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martes, 24 de diciembre de 2013

Una vez cada 150 años

La semana pasada comenzó la nieve en Jerusalén, más o menos como suele hacerlo cada año (aunque hay años en los que simplemente no nieva). Pero continuó, irregularmente (como no suele hacerlo) por tres días. La ciudad se paralizó en una mezcla de euforia y caos vial. Todo el transporte público, adentro de Jerusalén, y dirigido ya sea de Jerusalén a otras ciudades o viceversa, fue cancelado casi por completo.

Me acuerdo de la mañana en la que comenzó. La noche previa a esa decían que había altas posibilidades de nieve, pero aún estaba por verse. Nada era seguro. Como a las siete de la mañana recibí un mensaje. Lev me decía "Yo creo que hoy no vas a ir a trabajar, asómate por la ventana". Alcé la cabeza levemente pero sólo alcancé a ver llovizna. No me levanté. Más o menos como a las diez vencí a la pereza y, en efecto, cuando volví a asomarme por la ventana, una delgada capa blanca comenzaba a cubrir la calle, los autos, y los techos. Por primera vez en mi vida veía nevar. El paisaje color arena que siempre recuerda sus orígenes desérticos se iba blanqueando poquito a poco. Le llamé a mi jefe preguntándole qué iba a pasar con el restaurante ese día. Me dijo que abríamos como siempre. Un rato después me llamó para decirme que mejor abríamos a las seis. No había transporte. Le avisé que no importaba qué tanto quisiera yo cumplir con mis obligaciones, no iba a poder ir. Al otro día salí a caminar con intenciones de llegar a la ciudad vieja a pie. A medio camino regresé a casa porque los calcetines se me empaparon de agua helada. Las botas no sirvieron de gran cosa.

Familias enteras estaban en los parques jugando con la nieve. Incluso los cuervos brincoteaban en los parajes blancos, como curiosos de la fría y desconocida substancia.

El mundo en blanco


Desde hace como un mes trabajo de lavaplatos en un restaurante de carnes finas, en el corazón de Jerusalén. Entro a las cuatro de la tarde, y generalmente voy saliendo como a media noche. Al principio terminaba el día molida, sintiéndome como si me hubiera caído de las escaleras. Ahora el final de mi día viene acompañado con una especie de satisfacción que hubiera pensado inconcebible hace algunos meses. El trabajo físico no deja que mi mente se vaya a lugares de donde me es difícil traerla de vuelta. En lugar de estar sentada en casa frente a la computadora esperando que la oferta de trabajo ideal aparezca, estoy haciendo algo de dinero en lo que eso pasa. Claro, el ego me dice: "Estudiaste Letras, ¿dónde quedó eso?" Yo le digo al ego: "Chinga tu madre, ego. En lo que encuentro en que aplicar mis Letras aquí, voy a hacer dinero, y voy a ahorrarlo para fines más elevados (sean los que sean)." Y a veces en medio de esas conversaciones me da por preguntarme si cambiaría todo esto por estar en México haciendo un posgrado, viajando de mi casa a la Universidad y de regreso. De pronto estoy lavando trastes, bromeando y riendo con meseros y compañeros de cocina, todos ellos de diferentes culturas, de diferentes países, con diferentes historias, a veces en inglés, a veces en español; todo en el centro del "centro del mundo". La ciudad que todos claman como suya. Me subo al bus de regreso a casa y oigo varios idiomas a la vez, una pequeña Babel en movimiento: árabe, hebreo, inglés, amárico, español, filipino, francés. Llego a mi estación, y a lo lejos alcanzo a ver Jordania. Me parece que estoy viviendo en una historia que yo misma hubiera querido escribir en algún momento.

Me pregunto con frecuencia cuál es el siguiente paso. No pude empezar en la Universidad Hebrea por falta de recursos. No hubo becas de ningún lado, ni intentos de nadie por disuadir a nadie de ayudarme. Por primera vez en mi vida me encontré sola con un sueño que se quedó plasmado únicamente en una carta de aceptación que ya no tiene validez ni uso. Sin embargo, hace poco fui a hablar con la cabeza del programa del área hispana de la misma universidad, y me trató maravillosamente. Una señora argentina que de verdad buscó, hasta el último de los recursos, ayudarme, incluso con la posibilidad de aceptarme en el segundo semestre del posgrado. Un posgrado en español en Israel. ¿Qué más podría pedir? Pero aún así no hay dinero, no hay becas. La encargada del área cultural en la embajada de Israel en México dice una cosa, en el Ministerio de Asuntos Exteriores en Israel dicen otra, y parece que en el medio quedan los "acuerdos de cooperación educativa" que sólo son bonitos cuando los políticos se dan la mano y los acuerdan. Las becas reales parecen siempre estar más arriba del alcance de los simples mortales que, como yo, se creían peces gordos en sus países de origen.

Pero luego me pregunto, ¿quiero seguir estudiando? ¿Quiero convertirme en Maestra y Doctora? La respuesta que mi propia mente me da de inmediato es: "¡Sí! ¡A huevo que quieres! Es lo que siempre has querido". Pero mi rostro denota una expresión que no demuestra el mismo entusiasmo. Un entusiasmo que sí se hace más que obvio en la sonrisa que me nace cuando hablo de cómo me gustaría dar clases de español aquí, aunque todavía no me han llegado alumnos; cuando leo sobre fotografía y practico con mi muy simple cámara réflex; cuando tengo tiempo de sentarme a releer esas novelas que me marcaron, o a escribir de mis experiencias en Israel, por el puro gusto de compartir. Un sonrisa que se acentúa cuando me descubro respondiendo en hebreo en la calle, en lugar de en un inglés nervioso y apenado, o entendiendo la conversación que la persona sentada junto a mí en el bus tiene por teléfono. Quiero seguir estudiando hebreo hasta ser capaz de hablarlo fluido. Quiero estudiar árabe y ruso. Quiero ir a Jordania y Egipto. Todos estos esbozos de planes son los que me hacen creer que estos pasos tambaleantes tienen un propósito mayor, y que ese propósito mayor luego dará pie a otros tantos propósitos mayores que se irán multiplicando así sin parar ni un solo día. Tal vez eventualmente regresaré a la Universidad con ánimos renovados. Tal vez.

Muestra de mis fotografías recientes con la nueva réflex: El Santo Sepulcro

Muestra de mis fotografías recientes con la nueva réflex: El mercado de la ciudad vieja

Muestra de mis fotografías recientes con la nueva réflex: En las afueras de la ciudad vieja

Hoy es 24 de diciembre. Este es mi segundo año "sin navidad". Estos últimos días en el restaurante los meseros han estado bromeando y cantando canciones navideñas (la ironía radica en que es un lugar kosher, en donde soy la única empleada no judía, al que van a comer casi puros judíos ortodoxos). Sin embargo ayer precisamente fueron unos mexicanos que al parecer estaban por estos rumbos para celebrar Navidad en la tierra de Jesús. Extraño las cenas navideñas, las luces. Estoy buscando otro trabajo. En el restaurante las ventajas son varias, pero la paga es pequeña, y sin bien traduciéndola a pesos podría sonar como una fortuna, la realidad es que acá es apenas un salario decente.

Hace un par de días hubo un atentado terrorista en Tel Aviv. Descubrieron una maleta abandonada en un bus, se percataron de que contenía una bomba, y evacuaron a los pasajeros. Un rato después la bomba estalló. Dicen que siempre que hay negociaciones de paz la violencia aumenta. Irónico, ¿no? Algunos piensan que estamos al borde de la Tercera Intifada. Historias que se repiten una y otra vez, años y años de lo mismo. ¿Alguna vez terminará el círculo vicioso?

Parece que la tormenta de la semana pasada fue una como en 150 años (me parece que poco menos, pero me gusta hiperbolizar, y me gustan los números cerrados). Tengo suerte de encontrarme con situaciones tan únicas como esta. El año pasado me tocaron las alarmas antiaéreas de Tel Aviv, y de Jerusalén. Ahora una tormenta de nieve que fue tan fuerte que incluso alcanzó las pirámides de Egipto. 

Pero también debo mencionar las historias, historias que no se repetirán ni en 150 años. Tengo suerte con esas. Extraño a muchas personas que se quedaron en el camino, hoy quisiera poder decirles cuánto las quise, cuánto las amé, cuánto lamento los errores cometidos. La vida cambia tan rápido. No me siento única; supongo que todos tenemos historias de este tipo que contar. Yo cuento las mías en medio de un conflicto que me sobrepasa. Los ojos del mundo están puestos en esta zona, siempre, por una u otra razón: para regresar una y otra vez a la narrativa de los buenos y los malos, los opresores y los oprimidos. Yo vivo mi micro-historia adentro de esa macro-historia, y trato de encontrar conexiones que bien podrían ser o inexistentes o invisibles. Un nuevo año va entrando. Probablemente esta es la última entrada del blog para este 2013. 

Feliz Navidad desde Jerusalén :-)

sábado, 30 de noviembre de 2013

Cuando pasa afuera de tu casa

El vecindario, visto desde la ventana del departamento de una amiga

Ya es normal que la violencia no sea algo lejano, de lo que oímos hablar de cuando en cuando, en alguna noticia, en alguna nota periodística, sino algo que experimentamos en lo cotidiano. Tan cotidiana es ya como el mero hecho de levantarnos de la cama, tomarnos un café y salir a trabajar —así de cotidiana—.

Cuando vivía en México, la gente se sorprendía cuando hablaba de mis intenciones de venir a probar la vida a Israel. "¿Y por qué te vas allá, mujer? Si se la pasan en guerra. ¿No te da miedo?". Y es que la maravilla de los medios es cómo con un par de imágenes y palabras más o menos bien administradas pueden clavarnos muy hondo ideas de lo más trastocadas. Algunos comentarios similares en mis recientes vacaciones: "¿Y allá tienes que andar toda tapada?". 

Le decía a cierto israelí: "Qué curioso que para mucha gente allá en México todos ustedes son simple y llanamente árabes." Árabes disparándose los unos a los otros, nada más.

Aquí a veces me preguntan: "La situación en México está muy violenta, ¿no?" Les digo que no tanto así, y les cuento que a mí nada más me han asaltado tres veces en mi vida. Sí, nada más. A otros les tocan cinco o más asaltos al años. Con los ojos muy abiertos exclaman algo como "wow", y a veces platican alguna anécdota que a ellos mismos les contaron otras personas que tuvieron experiencias desafortunadas en México, o en otro país de América Latina.

Las cosas pueden no estar tan mal como los medios las pintan, pero eso no significa que estén de lo mejor. Uno se percata de ello cuando ya no sorprende que la violencia se dé afuera de la casa, en la colonia, a tres cuadras, en todas las pantallas y primeras planas de periódico. En México, afuera de mi casa había violencia; en Jerusalén, afuera de mi casa, sigue habiendo violencia.

Hace un par de días, aquí en mi vecindario, apedrearon el carro de una mujer que iba con sus tres hijos. Su hija de dos años recibió el impacto de una de las piedras en la cabeza, y fue llevada al hospital de emergencia. Los responsables eran, según los informes, cuatro adolescentes de una villa árabe contigua.* Las razones son las de siempre: ejercer presión en las negociaciones de Israel con la Autoridad Palestina. Venganza por motivos generalmente ajenos a las víctimas.

El odio pareciera heredarse casi como los apellidos se heredan, o como una enfermedad peligrosa se contagia. Ya nadie tiene la culpa, y todos la tienen. Una piedra vuela de un lado, una bomba molotov del otro. Si eres judío, eres israelí,  y si eres israelí, eres judío. Si eres árabe, eres terrorista o eres oprimido. Si eres árabe judío eres traidor, y si eres israelí pro-palestino no sabes en dónde estás parado. Los límites que nos esforzamos tanto por definir se deshacen tan fácilmente como una costura mal hecha se desgarra de un tirón.


martes, 19 de noviembre de 2013

3 notas sin relación aparente

17.11.2013: Hoy amaneció fresco en Jerusalén. No sé si decir que nublado. Hay una sobrepoblación de nubes blancas, pero ninguna de esas color plomo que amenazan con diluvio. No encuentro el sol. Son las cuatro de la tarde, y apenas y queda una hora más de luz. El anochecer a las cinco de la tarde da la sensación de que los días pasan excepcionalmente rápido.

19.11.2013: La semana pasada mataron a un chico de 19 años (que tenía escasos dos meses de haber empezado su ejército) en el autobús 823, que iba de Nazareth a Tel Aviv. Se llamaba Eden Attías. Al parecer el vehículo hizo una parada en Afula y un muchacho palestino de 16 se subió. El joven soldado dormitaba en su asiento cuando fue apuñalado. Murió el hospital unas horas después del incidente. Al chico palestino, de nombre Hussein Yawadra, lo detuvieron y confesó que lo había hecho por "venganza". Para vengar a dos parientes suyos que están en cárceles israelíes, también por haber atacado y asesinado israelís. La organización terrorista Hamás lo felicita y lo califica de "héroe". Poco después una casa palestina es incendiada en el West Bank, por israelís. Los responsables dejan un graffitti en la pared: "En recuerdo de Eden. ¡Venganza!".

28.11.2013: Shimon Peres está en México firmando acuerdos de cooperación. Aquí, en Jerusalén, la temperatura sube y baja, como indecisa todavía de ser invierno de tiempo completo. Yo, por fin tengo la cámara réflex que tanto quería desde hace mucho tiempo.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Autobús 400

Cuando me fui de México dejé más de lo que yo misma me hubiera creído capaz de dejar meses antes. Venía saliendo de una depresión muy fuerte. Una de esas que no son mera tristeza decorativa, sino eclipse total. La vida empezó a parecerme una especie de paradoja cruel. Los  pensamientos predominantes en mi mente eran “¿Qué caso tiene vivir si al final todos nos morimos? ¿Qué caso existir si eventualmente dejamos de existir?”. Cualquier posibilidad me parecía fútil. “¿Para qué?”

Levantarme por las mañanas me daba náuseas. A veces despertaba llorando. Llegué a tal grado que tuve que aceptar que necesitaba ayuda. Tuve la suerte de que mi madre se encontró con un psiquiatra que resultó ser maravilloso, y entre terapias y medicación la mejoría fue inmediata. Poco tiempo después de eso fue cuando surgió la oportunidad de venir a Israel. Me contactó una familia que estaba buscando aupair, y la fecha para empezar un curso en el Instituto Cervantes de Tel Aviv estaba cercana, así que la situación era perfecta. Podía enlazar ambas circunstancias de tal manera que iba a tener donde vivir, un ingreso mensual y a la vez iba a seguir estudiando.

Pero en México había decisiones que tomar antes de dejarme llevar por el encanto de la situación: Acababa de empezar una maestría en la UNAM, y al mismo tiempo acababa de perder la oportunidad de recibir la beca pertinente al programa en el que estaba, en parte por negligencia administrativa, y en parte por confiarme de que la página se suponía que daría dicha información, bueno… la daría. La maestría era para aprender a enseñar a español como lengua materna a estudiantes de bachillerato. Me parecía interesante, aunque a mí me hubiera gustado más entrar a algo para especializarme en la enseñanza de la lengua para extranjeros.

Tenía a Abraham, un novio al que amaba mucho, y quien me amaba mucho a mí (En aquel entonces hubiera apostado el corazón a que él era el hombre con el que pasaría el resto de mis días). Iba a comenzar el proceso para convertirme al judaísmo, y todo se conjugaba, también, perfectamente. Lo único que no encajaba era esa horrenda depresión que me masticaba las tripas, como una rata de alcantarilla que ha pasado muchos días sin comer.

Recuerdo que el día en que hablé por Skype por primera vez con el señor Chasen, el padre de la familia con la que viví mis primeros 6 meses en Israel, me emocioné muchísimo, tanto como la rata hambrienta no me había dejado hacía mucho. Y luego un escalofrío: ¿qué pasaría con todo lo que ya tenía para ese entonces? Abraham dormía y recuerdo que luego de que despertó me recosté a su lado en la cama y recargué mi cabeza en su pecho. Empecé a llorar porque no quería alejarme de él, ni de todo lo que ya tenía y que me apuntaba hacia cierta dirección más o menos concreta, pero a la vez sentía el alivio de la posibilidad de arrepentirme de lo que estaba a punto a hacer, en cualquier momento, antes de hacerlo. Pero nunca lo hice. No me arrepentí. Y el día en que mi madre y yo compramos el boleto con destino a Tel Aviv, se marcaron los caminos que habría de seguir a partir de ese momento.

Y el día en que pisé el aeropuerto para decirle adiós a México durante un año exacto (y que no volveré a narrar, porque está en los primeros escritos de este blog) todavía caminé con esa cadenita militar puesta en el cuello que tenía una placa con el nombre “Abraham” –que él mismo me había regalado en algún momento –, y con los testimonios fotográficos de nuestro último beso en mi cámara digital.
Entre los problemas de adaptación que tuve al principio al llegar a mi “nuevo hogar”, la nostalgia, y los encuentros posteriores con amigos y viejos amores platónicos, mi antigua relación se fue al demonio. 

Pero yo había querido venirme a Israel desde antes de la "era de Abraham". Fue el 9 de agosto de 2010 que lo decidí, acostada en el pasto, en las "Islas" atrás de la Facultad de Filosofía y Letras, en CU. Sabía poco del país, poco del judaísmo, pero algo parecía señalarme con flechas rojas y brillantes que allá había mucho más para mí de lo que las palabras me alcanzaban para explicármelo a mí misma. Algo similar a agarrar un globo terráqueo, girarlo y luego detenerlo con un dedo y decidir súbitamente, ya con las maletas hechas: "Me voy a este lugar que mi dedo tocó al azar".


Desde el autobús 400

Más o menos por estas fechas, hace un año, empecé a venir a pasar los fines de semana a Jerusalén. Terminaba de limpiar la casa y preparar a los niños Chasen para el Shabat y me salía corriendo para tomar el autobús 400 que me llevaba de Bnei Brak a Jerusalén en más o menos hora y media.

Pues bien, en todas esas horas y medias que pasé en el autobús 400 atravesé por una serie de procesos a veces dolorosos, a veces agridulces, que ahora por alguna razón recuerdo con más placer que tristeza. La mayor parte del viaje recargaba mi cabeza en alguna de las ventanas y así veía los paisajes cambiar a la velocidad que el tráfico de la tarde lo permitiera. Primero un tramo largo de Bnei Brak: ultraortodoxos haciendo las últimas compras para la entrada del shabat. Luego carretera, la Universidad de Bar Ilán, más carretera, llanos larguísimos, poblados que parecían despoblados, bosque, y al final Jerusalén.

En algún punto de la historia, durante varios fines de semana, el recorrido de imágenes en la ventana iba acompañado de música. Con los auriculares puestos escuchaba el álbum Remedy Lane de Pain of Salvation. Si alguien me hubiera dicho hace cuatro años que me iría a vivir a Medio Oriente nada más porque un día me surgió la idea, me hubiera reído. "¿Yo qué voy a hacer allá?" Mi vida estaba perfectamente planeada, no había fallo. Licenciatura, maestría, doctorado, algún libro en camino, en fin. ¿Qué más se puede pedir? 

And so I find myself here once again - first step down Remedy Lane
Budapest you tore my world apart - well, here I am
Worn with rope ends on my mind, torn with blood scarred in my eyes
But now I'm back to shake that from my life
Ending Theme, ending theme
Ripping at the seams, for an opening
Back again at Deak Ter - I know I could have left her there
It was the feeling of leaving myself that I could not bear
The same old hotel room in Pest one night before the Sziget fest
Hungarian Princess will you share my rest?
To rest in my...
ENDING THEME
ENDING THEME
Ripping at the seams, for an opening*

Pensaba en muchas cosas a la vez: en ambiciones, dudas, en varias personas que habían tenido influencia en mi vida, en el amor, en la separación, en los encuentros, en las uniones inesperadas. Y a veces, like a glimpse of light: ¿cómo es todos los sucesos de mi vida me llevaron a este viaje? ¿Cómo es que acabé aquí, a medio camino entre Tel Aviv y Jerusalén? Y ahora recuerdo esos tramos como travesías épicas, momentos de transición, que de vez en cuando todavía me hacen falta. 



*"Ending Theme" en Remedy Lane, de Pain of Salvation

jueves, 31 de octubre de 2013

Patria-ex-patria

Empecé a escribir esta entrada estando en mi país natal, y apenas hoy, último día de octubre la retomo, para no dejar pasar el mes sin haberme aparecido por el blog.

Varias reflexiones han surgido de mi breve estadía en México luego de un año de vivir en Israel (Sí, ya un año, aún me cuesta trabajo creerlo).



¿Israel o México?


En cada país he encontrado cosas que me llenan, con las que he formado vínculos; y en cada uno, también, detalles que me desagradan a más no poder. Israel es un país seguro en cuanto a tasas de crimen en las calles. No es común escuchar las anécdotas (que son tan comunes en México, por ejemplo) de alguien que haya sido asaltado con navaja en mano por un celular, o una cartera. Claro que hay amenazas latentes, como el terrorismo, los misiles y demás, pero la facilidad con la que uno se acostumbra a ellas es tan real como difícil de entender para alguien que no vive bajo semejante sombra bélica.

La gente en Israel suele ser brusca, y en algunos casos, en mexicanos estándares, hasta grosera. Cuando se llega a vivir aquí, como en mi caso, con esa sensiblería constante del "por favor" y el "gracias", uno pareciera resaltar por extraño. Lo bueno de esto es la ausencia de lo que yo denomino como "agachonería". La gente siempre se defiende de lo que cree injusto. Las miradas bajas de resentimiento son reemplazadas por palabras directas y gritería.

La gente de México me gusta más por el simple detalle de la calidez. También los espacios abiertos, en general. Ciudad de México me parece más bonita (y pintoresca) que la urbe por excelencia de Israel: Tel Aviv. Jerusalén tiene un encanto especial (creo que ya lo he dicho antes) en esa mezcla extraordinaria entre antiguo, moderno, judío y árabe. El color arena de los edificios lo hace todo homogéneo, bonito. La luz resalta; uno se siente rodeado de dorado todo el tiempo, pero a veces hasta la más perfecta homogeneidad aburre. No cambiaré vesiones: Amo a esta ciudad, pero los contrastes del Distrito Federal en México siguen ocupando un lugar irremplazable en mi corazón.

Claro que la relación espacio-población es otra cosa. Estar en el centro de la Ciudad de México es como estar en medio de una estampida de zombies. Calles llenas de gente, carros, ruido, etc. Aquí en Jerusalén, con todo y que se supone que es la ciudad más poblada de Israel, me siento como diríamos en México en provincia. Por más gente que haya en las calles, a las horas pico, no se siente concurrido.

Pero, finalmente, en México están la mayoría de mis recuerdos y de mis vínculos emocionales. Venir a Israel fue un logro, y no cambiaría esta experiencia por nada. Sin embargo, pienso en México incluso más de lo que quisiera. En cómo hubiera sido mi vida, por ejemplo, si nunca me hubiera ido. En cómo sería si regresara, y en cómo será si me quedo acá de manera permanente.

El Día de Muertos me hizo pensar en todos aquellos que ya no están: los que murieron, los que sin morirse se fueron; pero sobre todo en los "hubiera" incisivos, que no están ni vivos ni muertos. Que existen sólo como posibilidades, algunas más o menos posibles que otras: ¿Estoy en el lugar correcto? ¿Con las personas correctas? ¿Qué volvería a hacer y qué no, de tener la oportunidad de re-vivir el último año-y-algo de mi vida?

Creo tengo el síndrome del blog en blanco. Hoy es 5 de noviembre y recién me atrevo a escribir la última línea de esta entrada.


lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuatro historias bajo el título de "West Bank express"

La idea original era contar acerca de mis breves entradas a Cisjordania (ya tenía hasta el título) pero me sentía dispersa, y queriendo hablar de varias cosas a la vez, terminé escribiendo cuatro mini-textos, sin forma definida, mientras esperaba mi vuelo para Londres en el aeropuerto de Tel Aviv, el 4 de septiembre de 2013:


1. En dos semanas he entrado al West Bank más veces de las que entré en todo el año que estuve aquí. Sin embargo, jamás he puesto un pie ahí. El transporte público a veces tiene que recorrer tramos de camino adentro de dichos territorios. Es frecuente que cuando un autobús entra, y también cuando sale, se suban por la puerta delantera un par de soldados con M16 en las manos; lo recorran, escaneándonos parcialmente con la mirada, para luego bajarse por la puerta trasera, dándole luz verde al conductor para que siga su camino. A un lado están los controles para peatones. Apenas los noté hoy cuando venía rumbo al aeropuerto.

2. La gente de Israel es gente muy fuerte. Parecen nunca tener miedo de nada, con todo y que en 65 años las amenazas de "borrar a Israel del mapa" se repiten como un eco infinito. Pero no, sí tienen miedo (me corrijo sin borrar nada de lo que ya escribí; habrán de disculparme pero no he dormido, y quiero conservar la honestidad de la vigilia, aunque sea entre paréntesis). Lo que pasa es que sus miedos son otros: me son ajenos y a veces no los entiendo. Árabes y judíos tienen miedo; a veces viven juntos y a veces separados. Se les puede ver en fraterna convivencia en algún sitio, y en otro gritándose maldiciones. Toda la violencia aquí es producto del miedo que se tienen los unos a los otros. Pero ya están acostumbrados. ¿Cómo se pueden acostumbrar a vivir así? Unas veces bajo la amenaza interna; la que cada grupo representa para el otro. Otras bajo la sombra de vecinos más grandes y más poblados, que llegado el momento no se molestarían ni en preguntar, antes de atacar: "Disculpe, ¿es usted judío, árabe, o turista? Nada más para saber si le toca misil en el jardín, o no."

3. Mataron a mi amigo el Negro en un asalto, allá en México. Ya no éramos cercanos, y probablemente de todos modos no lo hubiera vuelto a ver; sin embargo él fue un eslabón importante entre etapas tempranas de mi vida. Yo tenía catorce años cuando lo conocí: fue un rito de paso. Lo mataron de un balazo porque se resistió al robo. Siempre nos dicen: "si te toca, cuando te toque, les das todo y no te resistes." No somos tan diferentes a los de acá. También estamos acostumbrados a la violencia. Aquí traen M16 colgadas al hombro, construyen muros; cuando juntos, son amigos pero igual prefieren vivir en villas separadas, y cuando separados coleccionan razones de porqué los otros tienen "más culpa". Allá en México traemos el monedero en la mano, cual arma poderosa, para no hacer enojar al asaltante de cabecera en el autobús por no tener que darle, para que no nos mate del coraje; mientras más alta es la barda de la casa, más seguros estaremos; vivimos juntos, pero fuera del DF, todo es Cuautitlán; todos los demás tienen la culpa de la situación: el mundo se arreglaría tan fácil si todos siguieran nuestros consejos.

Llevo una hora escribiendo.

4. Hace 365 días exactamente estaba en este mismo aeropuerto. Me vine a Israel por muchas razones: 1) Tenia dos años queriendo venir, porque me gusta la historia de esta zona, porque había personas acá que me importaban, y porque estaba cansada de estar en el mismo pedazo de tierra. 2) Si mi muerte es prematura, prefiero que sea porque me cayó un misil encima, y no porque me apuñalaron por mi celular. 3) Necesito pensar en más razones para que el "muchas" sea válido, y no sólo una muletilla porque me estoy casi quedando dormida mientras escribo. Sigo aquí, en el Aeropuerto Internacional Ben Gurión, en Tel Aviv. Son las 7:12 de la mañana.


viernes, 30 de agosto de 2013

Masada

Es innegable que las tragedias y los héroes nos fascinan, sin importar si son reales (digamos, históricos) o imaginarios. Son raras las veces que una historia "feliz", sin algún tipo de problemática, tragedia, separación, crimen o muerte nos atrapa. Así pues, Masada es un claro ejemplo histórico de heroicidad trágica; uno de muchos, tal vez, y probablemente no está entre los más famosos.

Yo estaba poco familiarizada con lo que sucedió ahí. Cuando la gente hablaba de Masada, sólo me venían a la mente un montón de ruinas arriba de una montaña en un desierto. Me imaginaba alguna zona fuera del alcance del hombre común, no un sitio turístico con todas las facilidades para ser recorrido. El desierto de Judea es fascinante en más de un sentido: con pocas poblaciones dispersas por aquí y por allá, todavía da la impresión de inexplorado, de sitio que guarda secretos de tiempos remotos. El Mar Muerto es plenamente visible desde casi todos los ángulos. Esta ilusión de santuario antiguo, sin embargo, se rompe cuando uno llega al "Parque Nacional de Masada", como se conoce a esa zona en concreto.

El Mar Muerto, visto desde el autobús

Desierto de Judea


El calor desaparece de golpe cuando uno entra al centro de visitantes, dando paso a la agradable y artificial brisa del aire acondicionado. El primer paso, antes de ir al área de las ruinas, es pasar a través del museo. Uno puede, por supuesto, comprar un mapa y rentar la audio-guía que irá relatando la historia según el área del museo en la que uno se encuentre. 

El museo de Masada busca, particularmente, ensalzar la emotividad de la historia contenida en los hallazgos arqueológicos. Así, la narración que se escucha en la audio-guía en cada sala va narrando capítulos cronológicos. Nos habla de la época de la dominación romana, de las revueltas, de la vida cotidiana de los judíos, y el momento en el que se decidió la suerte final de los habitantes de Masada. 




Esta es la historia: Masada (en hebreo "Metzadá" מצודה) fue una ciudad fortificada en la cima de una montaña amesetada en el desierto de Judea. Sus habitantes, rebeldes judíos a finales de la primera guerra Judeo-Romana (66-73 d. C.), decidieron llevar a cabo un suicidio colectivo cuando se dieron cuenta de que la derrota era inevitable ante el asedio de la Décima Legión romana. Cuando los romanos finalmente lograron conquistar la ciudad, se encontraron sólo con pilas de cadáveres y si acaso un par de mujeres y unos cuantos niños con vida (quienes se habían escondido en almacenes, y se supone fueron los que contaron la historia de lo que había sucedido). Más de 900 personas habían muerto. Con su suicidio, la población de Masada le había arrebatado a los romanos todos los bien conocidos trofeos que el vencedor podía llevarse en esta clase de batallas: desde violar a las mujeres, hasta esclavizar a los niños. Se dice que fue tanta la frustración de la Legión al encontrarse con una ciudad de muertos, que al final ni siquiera tuvieron ánimos de celebrar.


Otra vista del Mar Muerto, esta vez desde una construcción en Masada



Más ruinas

Las ruinas son accesibles ya sea a pie, si uno quiere subir el camino "a la antigua". También está el funicular que lo lleva a uno hasta la cima. Los edificios antiguos aún se medio-erigen, medio destrozados, medio heridos. Desde lo alto la vista es espectacular. El Mar Muerto corona, borrosamente, el rojo-dorado del desierto. El sol quema, pero la maravilla que es estar ahí lo vale.

Hay un cierto tipo de pájaros negros, como urracas, que cantan en diferentes tonos, de manera casi alegre. Son curiosos, y parecen ya no temerle ni un poco a las personas, que se acercan a distancias increíblemente cortas para fotografiarlos. Si uno se queda mucho tiempo en cierto sitio, poco a poco verá llegar más y más de estas aves a posarse cerca de uno. De pronto parecieran tener tours propios para ver a los visitantes. Pero si se deja volar la imaginación un rato, es inevitable pensar en cierta película de Alfred Hitchcock.



Guardianes alados

La historia de Masada... o mejor dicho Masada y su historia, son monumentos a la lucha heroica y a la victoria trágica. Pero, ¿quién luchó heroicamente? ¿quién venció? Vencedores y vencidos (pongan "judíos" o "romanos" del lado que mejor les parezca) al final se hundieron en el silencio. 

Hoy, de toda esta memoria, sólo quedan fragmentos de palabras rotas, y ruinas.

sábado, 24 de agosto de 2013

Puntos sobre el transporte público israelí que todo migrante debe saber

Los primeros enfrentamientos de un migrante a la vida cotidiana de un país pueden estar compuestos de varios factores, que van desde aspectos relacionados con la vivienda, los tipos de trabajo a los que puede tener acceso, las costumbres locales, el idioma, hasta el costo de los alimentos y el transporte público. En esta entrada hablaré acerca del transporte público en Israel, explicado desde mi experiencia:

En Israel básicamente se puede viajar de dos maneras: por bus (ya sea dentro de una ciudad, o de una ciudad a otra) y en tren (lo mismo, dentro de la ciudad, y hacia a otra). 

En Jerusalén, por ejemplo, el transporte interno cuesta 6.60 shekels. El boleto que te dan al momento de pagar es reutilizable por 90 minutos, lo que significa que puedes cambiar de bus, o tren, las veces que necesites durante ese rango de tiempo. La compañía de buses internos predominante dentro de Jerusalén  es Egged, y el tren ligero de Jerusalén pertenece a CityPass. En Tel Aviv la compañía más usual en buses internos es Dan; su boleto también cuesta 6.60.

El interior de un bus Dan, en Tel Aviv

Tel Aviv Savidor Central Railway Station, en la avenida Arlozorov (afuera de la estación como tal también hay una estación de autobuses, aunque esta no es la Estación Central de Autobuses de Tel Aviv, no hay que confundir ;-))

Lo más recomendable es adquirir una Rav Kav, que es una tarjeta magnética que nos facilita todo en cuestión de transporte (Hay centros autorizados que las emiten en muchos lugares, como estaciones de bus y tren, como en la Central de Autobuses de Jerusalén). Con esta tarjeta tenemos la ventaja de que el primer día de cada mes podemos comprar el Jofshí Jodshí o pase mensual, que cuesta 235 shekels, y nos da acceso libre e ilimitado a todo el transporte público de un área metropolitana determinada durante un mes. Esta es la opción más recomendable si uno tiene que viajar mucho.

Rav Kav

También existe la opción de comprar un cartisiá, que son 10 viajes. Cuesta 52.80, lo que significa que al adquirir esta modalidad, nos estamos ahorrando 13.20 shekels, lo que es igual a dos viajes gratis. Esta es una buena opción si nos queremos ahorrar algo, pero no vamos a utilizar el transporte diariamente.

Es importante considerar que el crédito que le pongan a su Rav Kav en un área sólo se puede usar en esa área. Por ejemplo, si compran crédito en Tel Aviv, ese no servirá si están en Jerusalén, y viceversa.

Los precios del viaje de ciudad a ciudad varían de acuerdo a la distancia. Por ejemplo, de Tel Aviv a Jerusalén (o a la inversa) son 18 shekels. Si se compra el boleto de ida y vuelta, cuesta 30.60. Este boleto no tiene horario fijo, y yo lo llegué a usar yendo de Tel Aviv a Jerusalén, y regresando al otro día, sin problema alguno.

Hay otras compañías como Kavim, Superbus, Metronit, Metropoline, Veolia, etc. Todas funcionan de manera similar; sólo con pequeñas diferencias. Espero que este pequeño breviario les sea de utilidad. Si se me ocurren más puntos, los agregaré más adelante.

Como apéndice, dejo aquí el link de una página muy útil para buscar rutas de buses, ya sea por línea, lugar de salida, día de salida y hora:


Actualización 2014:

Los precios subieron este año. Ahora el viaje cuesta 6.90, el cartisiá 55.20, y el Jofshí Jodshí 246 shekels.


Actualización 2016:

Los precios subieron por algunos días, pero luego de que se aprobara una reforma de ley que redujo el precio del transporte público un 14%, quedaron así:


  • Pase mensual213
  • Pase semanal (nueva modalidad): 64 
  • Pase por día (nueva modalidad): 16
  • 10 viajes47.20
  • Un viaje5.90
Cabe mencionar que ahora hay una variedad mucho más grande de paquetes. Aquí sólo menciono las más simples, pero hay combinaciones de áreas, para la gente que tiene que viajar de ciudad a ciudad con frecuencia. Para más detalles, les dejo el link del sitio de Egged: http://www.egged.co.il/Article-801,1427-Monthly-Pass.aspx

lunes, 19 de agosto de 2013

¿De dónde somos? ¿A dónde pertenecemos?

Quisiera poder escribir seria y objetivamente acerca de Medio Oriente; de todo lo que pasa acá sin que, de una forma directa, afectaran mis vínculos afectivos (o in-afectivos) con la gente que conozco en esta tierra, pero aún no llego a ese nivel de profesionalismo. Finalmente no soy periodista, y hasta en el más claro y objetivo ejercicio del periodismo, salta de cuando en cuando alguna línea que sale de las entrañas. ¿Alguna línea? Probablemente más que "alguna". No podemos evitar formar vínculos, ya sea románticos o envenenados con aquello que nos rodea. Finalmente, en todos los rangos que van desde el amor hasta el desprecio, nos anudamos con el objeto de tales sentimientos.

Vivo en un país de guerra silenciosa. Mi parte favorita de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en donde está el Kotel, mejor conocido como "El muro de los lamentos", y el Monte del Templo, en donde actualmente se encuentran la Cúpula Dorada y la mezquita de Al-Aqsa es, muy probablemente, una de las zonas más conflictivas de la tierra. 



En las calles uno ve judíos y árabes caminando sobre las mismas aceras, y a diferencia de lo que usualmente los medios masivos hacen pensar, nadie está matando a nadie. Trabajan juntos, hacen negocios los unos con los otros, regularmente usan el mismo transporte; veces se relacionan en tratos cordiales y hasta amistades. Pero es imposible no notar los remanentes de un cierto rechazo que parece no salvarse ni por medio de la unidad cotidiana. Es raro ver que judíos y árabes vivan juntos: hay villas árabes y villas judías, y generalmente ambos bandos evitan meterse en las calles de los otros. Hay excepciones, pero en general funciona de esta manera.

La tensión entre los unos y los otros habla de una especie de miedo a lo que, confome avancen los "acuerdos", podría pasar con unos y con otros. Los israelís de derecha defienden la tierra, y el derecho del pueblo judío a estar aquí, por sus raíces ancestrales, por el hecho mismo de que los judíos nacieron aquí, en Judea y Jerusalén es, para ellos, el lugar más sagrado de la tierra. Estos son a los que regularmente se conoce como sionistas. Los de izquierda muestran un cierto desapego a estos conceptos, y se van más por las necesidades reales de los habitantes de esta tierra, sean israelís o palestinos. O al menos eso se supone. Muchos simplemente se denominan "de izquierda" porque ser de izquierda es ser cool, y porque ser un israelí-propalestina-quenohizoejército es todavía más cool bajo la mirada de la izquierda internacional. A estos mejor pensémoslos como izquierdistas de chocolate.

El tan mentado muro que divide territorio israelí del West Bank

Muchos dicen que los palestinos son una invención, que no hay una historia palestina porque nunca hubo un pueblo palestino. Que son egipcios y sirios; que Jordania es la parte de la división que hizo el Mandato Británico en la primera mitad del siglo XX para la población árabe, y que es ahí donde pertenecen los árabes. Tienen un punto. Si uno busca las raíces del nombre "Palestina", se encontrará con que fue el nombre que los romanos le dieron a esta tierra para humillar a los judíos, ya que estos mismos, mucho tiempo atrás, habían sido derrotados por un pueblo de raíces griegas conocido por el nombre de "filisteos". A partir de ahí hubo conquistas al por mayor: árabes, cristianos. Hubo cruzadas: poblaciones entrando y saliendo, muriendo, migrando, etc. Pero también los árabes tienen un punto. Muchos de ellos (y entiéndase que hablo del ahora, de la población actual) también nacieron aquí. ¿Qué es lo que hace que uno pertenezca a una tierra? ¿El nacer ahí o el identificarse con ella? Los judíos de todo el mundo tienen el derecho a migrar aquí; el gobierno les paga el boleto y les da montones de facilidades para que se integren a la sociedad, incluyendo la ciudadanía inmediata. Muchos migran por deseos de progresar, para buscar un nuevo comienzo, y demás razones loables. Y si todos lo hicieran por estas mismas razones, no me parecería para nada mal. Pero también hay gente que, sin tener interés alguno en aportar algo, socialmente hablando, para la nación que los recibe, migran sólo para obtener beneficios. (1) Un árabe nacido dentro de Israel tendrá también la ciudadanía, por supuesto. Pero uno nacido dentro de estos territorios de "identidad en disputa" será una historia completamente diferente. Sin embargo, esos territorios, ¿son Israel o no? He ahí el asunto. Hay gente que dice: "Si quieren autonomía, que no pidan que Israel les de cosas como si fueran ciudadanos". Hay gente de ambos lados, que aboga por un solo estado utópico en el que judíos y árabes vivan juntos (Porque se ha probado que, al menos en un nivel muy básico, sí se puede. Yo misma lo he visto), pero entonces empiezan las paranoias acerca de qué pasará con las minorías de ambos lados.  O peor aún: ¿Quiénes serían la minoría? ¿Quiénes tomarán el control? ¿Qué nacionalidad ostentarían? ¿Cómo afectaría ello a las identidades?

Hablemos un poco de minorías:

Los judíos ultraortodoxos dentro de Israel se caracterizan por vivir bajo una cerrazón casi estilo siglo XIX. Viven en  colonias y ciudades propias, en donde todo lo que se ve alrededor es, básicamente, blanco y negro (por su modo de vestir, pues). Gran parte de ellos no trabaja. El gobierno los mantiene para que estudien Torá. No tienen que hacer ejército. Según me han dicho, mientras más hijos tienen, más jugoso es el cheque mensual. Aquí expreso opiniones que son meramente mías, y si ofendo a alguien, lo lamento, pero así lo veo yo: No hacen realmente nada que beneficie al país. El estudio de la religión no tiene por qué estar peleado con ser socialmente productivo (y activo). He convivido con ellos, y puedo decir que no me encantan, como grupo social al menos (Por supuesto que también entre ellos hay admirables excepciones). Son una minoría, sin embargo, sus números aumentan constantemente. Son malos para cooperar, pero buenísimos para protestar y enfrentarse a otros. Su ridículo conservadurismo (así lo llamo yo, no se lo tomen por concepto generalizado) no puede más que acarrear desastre para el país. (2)

Mujeres ultra-ortodoxas de Bnei Brak

Por otro lado, en la comunidad árabe hay simpatizantes por la causa israelí (vamos, no creo que uno se vaya a encontrar con frecuencia este término: "causa israelí" en contraste con el de "causa palestina", pero lo uso en términos prácticos). Hay árabes, tanto musulmanes como cristianos, que hacen ejército y expresan su voluntad de vivir del lado israelí, en caso de que el Estado se parta, y una  nación árabe nazca aquí al lado. Porque, probablemente, sería sólo otra más. Otra nación árabe que, eventualmente, colapsaría en conflictos internos y choques entre grupos más, o menos religiosos, más, o menos extremistas. Pero estos simpatizantes son, por supuesto, también una minoría. La causa palestina es más seductora, tanto adentro del país, como afuera. Promete, al igual que el sionismo, una utopía revolucionaria que probablemente nunca (como cualquier utopía) llegará a concretarse. La corrupción  y los intereses cruzados de los diferentes grupos políticos palestinos no van a dejar que eso pase. Ser la víctima tiene sus ventajas ($), y las verdaderas necesidades del pueblo palestino son la última prioridad de sus líderes.

Hay casos en que la identidad pareciera tener límites borrosos. Pienso mucho en los judíos mizrahíes: los que vienen de países árabes. Son judíos árabes, aunque a ellos mismos les dé escalofríos la parte de árabes. Es raro escuchar acerca de los miles de refugiados que llegaron a Israel después de que países como Irak, Irán, Siria, Yemen y Líbano los expulsaron luego de la derrota sufrida por el mundo árabe justo después de la fundación de Israel. Cuando la gente habla acerca del "régimen de ocupación", de los derechos de los habitantes originales, de que los judíos vuelvan a sus países de origen, etc., me gustaría saber cuál sería su solución para todos los mizrahíes (los expulsados que aún viven, y sus descendientes). ¿Mandarlos a sus países de origen? ¿Pedirle por favor a los gobiernos de todos estos países árabes que acepten de nuevo a "sus judíos"?

No hay absolutos. Los matices de religión, deber, ideología, raíces, y memorias históricas hacen de este conflicto un círculo vicioso. De ambos lados tienen puntos válidos, y de ambos lados tienen argumentos estúpidos. 

¿De dónde somos? ¿A dónde pertenecemos?


(1) Es curioso que acá la conversión al judaísmo a veces es más un recurso de integración social, que un verdadero acto de fe. Si uno logra convertirse al judaísmo, recibe los beneficios ya mencionados de inmediato. Una persona no judía, sin embargo, deberá esperar bastante más tiempo, y atravesar muchos más trámites, para obtener la ciudadanía.

(2) También están los judíos seculares, e incluso los religiosos nacionalistas, que buscan el bienestar del país a toda costa. Trabajan y viven para ello. Son a los que podríamos denominar como "buenos ciudadanos". Y por supuesto, están aquellos (abundantes en cualquier país del mundo) a los que les vale madre.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Sobre la visa B1 (y la A5) en Israel

A finales del mes pasado conseguí, por fin, mi permiso de trabajo aquí en Israel. Fue un proceso largo, pero siento que ha valido la pena. Ahora, como sé que hay mucha gente que, como yo, sin ser judíos quieren probar la vida en Israel, y no saben por dónde empezar, he decidido dedicar esta publicación a dicho tema.

Yo llegué a Israel con visa de estudiante, con un permiso para estar en el país por 8 meses. Vivía con una familia, les ayudaba con sus escuincles malcriados hermosos hijos y con la casa, y de esa manera pude subsistir en un comienzo sin tener que buscar un empleo serio. Cuando tuve la oportunidad de mudarme de Tel Aviv a Jerusalén, decidí, junto con mi novio, empezar el proceso para la visa B1, que es como se le llama aquí a la visa de trabajo.


Hay dos maneras de obtener la visa B1:

  1. Ser contratado por una empresa israelí y presentar un comprobante de ello al Ministerio de Asuntos Interiores de Israel. Eso le dará a la persona el permiso legal de estar en Israel, con la única restricción de trabajar solamente para el contratante que respaldó el trámite de la visa.
  2. Tener pareja con ciudadanía israelí. Esto aplica tanto para esposos como para novios. La ventaja de esta modalidad es que no se está atado a un empleador. El portador de la visa puede trabajar en lo que quiera, justo como si fuera ciudadano. Fue de esta manera que yo obtuve mi visa, y ahora explicaré a detalle.

En mi caso particular no fue necesaria una primera cita en el Ministerio de Asuntos Interiores (acá conocido como Misrad HaPnim) para entregar los primeros documentos para abrir carpeta. Aquí en Jerusalén los reciben todos los días (a excepción del Miércoles, me parece) de 8:00 a 9:00 a.m., en la oficina de Reunificación Familiar. Ojo, el Ministerio abre a las 8:00 en punto, así que en cuanto lo dejan pasar a uno, hay que correr a esta oficina para que el miembro israelí de la pareja entregue su ID, y estén en los primeros lugares de la "fila" que se hace. Eventualmente te llaman y te hacen pasar con una persona que te irá pidiendo uno a uno los documentos. En general, son los siguientes:

  • Certificado o Acta de Nacimiento.
  • Certificado de Soltería (que en el caso de México se saca también en el Registro Civil)
  • Certificado de No Antecedentes Penales
  • Por supuesto que un pasaporte con la máxima vigencia posible

Todos los certificados deberán estar apostillados en el país de orígen. LUEGO traducidos (con todo y apostillas, si estas no están en inglés) ya sea al inglés o al hebreo, y posteriormente las traducciones también tienen que ser legalizadas por un abogado. Yo las hice acá en un despacho en donde tienen abogado y traductora hispanohablantes. Ella las hizo y él las validó.

Traten de conseguir TODOS los documentos antes de venir a Israel, porque si no todo se hace más complicado (como fue en mi caso). Para conseguir el certificado de No Antecedentes Penales tuve que ir a la Embajada de México a que me tomaran huellas, mandar el documento que me expidieron, junto con las huellas, a México para que mi madre los llevara a la institución pertinente y pudieran expedir el Certificado. Todos los documentos ella los llevó a apostillar en México, y luego me los envió. Me llevé tiempo (y dinero) que me hubiera ahorrado de haber hecho todo allá. (Digo, cuando vine para acá no sabía que terminaría haciendo este proceso ;-)).

También deben juntarse pruebas de que la relación es real. Por supuesto que si estás casado, el certificado de matrimonio es fundamental (aquí no estoy del todo segura, pero probablemente también tenga que estar legalizado de todas las maneras posibles). Si no, es lo de menos, el proceso es más o menos el mismo para casados y no casados. Aquí van los requerimientos que (en general) se piden:

  • Fotografías de los dos juntos a lo largo de la relación (ayuda también si hay fotos de uno con personas de la familia del otro, etc.)
  • SMS impresos, e-mails, tiempos de llamada por celular, etc. Pruebas, en general, de que hay contacto constante.
  • Una carta del miembro israelí de la pareja contando la historia de cómo se conocieron, y cómo se ha desarrollado la relación (al menos a grandes rasgos).
  • Cartas de amigos y familia del miembro de la pareja que es israelí, asegurando que los conocen y que la relación es genuina.

Dependerá mucho del asesor (así los llamo yo, porque honestamente no sé cual es el nombre de su puesto, aunque son alguna clase de funcionarios de gobierno) que a uno le toque. Generalmente no habrá problema si falta algún documento cuando se abre la carpeta, siempre y cuando se entregue la mayoría de ellos. Ese día se hará una cita para la entrevista, que es la parte clave del proceso (y cuando se pueden dar los documentos faltantes). A mí me la dieron de poco más de dos meses para adelante del día en que fuimos a entregar los papeles. Mi visa de estudiante se acababa mucho antes de la entrevista, así que el Ministerio me dio un comprobante que me servía como una especie de extensión de estadía en el país, no una visa en sí, pero era al menos lo necesario para probar que seguía estando legal.

Dos meses después, cuando llegó el día, fuimos al a hora indicada. Se tardaron un rato en pasarnos (no esperen puntualidad, la puntualidad no es algo muy presente en la burocracia israelí), sin embargo finalmente llegó el momento. Pasaron primero a mi novio con una funcionaria que le hizo preguntas acerca de nuestra historia conjunta. Preguntas de toda clase: cómo nos conocimos, si conocía a miembros de mi familia, qué cosas teníamos en común, como era mi relación con su familia, y cosas por el estilo. Luego me pasó a mí. Con él se tardó bastante más porque anotó todo lo que él le respondió. A mí me hizo básicamente las mismas preguntas para ver si las versiones coincidían. No fue como un interrogatorio, sino más bien como la plática que tienes con alguien que está curioseando acerca de tu vida. Se siente más casual. O tal vez fue porque tuvimos suerte y nos tocó una mujer muy agradable como "asesora de proceso". Sea como sea, después mandó llamar a mi novio de nuevo, nos habló de qué tipo de visa era esta, y los alcances que tiene. 

La visa B1 se renueva cada año, durante tres años. Al cuarto año obtienes visa A5, que es la residencia con derecho a seguro médico del gobierno. La ciudadanía llega hasta el séptimo año. Para el caso de las personas casadas, son sólo 6 meses con visa B1, después A5, y la ciudadanía llega más rápido (aunque no me atrevo a afirmar qué tan más rápido).

No tuve ningún problema. Todo mundo se portó muy amable conmigo. Jamás recibí ningún trato grosero. Pero debo aclarar que la experiencia de cada uno es diferente, aunque teóricamente el proceso sea el mismo. Muchas veces te pedirán documentos extra, tales como comprobantes de renta conjunta. A nosotros no nos lo exigieron en ningún momento, porque en realidad no pagamos renta en donde vivimos. 

Mi único consejo es paciencia. Sonrían, no hagan enojar a nadie, sean amables y siempre pregunten y anoten todo a detalle. Lleven documentos de más, si los tienen (aunque no se los pidan). Yo también apostillé y traduje mi título universitario y lo entregué, porque quería que vieran que soy una persona con educación que puede aportar cosas buenas al país. También llevamos comprobantes del salario de mi novio (para probar que somos económicamente independientes, dentro de lo que cabe), y cosas así. Les pedirán también fotos tamaño pasaporte y llenar formas, pero eso ya se sobrentiende.

En cada parte de Israel, al parecer, la Misrad HaPnim funciona diferente. Me parece que por la zona de Tel Aviv sí se requiere cita para abrir carpeta. Hagan TODO con antelación. A veces se tiene suerte y todo el trámite es rápido, pero a veces, debido a la lejanía entre cita y cita, puede llevarse meses. Tomen sus precauciones en este sentido.

Incluyo aquí el link del blog de Andrés Fernández. Él también pasó por este proceso y fue, de hecho, gracias a la información que él facilita que tuve mi "primer acercamiento con la B1" y obtuve datos importantísimos que, literalmente, me hicieron todo más sencillo: http://legalenisrael.blogspot.co.il/2010/03/visa-b1-solicitud-y-proceso.html

Espero que la información sea útil. Pueden preguntar si tienen alguna otra duda al respecto.
:-)


Actualización 2016:

El 10 de julio de este año recibí la visa A5 (א5), y la famosa Teudat Zehut (cédula de identificación). Ya soy oficialmente residente.



Actualización 2017:

Hace poco más de dos semanas recibí mi segunda A5, con una ID biométrica en esta ocasión. Me acabo de enterar que desde finales de 2013 se le agregó otro año extra al proceso para la gente no casada, es decir: Son tres años de B1 (visa de trabajo), y cuatro años de A5 (residencia temporal). Terminando esos cuatro años de residencia temporal, uno recibe la residencia permanente, y ya teniéndola se puede aplicar para la ciudadanía.



martes, 9 de julio de 2013

"¿Y por qué, si no eres judía?"

La gente a menudo todavía me pregunta con cierta sorpresa: "¿Y por qué viniste a Israel? ¿Hiciste Aliyá?" Su desconcierto suele ser similar cada vez que les digo "No, no soy judía. Vine porque tenía interés en el país", pero, tal vez, una respuesta más cercana a mi realidad sería "Vine porque quise". Así nada más (Ya en otra entrada he hablado de la cadena de casualidades (y causalidades) que me condujeron a donde estoy ahora, sin tener, en términos comunes, una conexión histórica o familiar con la tierra de Israel); pero esta respuesta podría resultarle agresiva a algunas personas. Mejor la evito.

Algunas veces, entre broma y broma, me han dicho que estoy loca por haber venido sin razón aparente. Recuerdo que cuando trabajaba con los Chasen, la familia judía ortodoxa de Bnei Brak, con cinco hijos (y poca vergüenza en cuestión de salarios), la señora ucraniana que a veces iba a ayudar con las labores del hogar en los primeros días de mi estadía, me miró con extrañeza cuando le expliqué que la razón de estar ahí, como full time maid (o au pair, como a muchos les gusta llamarlo para que suene exótico) no era porque en México viviera en extrema pobreza y haya tenido que migrar para darle una mejor vida a mi familia. Nadia, como se llamaba ella, no hablaba más que ruso y hebreo, pero traía algunas pizcas de español de alguna vez que trabajó en España.  Le conté, pues, con las palabras más simples que pude, que yo había venido nada más porque me gustaba Israel, y quería probar la vida aquí. Hizo algún gesto de desapruebo con la mirada, y me dijo cosas como "Israel... difícil... Yo un año y Ucraína". Ella llevaba ya seis años trabajando en Israel, y entendí muy bien su sorpresa: ella sí lo hacía por necesidad.

La esperanza

Ahora estoy en una situación curiosa. Estoy a punto de obtener el estatus migratorio de residente no-permanente, que con suerte, en un par de años, puede convertirse en residente-permanente, y si persisto (y claro, si quiero seguir viviendo aquí), posteriormente en ciudadanía. Voy a tener el permiso para trabajar en lo que yo quiera, sin límite legal alguno. En ese sentido, probablemente lo único que podría limitarme en algún punto es el idioma, y es por eso que estudio hebreo intensivo. ¿Qué más?

Me aceptaron en la Universidad Hebrea de Jerusalén, y espero ansiosa la respuesta de todas las becas a las que apliqué. Con Universidad, busco trabajo de medio tiempo, o limpio casas, o doy clases de español (lo que salga primero, y si salen las tres, las tres). Sin beca, no hay Universidad, y sin Universidad, sólo queda trabajo de tiempo completo, y re-formación de proyectos. Quiero ir a México pronto, y para eso me llevo, más o menos, la mitad de todos mis ahorros. Mi sentido común me dice que lo más prudente es esperar a una época de mayor estabilidad, pero por otra parte sé que mientras mayor sea la estabilidad, probablemente más largos sean los periodos en los que un viaje sea poco factible. 

¿Qué hacer?

Espero (de esperar y de esperanza). Trato de ver las ironías de mi vida actual desde la perspectiva de quien era yo en el pasado, que lo daba todo por tener la posibilidad de venir, sin poner mucha atención a los rasguños del camino. 

Todos los sacrificios valen la pena, cuando han sido por las razones correctas.

miércoles, 26 de junio de 2013

De la mirada al otro

Cuando voy por la calle me pasa, con bastante frecuencia, que me le quedo viendo a ciertas personas con curiosidad. No una curiosidad maligna o morbosa, ni mucho menos, sino una honesta, que viene del "ser extranjera" en una tierra que cada vez que adopta más. Por supuesto que, en medio de las multitudes, uno puede ver la regular y "occidentalizada" vestimenta que no difiere mucho en México, Estados Unidos, o cualquier país en donde uno pueda vestir como quiera, sin (al menos) repercusiones legales. Sin embargo el foco de mi atención generalmente son las vestimentas particulares de los distintos grupos étnicos y religiosos de Israel.

Contrastes en Jerusalén

No hablemos sólo de las divisiones más rudimentarias: judíos, musulmanes, cristianos, etc., sino de las divisiones relacionadas con orígenes, más que con religiones, así como factores aislados; y también con religiones mezcladas con corrientes. Así bien no es lo mismo ver a un judío ashkenazí jaredí (el cliché del judío vestido de negro, con sombrero de ala, y barba larga), que un judío sefardí mizrahí, que son los (sí, así como lo leen) judíos árabes, descendientes, en su mayoría, de aquellos que fueron expulsados de España en luego del Edicto de 1492. Sin embargo, una de las costumbres que más me llama la atención, en más de un modo, es la de las mujeres que se cubren el cabello. Esto podría remitir inmediatamente, para algunos, al Islam, pero sorpresivamente, es una costumbre que se da mucho más entre las mujeres judías ortodoxas, llamadas acá localmente "religiosas".

"The Jewelry of Jewish Women in Lybia"
The Israel Museum

No voy a escribir acerca de esto, como lo he dicho anteriormente, con un lenguaje pretencioso, sin embargo en este punto sí me gustaría agregar una cita, del libro Kol Israel, de Luis Mauricio Figueroa, que ilustra bastante bien este hecho:

Uno de los deberes de los judíos es el de cumplir al pie de la letra con las leyes del vestido. Las mujeres religiosas se visten con faldas largas, hasta los tobillos y usan blusas de manga larga hasta la muñeca y sin escote y medias negras. El maquillaje es discreto. El pelo, en las mujeres religiosas casadas, no debe verse (Isaías, Isaiah, 3:17), debido a que los judíos ortodoxos practican la modestia (tziniut) y para ello hay tres opciones: usar una peluca (shaitl) que es un recurso propio de las ultraortodoxas, sobre todo de las ashkenazíes de Polonia. El segundo recurso es usar una bolsa con tejido de red que cubre el pelo. El tercero es usar una pañoleta (tichl) atada a la cabeza, recurso éste que suele utilizar las judías provenientes de Rusia y Lituania y las que vienen de países que formaban parte del imperio otomano. (1)

Tengo entendido que las mujeres judías se cubren el cabello por tradición, aunque no haya ningún "mandamiento" explícito que les exija que lo hagan. Así mismo se busca proteger, por decirlo de alguna manera, uno de los atributos más sensuales que, al menos desde cierta perspectiva, una mujer tiene: una cabellera larga y sedosa. Es por eso que, cuando la mujer se casa, el cabello debe guardarse sólo para el marido, o eso se supone. Me ha tocado ver algunas que no se lo cubren completo; se ponen una cinta o paliacate para simplemente hacer notar que ya no están disponibles. Como lo menciona la cita arriba expuesta, hay varias maneras de cubrirse el cabello, y tengo que externar que la única de ellas que me resulta, hasta cierto punto, irritante, es la de usar pelucas. ¿Cuando en la vida te cubres la piel desnuda con un vestido que imita las formas y textura de la misma piel desnuda? Me parece completamente absurdo. Me gusta más la honestidad de la tela, de la mascada o de la pañoleta, que cubren y dejan ver que están cubriendo; que no se avergüenzan de anunciar que protegen algo "sagrado" de la mirada extraña, que lo des-sacra.

Hay tantos modos de hacerlo que, el cubrirse el cabello, a veces resulta una actividad más propensa a realzar la hermosura de la mujer (cuando saben CÓMO hacerlo sin parecer pacientes terminales de cáncer). Los tipos de enredado, de combinación de colores, texturas, broches y adornos que pueden agregarse son inmensos y le dan a la mujer, en algunos casos, una apariencia casi de princesa oriental.

También me gusta ver a las mujeres musulmanas y la manera en la que ellas se cubren el cabello. La costumbre, en el Islam, es llamada Hiyab. Si bien, en este caso, la técnica suele ser más homogénea, parece que también hay que ser cuidadosa a la hora de escoger colores y texturas. Es curioso que las connotaciones culturales y religiosas no difieren tanto de las del judaísmo. El cabello se cubre, también, por razones de recato y humildad, y de igual manera la mujer sólo puede mostrarlo en presencia de su marido y, en ciertos casos, de hombres de la familia como hijos o hermanos.

Algunas mujeres musulmanas (en su mayoría chicas jóvenes) visten en un estilo más western, con jeans, zapatos de tacón, etc., pero el velo aparece siempre como un elemento en común. Algunas otras visten de manera más conservadora, con vestidos largos. La manera en la que algunas usan el velo a veces se asemeja un poco a ciertos estilos de las judías ortodoxas, pero a diferencia de estas, las musulmanas siempre cubren, además del cabello, el cuello.

Me encanta ir descubriendo tantos nuevos mundos (nuevos para mí, por supuesto) en el mundo.

(1) Figueroa, Luis Mauricio, Kol Israel, 1a edición, México: Porrúa, 2004, p. 46