo que tenga que quedarse. Adiós, Abraham. Feliz año nuevo.

Volver a México me hizo pensar en que conozco tan poco de él (de México, ya hemos cambiado de tema, amigos) que a veces hasta me siento avergonzada. La semana pasada visité Teotihuacan por primera vez en mi vida, y lo disfruté como si no fuera a regresar nunca. Las construcciones gigantes, el barullo de la gente, los escalones interminables, y el clima inusual que me tocó: nublado y frío.


También me he dado cuenta de que ya sé que estoy en el lugar correcto. Israel se ha ganado mi amor bajo pretexto de pequeños detalles. Digan lo que digan los medios (que generalmente se centran en los aspectos negativos), la gente es, en general, buena y honesta. Son solidarios. Me gusta vivir ahí, y ahí quiero estar mientras me siga gustando. Extraño Jerusalén... la extraño mucho. Y me alegro al recordar que vuelvo pronto. Estas segundas vacaciones en México me ayudaron a responder preguntas que, vamos... sólo se podían responder así: regresando al punto de origen del viaje. Volviendo a mis viejas calles, y jardines. A dormir sola en mi vieja cama. A acariciar a mi gata, a ver a las personas que dejé acá, e incluso al ir a comer a los sitios a los que solía ir antes de que todo esto empezara.


Como una especie de cursilería de año nuevo, y dejando a un lado las nostalgias y las introspecciones, también pienso en todas las cosas por las que me siento agradecida (sin ningún orden especial): de tener una madre que resulta ser también mi mejor amiga; de hablar español y por primera vez estar a punto de terminar un libro en inglés. De hablar hebreo, aunque sea todavía uno muy quebrado. De haber bajado de peso, de haber podido nadar en el Mar Mediterráneo, por primera vez, dejando un rato el miedo a que el agua me trague. De vivir en el siglo XXI, y que todas las personas en mi vida estén siempre, sin importar donde estén, a un click de distancia. De tener un novio con quien tengo una relación tan pacífica, sin guerras ni miedos constantes: un compañero de vida calmo y sereno, que me ayuda a entrar en mis sentidos cuando estoy cerca de perderlos; que me ama más de lo que yo podría pedir, y a quien yo amo también muchísimo, ambas cosas sin idealismos románticos que nos orillen al caos. Una relación tranquila y estable.

Me siento agradecida de haber conocido a tantas personas tan peculiares allá en Israel: israelíes, mexicanos, argentinos, ingleses, franceses, estadounidenses, rusos, ucranianos, y demás. Algunos se fueron dejando una huella breve pero grata. Otros siguen ahí como amigos entrañables de los que no quisiera perderme nunca. También me gusta pensar que aprendí lecciones simples pero valiosas: como que no hay distancias tan largas que no puedan recorrerse a pie. El hábito de caminar y correr me ayudó a observar mi entorno; a poner más atención a los detalles, y a darme mi tiempo de disfrutarlos. Cada paseo alrededor del vecindario, o a lo largo de Jerusalén me servía de terapia para la ansiedad y el miedo: miedo a mí, miedo a mis recuerdos, miedo a lo que pudiera venir, y miedo a los cambios repentinos. ¡Ah! Y vuelvo a leer de manera constante, como no hacía desde que terminé la carrera. Y lo disfruto, que es la parte importante. 

Voy de vuelta a Israel a mediados de enero, y creo que acierto al decir que regresa una versión más feliz y más liviana de mí misma.

¡Feliz año a todos! Nos vemos en 2015 :-)
Ducel


domingo, 30 de noviembre de 2014

30-1

Este mes llegó el momento tan temido en que, haciendo tanto, terminé no escribiendo nada. Ahora mismo no estoy en Israel. Estoy en una zona horaria lejana, y aunque aquí todavía es 30 de noviembre, allá ya es 1 de diciembre. I miss home...

viernes, 31 de octubre de 2014

Jerusalén enferma

Es el tercer octubre que paso en Israel. Hace unos días amaneció lloviznando, y al día siguiente nublado desde temprano hasta tarde, también con una que otra lluvia. El clima va cambiando, cada vez más notoriamente invierno que verano (porque acá sólo hay esas dos estaciones). Me alegra que el calor se diluya. No voy a extrañar los litros de bloqueador que me tenía que poner siempre para salir, ni la sudoración excesiva e incómoda. Ahora vienen los fríos violentos, y el ponerse camisas sobre camisas sobre camisas, sin que nunca parezca suficiente. Pero yo me voy a perder la parte más cruda del invierno, y aunque el año pasado me quejé mucho del frío, creo que este lo voy a echar de menos.

La tensión en Jerusalén crece cada día más. Alguien me dijo que ya estamos viviendo la Tercera Intifada y que los medios están tratando de no mencionar el término para evitar que el pánico se extienda.

Ojalá
Han pasado varias cosas:

El 19 de octubre, Einas Khalil, una niña palestina de 5 años, murió cuando un conductor judío la arrolló a ella y a otra pequeña, en el pueblo de Sinjil al noreste de Ramala, en lo que los residentes calificaron como un acto deliberado, un hit and run. El responsable dijo que no se detuvo luego de atropellar a las niñas por miedo a la reacción de la multitud que comenzó a formarse. Se entregó más tarde a la policía. Aunque la versión oficial es que fue un accidente, algunos tienen sus dudas. 

El 22 de octubre algunas personas esperaban el tren en la estación Ammunition Hill. Abdelrahman al-Shaludi, un residente de Silwan, los embisitió con su carro, dejando a varios heridos, entre ellos una bebé de tres meses, llamada Jaya Zissel Braun, y una ciudadana ecuatoriana de nombre Karen Yemima Muscara, de 22 años. Jaya, la bebé, falleció el mismo día en el hospital. Karen murió un par de días después debido a las heridas. Se dijo que los padres de la bebé habían intentado tener hijos por años, sin suerte, hasta que lograron concebirla, lo que intensificó la sensación de tragedia. Por otra parte, Karen había venido a Israel a convertirse al judaísmo. Al responsable le dispararon cuando trataba de huir de la escena, y murió más tarde en el hospital. Sus familiares insistieron en que no fue un ataque terrorista, sino un accidente, y que el muchacho, de 21 años, fue asesinado a sangre fría por la policía.

Antier, 29 de octubre en la noche, Yehuda Glick, un activista de derecha que aboga por el derecho de los judíos a rezar en el Monte del Templo, fue herido gravemente, después de dar una conferencia en el Centro Begin, luego de que un motociclista le disparara y huyera. 

Las repercusiones: Ayer, por primera vez desde 1967, la explanada de las mezquitas fue cerrada para todos, supuestamente por miedo a confrontaciones y violencia. Mahmoud Abbas, el presidente de la Autoridad Palestina, dijo que el cierre de este sitio es el equivalente a una declaración de guerra.

El martes 28 de octubre fui a las ruinas de Masada otra vez, con una amiga. Masada, luego el oasis de Ein Gedi, y finalmente el Mar Muerto. Pensaba en escribir acerca de eso, en encontrar la manera de mezclar las experiencias de viajera, con las de espectadora del conflicto favorito de los medios internacionales, pero no sé cómo. Ya no sé ni siquiera qué siento con respecto a todo esto. Nunca me he acostumbrado a la violencia, ni en México, ni aquí. Los contrastes, entre paisaje y sociedad, como en México, me sorprenden. Antier, el desierto de Judea, cálido y antiguo, con su fauna particular, con todo su encanto. Hoy, Jerusalén, linda ella como siempre, pero podrida hasta las raíces. Jerusalén enferma se muere de intolerancia y de muchos dioses.

Hoy, de nuevo amaneció lloviendo, y no ha parado, mas que en breves intervalos, hasta ahora que termino de escribir esta entrada. Son las 2:00 p.m. Ayer Fatah, el partido político al que pertenece Mahmoud Abbas, hizo un llamado para un "Día de ira" hoy viernes, aquí en Jerusalén. Probablemente habrá violencia.

martes, 30 de septiembre de 2014

De idiomas y vínculos

Hace unos días terminé el nivel intermedio de hebreo. Aunque no le dije adiós a nadie al salirme del salón, después de acabar mi examen final, fue el momento de despedirme, por dentro, del grupo con el que conviví por más de dos meses. Un grupo heterogéneo, pero que bien compartía, al menos, un par de características. La mayoría eran árabes; unas cuantas chicas éramos latinas. Cuando nos saltábamos la regla de hablar sólo en hebreo, en el salón se hablaba árabe y español. El rango de edades variaba, creo, desde un chico de 19 años, hasta una mujer de 40. Diferentes profesiones, casi todos musulmanes, algunos cristianos, y yo, que ni una, ni otra.

Una lengua, que no era la natural para ninguno de nosotros, se convirtió en un puente de interacción. Con los árabes hablé casi todo el tiempo en hebreo. Con las latinas el español estaba bien. Le tomé cariño al árabe, como el cariño que se le toma a un sonido particular que se oye todos los días, como el trino de un pájaro que apenas y se nota, hasta que se calla, y su ausencia se hace obvia. 



Había algunos personajes en el grupo que llamaban mi atención en particular: Ahmad, un muchacho muy delgado y alto, de carácter jocoso, platicador, siempre haciendo ruido, riéndose, hablando, y por supuesto, volviendo locos a los profesores. Como una especie de niño extra alto, que al parecer tiene mi misma edad. Él tenía una particular manera de hablarme, sonreírme y de bromear conmigo. Creo que yo le gustaba. Alguna vez mencionó en la clase, no sé si de chiste o en serio, que quería tener dos esposas. Yo le decía en broma a mis amigas latinas que seguro ya me imaginaba como una. Recuerdo una vez en particular en que, cruzado de brazos, cuestionó a la maestra sobre el Holocausto. Una cierta tensión se apoderó del lugar. La hora de salida se acercaba, así que la maestra nos dejó ir, mientras Ahmad seguía preguntándole acerca de cantidades, y veracidades. Conviviendo con ellos, me di cuenta de que mientras las narrativas de "los pueblos" no se toquen, todos pueden ser amigos. Cuestionarlas, aquí, puede significar perder un amigo, o ganar un enemigo (o, al menos, crear un momento realmente incómodo). Ahmad me llama Dasdusa de cariño. Pensé que tan curioso apodo tendría significado, pero no. Sólo se le ocurrió que era una manera bonita de llamarme. 

Amira es una chica muy delgada, que usa hiyab. De cara bonita. Ruidosa, ella. Me desesperaba mucho, muchísimo. Cuando le daba por hablar en voz alta, en medio de la clase, con alguna de sus amigas, yo volteaba a ver a Elizabeth, mi compañera chilena, y le decía: "Ahí va esta pinche irrespetuosa. Yo no sé para qué entra, si no le interesa un carajo". En varias ocasiones los profesores le pidieron silencio o la callaron. Faltó a muchas clases. Al parecer, y por lo que nos dimos cuenta, a veces hacía como que iba al Ulpán, tal vez para salirse de su casa con un pretexto legítimo, y llegada ahí, en lugar de entrar a clase, se iba a otro lado. Me daba la impresión de que sus padres la hacían venir a las clases, pero que a ella no le hacía mucha gracia.

Había otra chica llamada Nur. De cabello largo y castaño, ojos bonitos y cejas envidiablemente simétricas. Solía vestirse sexy, con colores muy llamativos. Bromista, ruidosa también. A veces trataba de hablarnos en español a las latinas, porque veía telenovelas. Hacía reír a los maestros de cuando en cuando. A veces también llegaba a desesperarme, pero al menos esta se me hacía simpática.

Akram es un chico un poco más joven que yo, sonriente y caballeroso. Es dentista. En alguna exposición que hizo, nos dio traducciones al español del vocabulario complicado, considerando que era lo correcto dado que, aunque pocas, las hispanohablantes de grupo merecíamos dicha atención. No dejamos de llamarlo חמוד (como "querido" o, más mexicano y fresa: "¡mi vida!") el resto de la clase por tal detalle.

En este curioso periodo de convivencia reafirmé la idea de que todos somos más o menos lo mismo. Le rendimos culto a diferentes dioses, a diferentes ideas y nacionalismos, pero nos reímos igual, nos enojamos igual, aunque las reacciones puedan ser diversas. No estoy tratando de hiperbolizar nada; sólo estoy buscando las palabras ideales para explicarles que, en verdad, me di cuenta de que, como dice Hipatia, interpretada por Rachel Weisz, en la película Agora, de 2009: "More things unite us, than divide us". E incluso en aquellas que nos dividen tenemos más vínculos de lo que parece. 



El 13 de noviembre dejo de trabajar en lo que me ha estado dando sustento desde principios de año: limpiar casas. Voy a extrañar algunas de mis casas, y de mis clientes. Porque con ellas y ellos formé ciertos apegos que no me imaginé antes. Con sus modos, sus fotografías, sus decoraciones: todo eso que me contaron sin decirme ni una sola palabra, todas sus historias de las que me adueñé por ratos sin que ellos lo supieran. Es impresionante la cantidad de cosas que uno llega a saber de la gente pasando tiempo en sus hogares, aunque no haya mucha plática de por medio. Pero llegué a mi meta, ahorré, y ahora cambio de táctica. El 17 de noviembre, por fin, salgo de viaje, y al volver voy a dedicarme, إن شاء الله y בעזרת השם, de lleno a un semestre de hebreo intensivo, y a empezar con el árabe, con el que tanto me encariñé ya.

Aquí, el otoño se anuncia poco a poco; hoy, por ejemplo, con un día sin mucho sol, templado, y un intervalo de cielo azul y nubes grises. Este año me voy a perder la nevada aquí en Jerusalén, pero por buenas razones solamente. Y es que pasando el umbral de los 2 años viviendo aquí (llegué a Israel el 4 de septiembre de 2012) ya siento que este, además de una aventura que se ha extendido para bien, es ahora mi hogar. He ido sobrepasando varias disputas que tuve conmigo misma a lo largo de este tiempo. Pensé en la posibilidad de volver a México, o en la de mudarme (de nuevo) a otro país. Esas perspectivas ahora mismo no me parecen tan inspiradoras. Aquí he encontrado un cierto balance entre odio y amor. Mis odios, mis amores, y los de los otros. Aquí he amado más de lo que me creí capaz, y al mismo tiempo, he amado el aquí más de lo que he amado a ningún otro.

viernes, 29 de agosto de 2014

Fronteras de agosto

8 de agosto de 2014

La operación en Gaza, llamada "Margen Protector" comenzó el 8 de julio pasado. Un mes exacto, desde hoy. Estos últimos días hubo un cese al fuego de 72 horas, pero justo hoy se terminó y las hostilidades no se hicieron esperar. La operación de 2012, que también me tocó vivir, duró apenas unos días. De entre los vaivenes de relativa calma y violencia a la que los residentes de estas tierras ya están tan acostumbrados (para bien o para mal), de entradas y salidas de Gaza, de misiles y bombardeos, Margen Protector se ha extendido más de lo que muchos quisieran. Fueron lanzados hacia Israel más de 3,000 misiles (según datos de las Fuerzas de Defensa de Israel, 3,360), de los cuales 2,303 han golpeado el territorio; 115 han caído en áreas pobladas, 584 interceptados por la Cúpula de Hierro, 119 fallidos, y 475 que han caído adentro de la misma Franja. Más de 60 soldados han muerto, y 150 han sido heridos. Del lado gazatí, alrededor de 1,885 muertos, y un aproximado de 10,000 heridos.

Las justificaciones están de más. Pareciera que todos los envueltos en este conflicto vivieran en realidades muy diferentes. Israel, por un lado, acusado de operaciones desmedidas que se están cobrando la vida de mucha gente inocente; Israel justificando la legitimidad de sus acciones, declarando que lamentan las pérdidas humanas, y perdiendo el apoyo de la comunidad internacional. Hamás, por otro lado, lanzando cohetes desde áreas pobladas, mezquitas, hospitales y hasta recintos de la ONU. Fotos virales que, en algunos casos auténticas, y en muchos tomadas de conflictos de Siria, Irak, y otras partes. Para ellos, cada muerte gazatí es una victoria mediática, un arma más en contra de Israel. Victorias en el camino de algo que, sea lo que sea, está muy lejos de estar relacionado con el bienestar del pueblo palestino.


29 de agosto de 2014

He escrito mucho menos de lo que me hubiera gustado en estos últimos dos meses. Han pasado muchas cosas: En julio renové mi visa de trabajo, y dentro de poco voy a hacer un viaje de dos meses fuera del país. Por ahora no mucha gente sabe a dónde. También, dentro de una semana exactamente, cumplo dos años de vivir en Israel. Dos años.

El día que llegué, 4 de septiembre de 2012, mi mundo se fue de cabeza. Era la primera vez que cruzaba el océano, y la primera vez que viajaba a expensas de mí misma, de mi curiosidad, de mi deseo de irme lejos. De ahí en adelante todo ha sido como parte de una novela de la que yo soy personaje. Siempre me desdoblo, cuando me encuentro cara a cara con esta realidad que parece tan inverosímil, y es como si esta vida que estoy viviendo no fuera mía, sino la de otra yo.

El llamado al rezo de las mezquitas aledañas ya no me despierta en la madrugada: me he acostumbrado a él. Cuando tengo que ir a trabajar temprano, todavía no hace calor. Hay una especie de bruma fresca que poco a poco se va evaporando, hasta que, por ahí de las 9 de la mañana, hay que prender los ventiladores o el aire acondicionado. Ya me acostumbré a vivir en frontera. En una frontera que es y no es, dependiendo de a quién le preguntes. El año 1967 tiene que ver.

Desde la ventana de mi cuarto se alcanzan a ver las villas árabes que nos rodean. La guerra en Gaza "terminó", luego de 50 días. Alrededor de 2,200 muertos. Y, desde hace un par de días, los habitantes de estas villas lanzan fuegos artificiales y ondean banderas palestinas, celebrando la "victoria". La prensa árabe insiste en que Hamás ganó la guerra. En Israel no celebran, pero afirman que las FDI ganaron la guerra contra Hamás. Ayer se dijo que Netanyahu había aceptado un estado palestino en las fronteras del 67. Luego se desmintió la información.

Últimamente he estado pensando en una noticia que leí hace unos días: Una pareja, conformada por una judía y un musulmán, se casó. Como aquí en Israel no existe el matrimonio civil, la chica tuvo que convertirse al Islam para que la boda fuera legal. Un grupo de extrema derecha, autodenominado Lehava convocó gente para ir a protestar frente a la boda, por ser una "abominación". Sin embargo, la boda se celebró, sin altercados mayores. Quiero decir, debe ser incómodo tener un grupo de locos gritando "Muerte a los árabes" el día que se supone debe ser el más feliz de tu vida, pero al menos no hubo agresiones físicas. El amor logró, de alguna manera, romper límites, romper separaciones, burlarse de las fronteras culturales.

Pienso en esta canción, "Let The Truce Be Known", de Orphaned Land, una banda israelí que me gusta mucho. Con ella concluyo esta breve introspección.